30 Blair #3
—Tienes miedo —digo sintiendo el mismo pavor, la misma angustia, porque si él está asustado…
—No, ya no. Llevo muchos años acojonado.
Pero ahora sé que tú también me quieres así, me quieres con todo.
—Lleva una mano a mi pecho—. He sido muy tonto y he tardado en llegar hasta aquí, pero ya estoy.
Ya he llegado, Blair. —Y ahí están esos morritos que quiero morder y lamer y… Joder. Es que me derrito.
—Te ha costado, ¿eh?
—Oye, que a ti también —replica al verme la media sonrisa—. Qué tontos hemos sido los dos. Llevamos toda la vida enamorados.
Tomo su rostro entre las manos, uno nuestras frentes, respiro.
Él me sujeta de la espalda y me acorrala contra la pared.
Nuestros cuerpos están muy juntos y puedo sentir cada roce y temblor.
Ahí está su corazón, que late y late contra el mío, ahí está su aliento, que me trago antes de empezar a decirle todo lo que ya no puedo tragarme.
—Desde que nos enrollamos, yo…, sabía que sentías algo por mí.
Cuando hablabas con Ripley lo dejabas claro.
Tenías que verme en mi cuarto… Sonreía como un tonto porque te veía pillado por mí y a la vez sentía una pena infinita porque buscabas en Ripley algo que yo te podía dar.
Pero te negabas tanto…, nos negabas tanto…
que perdí la esperanza. —Cojo aire y lo suelto despacio; él me clava los dedos en los costados como si quisiera imprimir su tacto en mi piel—.
Te habías fijado en mí aun sin saber que era yo.
Dime si eso no es el destino, dime si eso no son almas gemelas encontrándose.
—Llevo ambas manos a su nuca y hundo los dedos en su pelo, pero no uno nuestros labios como me gustaría, quiero sacarme todo esto de dentro; ya, ahora, y no volver a este punto nunca más—.
Cuando Alex me hizo aquella foto, la que puse en el perfil de Soul Finder, lo primero que pensé fue que te encantaría.
Por la luz, por lo que sabía que te evocaría…
Hasta ese punto te conozco. Pero ese día, cuando te la iba a enseñar, me hablaste de ir al Happy Ending y de ligar y…
no pude. Me encabroné como cada vez que nos negabas.
Me dolía en el alma, te lo juro. Porque sabía que estábamos hechos el uno para el otro y verte huir de esa forma…
El dolor en sus ojos rebota en mí y quiero abrazarlo y tocarlo por todas partes y decirle que lo quiero y que está bien, que estamos bien.
—Llevamos toda la vida hablando, sincerándonos, diciéndonos las cosas como son, y esto…
Esto que era lo más importante… —Le tiemblan los labios, pero se recompone enseguida y su rostro se llena de una determinación que me acelera el corazón—.
Cómo la hemos cagado... Porque sí, yo he metido la pata hasta el fondo, pero tú tampoco has sido claro.
Por miedo, lo sé, qué te voy a decir si yo estaba acojonado y con los huevos así de pequeñitos.
—Me suelta un momento para indicarme con el pulgar y el índice lo pequeños que tenía los huevos y yo me río. Joder.
Le aparto la mano de un manotazo.
—No me hables de huevos ahora, que me recuerdan a tu paranoia con el vecino del quinto, y como piense en eso…
Evan sonríe y vuelve a abrazarse a mi cintura. Nos quedamos unos instantes en silencio, mirándonos, sintiéndonos, siendo; solo eso.
Luego, tras un suspiro, le digo:
—Cuando creí que te había perdido, me vine a casa, saqué a todos de quicio con mi mal humor, me encerré durante horas a llorar y luego les mandé un mensaje conjunto a todos los invitados.
He ido fluctuando entre la pena y el cabreo.
Entre la rabia y la desesperación. Y he fantaseado mucho, me he imaginado cientos de escenarios, miles de películas.
He deseado viajar a uno de mis mundos de ciencia ficción, a una de tus pelis favoritas y…
—¿A cuál? —me corta, como si eso fuera lo más importante—. Por favor, no me digas que a Donnie Darko, que eres muy tremendista.
Lo empujo con suavidad, pero no lo suelto; eso sí que no.
