26 Blair #2
Sé el momento exacto en el que pierdo la conexión: el instante en que sus ojos se desvían hacia la decoración que me he esforzado por mantener a lo largo de los años.
Las paredes recién pintadas y decoradas con todo lo que nos gustaba de niños: mis pósteres de ciencia ficción, su cuadro de La princesa cisne, las películas y los libros en los estantes, los puzles y legos que montamos juntos, los juegos de mesa, la consola obsoleta que solo sirve para decorar, la cama en el rincón, bajo la ventana doble por la cual mirábamos las estrellas.
Su sonrisa muere al detenerse en esa parte, los ojos se le llenan de dolor y la excitación pasa a ser otra cosa, algo que no es bonito y que nos separa.
Evan se mueve hacia la ventana, muerto de frío como está, y se abraza a sí mismo como si necesitara coger fuerza. Como si necesitara… alejarse de mí. Como si yo le doliera.
Y entonces lo entiendo.
Joder. Pero ¿cómo? Lo pienso y no me lo creo.
¿Cuántos años han pasado? Todavía íbamos al instituto.
Ese es el tiempo en que mi amigo lleva sin entrar en el cobertizo, cuando nuestra infancia se rompió y él puso un muro enorme entre nosotros que aún no he logrado atravesar.
Y lo he intentado. Cada puto segundo. Sí, nos queremos y somos incapaces de alejarnos del otro, pero hay algo que nos separa, una barrera que va más allá del amor no correspondido que siempre he sentido por él y con el que he tenido que aprender a vivir, porque no ser su amigo no es una posibilidad.
Me doy la vuelta para no gritarle porque no es justo que me enfade con él.
Debería, por callarse, por no dejarme explicárselo.
Pero es que lo entiendo, aunque no lo comparta.
Porque yo jamás habría dejado las cosas así.
Jamás habría renunciado a nosotros. Pasado, presente y futuro, eso es Evan para mí, y no habría dejado que nada ni nadie me quitara un solo momento con él.
Abro y cierro cajones hasta dar con toallas limpias y me acerco para ponerle una sobre los hombros.
Él se da la vuelta para colocársela bien.
No aparto los ojos de su rostro. Hay todo un mapa de dolor lleno de líneas y desvíos, y me siento estúpido por no haberme dado cuenta antes.
Todavía recuerdo sus gritos cuando su padre mencionó una posible reforma del cobertizo, su enfado.
La esperanza se abre en mi pecho y me aferro a ella con todo lo que tengo.
Se acabó el huir, el callarme, el fingir que no pasa nada. Se acabó.
Me envuelvo en una toalla y él hace lo mismo con la suya.
Se apoya en la ventana sin mirarme y yo me acerco, le doy un toquecito en el pie desnudo, estiro el brazo, le levanto la barbilla.
Sus ojos azules parecen tan llenos de nubes como un día normal en esta ciudad.
Pero no hay nada normal en ellos. Todo es extraordinario.
—¿Cuánto viste?
Evan parpadea, abre los labios, los cierra, traga saliva. Me pregunto si habría seguido guardando el secreto de no haber sacado yo el tema, si habría dejado que se enquistara para siempre.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque eres muy obvio. Y porque te conozco. Y porque… ahora no me puedo creer que no me diera cuenta antes.
Evan suspira hondo, pero no dice nada.
—Por Dios. ¿Por qué no me lo dijiste? Llevas años sin venir aquí y yo llevo todo este tiempo pensando que no te importo como tú me importas a mí.
—¿Qué? —Tiene los ojos llenos de un dolor que también es mío.
—¿Qué cojones crees que sentí cuando le gritaste a tu padre que no querías volver a entrar?
Creía que había sido porque nos habíamos enrollado, que lo había estropeado todo por dejarme llevar esa noche.
Pero jamás pensé que lo habías visto. Lo sé todo de ti, pero no estoy en tu puta cabeza.
Joder, hay cosas que se me escapan. Y necesito que me lo digas, necesito que nos comuniquemos.
Evan me empuja, pero no demasiado fuerte.
Me vuelvo a acercar, y esta vez le paso una mano por la nuca y lo atraigo hacia mí.
Él me agarra de la toalla y volvemos a estar piel contra piel.
Me excito enseguida al comprobar que está duro otra vez.
Vaya par de salidos. Son muchos años conteniendo el deseo y ahora, por fin, nos estamos permitiendo estar desnudos de verdad, literal y metafóricamente.
—Claro que me importas, idiota —dice con voz grave—. Me importas más que nadie.
Hundo los dedos en su pelo y le levanto la barbilla para que me mire.
—¿Cuánto viste? —insisto.
—Lo suficiente.
Me río sin ganas.
—Eso es que no viste nada. ¿Estaba encima de él o debajo?
Se queda en silencio. Y yo entiendo por qué mi familia me culpa siempre de tener poca paciencia.
Dicen que pido mucho tiempo al resto, pero que luego no aguanto el que se toman ellos.
