Si te arrepientes mañana (Soul Finder 4) 20 Evan
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20 Evan

EVAN

Crrr, crrr, crrr.

Crrr, crrr, crrr.

Crrr, crrr, crrr.

Ahí está otra vez Loki. Es la quinta, no, la sexta vez que el perro araña la puerta.

Me pide que salga, que deje de esconderme.

Son más de las diez de la mañana de un domingo y me consta que Blair está despierto desde las ocho.

Lo sé porque lo he visto salir a correr hacia el parque con los prismáticos de Hello Kitty que aún no le he devuelto a la niña de los gatos; cualquier día se me presenta con la policía, la veo capaz.

Hoy mismo se los devuelvo. O mañana, que hoy tengo el ánimo bajito.

Porque también he escuchado a Blair ducharse y detenerse delante de la puerta de mi habitación miles de veces (bueno, vale, quizá no tantas; a lo mejor solo fueron dos, pero para mi corazón fue una cosa interminable) y trastear en la cocina, donde sigue en estos momentos.

Y no es que yo tenga la oreja pegada a la puerta; en realidad tengo la cabeza debajo de la manta para hacerme el dormido si le da por entrar.

Bajo de ánimo y cobarde, esos son mis dos estados emocionales por el momento. Veremos cómo avanza el día.

Llevo un rato con Soul Finder abierto y fulminando la aplicación con la mirada.

Mi chat con Ripley ha desaparecido. No existe.

Adiós a las conversaciones, adiós a todo.

Y vale que no habíamos hablado de nada relevante, pero aun así…

No poder regodearme en todo lo que hice mal duele.

Por eso he creado un hilo nuevo en el foro llamado «Cuando tu alma gemela te abandona», donde he expresado mi descontento con una aplicación que ni siquiera te da la posibilidad de tener una ruptura en condiciones.

McFly:

Es que no lo entiendo. Se borra la cuenta y todo desaparece. ¿Qué pasa con el período de negación y duelo? No es justo.

Jeremy:

Chaval, te están haciendo un favor. Las almas gemelas no existen, no necesitas regodearte con mensajes antiguos de un tipo (o una tipa) que ha decidido que no quiere ver ni tu nick. Fijo que se ha creado otra cuenta con otro nombre solo para que no lo molestes. Es lo típico.

McFly:

¿Lo típico?

Jeremy:

Es muy común, sí.

McFly:

¿Cuántas almas gemelas has tenido?

Jeremy:

Cero. No creo en almas gemelas. Os lo he dicho cien mil veces. Si es que no me escucháis…

McFly:

¿Y por qué estás aquí entonces?

Jeremy:

Porque es un espacio seguro en el que hablar sobre cosas que me interesan. Participo en foros y administro algunos. Me gusta la aplicación, no la gente que hay por aquí.

Ryder:

Eso ha dolido, que lo sepas.

Y deja de malmeter con los otros usuarios o tendré que tomar medidas.

Sonrío. Típico de Ryder meterse donde no lo llaman.

Aunque lo niegue, Jeremy es uno de sus favoritos dentro de la app, tanto que lo han contratado para administrar algunos de los foros a pesar de que no suele crear ningún tipo de conexión con otros usuarios.

Eso de que no cree en las almas gemelas al parecer lo dice de verdad, y yo me pregunto qué clase de persona es, quién se esconde bajo el nombre de Jeremy.

Jeremy:

Joder.

McFly, no te lo tomes como algo personal. Mira, la finalidad de Soul Finder es ayudarte a encontrar a tu alma gemela, pero si tu supuesta alma gemela borra el perfil... En fin. Eso.

Ryder:

¿Eso?

Jeremy:

Eso = nada = pérdida de tiempo.

No te comas el coco, McFly.

Ryder:

Jeremy, ¿cuándo dices que te hiciste la última paja?

Jeremy:

Tú siempre tan gráfico.

Ryder:

McFly, sentimos que no te entusiasme la política de la empresa, pero apoyamos la privacidad de nuestros clientes. El acoso está a la orden del día y todos tenemos derecho a empezar de cero.

McFly:

¿Me estás diciendo que Ripley se ha abierto otro perfil?

Ryder:

Te estoy diciendo que Ripley ha decidido que no eres su alma gemela. Que vuelva a Soul Finder o no, no es algo que necesites saber. Hay mil peces en el mar, unos más salados que otros. Disfruta del viaje.

