22 Evan
EVAN
Dicen que el amor es grandioso, algo inmenso, un rayo, una carrera hasta quedarte sin aliento.
Todo eso dicen. Pero no te cuentan que esas palabras grandilocuentes tienen un doble filo.
Porque el amor también puede ser el vacío tras la inmensidad y la muerte si ese rayo te alcanza o corres a lo bestia sin preparación.
Ese es el humor del que estoy. Regular tirando a malo. O malo tirando a malísimo.
¿Cuánto hace que lo quiero? ¿Importa acaso? No. No lo hace. Porque si me remonto al inicio tendría que hacerlo al principio de los tiempos, al paritorio. Y no me apetece. Lo único que importa es superarlo. Eso es.
Superarlo.
Superarlo. Sí.
Necesito pasar página, y no lo haré si me quedo donde estoy, quieto, con mis reglas y esa manera de vivir sin vivir, porque es verdad que dejé de hacerlo el día en que supe lo que era sentirlo a él, como si después de él no hubiese nada más.
Llevo toda la vida huyendo de ese sentimiento y vuelve a mí como una bofetada de realidad.
Estoy enamorado de mi mejor amigo, y por mucho que haya intentado olvidarlo, no he podido.
No basta con querer hacerlo. Tengo que lograrlo.
Como decía Yoda: «Hazlo o no lo hagas. Pero no lo intentes».
Y eso es lo que me digo esa noche en casa de mis padres, y por la mañana cuando Blair se presenta para ver qué hago allí.
Y yo le miento. Le sonrío y le digo que vine a cenar, que era tarde, que me quedé dormido.
Mentiras y más mentiras que nunca he tenido que contar.
No sé si me cree, me mira raro. Pero se va, porque tiene que hacerlo. Y yo respiro. Y dejo de sonreír.
Y cuando horas después me escribe para decirme que no lo espere esa noche para el maratón de pelis, que va a llegar tarde, que hablamos después, peto.
Colapso. Me entra la neura. No, no quiero hablar.
Ni antes ni después. Paso. Así que me pongo unos vaqueros estrechos y una camiseta aún más estrecha y me voy a ahogar las penas con tres amigas de la universidad que me avisan de que hay chupitos gratis en el Galaxy hasta las doce; que me dé prisa, dicen.
Y solo me falta correr hasta allí. Lo necesito como el respirar.
Quiero olvidarme de todo, quitarme los celos odiosos y que deje de doler, aunque sea por unas horas.
Es temprano y el Galaxy aún no se ha llenado cuando ocupamos una de las mesas altas cercanas a la barra y nos pedimos el primer chupito, y el segundo, y el tercero.
En nada me relajo y me lo paso bien. Nos reímos de tonterías, recordamos anécdotas vergonzosas y nos ponemos al día hasta que consigo relegar mis mierdas a una parte oscura de mi cerebro y me siento…
bien. Como si volviera a ser el Evan que solo se preocupaba por divertirse y sacar más de un ocho en los exámenes, porque a competitivo no me ganaba nadie.
Tengo un cuarto chupito en una mano y una copa en la otra cuando lo veo en la esquina de la barra.
No lleva la sudadera, ni la ropa de deporte que le he visto a veces, pero es él.
El vecino del quinto. Ripley. Mi ex alma gemela.
No lo pienso cuando me acerco, un poco demasiado, quizá. Él se gira y me hace un repaso bien grande. Sonrío, sonríe.
—Eh, vecino.
—Hola, Ripley —suelto antes de dejar caer el cuarto chupito por mi garganta—. Salud.
Él sonríe. Mucho.
—Soy Carl. —Me tiende la mano.
Se la agarro. Mi padre siempre dice que puedes conocer a alguien según el modo en que te estrecha la mano. Y Ripley, o Carl, venga, lo llamaré por su nombre real, que ya es un paso adelante en nuestra relación, me la aprieta con seguridad, ni mucho ni poco, lo justo para hacerme sentir seguro.
—Yo soy McFly, ya sabes —le digo, guiñándole un ojo.
