21 Evan
EVAN
Las cosas entre nosotros se estabilizan, más o menos.
Más bien llegamos a un pacto no verbal de «no me dices nada, no te digo nada y no nos acercamos en exceso por si acaso».
No hablamos del cobertizo, no hablamos de la noche loca y cumplimos las reglas; más o menos, porque Blair sigue paseándose semidesnudo tras ducharse o me provoca indeseadas erecciones cuando, tumbados en el sofá, me acaricia el pelo o el brazo.
Hacemos maratones de series y cine, pasamos tiempo juntos en el gimnasio o salimos a correr y visitamos —mucho y a las horas de comer y cenar, sobre todo— a mi padre y a Harold.
Este último nos obsequia con ingentes cantidades de comida, porque a pesar de nuestros casi veinticuatro años nos sigue diciendo ese «comed más, que estáis creciendo».
En esas visitas, agradables y con olor a especias, mi padre no vuelve a sacar el tema de la casa cuya entrada ha pagado sin consultar a nadie. Sé que quiere hablarlo, pero no me urge. Y yo lo agradezco. Voy lidiando con las cosas poquito a poco.
Durante esas semanas, planifico mi regalo de cumpleaños ultrasecreto, lo que me cuesta horrores, porque los secretos y yo nunca nos hemos llevado bien.
Pero lo logro, encerrándome en el baño para tener conversaciones a escondidas con Jeremy, eso sí, que pareciera que tengo un amante.
Y nada más lejos de la realidad, solo hablamos de cine; el tío me da tantas opciones para el cofre de Blair que juro que ya estoy preparado para pilotar una nave y buscar por todo el universo un planeta habitable que sustituya a nuestra Tierra enferma.
Sí, Interstellar es una de las películas que he incluido en la caja sorpresa. Va a ser una pasada.
Y lo cierto es que Jeremy es el único con el que interactúo en Soul Finder. He dejado lo de las almas gemelas por el momento. Porque entre mis paranoias, el curro, controlar mi sobreexcitación constante y ayudar a Blair a preparar la Feria del Libro, me acuesto medio en coma cada día.
Pero el día ha llegado, la feria está aquí y Blair se ha levantado como un niño en la mañana de Navidad.
La tarde anterior, los vecinos de la urbanización ayudaron a decorar la avenida frente a la librería, que el ayuntamiento ha convertido en peatonal para el evento, y ha venido gente de todo Eeriewood.
El cielo amanece despejado, salvo por una nube aquí y allá que no resulta nada amenazante, y no hay que suspender actividades ni llevar abrigos como el año anterior.
Los árboles de la avenida están decorados con luces y largas trenzas hechas con hilos de colores desde las que cuelgan diminutos libritos artesanales, los mismos que decoran siempre los árboles de Navidad del Langston Books el colectivo madurito, se hacen llamar.
Son muy tontos. Pero lo cierto es que son adorables, y ver el pique constante entre el novio de mi padre y los cocinillas de los Langston nunca aburre.
Hay mesas llenas de libros por todas partes, autores que vienen a firmar, un cuentacuentos y otros eventos para niños.
Se hace una recogida de dinero para el refugio de animales y hay varias estanterías donde los vecinos van dejando libros que ya se han leído y quieren donar a los centros juveniles de la zona.
Todo eso lo he visto antes de esconderme, claro.
Desde hace un rato solo veo piernas y zapatos.
Creo que he empezado a reconocer ciudadanos por los pies.
De hecho, desde donde estoy veo las Converse azules supergastadas de Blair ir de un lado a otro sin parar.
Saluda a gente aquí y allí, su voz risueña y atropellada por los nervios y las prisas llega hasta mi escondite como destinada a llenar el pequeño espacio que me rodea; veo cómo atiende a los clientes, cómo entra y sale de la librería.
Y también lo veo buscarme con la mirada, lo que hace que se me ponga el corazón del revés.
Y quiero saltar y decirle que estoy aquí, que estoy con él en cuerpo y alma.
Sobre todo en alma, porque en cuerpo, lo que se dice cuerpo (reglas de restricción aparte)…
Me he escondido en un acto reflejo ridículo del que ahora soy esclavo.
Todo ha sido porque he visto al vecino del quinto caminando hacia mí con Levi y Ryder.
Y mi cerebro ha petado. ¿Mi ex alma gemela y los creadores de Soul Finder juntos?
