Si te arrepientes mañana (Soul Finder 4) 25 Blair
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25 Blair

BLAIR

Qué elástico es el tiempo y cómo se estrecha cuando llega la hora de la verdad.

Eso pienso durante las bodas de plata de mis padres.

La ceremonia es simbólica y familiar, con algunos amigos muy cercanos, el padre de Evan y Harold y algunos vecinos de la urbanización.

También acude una prima de mi madre que se va a quedar unos días en casa y que es la encargada de oficiar la boda.

Lo celebramos en el jardín, descalzos y vestidos de blanco para estar en sintonía con los novios, y todo está decorado con arcos y cables de luces que se cruzan aquí y allá, y mesas llenas de arreglos florales, y velas que llenan el lugar de olores que se mezclan con los de la tierra humedecida por la lluvia de la noche anterior.

Menos mal que ha amanecido soleado, aunque mis padres tenían todo pensado y podría haberse hecho en el interior.

En Eeriewood la lluvia siempre es una opción.

Se leen los votos visiblemente emocionados; mi madre, una carta; mi padre, una especie de poesía que no rima en exceso pero que habla de una vida juntos.

Nos emocionamos con ellos. Harold llora como un bebé con cólicos, Loki ladra, Evan me mira como si no existiera un abismo de distancia entre nosotros.

Mis padres se dan los anillos, encienden velas, se besan, bailan, reciben los regalos y se sacan muchas fotos, y el amor flota como lo hacen el aroma de las velas y las palabras.

Y todo es demasiado bonito, pero pasa demasiado deprisa.

En nada estamos desperdigados por el jardín y las horas han pasado y Evan y yo nos evitamos —o yo evito a Evan, más bien, porque me parecen pocas horas de lamer heridas— y mi hermano me sigue como si el espíritu de mi perro se hubiese apoderado de él.

—¿Te ha subido el vino? —pregunta cuando se sienta a los pies de la hamaca en la que estoy y hace que casi me caiga por el efecto de su peso, no porque esté borracho. Aunque un poco sí lo estoy. Tengo demasiados frentes abiertos y no sé luchar en ninguno de ellos.

—No te sientes ahí —le digo dándole con el pie en el muslo para apartarlo—, que vamos a volcar.

Él mira la bolsa de patatas que se está comiendo con mucha culpabilidad. Me río y cojo un puñado, solo para que vea que sí como y que no empiece a lamentarse con las calorías. Lo hace igual.

—No sé por qué el estrés no me puede provocar ganas de, no sé, de boxear o de hacer funambulismo.

—Me parece un poco peligroso.

—¡¿Comer?! —me pregunta alarmado; y con la boca llena, por supuesto.

Este es tonto.

—El funambulismo, bobo.

—Ah, vale, eso sí. Y encima tengo un trauma. De pequeños Evan y tú me dejasteis colgando en el alambre de espino de una instalación supersecreta del gobierno y desde entonces tengo vértigo. Además del consiguiente trauma. De hecho, creo que por eso como en situaciones de estrés.

Me río con ganas.

—Sí, claro, por nuestra culpa. Si quieres te pagamos la terapia.

—Pues sería un detalle. O el chocolate, que es carísimo.

Le doy otro empujón.

—Alex, no era una instalación supersecreta del gobierno, era un almacén agrícola, y la valla estaba a tres palmos del suelo. Se te enganchó el pantalón, que a mí también, ¿eh? Y se me rompió, y por eso no te podías soltar.

—Ya, siempre me decís eso, que si eran unos señores que estaban fumigando, que si no me abandonasteis…

—Eran unos señores fumigando, por eso llevaban las máscaras y el mono amarillo. Lo preguntamos, nos dijeron que era un silo de maíz y que estaban exterminando polillas o no sé qué. Y no te abandonamos, cuando nos dimos cuenta de que estabas ahí colgado como un jamón, volvimos para bajarte.

—Esos señores no estaban fumigando —replica con intensidad—, te lo digo yo.

