18 Blair
BLAIR
Después de mucho debatir, al final decidimos venir al Happy Ending, un pub situado en Winter Falls, la ciudad más cercana a Eeriewood, pero a la que es imposible llegar de noche si no lo haces en coche, lo que significa que hoy soy el que conduce.
Lo propuse yo, claro. No estoy de humor para beber; o quizá estoy de humor para bañarme en alcohol, pero temo las consecuencias que pueda generar en mí, dado el estado de ánimo que arrastro desde la cena que terminó en un abrazo familiar, pero que no he logrado sacarme de la cabeza.
Por eso dejo que Evan beba y se mueva de aquí para allá mientras intenta analizarme. Se ha dado cuenta de que me he quedado tocado, por supuesto. No me he esforzado demasiado para que no lo note.
Es sábado y el local está a rebosar. Los sillones morados pegados en hileras a los lados de las paredes ni se ven, y la mesa que hemos conseguido la compartimos con otra pareja que va y viene de la pista de baile, también abarrotada.
Evan baila y habla con uno de los camareros como si lo conociera de toda la vida cada vez que va a por bebidas, y yo lo observo apoyado en la columna que está pegada a la mesa.
—En una escala del uno al diez, ¿cómo de caliente estás?
—lee Evan en voz alta al meter la nariz en la pantalla de mi móvil y darse cuenta de que llevo un rato chateando con un tío de Grindr—.
¿Doscientos? ¿Esa es tu respuesta de mierda?
—suelta en una escala que va más allá del doscientos de cabreo; vaya que sí.
Y resulta que me toca los cojones. Mucho.
Y nadie me va a tocar los cojones hoy, y menos él, que ni siquiera tiene los huevos de hacerlo sin sentir culpa o miedo o lo que coño le pase por esa mente fantasiosa y dramática.
Hoy no estoy para chorradas, ni para sus putas evasivas ni sus comentarios afilados. Esto es lo que soy ahora mismo.
Intento no mirar lo guapo que está vestido con esos pantalones oscuros que le realzan el culo y esa camiseta azul con cuello en forma de uve que deja ver parte de la piel dorada de su pecho y cuyo color combina con el de sus ojazos, brillantes por el alcohol que se ha metido entre pecho y espalda.
Porque él también está mal. Sabe que me pasa algo, y que él es el causante, y no tiene ni idea de cómo arreglarlo.
Y yo no sé cómo decirle que solo basta con la verdad. Eso es lo único que necesito.
—Deberías intentar divertirte. Yo en nada me voy y no vuelvo en un rato.
—¿Cómo que te vas? —Mira la pantalla con la frente arrugada—. Eso no es Soul Finder.
Se me escapa una sonrisa burlona.
—Evidentemente; esto es la vida real.
—La vida real —repite.
—No existen las almas gemelas ni las putas coincidencias, Evan.
—Y eso va por el puto vecino del quinto, que ya me tiene hasta los putos huevos con el tema; cree que no veo cómo lo vigila desde la terraza con los ridículos prismáticos, ni cómo saca las mil chorradas de la despensa para…
, no sé, ¿alimentarlo? He visto los brazos que tiene y dudo que a ese tío le falte alimento.
Le debe de salir la proteína por el culo.
Literalmente, también es cierto—. Si quiero acostarme con un tío, uso Grindr, no pierdo trescientas horas de mi vida en mandarme mensajitos con alguien que no me cae bien. Y eso es lo que estoy haciendo ahora.
Evan parpadea; el rubor se le extiende por las mejillas y le llega hasta las orejas.
—¿Qué intentas decirme? Aparte de que me vas a dejar tirado la noche que salimos juntos para tirarte a alguien…, hum, ¿dónde, exactamente?
—No es problema tuyo. Además, te estoy invitando a que hagas lo mismo. Mira a tu alrededor, Evan, la vida real está ahí y te la estás perdiendo.
—Así que me estás dando permiso para tirarme a otro.
—¿A otro? —Me río y me incorporo para acercarme más a él; huele a cerveza, al licor de frutas que ha tomado en la barra con el camarero rubio y a él; un olor que siempre consigue hacerme estremecer—.