¿Con la bocaza de Ryder? Me he puesto tan nervioso que ni se me ha ocurrido que Ripley no sabe que yo soy McFly y que, aunque Levi y Ryder podrían saberlo, no pondrían en riesgo la privacidad de su aplicación.
Pero es que Ryder… Es amigo mío, pero es bocachancla de profesión.
Así que aquí estoy, bajo la mesa de los libros de saldo con nada más y nada menos que la niña de los gatos, que al verme entrar a cuatro patas se ha colado detrás de mí como si fuera un juego. ¿Y lo más raro? Que detrás de ella ha entrado un rubiazo buenorro.
Y ahí estamos los tres, mirándonos las caras con confusión.
Una de las celebraciones más increíbles de la ciudad y nosotros escondidos, a saber por qué.
Bueno, yo sí sé por qué; por cobarde. Pero estos dos no sé qué hacen aquí.
Aunque el rubio de los gatos ha dicho algo como «donde va Mabel, voy yo».
Mabel, sin embargo, me explica con mucha amabilidad que en realidad el rubio —que según dice es su socio, lo que descifra el misterio del gato humanoide— tiene un traumita con los finales de los libros, y que en casa no se habla de eso.
Yo miro al socio buenorro, que hace la croqueta con Loki —porque por supuesto el perro se ha escondido conmigo—, y me debato entre la ternura y la incomprensión.
Vaya tres. Y yo creyendo que Blair y yo éramos la extraña pareja.
Pues porque nadie nos ha visto aquí abajo…
—¿Los has traído? —me pregunta la niña, con esos ojazos enormes y brillantes explorando mi cuerpo para ver si puede responder a su pregunta antes de que lo haga yo.
—Ajá —le digo mientras veo cómo se ajusta las trenzas, que se le han deshecho un poco con el trajín de entrar a cuatro patas bajo la mesa.
Me saco los prismáticos de la chaqueta y se los tiendo.
Podría decirle que los he traído conmigo sabiendo que iba a verla, pero lo cierto es que esta mañana he estado espiando a Blair desde la terraza cuando ha salido a correr a primera hora, y luego los he guardado a toda prisa en la chaqueta que había colgada en el perchero de la entrada.
Que es la que me he puesto. Pero no le digo nada.
—¿Te han servido? ¿Has conseguido conquistarlo? —pregunta.
—¿Perdona?
La niña se inclina un poco y me tira de la camiseta para que me agache más. Me señala a Blair, que está atendiendo a una mujer unas mesas más allá con una sonrisa que le mordería si no me prohibiera a mí mismo hacerlo.
—Esos prismáticos dan suerte. Papá conquistó a Mason con ellos —dice y su mirada se desvía hacia el rubio, que ahora tiene a Loki como hipnotizado. Nunca he visto al perro tan calmado, este tío tiene un don.
—¿Cómo se conquista a alguien con unos prismáticos? —No añado lo de Hello Kitty para no ofenderla, claro, y porque me parecen una monada y son útiles de la hostia.
—Con mucho sigilo —contesta la niña como si tal cosa—. Desde la ventana de la cocina de nuestra casa se ve todo. Tienen un alcance de mil metros y ciento diez de ancho —explica como si se lo hubiese aprendido de memoria.
Enarco las cejas. Así que el padre de la criatura, también conocido como el cocinero buenorro de Eeriewood —con permiso de los Langston y Harold—, además de cocinero buenorro es un stalker.
Y bisexual, por lo visto. Pues todo bien, no seré yo quien se queje, dado que yo también soy ambas cosas.
O sea, bi y un poco stalker. Cocinero no soy.
—¿Lo has conquistado o no? Te puedo dejar los prismáticos otra vez cuando termine con ellos.
—¿Para qué los necesitas? —pregunto un poco por curiosidad pero sobre todo para cambiar de tema, porque no sé cómo una niña tan pequeña es así de observadora y ha intuido que muero de amor y lujuria por mi mejor amigo.
—La señora Smith nos ha robado un gato.
—¿A ti?
—A la urbanización. Es un gato callejero, pero que aún no pertenece a nuestra colonia. Es nuevo. —Al decir «nuestra colonia» señala al rubio y a ella misma.
—Pero eso está bien, ¿no? Que lo adopte es bueno.
—Pero es que no lo ha adoptado. Aún no tiene chip. Hay reglas, ¿sabes? Hay un largo proceso de adopción que no puede saltarse.