—¿Y por qué estás estresado ahora, si puede saberse?

Se llena la boca de patatas antes de arrugar la bolsa ya vacía y metérsela en el bolsillo.

Es algo que hace a menudo, esconder la evidencia como si comer fuera algo malo.

Es un chico que come sano cinco días por semana, hace deporte y tiene un cuerpo esbelto y fibroso, ¿qué coño le dice su cerebro para hacerle creer que haberse comido esas patatas está mal?

—Me estoy planteando cosas. Lo que me gusta, lo que no… —dice al fin, limpiándose la boca con el dorso de la mano.

—¿Hablas de tu sexualidad? —Me incorporo de golpe, haciendo que la hamaca se tambalee de nuevo.

—¡No! Bueno, quizá también, pero eso lo dejamos para otro día, que no tengo chocolatinas suficientes. Es que…

—Sabes que no habrá problema, ¿no? Te guste quien te guste…

Alex se ríe.

—Tiene gracia, hermanito, con todo el drama de los últimos meses. Que ahora me digas eso…

Le doy un puñetazo en el muslo.

—Yo nunca he dudado de que mamá me quiera o de que fuera a entenderme. Fue cómo reaccionó en ese primer momento lo que me desestabilizó. Me dolió, me enfadé, me fui. A veces el dolor es más potente que la razón.

—Vamos, que reconoces que eres un irracional.

—Me lo dice el que cree que estuvo horas en una instalación gubernamental supersecreta.

—Esos tíos venían de buscar ovnis, te lo digo yo. Con lo que te gusta la ciencia ficción y que no veas esto, que está clarísimo…

—Claro que sí, Alex, Roswell e Eeriewood, los núcleos alienígenas por antonomasia. La nueva Área 51 nos llaman.

—Qué gracioso.

—Bueno, venga, dime —lo empujo con el pie—, ¿qué es lo que te pasa?

—Voy a dejar la carrera.

«¿Otra vez?», estoy a punto de decirle, pero me lo pienso mejor.

Por una respuesta precipitada y fuera de lugar he estado tres meses lejos de mi familia.

No cometeré el mismo error que mi madre.

Aunque lo cierto es que es la tercera carrera que mi hermano deja en cinco años.

Primero fue Psicología, luego Trabajo Social y ahora, por lo visto, Derecho.

Lo miro y guardo silencio. Él me pide la botella de vino con un gesto de la mano —estamos bebiendo a morro, sí— y le da un trago.

—Quiero hacer una Formación Profesional. Mi amiga Tori ha hecho Técnico de Emergencias y me ha contado en qué consiste su trabajo y…, no sé, me gusta.

—Pero también te gustaban las carreras que empezaste… —le comento con tacto, tratando de que no lo vea como un ataque.

—Porque creo que siempre he buscado una carrera con la que poder ayudar a los demás, pero a la hora de estudiarlas… no me gustan. Me aburren las asignaturas, se me dan mal, no me interesan… Pero esto, al ser práctico…

Pues puede tener razón. Alex siempre ha estado buscando algo que no encuentra, quizá sea esto.

—Si crees que es lo que quieres…

Se le forma una mueca triste en la boca y eso hace que me enderece y le dé otro empujón con el pie.

Enseguida sonríe como si la tristeza no encajara con él, como si los problemas fueran tan fáciles de gestionar como quitarse una pelusa de la ropa.

Qué fácil es este hermano mío, qué bonito sería el mundo si la mitad de las personas se le parecieran un poco.

—Sé que no me vais a tomar en serio, llevo años sin rumbo. Pero Tori salvó el otro día a una niña que se atragantó con un hueso y… Bueno, no sé si la salvó de verdad o le dio tres palmaditas en la espalda, pero el caso es que me pareció tan cercano y humano… No sé.

Lo cuenta todo con una emoción que nunca le he visto, le brillan los ojos, algo que la perspectiva de otras profesiones nunca le había provocado. Y me alegro, me alegro de la hostia. Así que bebo un buen trago de vino, le digo que si él es feliz yo soy feliz y le paso la botella para que beba.