Jeremy:

Puaj.

Ryder:

Hazte dos antes de dormir, anda.

McFly:

Esto… ¿gracias? A los dos, creo.

La conversación sigue durante lo que me parece una eternidad.

Jeremy siempre tiene algo que decir, y Ryder siempre algo que contestar.

Los veo discutir como si de un partido de tenis se tratara, y lo que empezó como un hilo para quejarme de la política de la empresa, se convierte en una discusión interminable sobre almas que no son nada gemelas, con referencias a cómics clásicos que jamás he leído y otras sobre música y cine que no reconozco.

Me aburro, lo que me obliga a comprobar la compatibilidad entre estos dos, bastante alta para lo mal que se llevan.

Me pregunto si puedes tener una compatibilidad alta con una persona y no tener ningún tipo de conexión, si de verdad Soul Finder es tan increíble como dicen, si sirve para algo.

Desde luego, a mí no me ha servido para olvidar a mi mejor amigo. Nada de nada.

Estoy fulminando la pantalla con la mirada cuando me vibra el teléfono y casi se me sale el corazón por la boca.

Blair:

¿Vas a salir ya o tengo que ir a buscarte?

Vamos, Evan, que se van a enfriar. Sé que puedes oler las tortitas desde allí.

Evan:

¿Cómo sabes que estoy despierto?

Blair:

Brujería.

¿Sabes lo que cantan los prismáticos rosas desde la calle? Es un segundo piso, te recuerdo.

Evan:

¿No estás enfadado?

Blair:

Te he hecho el desayuno.

Evan:

Eso no responde mi pregunta.

Blair:

Sal y compruébalo.

Evan:

No quiero. Estoy troste.

Blair:

Es la errata más adorable de la historia.

Evan:

No es una errata. Se lo oí a la niña de los gatos, dijo que uno de los gatitos estaba troste y no sé si habla mal o es algo que dice ahora la juventud.

Blair:

Tienes veintitrés años. Eres joven. Mucho. A veces pareces un crío. Como ahora.

Tu trosteza y tú podéis salir. Y podemos hablar de ello.

Evan:

No quiero hablar sobre ello.

Blair:

Sal. Y podemos no hablar sobre ello.

¿Mejor así?

¿Evan?

Voy a contestar que no, que no es mejor en absoluto, que todo es mala idea, tanto callar como hablar, que yo lo único que quiero es no perderlo, cuando la puerta se abre y oigo un ruido de uñas derrapar por el suelo, seguido de jadeos entrecortados.

En nada tengo a un perro entusiasmado encima que me arrebata la manta a base de escarbar y escarbar.

Me río a carcajadas, y más cuando Loki me llena de lengüetazos y empieza a gruñirme a la vez que se pelea con la tela de mi camiseta.

Es como si Blair le hubiese enseñado qué hacer para sacarme de mi drama interno, y de la cama.

Me paso un par de minutos jugando con él, con la risa que tenía contenida en la barriga saliendo a borbotones; junto al alivio que se me había agarrotado en el pecho.

Porque Ripley tenía razón y Blair sí me habla.

Y me escribe. Y me hace el desayuno. Y… me dice a gritos que me dé prisa o me quedo sin nada.

Cojo a Loki en brazos y arrastro los pies hasta la cocina, donde me encuentro al mejor amigo del mundo de espaldas, frente a los fogones.

Va vestido con ropa cómoda, pantalones viejos de chándal y camiseta de manga corta, los pies descalzos.

Tiene un plato enorme de tortitas a un lado de la encimera, unos huevos revueltos y tostadas con aguacate en la mesa, su desayuno favorito cuando viene del gimnasio.

—El café está caliente —me dice—. Pon también el mío.

Le doy un beso a Loki y lo dejo en el suelo.

El perro se apresura a morderle el bajo de los pantalones a su dueño como indicándole que ya ha hecho lo que le ha pedido y que ahora quiere su premio; por supuesto, enseguida recibe una golosina del alijo que guardamos junto a los cubiertos.

Blair lo hace todo sin posar sus ojos en mí, pero yo no le quito la vista de encima.

No se gira a mirarme hasta que me coloco detrás de él con las manos apoyadas en el granito a cada lado de su cuerpo.

Tengo un problema con el espacio personal cuando se trata de él; soy muy consciente.

Alex lleva acusándome de ello toda la vida.