«Largo proceso de adopción». Se me escapa una sonrisa que intento morderme para que no lo note.
Por nada del mundo quiero hacerla enfadar y que no vuelva a prestarme esa maravilla de Hello Kitty.
Que yo sé que Blair me ha comprado los de Snoopy que vimos en la tienda de Dexter, la tienda retro que está cerca de la librería.
No es que me haya puesto a registrar su armario ni nada, la puerta estaba abierta y yo no pude evitar abrir un poco más y…
Bueno, vale, que sí, que busqué a posta.
Pero fue cuando no tenía claro qué regalarle por el cumple y necesitaba alguna pista, saber si mi regalo estaría a la altura y todo eso.
—¿Cuántos años decías que tenías?
La niña no me hace ni caso mientras fulmina a una señora con la mirada. Bueno, fulmina unos zapatos negros y me hace agacharme más de nuevo para indicarme que la dueña de los zapatos es una mujer de pelo grisáceo y gafas de pasta en forma de gato que está hablando con Harold.
—Es esa. ¿Ves los pelos de la ropa? Lo tiene ella, seguro.
Voy a decirle que eso no es prueba de nada, pero me atraganto con mis propias palabras porque…
¿acaso no es esa una de mis pruebas irrefutables para asegurar que el vecino del quinto es Ripley?
¿No será…? ¡No! Cómo va a ser Ripley esa señora…
Por si acaso la miro con atención y mucho recelo durante unos segundos.
—Mabel, vamos a preguntarle directamente —le dice el rubio haciendo amago de salir de la mesa no sin antes acariciar las orejas a un Loki enamorado de su presencia.
—¿Sí? ¿Te atreves? Creí que tu plan era colarnos en su jardín cuando se fuera a trabajar.
—Shhh, que como se entere tu padre, verás. Luego dice que te llevo por el mal camino.
—Mamá dice que soy yo la que te lleva por el mal camino a ti.
Ambos se sonríen y a mí me parecen una monada los dos. Sobre todo cuando Mabel va a seguir al novio de su padre fuera de la mesa y veo que no sabe qué hacer con los prismáticos, dado que no tienen cuerda para colgarlos y ella no tiene bolsillos.
—¿Quieres una bolsa? —le pregunto.
—No llevo dinero.
—No te voy a cobrar la bolsa —digo con una sonrisa.
—No son buenas para el medioambiente.
Me la como. O la mato. Es una listilla.
—Las tenemos de tela. Son bonitas.
—Pues entonces, sí. Venga, ve. Mase y yo te esperamos aquí con el perro. No podemos perder de vista a la ladrona de gatos.
Salgo a cuatro patas de debajo de la mesa mientras escucho al rubio decirle a Mabel que hace no mucho la ladrona de gatos era ella. Se lo dice con tremendo cariño y creo percibir un deje de admiración. Lo entiendo, esa niña sabe lo que hace.
Con mucho dolor, muy pocos momentos compartidos con un Blair que no ha parado de ir de aquí para allá y de mantener a todo el mundo contento menos a mí, y mucha más pereza, me marcho a última hora para cubrir el turno de noche en el gimnasio.
Jeremy me ha escrito a través de Soul Finder para decirme que ya tiene mi encargo hecho. Me pueden las ganas de contárselo a Blair y tengo que recordarme que es una sorpresa y no puedo.
Me paso el turno en el trabajo pensando en nuestro cumpleaños, y en cómo haré para evitar entrar en el cobertizo otro año más sin tener que confesar la verdad.
Pienso y pienso hasta que salgo del gimnasio y vuelvo a casa y no me doy cuenta de que estoy delante de la puerta de Blair y que el cartel me saluda como un puñetazo en la tripa.
Es… como volver a los dieciocho años, a ese puto cobertizo, a ese refugio que dejó de serlo porque Blair lo hizo pedazos, a una verdad que tuve que guardarme dentro y encerrar con mil candados porque dolía. Mucho. Demasiado.
Por un momento, me quedo ahí, detenido sin saber qué hacer. Entrar, gritar, largarme y no volver nunca más. Al final oigo un ruido y retrocedo. No puedo quedarme, no. Así que me voy al único lugar en el que sé que seré bienvenido siempre.
Lo último que hago cuando me meto en la cama donde crecí es mirar el teléfono, a Blair, que no está, y a Ripley, que tampoco.