26 Blair
BLAIR
Me meto en el lago desnudo y me hundo hasta el fondo.
He dejado las luces del cobertizo encendidas y la linterna LED junto a mi ropa.
Cuento hasta cien como cuando era un crío y esperaba a que Evan me siguiera.
Sé que ahora también lo hará, vendrá, quizá antes de que salga del agua, quizá más tarde.
Tenemos una conversación pendiente y es hora de que ambos nos enfrentemos a nuestros peores miedos.
La noche no es fría a pesar de las nubes que manchan el cielo, pero el agua siempre lo está y me castañean los dientes, así que me dedico a nadar hasta que el frío desaparece y la mente se me vacía de ruido.
Entonces lo oigo: el crujir de las ramas, un suspiro entrecortado, una palabrota, la hebilla del cinturón al caer contra las rocas, porque Evan siempre lleva cinturón aunque no le haga falta.
«Es un símbolo», me suele decir cuando le suelto algún comentario y me quedo mirando esa parte de su anatomía, y yo pienso siempre lo mismo: que es una puta tortura, un recordatorio de lo que no puedo tener.
Me giro hacia él. La luna se ilumina sobre las aguas, pero sé que solo estamos él y yo.
Se ha quitado el pantalón, los zapatos y los calcetines, pero aún lleva el bóxer y la camiseta.
Me arde el cuerpo ante la intensidad de su mirada a pesar de que empieza a hacer viento y salir a la superficie es una tortura.
—Joder, ¿cómo puedes estar ahí dentro? —suelta con un resoplido—. ¿Tan borracho estás?
Apenas veo su rostro en la distancia, pero me lo puedo imaginar. El modo en que frunce los labios, la mueca en la boca, su indignación.
—¿Te recuerdo la de veces que nos hemos bañado aquí? Y con mucho más frío del que hace ahora. Te acostumbras. —Me hundo un poco más cuando el aire me eriza la piel de los hombros y la nuca—. Y no estoy borracho.
—Uf, paso, no pienso entrar.
—Nadie te obliga —replico al tiempo que empiezo a nadar hacia atrás.
—Sal.
—Entra.
—Blair, por favor —me pide, y ahora también me imagino su expresión de perrito triste. Me enciendo enseguida y la polla me palpita libre bajo el agua. Me pregunto cuánto deseo puede acumular una persona.
—Dame una razón.
—Tenemos que hablar.
—No quiero hablar, Evan. Prefiero nadar. Ven y nada conmigo.
—Me vas a hacer entrar, ¿verdad? —Baja la vista a donde he dejado mis cosas y casi puedo ver cómo traga saliva.
Y como lo conozco y sé lo que piensa, se lo pongo fácil:
—Sí, estoy desnudo. Y no, no voy a tocarte si no quieres que lo haga.
—Mierda, Blair. —Chasquea la lengua y le da una patada a una piedra que lo hace sisear, y a mí me dan ganas de salir y comérmelo a besos, como mínimo, por tonto—. Eres cruel.
—Pero te quiero, eso nunca lo dudes.
Lo oigo resoplar y soltar una palabrota. Se termina de quitar la ropa —toda la ropa— y yo me enciendo todavía más. Se aproxima a la orilla. Otra palabrota. Y siete mil más cuando empieza a entrar.
Me acerco con una media sonrisa.
—Si entras de golpe es más fácil.
—Necesito mi tiempo. Como tú —añade con tonito.
Nos sonreímos.
—Tú no eres yo; el tiempo y el espacio lo llevas reguleras.
—Por eso no entiendo Interstellar.
Me río. Me responde con una sonrisa tímida y preciosa. Pero cuando ve cómo lo miro y cómo me acerco, trata de cubrirse, sabiendo lo que viene a continuación. Estaremos en pleno derrumbe emocional, pero somos nosotros y son muchos años en este lago.
No le da tiempo a reaccionar cuando corro hacia él y lo empapo de agua.
Ni un centímetro de piel dejo seco. Se le corta la respiración durante unos segundos, pero enseguida la mirada se le llena de determinación y se abalanza sobre mí.
Nos empujamos, tratamos de derribarnos, nos hacemos cosquillas, nos abrazamos; suspiramos.
Nuestras pieles resbalan y jadeamos cuando nuestras pollas se unen, desnudas, mojadas, duras.
La tensión de su cuerpo al sentirme así me hace apartarme un poco, para darle tiempo y espacio, esas cosas que no entiende.
Tiene los ojos cerrados, la piel de gallina y tiembla.
Me acerco de nuevo, muy despacio, con miedo pero con demasiadas ganas.
Le rozo la cintura con los dedos y él suspira, pero no se aparta.
Le doy unos segundos y sigue ahí, dándome permiso para continuar, y a mí se me infla el pecho de muchas cosas; también me excito, y lo hago aún más cuando lo rodeo y me coloco a su espalda, mi cuerpo contra el suyo.
A nuestro alrededor solo se oyen el sonido del agua, algún animal correteando aquí y allá y nuestras respiraciones aceleradas.
Le doy un beso en el pelo, en la oreja, y deslizo la nariz por la zona sensible de detrás, por la mandíbula, por el cuello.
Él ladea la cabeza para darme mejor acceso y yo aprovecho para deslizar una mano por su vientre plano y jugar con su ombligo.
El gemido que se le escapa me hace apretar la polla contra él, con ansias, con necesidad.
