24 Blair
BLAIR
—Dime algo que te dé miedo —me pregunta Evan en cuanto descuelgo el teléfono.
Típico de él, hacer preguntas inoportunas en momentos inoportunos cuando nuestras almas están pasando por la peor crisis existencial de la historia de nuestra amistad.
He conseguido escaparme de casa y de mi familia y llevo un rato tumbado sobre la cama del cobertizo, escuchando música sin hacer nada más que mirar las estrellas que se atisban al otro lado de la ventana.
Solo ha pasado un día, veintisiete horas, pero me parecen un siglo entero.
—¿Algo como la muerte?
—¿Te da miedo morir? —quiere saber Evan. Su voz suena un poco áspera, como si se hubiese pasado el día sin hablar con nadie, o llorando, o a saber. Siento una punzada desagradable en el pecho al pensar en Evan llorando, lejos de mí.
—¿A ti no?
—Nunca he pensado en eso. Supongo que sí, aunque…
—¿Qué?
Un suspiro largo y ruido de algo al golpear contra el suelo.
Luego un ladrido y un «¡eh!, que me caigo, no seas acaparador», seguido de un «pero bueno, cómo eres, con lo grande que es la cama» y un «que sí, que te puedes quedar ahí, no pongas esa cara».
Sonrío y me derrito un poquito pensando en Evan, mi persona favorita, en la cama con Loki, el mejor perro del planeta.
Y el mundo entero me parece un poco más bonito, incluso la nube negra que amenaza con caernos encima con toda su furia.
—Lo que me da miedo es irme con algo pendiente que hacer. Ya sabes. Algún secreto que no debería serlo porque debería ser sencillo de hablar y de entender. Como salir del armario, supongo.
—Ni siquiera te hizo falta —replico con aspereza—. Lo soltaste y ya está.
—Es lo que tiene tener un padre bisexual. Lo tuve fácil.
«Yo también tengo una madre bisexual», pienso con extrañeza. Pero no le digo nada.
—Evan, ¿qué quieres?
Estoy enfadado, no me apetece hablar de salir del armario ni de secretos.
—Pues a mí me siguen dando miedo los fuegos artificiales y las palomas.
Me río, no puedo evitarlo. Todavía recuerdo cómo se hizo pis cuando se nos metió una paloma en el cobertizo. Tenía ocho años y estaba acojonado.
—No te rías de mí, idiota —me replica con alivio en la voz.
—Evan…, en serio, ¿por qué me llamas?
—Porque te echo de menos, esa es la razón principal.
El pecho se me hincha y dejo salir el aire despacio.
—Ya…
—Y porque me da miedo el tiempo.
—¿El tiempo?
—La distancia. Esa cosa que hay entre nosotros, Blair.
Fui a la librería a verte, aunque eso ya lo sabes porque te lo habrá dicho Archer, o Alex.
Parece que se han hecho muy amiguitos, ¿no?
—dice con tonito—. Me miraron como si hubiese apuñalado a uno de los gatos de la niña de los gatos.
Que, por cierto, se llama Mabel, no sé si lo sabes.
O si te importa. —Suelta un hondo suspiro—.
El caso es que has cambiado el horario y todo. Y no fuiste al gimnasio, y siempre vas.
Y ahí está mi mejor amigo, inventándose pelis que solo existen en su cabeza. Lo más probable es que ya esté pensando que voy a vender la librería y, no sé, mudarme a una casa aislada en medio de la Patagonia.
Me ha roto el corazón y me he quedado en casa a lamerme las heridas.
Ya. Punto. Y estoy enfadado. Pero me repondré.
Aunque irme a la Patagonia solo para olvidarme un poco de todo tampoco me vendría mal, pero en plan viaje corto.
Con una semana me vale. Quizá menos. A estas alturas, Evan mejor que nadie debería saber que soy incapaz de alejarme de él, aunque me duela.
—A ver, Evan, que solo he faltado un día al trabajo. ¿De qué horario me hablas?
—Pero es que tú nunca cambias nada sin decírmelo antes. Me da miedo que te olvides de mí, y que dejemos de ser amigos, y que cada día me quieras menos. Me da mucho miedo, Blair.
—Veintisiete horas, Evan, que las he contado. Y nada de eso va a pasar. Solo estoy… —Suspiro hondo—. Arreglé las cosas con mis padres y les he prometido unos días. Volveré después de las bodas de plata.
Creo que se le cae el teléfono, Loki le ladra y yo sonrío al imaginarme allí a los dos juntos.
Seguro que Evan tiene todo desordenado y hay ropa tirada por todas partes.
Suspiro, queriendo estar ahí con él y, a la vez, necesitando este espacio, este tiempo para pensar.
¿Por qué tiene que ser todo tan difícil cuando lo único que quiero es abrazarlo y comérmelo hasta que se le quiten las putas dudas?