«Invasor» me llama. Y sé que todos nuestros problemas vienen originados por ese espacio entre nosotros —cuando hay mucho porque hay mucho, cuando hay poco porque me muero—, pero no puedo evitar acercarme a él, olerlo, sentirlo.

—Hola. —Apoyo la barbilla en su hombro y suelto un suspiro.

Él toma una de mis manos y enlaza nuestros dedos.

Con la otra me acaricia el pelo, la cara, el cuello.

La descarga es inmediata; la piel se me eriza, el corazón se me acelera.

Luego se gira un poco y me levanta la barbilla.

Ahí están sus ojos grises, brillantes, preciosos. Ahí está mi hogar. Ahí está Blair.

—Lo siento —susurro.

—¿Qué sientes?

Sé que me está preguntando por el beso por la manera en que sus ojos se deslizan hacia mis labios. Y yo quiero decirle que eso no lo siento, nada de nada, pero sí todo lo demás. Lo siento por mis miedos, por mis dudas, por mi cobardía. Y por mi egoísmo. Lo siento por todo.

—No quiero que me odies.

Me suelta la mano, pero no se aleja. Lo que sí hace es coger aire; se toma su tiempo, como si inhalara la fuerza que desprendo, mi calor. Fuerza poca, la verdad. Calor mucho.

Me estremezco al notar el roce de su rodilla entre los muslos, su aliento dulzón en mi barbilla, el empuje de su nariz contra la mía.

Siento llamas en cada centímetro en que nuestros cuerpos se tocan.

Blair toma mi rostro entre las manos y me acaricia con los pulgares.

Y nuestro contacto podría parecer excesivamente sexual o fuera de lugar, dada la situación incómoda e insostenible en la que nos encontramos, pero lo cierto es que siempre nos hemos tocado mucho; yo no soy el único que desconoce el concepto de espacio personal.

Blair es otro invasor del mío. Y nunca hemos tenido problema con ello.

—Eso no va a pasar nunca.

Cojo aire y lo suelto despacio. Tardo unos segundos en darme cuenta de que está respondiendo a mi «no quiero que me odies».

—No quiero perderte —insisto, porque el miedo es real y comportarme como un tarado egoísta no creo que sea bueno ni en la amistad más platónica.

—Eso tampoco va a pasar.

Le devuelvo la sonrisa; pequeña, diminuta.

Él me acaricia el borde de la boca con el pulgar, como si no se la creyera, como si necesitara sentir el tacto en sus yemas.

Tengo hormigas allá donde sus dedos me rozan la piel y un pequeño terremoto en el pecho.

Es… como esas veces en las que hacemos palomitas y nos quedamos delante del microondas, escuchando el ploc, ploc, ploc del maíz al explotar.

—No quiero que te enfades conmigo.

A nuestros pies, Loki ladra y se alza sobre sus patas. Blair me pellizca la nariz con cariño.

—Lo siento, pero eso va a pasar mucho. Me enfado contigo porque hay confianza, porque te conozco, porque me conoces y porque te quiero. Y no voy a disculparme por quererte.

—¿Y ya está? —pregunto porque no me creo que de verdad mi ex alma gemela tuviera razón y Blair esté aquí como si lo de ayer no hubiera sido un terremoto de escala inmensa que nos hubiera sacudido hasta los cimientos.

No sé si esta es la forma de Blair de hacerme ver que está aquí; que la puedo cagar a lo grande y seguirá aquí.

Que él la puede cagar a lo grande e igualmente me hará tortitas para desayunar.

Y puede que la situación vaya a reventarnos, como si ese terremoto hubiera sacudido una ladera rocosa y las piedras se precipitaran sobre nosotros, pero hoy está aquí, la cocina huele a hogar y su piel aún más.

—Y ya está, chico troste; ahora siéntate o empezaré a comerte a ti —me contesta al fin tras muchos segundos de mirarnos las bocas en la corta distancia que nos une o nos separa.

«Gracias, querido amigo, por hacer como que no pasa nada».

«Gracias, mi chico del alma por dejarme volver a la casilla de salida sin comerme entero».

¿Podremos seguir jugando a este juego que empezó cuando nacimos y que se ha ido volviendo más y más peligroso?

Yo… no lo sé. Pero me siento frente a él y entre sonrisas y «mmm, esto está de muerte» tenemos un desayuno bonito y en calma.