Pero es que toda la paciencia se me va con Evan en cuanto abre esa boquita preciosa suya; toda, cada gramito de paciencia.
—Mira, no sé lo que viste. Ese día estaba enfadado porque descubrí que te estabas enrollando con chicos, pero a mí ni me mirabas.
Quería olvidarme de ti y se me ocurrió que hacerlo aquí con otro era una gran idea.
Quería borrarte y lo hice de la peor manera.
Era un niñato imbécil y celoso, y no tenía tanta capacidad como ahora para lidiar con lo que sentía.
Me dolía y quería que dejara de doler, ¿entiendes?
—Suspiro hondo; a Evan le tiemblan los labios de esa manera que me pellizca el corazón—.
Nos enrollamos un rato, pero al final me lo quité de encima y le dije que, por favor, se fuera, que no podía.
Luego lo limpié todo. No es que hiciéramos nada que hubiera que limpiar, pero sentía que necesitaba hacerlo para que siguiera siendo nuestro refugio, que se fuera cualquier rastro de lo que había pasado.
Sentía que te lo debía, no sé. Necesitaba que vinieras.
—Suelto una risotada amarga y me trago la bola que tengo en la garganta—.
Pero no volviste. Te echaste novio y nunca volviste.
Y yo cada vez me sentía peor. Rechazado.
—Lo suelto, me alejo, y él se endereza—.
Así me he sentido toda la puta vida y estoy harto, Evan. No puedo más.
Él me mira como si me hubieran crecido tres cabezas. Hasta abre la boca y todo.
—¿No te acostaste con él?
Ahora soy yo quién abre la boca. Meneo la cabeza y suspiro.
—¿Me escuchas cuando te hablo o qué?
Evan se acerca, me agarra de la toalla tan fuerte que casi me caigo sobre él.
—Pero ¿lo hiciste o no?
—Que no, idiota. —Lo empujo sin demasiada fuerza—. Claro que no. Me he acostado con tíos, pero nunca aquí. Nunca en nuestro sitio.
Ahí está el temblor en sus labios. Los ojos le brillan por las lágrimas que espero que no derrame, porque ser el motivo está empezando a ser una fea costumbre. La nuez se le mueve al tragar saliva y se le forma una diminuta sonrisa en la comisura de la boca.
Y entonces me besa. Y no se parece en nada a esos besos que compartimos aquella noche de borrachera.
Me besa con todo el cuerpo, con el alma entera.
Me besa con la lengua cuando explora mi boca y se enreda con la mía, con sus dedos en mi piel al clavárseme en el costado y en el culo, con los empujes de cadera, con su polla en mi ingle, con los dientes en mi cuello, con la respiración acelerada, con sus gemidos.
Se me pone la piel de gallina cuando me arranca la toalla y deja caer la suya.
—¿Me crees? —pregunto al separarnos para respirar.
—Siempre, tonto. —Me besa otra vez y nos empujamos hasta caer en la cama, yo encima de él.
—¿No pensabas decírmelo nunca?
—No quería perderte. No quiero perderte.
—Nos perdemos cuando no nos decimos las cosas.
Llevamos media vida sufriendo por… no hablar y…
Mírate —digo, porque no puedo evitarlo. Me aparto de él y me pongo de rodillas.
Los músculos se le ondulan con cada respiración.
La polla se le alza sobre el abdomen y los muslos le tiemblan.
Su cuerpo es un templo y yo pienso adentrarme en él; ahora, ya—. Me deseas.
Se le encienden las mejillas, pero sonríe.
—Como si no lo supieras.
—¿Y mañana? ¿Volverás a largarte, a hacer una lista absurda que ninguno de los dos podrá cumplir? Evan, si te arrepientes mañana…, yo…
Se me cuelga como un koala y vuelvo a estar sobre él, nuestras erecciones unidas.
Me muevo, se mueve. Nos besamos. Tengo su mano en la nuca, sus dedos en mis mechones, su lengua en el paladar, sus dientes entre mis labios, sus gemidos bien adentro.
Míos, todos míos. Le abro las piernas, lo agarro del culo, empujo.
Él jadea, gruñe e intenta moverse, pero no lo dejo.
—Dime que no te vas a arrepentir. Porque voy a follarte a lo bestia. —Más tirones de pelo, más besos, más jadeos entrecortados—. Esta vez no voy a parar.
—Solo si mañana me dejas que te lo haga yo a ti —contesta con esos labios hinchados y esa sonrisa y esas mejillas sonrojadas.
—¿Mañana? Me lo harás esta noche. Vamos a darlo todo.
Se ríe a carcajadas, luego me mira con una seriedad que me hace estremecer.
—No sabes cuánto te he echado de menos.
—Pues claro que lo sé. —Me dejo caer sobre él, hundo la cara en su cuello y suelto todo el dolor, el miedo y ese abandono que llevo atascado dentro desde que se alejó de mí, hace ya tantos años—. Lo sé, Evan, lo sé.