23 Blair
BLAIR
Me voy a la librería, quizá porque es el único lugar que considero mío, solo mío.
Me siento en el suelo con una pila de libros de los que leo el prólogo y no avanzo más porque las palabras se me atascan, y eso que estoy hecho de ellas.
Leo y dejo pasar las horas hasta que el frío se me mete en el cuerpo y me doy cuenta de que, por muy mío que sea, este lugar lleno de historias no es mi casa.
Tengo una casa y unos brazos fuertes a los que necesito aferrarme.
Y puede que me haya comportado como un imbécil irracional, pero no puedo seguir haciéndonos esto, ni a mi familia ni a mí mismo.
Alguien me dijo una vez que pedir ayuda no te hace débil, solo consigue que deje de doler antes. Y lograr algo así es toda una hazaña.
Me planto en la casa en la que crecí y no abro con mi llave, sino que llamo a la puerta. Espero temblando. No sé cuándo ha empezado a llover, pero tengo el pelo pegado a la frente y la ropa empapada, los pies fríos por el agua que se me ha colado dentro de las zapatillas.
Es mi madre quien abre y soy yo el primero que se derrumba. Me caigo de rodillas y la abrazo, fuerte, como si quisiera impedir que se alejara de mí. Huele a naranjas, a flores, a pan recién horneado y a un olor que es suyo y que no olvidaré hasta que me muera: el olor de mi madre.
—Lo siento mucho, mamá.
—Shhh. —Se agacha y me besa la frente, y la sien, y la mejilla. Luego me sujeta el rostro con ambas manos y me mira con preocupación—. Ya estás en casa, no llores.
—No lloro —replico, y es la verdad. Llorar nunca se me ha dado bien, en especial delante de otras personas.
—Lo haces por dentro, que duele más. Y ahora levántate, estás empapado y hace frío.
Obedezco, no sin darle un último abrazo. Entramos en silencio y mi madre me prepara una infusión mientras me doy una ducha. Pasan las doce de la noche y me explica que papá ya está durmiendo y mi hermano ha quedado con unos amigos.
—Y ahora cuéntamelo.
Lo hago, se lo cuento. Le hablo de Evan como jamás le he hablado a nadie. Del Evan de seis años del que me enamoré, del Evan de quince que hacía que mi mundo se pusiera del revés, del Evan al que me rendí hace poco más de un año, del Evan que me acaba de romper en trocitos.
Mi madre me mira como si contuviera todas las palabras del mundo y yo solo quiero que las suelte, que me libere en ellas.
—Eras un niño cuando me hablabas de él. No lo recuerdas, pero yo sí.
Al principio lo vi como un juego. Era normal que solo hablaras de él cuando pasabais tanto tiempo juntos.
Luego comprendí que era algo más que un juego.
Y me aterró, no porque te gustaran los chicos, sino por todo lo que implicaba que lo hicieran.
El mundo está hecho para expulsar y hacer daño a los que sienten distinto.
Y sé que la vida no es la que era, pero siempre habrá alguien que te ponga la zancadilla y que no espere a que te levantes para volver a tirarte al suelo.
Los que somos diferentes tenemos que ser más fuertes, librar batallas que no nos tocan solo por ser distintos.
Se me para el corazón.
—¿Somos? —pregunto casi sin voz.
—Tu padre no fue mi primer amor, solo el definitivo.
La miro, parpadeo, ella sonríe y los ojos se le llenan de lágrimas, de una nostalgia que no reconozco.
—¿Quieres decir que tú…?
—Se llamaba Anne y nunca, jamás, he olvidado su olor.
No recuerdo la forma de su cara, ni su voz, pero a veces, cuando salgo al jardín o entro en una floristería, está en todas partes.
Tengo que mirar porque siento que la tengo detrás, o a los lados, y es…
—Se encoge de hombros y sonríe con nostalgia.
Va a levantarse, pero la agarro de la mano para que se vuelva a sentar. Quién es esta mujer y por qué no la conozco. Por qué hay cosas de ella que no sé. Por qué.
—¿Qué pasó?
Ella se encoge de hombros.
—La vida. A veces te pasa por encima y lo aplasta todo.
Y tú sigues porque hay que seguir. No hay opciones.
Nosotras no las tuvimos. No sé dónde está ahora.
Ojalá sea tan feliz como lo soy yo. Ojalá tenga a alguien a quien quiera tanto como para aconsejarle que no siga sus pasos, que luche, que gane.
—Se inclina y me aprieta la mano entre las suyas—.
Jamás he pensado que seas menos que tu hermano.
Solo fue un comentario de mierda hecho por una persona que ha tragado mucha y está acostumbrada a lidiar con ella con palabras vacías.
Lo siento, pequeño. —Se lleva mi mano a los labios y me besa con una dulzura que me rompe el corazón un poquito más—.
Sé quién eres y lo he sabido siempre. Solo quería quitarle hierro al asunto.
Mi hijo llevaba escondiéndose toda la vida de mí y yo tuve un mal día. Soy una bocazas, ya lo sabes.
—¿Lo sabías? ¿Lo supiste siempre?
—Sabía que estabas enamorado de Evan. —Sonríe y yo me ruborizo. Tengo un bloque de cemento en el pecho y pesa. Y duele.
—Dios, no puedo ser tan obvio.
—No lo eres, pero yo soy tu madre. Juego con ventaja. —Me guiña un ojo.
—¿Por qué nunca me has hablado de esto? ¿Por qué siento que no te conozco? A ver…, que sí, que me parece muy bonito y seguro que es muy educativo y todo eso. Pero me jode, ¿eh? Me lo podías haber dicho.
Deja caer nuestras manos entre sus muslos y me da una palmadita donde aún siento la suavidad de sus labios. Sonríe.
—Lo merezco. Y lo siento. Mucho. Esperaba que te sinceraras conmigo, hacer un bizcocho, o abrir un cabernet y contarte y hablar y…
—Esperabas una película de las que se monta Evan.
—Puede ser. Pero tú también, ¿no? Por eso mi mierda de reacción te dolió aún más. Porque te armaste de valor, te atreviste a hablar y yo no actué como se esperaba de mí.
Suspiro hondo.
—No sé qué hacer.
—Yo sí. —Se acerca y toma mi rostro entre las manos—. Vas a volver a casa con tu familia. Y luego ya se verá.
—Evan es mi casa —le suelto sin querer pero siendo consciente de que es la verdad. Evan siempre será mi hogar, aunque me rompa en dos que no me quiera como yo lo hago.
—Entonces él vendrá a ti. Como la montaña a Mahoma. Como ese relato que tanto te gusta.
Sonrío. Estoy triste pero contento. Troste.
—¿Cómo puedes estar segura? —le pregunto a media voz.
—Porque veo —dice con una seguridad que aviva un poco de la esperanza que ya casi siento perdida del todo—.
Os veo a los dos. Dale tiempo, ¿vale? Y tómate el tuyo para saber qué quieres hacer a partir de ahora.
No sé cómo has aguantado tanto tiempo en silencio, pero es hora de que hables, cielo. Es hora de que él sepa cómo te sientes.
—Lo perderé.
—Lo harás de todas formas si te callas. Hablando al menos tienes una oportunidad; aprovéchala.
Luego me abraza y yo me hundo en el corazón de mi madre, en sus brazos como ramas robustas, en sus raíces clavadas a la tierra, en mi hogar.