—El tremendista eres tú. Y mi hermano —agrego con aspereza.
La carcajada de Evan me arranca una sonrisa. Qué bonito es, cómo lo quiero.
—Qué susto me ha dado Alex con ese «¡sorpresa!» a traición.
—Se hacía el escondido detrás de las escaleras y tú me estabas diciendo que me querías y yo viendo su cabecita asomar como quien no quiere la cosa… Es para matarlo.
Me sonríe, le sonrío.
—¿Qué peli? —insiste.
—¡Olvídate de mí!
Evan abre los ojos de par en par.
—¿Querías olvidarme?
—¿No era lo que tú intentabas, buscando el amor en todas partes menos en mí?
—Te buscaba a ti en todas partes menos en ti. Que creo que es peor —musita con una sinceridad y un sentimiento que me abruman.
—Por eso pensaba en Clementine y Joel. —Uno nuestras frentes, le rozo la nariz con la mía, le beso la comisura de la boca; un beso diminuto y demasiado breve para los dos.
Luego me separo y continúo—: Quería erradicarte, sacarte de mi alma.
Si lograba no amarte con locura, podría quererte como mereces.
—La máquina de ¡Olvídate de mí! no funciona así, idiota. Me hubieras olvidado entero. Nuestras representaciones de Odette, los juegos en los que yo era Sarah Connor y tú Terminator, las tardes en el lago, las pelis de madrugada… —Su voz se desvanece, llena de una pena que me pellizca el alma.
Lo sujeto de la cara para buscar sus ojos, que tratan de fijarse en cualquier parte menos en mí.
—Eh, mírame. Fue durante, no sé… Durante cinco minutos, solo eso; cinco minutitos de nada.
Me pareció mejor opción que un amor no correspondido.
Me dolía, Evan. ¿Cómo te lo explico? Era horrible lo mucho que me dolía.
Quería entrar en ese universo de ficción y crear una realidad donde no existiera el dolor.
Y si lo piensas, ese es el motivo por el que sus protagonistas lo hacen. Quieren olvidar lo malo.
—Hasta que se dan cuenta de que incluso lo malo compensa —replica mi amigo, todavía enfurruñado.
—Bueno, pero…
Me tapa la boca y me empuja contra la pared.
—Ay, no me razones más, que eres muy pesado.
Es así y punto. De eso trata: de que el amor no es perfecto, de que los malos momentos no invalidan los buenos.
Y, sinceramente, tú y yo malos momentos no hemos tenido nunca.
Hemos capeado los temporales juntos, nosotros contra el mundo, contra los problemas de fuera; nada nos ha separado jamás. Salvo este pequeño malentendido, claro…
—¿Pequeño malentendido? —inquiero con una ceja alzada y una sonrisa que no me cabe en la boca.
—Pues sí. Malentendimos que estábamos enamorados y medio casados desde hace mucho tiempo. Y ya está. Ya pasó. Solucionado. Yo te quiero, tú me quieres, y me gusta mucho más mi analogía de Dark que la tuya.
Me río.
—Quizá en una cosa sí somos Martha y Jonas. —Le aparto un mechón de la cara—. Somos inevitables.
—Lo somos. Nos elegiríamos en cualquier universo. Nos perseguiríamos, trataríamos de salvarnos el uno al otro.
—Bueno, eso si tú te enteraras, porque… telita…
—Calla, que tú eres igual de tonto —replica con una sonrisa preciosa.
Y entonces sí, la distancia entre nosotros, que ha sido mínima desde que cerramos la puerta, desaparece del todo y nos besamos.
Unimos nuestros labios en el que quizá podría parecer nuestro primer beso de verdad.
Porque estamos uno frente al otro sin protecciones ni mentiras ni reglas.
Porque estamos vestidos pero desnudos. Porque somos de verdad, lo hemos sido siempre y querernos es algo natural.
Nos acercamos despacio a la cama, él caminando hacia atrás, yo avanzando sin dejar de devorarle la boca, y cuando caemos sobre ella y rebotamos, nos reímos, porque somos dos idiotas que llevan enamorados toda la vida y por fin, ¡por fin!, van a vivir su amor sin subterfugios.
Y sin arrepentirnos mañana.