—Creía que te llamabas Evan. —Su sonrisa se ensancha y se gira para mirarme de frente—. Me lo dijo la vecina simpática —dice haciendo unas comillas en el aire para resaltar lo de «simpática». La verdad es que es odiosa.
Me inclino hacia él.
—Estás intentando despistarme, ¿verdad? La pregunta es: ¿por qué?
—Despistarte —repite y sus ojos se desvían al chupito vacío sobre la barra, y a mi copa, que ya va por la mitad—. ¿Cuántos de esos llevas?
—No los suficientes. Y ahora dime qué opinas de Soul Finder.
—¿Soul Finder? —repite con las cejas arqueadas—. Que no nos hace falta ahora mismo.
Me río. Mucho y muy fuerte. Las carcajadas son tan grandes que enseguida tengo a Sarah, una de mis amigas, a mi lado preguntándome si estoy bien. Le digo que no pasa nada y le presento a mi vecino como Ripley, aunque él me vuelve a corregir.
Cuando Sarah se va, me pongo serio e intento sonsacarlo. Ojalá estuviera conmigo la niña de los gatos, creo que se le da mejor leer a las personas que a mí, que me limito a preguntarle por Alien y libros de ciencia ficción.
Me mira raro, debe de pensar que estoy muy borracho, y me dice que no es fan de la ciencia ficción, que él es más de ensayos o novelas de autoayuda para animales, que es veterinario y le interesa muchísimo la gestión emocional de sus pequeños y peludos clientes.
¡Tomaaa! Es veterinario. Ya lo sabía yo. Se lo tengo que decir a Blair.
No, no, no. «Blair, fuera de mi mente».
Hago un aspaviento para sacarme de la cabeza a mi mejor amigo y Ripley se ríe.
Y creo que sí que estoy borracho, porque este chico es muy guapo, pero no se parece en nada a mi Ripley.
Y entonces vuelvo a pensar en Blair y en la de veces que ha intentado hacerme ver que me estaba montando pelis yo solito; y me siento fatal, y vuelve a dolerme el pecho, y la cabeza.
Entonces, el vecino del quinto, Carl y no Ripley, muy cabelloroso él, se ofrece a acompañarme a casa.
Que está cansado, dice; y que le han dado plantón. Pobre.
Me despido de mis amigas, que enseguida piensan que he ligado y levantan los pulgares, porque por supuesto que mi amor secreto por Blair siempre ha sido eso: secreto; y torturado, como si fuera un poeta gay del siglo diecisiete.
El aire es frío cuando salimos al exterior y vamos caminando hacia casa.
Él me pregunta muchas cosas y yo le pregunto muchas más.
Pero me aburro porque no nos parecemos en nada y solo habla de perros.
Que me gustan, pero todo todo el rato… Tomo nota mental para presentarle a la niña de los gatos y al rubio que va de blanco y negro. Seguro que con ellos encaja.
«Al menos es guapo», me dice una parte de mi mente.
O quizá es mi cuerpo quien me lo susurra.
Y es verdad; y se me ocurre que un tío al que le gustan los animales debe de ser buena persona y que quizá debería enrollarme con él.
A lo mejor no es tan aburrido en la cama como lo es soltando todas esas palabras que no entiendo, y puede apagar este fuego que amenaza con consumirme.
Necesito follar y olvidarme de todo de una vez.
Quiero (y deseo) a mi mejor amigo, sí, pero es más que eso.
Prefiero arrancarme el corazón a perderlo como familia.
El vecino que no es Ripley está soltero y no busca nada serio. Eso dice, al menos. Es el tío perfecto para quitarme las penas. Si es que las penas se van así, que no lo sé, es la primera vez que voy a probar esta estrategia de polvo rápido quitadramas.
Y mientras subimos las escaleras del edificio, decido llevarlo a casa. ¿Por qué no? Blair lleva a sus ligues, y él está demasiado ocupado con a saber quién y no va a volver a casa hasta a saber cuándo.
El vecino que no es Ripley duda hasta que abro la puerta y aparece Loki y se obsesiona un poquito con él.
«Mira, que te enseño la panza para que me rasques», parece decir el perro.
«Quién es el más guapo, quién es…», dice el vecino del quinto con voz infantil sin parar de mimar a Loki, que es un vendido, todo sea dicho. No tiene criterio.