—No eres feliz —me dice—, estás triste.

—No estoy triste.

—Llevas meses triste. —Me señala hacia donde mi madre está hablando con… Evan.

Suspiro hondo y los miro. Están en unas sillas debajo de un árbol, mi perro traidor entre las piernas de mi mejor amigo.

Se ríen de algo, mucho y con todo el cuerpo, tanto que mi padre, en la barbacoa a unos metros de ellos, los mira y también se ríe.

Cómo me gusta esa risa, cuánto la echaba de menos.

—¿Alguna vez te has imaginado dónde y qué querrías estar haciendo dentro de, no sé, diez años? —le pregunto a Alex.

Mi hermano frunce el ceño.

—Uf, lo pienso todos los días, creo. Y he cambiado de carrera más que algunas personas de colchón a lo largo de su vida.

—¿Y dónde te gustaría estar? Venga, respuesta rápida, sin pensarlo.

Se le escapa una sonrisa.

—No tengo ni idea. Solo sé que quiero que tú estés cerca, y que quiero ser feliz.

Y ayudar a la gente. Y que inventen una máquina que convierta las patatas y el chocolate en productos supersanos como el brócoli.

O, mejor aún, que hagan patatas cubiertas de chocolate.

Da igual que engorden. ¿Te imaginas? Esa sería mi orientación sexual.

Atracción a las… ¿Patalates? ¿Chocotatas?

Me descojono. ¿Cómo no hacerlo? Por supuesto, no le digo que creo que ya existen, pero me hago una nota mental para hablarlo con Evan y que las busquemos para nuestro cumple. Quiero que llene su cofre a los pies de la cama de patalates. O de chocotatas.

—¿Y tú? ¿Dónde te gustaría estar? —me pregunta después de darle otro trago al vino.

Miro al frente. A mi familia. A mi perro. A él. Sobre todo a él.

—La cuestión no es el dónde, sino con quién. —Sonrío, y no sé si es una sonrisa triste o esperanzadora—. Quiero estar con quien estoy ahora, ni más ni menos.

—¿Conmigo?

Me río. Pero qué tonto es. Aunque sí, con él también.

—Este es mi sueño desde que era un niño, Alex. Llegar a este momento, con vosotros y con él. Y es una mierda, porque sé que solo tengo el ahora, y que el mañana es incierto y que puedo estar hundido en la más profunda de las miserias.

Mi hermano me clava la mirada; los ojos le brillan como a los personajes de alguna de las tantas series de animación que ve.

—Por fin.

—¿Por fin? ¿En serio te alegras de mi desgracia?

—Y luego decís que yo soy dramático. —Menea la cabeza—.

Me refiero a que por fin reconoces que es él, que siempre ha sido él.

Que Evan es tu otra mitad. A ver, que todos lo sabíamos, de siempre.

Y no hablo del plano romántico, sino de vuestra conexión.

Una que nadie más ha tenido contigo; ni con él.

—Tú y yo…

—Tú y yo somos gemelos, nos queremos, nos llevamos de puta madre y sí, daríamos la vida el uno por el otro. Bueno, yo también la daría por mamá y papá. Y por Evan. Y por Tori y…

—Vale, lo pillo.

—El caso es que Evan y tú siempre habéis sido eso.

Esa cosa poderosa que está por encima de todo.

Ese «nosotros contra el mundo». Y ya no me duele, cuando vi que tus silencios eran parte de ti, empecé a aceptar que no me lo contaras, que no verbalizaras lo que sentías por él, como cuando no querías contarnos cómo te había ido un examen o un partido importante.

Pero cuando éramos más pequeños lloré mucho, ¿eh?

Porque veía cómo lo mirabas, lo que teníais, y que no confiaras en mí…

—Joder, lo siento; ni siquiera me lo reconocía a mí mismo. —Me incorporo para… No sé, para estar más cerca de él.