—Vale, ya estoy, perdona. Y tú, quietecito ahí —le dice a Loki con un tono enfadado que no se cree ni él—. Cuéntamelo todo, por Dios. Quiero saber cómo fue el momento reconciliación.
—Evan, yo… Mira, ya hablaremos, ¿vale? Solo dame un tiempo.
—Me aterra.
—Un día. No más. No tengas miedo. Puedo estar enfadado, con razón o sin ella, molesto, celoso, dolido… Pero enseguida estaré bien.
—¿Celoso? —Me lo pregunta en un tono ahogado y yo no puedo creer que sea tan tonto. De verdad que no. Y en algún otro momento me habría reído, porque su tontuna tiene su gracia, pero hoy no.
—Evan, voy a colgar.
—Vale. Eh… Vale. Pero tenemos que hablar.
—Y lo haremos. Y vamos a estar bien. —Suspiro. No quiero dejarlo mal, y si corto la conversación así, no dormirá. Y no merece mis celos ni mi posesividad—. Te quiero.
—Gracias —dice en un murmullo. No sé si está llorando.
—¿Qué clase de respuesta es esa? —le pregunto, la risa evidente en mi voz.
—Podría haberte dicho «lo sé», como hacían Han Solo y Leia…
—Y no sería la primera vez —le digo, una vez más confiriendo risa a mi tono. Para aligerarle el ánimo, aunque el mío esté por los suelos.
—Yo también te quiero. Mucho.
Silencio, denso, casi palpable. Un trueno allá arriba, gotas que empiezan a caer contra la madera de la entrada y los cristales, y frío, el del aire que se cuela por la ventana y ese otro que se vino conmigo cuando me fui de casa y lo dejé ahí, con el puto vecino del quinto.
—¿Blair?
—Dime —intento evitar el tono de paciencia, no es su culpa que esté puto loco por él.
—No nos acostamos. El vecino que no es Ripley y yo.
Se me forma un nudo en la garganta. Creo que dejo de respirar y tragar me cuesta un mundo.
Y quiero celebrar esa pequeña victoria, ya lo creo que sí, levantarme, salir del cobertizo y bailar bajo la lluvia.
Y gritar. Debería centrarme en eso y no en la vocecita hija de perra que se me ha colado en la cabeza y me repite eso de: «Vale, no ha pasado nada, pero habrá otros, vecinos del tercero o del cuarto, Ripleys, Aliens…
, desconocidos. Y no siempre llegarás a tiempo para ponerle freno».
«¡Calla!», le grito a la puñetera voz.
—No te he preguntado —le digo a Evan.
—Pero necesito que lo sepas. Le dije que se fuera con sus huevos, que los míos se quedaban en casa.
Me río. A mi pesar y al de mi tristeza, pero me río. Coño, si es que cómo lo quiero.
—Vas a volver a casa, ¿no? —pregunta al ver que la voz no me sale, pero que me he reído y mi risa le vale. Se va a agarrar a lo que sea.
—Volveré. Pero me respetas mis tiempos, ¿vale?
—Tienes menos de veinticuatro horas, mañana son las bodas de plata.
—Sin presión —digo con tonito, pero con la sonrisa evidente en mi voz.
—Solo constataba un hecho. Que estaré allí a las once de la mañana. No te pongas a contar las horas exactas que quedan, que te conozco y te me vas a agobiar.
Sonrío. Y me alegro de que no lo note, porque lo mismo me viene a buscar en media hora.
—Mañana hablamos.
—Pero…
—Evan, te noto en la voz que me estás poniendo cara de perrillo triste. Para. Ya tendrás tiempo mañana de convencerme para que vuelva. Pero que sepas que vas a tener que hacer algo más que ponerte a cuatro patas —le advierto y sonrío al escuchar que jadea.
—Vale —me dice tras coger aire—. Pero paso a paso.
¿Eh? ¿En serio?
Escucho el ruido del viento al otro lado del teléfono, el golpeteo de la ventana, y me imagino a Evan tumbado en la cama, al lado de un Loki que reclama sus caricias, con las piernas extendidas y moviendo los dedos como hace siempre que se pone nervioso.
—¿Blair?
—¿Evan? —le digo yo entre la paciencia y la desesperación.
—¿A qué le tienes miedo tú?
—A la verdad —contesto sin dudar.
—¿Qué quieres decir?
—Eso que dices que te da miedo llevarte a la tumba… A mí me da miedo soltarlo, me da miedo la respuesta, el rechazo. Perderlo, eso es lo que más miedo me da en el mundo.
—¿Perder el qué?
No contesto. Por supuesto, mi amigo repite la pregunta.
—¿Blair?
—Evan, mañana, ¿vale? Buenas noches.
—Buenas noches.