Trescientas mil caricias después, nos sirvo dos vasos de agua, porque no tenemos alcohol en casa y no nos gustan los refrescos, y nos sentamos en el sofá.
Él me explica alguna cosa técnica relacionada con perros que no entiendo porque sigo achispado, y cuando Loki se cansa de jugar, nos miramos, y él me sonríe, y no sé quién de los dos le entra a quién. Tampoco es que importe.
Nos besamos, así, sin más.
El vecino que no es Ripley huele a lavanda y a algo cítrico y tiene las manos suaves y sabe dónde tocar.
En nada estoy encima de él y nos movemos como si estuviéramos al borde del clímax.
Él puede que sí lo esté, yo solo la tengo un poco dura, demasiado poco para la exagerada fricción.
Qué incómodo todo. No dejo de pensar en Blair, en su cartel de Alien y en si le importará que haya traído a alguien a casa.
No siento que entra hasta que escucho el ruido de una caja al soltarse contra la mesa y el olor a pizza que lo llena todo.
—Eh, os dejo la cena. Vuelvo más tarde —dice con una voz que me zumba en el cerebro antes de moverse hacia la puerta.
Me giro para ver cómo se aleja por el pasillo y echo a correr. Lo alcanzo cuando está a punto de salir y le agarro la muñeca para detenerlo.
—No tienes que irte.
Blair se suelta con brusquedad.
—No tengo ningún interés en quedarme a escuchar, ni a ver, gracias. Y podrías haberme avisado de que estabas ocupado. Lo último que me apetece es entrar y ver cómo te lo montas con alguien en el sofá.
—Tú nunca me avisas y traes a tíos nuevos cada semana.
La mirada gris de mi amigo me hiela la piel.
—¿De qué cojones vas?
—Veo el cartel, Blair.
—El cartel —repite con una risotada amarga, como si no se lo creyera, como si me estuviera montando putas pelis.
—El cartel de Alien de la puerta.
—Lo pusiste tú.
—Para que lo colgaras cuando fueras a enrollarte con alguien.
—Eres tú quién controla eso. Yo no pongo esas mierdas —me recuerda—. Si me quiero follar a alguien no te aviso, joder. No pongo un puto cartel.
Nos miramos; yo con la mente nublada de cosas que no comprendo, él con un dolor que me parte en dos.
—No lo entiendo.
—¿Qué no entiendes? Ese cartel está ahí desde que tú lo pusiste la noche que nos enrollamos. No ha habido nadie más, eras tú quien estaba a los dos lados de la casa.
—Pero… —No sé qué cojones decir. Nuestras miradas siguen enredadas y Blair ahora parece… enfadado. Mucho.
—A ver si lo he entendido. ¿De verdad cada vez que cierro esa puerta, cosa que apenas hago porque me gusta escuchar los estúpidos ruidos que haces, crees que es porque me estoy follando a alguien?
—Lo pregunta vocalizando cada palabra como si necesitara que yo entendiera bien lo que me está preguntando—.
A mi mano, en todo caso. Por Dios. No soy una máquina de sexo y jamás se me ocurriría traer a nadie a tu casa cuando me estás haciendo el favor de dejarme vivir contigo.
Yo no soy así. Y pensé…, joder, pensé que estabas de puta coña.
Todo este tiempo… ¿de verdad pensabas que lo hacía?
La vergüenza me repta por la cara y sé que me estoy poniendo rojísimo.
—Me pagas la mitad, es tu casa también —le recuerdo como el bobo que soy, como si habláramos de dinero y no de todo lo demás.
Menea la cabeza y sus ojos grises brillan en la oscuridad del pasillo.
—Pásalo bien. Yo… me iré a dormir a casa.
—No tienes que irte, Blair.
—Y tú no deberías hacerlo esperar. Esto era lo que querías, ¿no? Follar con el vecino del quinto. Disfruta, está bueno. Yo me lo tiraría. Y tú ni siquiera necesitas poner cartel.
Luego se marcha y me deja ahí, temblando y con la absurda certeza de haberlo estropeado todo, quizá para siempre.