—No te lo estoy echando en cara, perdona si lo parece. Solo digo que lo sé. Que mamá y papá lo saben. Que el universo lo sabe. Que Evan y tú sois almas gemelas desde siempre. Tu gemelo biológico soy yo, pero ¿el resto? ¿El corazón, el alma y todas esas cosas etéreas? Eso es él.

Coño con mi hermano.

Le pongo una mano en el hombro y nos miramos durante unos segundos antes de que ambos dirijamos la vista a la vez hacia Evan y nuestra madre, que le revuelve el pelo como si fuera un crío.

Alex y yo sonreímos a la vez.

—Menos mal que no ha venido su madre —digo más para mí que para mi hermano.

—Sabíamos que no lo haría. Nunca lo hace. Y ya tiene a la nuestra. Por cierto —Alex fija la mirada en mí—, me he fijado en que llevas toda la noche evitándola. ¿No se supone que lo habíais arreglado?

—Lo hemos arreglado. Estamos bien. Solo necesito un poco de tiempo.

—Tú y tus tiempos.

—Pero estamos bien, no te preocupes. No es a ella a quien he estado evitando. —Suspiro.

—¿En serio? ¿Problemas en el paraíso?

—No vivimos en un paraíso, créeme. Por primera vez en mucho estamos como sin rumbo, como si se nos hubiera roto la brújula que siempre ha guiado nuestra relación; o yo qué sé. Pero estoy muy perdido. No sé qué hacer.

A unos metros, Loki ladra, feliz, y Alex y yo volvemos a mirar en esa dirección.

Evan debe de sentir el peso de nuestra mirada, porque levanta la vista y nos sonríe.

Es una sonrisa pequeña, un poco achispada quizá, temerosa.

Porque está como yo, sin rumbo. Pero en su caso se suma además la negación.

No es que no le funcione la brújula, es que no quiere sacársela de la mochila por miedo a no saber leerla, a confundirse de camino.

Y eso me acojona como pocas cosas me han acojonado en la vida.

—Él también está enamorado de ti —me dice mi hermano muy bajito.

—Lo sé.

—¿Y por qué estás triste? ¿Por qué dices que no sabes qué hacer? Ve ahí y cómetelo.

Sonrío sin ganas, porque no puedo evitarlo, porque Alex saca lo mejor de mí, aunque me esté muriendo por dentro.

—Porque sí, creo que está enamorado de mí. Pero no quiere estarlo. Busca cualquier excusa para no quererme y puede que sea porque… Porque… no me quiere lo suficiente.

Mi hermano abre los ojos de par en par.

—No te creo.

Ni yo quiero creerlo. Porque ya no puedo más. Porque lo necesito conmigo de una forma tan urgente que ya no sé cómo estar cerca de él sin dárselo todo.

Volvemos a mirar a Evan, que levanta la cerveza que tiene en la mano a modo de saludo. Yo se lo devuelvo alzando la botella de vino, ya vacía de los lingotazos que mi hermano y yo le hemos metido.

—Demuéstramelo —dice Alex fijando en mí sus ojos grises, tan iguales a los míos—. Demuéstrame que no te quiere.

—Alex…

—¿Qué? Si Evan y tú no podéis ser, ninguna pareja puede; de hecho, yo dejaría de creer en el amor y todo. —Me mira en silencio unos segundos y luego añade—: Venga, demuéstramelo.

—¿Cómo? —pregunto, no sé muy bien por qué; no tengo nada que demostrar y me preocupa volver a cagarla a lo grande una vez más.

Como la cagué hace un año cuando nos liamos; como la cagué al aceptar sus reglas cuando era lo último que quería hacer; como la cagué cuando nos enrollamos en el Happy Ending y fingí al día siguiente que todo estaba bien solo para que él lo estuviera, para dejarle claro que podría seguir siendo su mejor amigo a pesar de eso; como la voy a cagar ahora cuando me levanto y, tras dedicarle una mirada cargada de intención, me dirijo al lago.