—Blair… —gimotea.
—Por favor, no me hables de las reglas —gruño al tiempo que le clavo los dientes en el hombro y lo noto estremecerse.
—No iba a hacerlo.
—Bien, porque me gusta estar así contigo.
Joder, es que me encanta. —Aparto los dientes de la piel y deslizo la lengua por la marca de la mordida.
Él mueve una mano y la coloca sobre mi dorso, aún en su cintura.
Enlaza nuestros dedos y aprieta como si necesitara aferrarse a algo.
Se me forma un nudo en la garganta porque ese algo soy yo.
Soy yo quién lo hace sentir así. No sé cuándo ha empezado a mover el culo, pero lo hace, y veo fuegos artificiales cada vez que mi polla se desliza entre sus nalgas, y solo puedo pensar en cómo sería empujar más y más, sentir todo ese calor delicioso rodeándome, hacerlo suplicar—. Tú me encantas.
Él no dice nada. Jadea y lleva la otra mano hacia la mía, muy cerca de su pezón.
Clava los dedos en mi antebrazo y me detiene.
Y ruego en silencio para que me deje seguir.
Miro hacia el cielo y suplico, en una plegaria urgente, que no me diga que esto no está bien, que hay reglas, que no podemos.
Una plegaria silenciosa a un universo enorme y misterioso.
Si hay estrellas velando por mí, que me escuchen.
Si hay un poder controlándolo todo, que controle esto.
Este amor, estas ganas. Porque yo ya no controlo nada.
—Blair… —susurra al tiempo que me acaricia el antebrazo y lo empuja para que siga con lo que estaba haciendo.
Trago saliva y lo hago. Una mirada agradecida hacia arriba y le acaricio el pezón, primero con la yema de los dedos y después con la uña, y él mueve más el culo, jadea más, me pide más.
—¿No… te molesta? —pregunto apenas sin voz, los labios en su cuello, pequeños besos que voy dejando en su piel. Huele a verano, al amor de mi vida. Huele a todo lo que necesito para ser feliz.
Mueve la cabeza, pero no responde. En su lugar, me agarra la mano y la conduce a su durísima polla.
Contengo el aliento cuando la envuelvo en un puño, atento a cómo abre los labios, a cómo respira, a cómo mueve el culo y me pide más.
Lo acaricio despacio, con miedo, arriba y abajo, presionando la punta para luego volver a bajar.
Cuando deslizo los dedos hacia sus huevos, Evan echa la cabeza hacia atrás y suspira.
Gira el cuello y nuestros ojos se encuentran.
No sé qué ve en los míos, pero sé reconocer el deseo en los suyos.
No es la primera vez que lo veo, y en esta ocasión no está borracho.
Ha bebido varias cervezas, pero la última le ha durado más de una hora, me he fijado.
Le acaricio la mejilla con la mía sin dejar de tocarlo, me trago su aliento, sus gemidos, y él sube sus pies sobre los míos como cuando éramos críos, se apoya en mí y yo sonrío. A pesar del fuego, hay un segundo para sonreír. Siempre.
Le beso la mandíbula, y la comisura de la boca, le muerdo el labio inferior. Él se pone de puntillas y restriega el culo contra mi erección al ritmo de mis giros de muñeca.
—Estás temblando —musito cuando se le escapa el gemido más sexi que he escuchado nunca—. ¿Sigues teniendo frío?
—Voy a correrme —dice con un gemido que me la pone aún más dura de lo que ya la tengo.
Ni de coña.
Detengo el movimiento de la mano y él suelta un gruñido y frunce el ceño de esa manera que me derrite el corazón.
—Ni se te ocurra poner esa cara o te pongo a cuatro patas y no respondo de mí.
Se muerde el labio inferior como si le costara un mundo contenerse. Está tan guapo… con las mejillas coloradas y cara de estar a punto de tener el mejor orgasmo de su vida. Y quiero dárselo, claro que sí, pero no todavía, no sin asegurarme de que no huirá de mí cuando lo haga.
—¿Por qué has parado?
—Porque hace frío, y porque tenemos una conversación pendiente.
—¿Me calientas y tenemos una conversación pendiente? ¿En serio?
Enarco las cejas.
—¿Te haces una idea de cuánto tiempo llevo yo caliente? Estoy seguro de que puedes sobrevivir cinco minutos. Hasta el cobertizo, venga. —Le doy un azote en el culo y él se me lanza al cuello y me muerde la curva de esa manera que me hace reír a carcajadas—. Para, idiota. —Me retuerzo de la risa.
Pero no para y tengo que esforzarme mucho para sacarlo del agua.
Cogemos la ropa y la lámpara y corremos hacia el interior, casi abrazados y tiritando de frío.
Por el camino, me tropiezo, se tropieza, hay mucha urgencia que nos hace torpes, y tenemos que soltarnos para entrar en el cobertizo porque no cabemos si lo hacemos como siameses.
Los dos estamos duros y, bajo las luces tenues que iluminan la estancia, soy incapaz de no mirar el modo en que los músculos del torso se le mueven con cada respiración, el cuerpo brillante, la piel erizada, los labios amoratados.
—Joder, qué bueno estás.
Nuestros ojos se encuentran. Él se ruboriza. Nos movemos casi a la vez, yo para acercarme, él para alejarse.
—Tenemos que secarnos —dice.