¿Otro además de quién? ¿Hablamos del vecino del quinto o del Ripley de las narices?
Porque no creo que ninguno se ofenda si le das una alegría a tu rabo.
Y si te refieres a mí…, bueno, supongo que yo no cuento.
No has contado conmigo en ningún momento y no parece que vayas a empezar a hacerlo ahora.
El dolor que veo en sus ojos me paraliza. El móvil me vibra y él baja la vista ahí. Luego retrocede como si mi presencia le hiciera daño.
—La vida real te espera. No pierdas el tiempo conmigo. —Y se va. El muy capullo se va. Y lo peor es que me siento como el culo a pesar de que llevo toda la semana con un nudo en la garganta y un agujero en el pecho.
Me guardo el móvil en el bolsillo y lo sigo casi a la carrera. Sorteo cuerpos sudorosos, tiro algún vaso, aguanto gritos y una mirada fulminante del camarero, y entro en el baño justo cuando Evan se detiene delante del espejo, la cara colorada y los ojos aún más colorados. ¿Está…?
—Ni se te ocurra llorar, porque no tienes motivos.
Las únicas personas que había en el baño, un par de chicos, salen despavoridos al escucharnos; o al vernos las caras; o al notar la tensión en nuestros cuerpos.
Como si no quisieran estar ahí si llegamos a las manos.
Me gustaría decirles que quiero llegar a algo más que a las manos con Evan, pero que el muy idiota prefiere a gente ficticia; que no se preocupen, que pueden quedarse aquí, que no pasará nada de nada.
—Lárgate, Blair —me dice antes de lavarse la cara, y a mí se me forma un nudo en la garganta que no sube ni baja. Algo rebota contra las paredes vacías de mi pecho y siento que estoy cansado; demasiado cansado.
Le coloco una mano en el hombro y él me empuja con brusquedad; también me lanza una mirada asesina desde el espejo.
—No me toques. ¿No decías que te ibas? Pues hazlo de una vez.
Como si pudiera irme ahora. Como si fuera a dejarlo así. Como si no me doliera. Sea mi culpa o no. Y no pienso pensar si es mi culpa o no porque estoy harto y prefiero culparlo a él de todos mis males. Una decisión muy madura, lo sé.
—¿Qué quieres de mí? —inquiero, porque ya es hora de saberlo. Necesito que me diga por qué me entró aquella vez, por qué me hizo todo lo que me hizo. Si de verdad no fui más que un calentón del que se arrepiente porque soy… yo, su mejor amigo—. Dímelo de una vez.
—Quiero que te vayas —insiste.
—No quieres eso —digo y espero el golpe, que me diga que sí, que le doy igual.
Él aparta la mirada y yo suspiro. Además de la amistad, la esperanza es lo único que he tenido con él y pienso agarrarme a ella como sea.
Me acerco despacio. Dejo caer la mano por su brazo para darle la oportunidad de apartarse y la subo a su rostro.
Deslizo los dedos por su cuello, le acaricio la mandíbula con el pulgar, le levanto la barbilla.
Y esta vez no se aparta. En su lugar, se gira hacia mí y aprieta los dientes; está enfadado y no me lo va a poner fácil.
Estupendo, yo tampoco se lo pienso poner fácil.
—¿Por qué ya no quieres ir al cobertizo? —pregunto—. Con todo lo que hemos vivido allí, con lo que significa… —No termino la frase, no puedo—. ¿Tanto odias lo que pasó entre nosotros que incluso ha afectado a cómo ves nuestro lugar seguro? ¿Lo que sientes por mí ha afeado todo lo que hemos vivido?
—¿Lo que siento por ti? —El sonido de su risa me destroza el corazón.
Le clavo los dedos en la piel y esta vez me aparta de un manotazo.
—Me refiero al plano sexual. Te pongo, Evan.
Y te jode, porque no sabes armonizar lo que me quieres como amigo con eso.
Que no se te olvide que te conozco más que a mí mismo, me sé todas tus putas aristas.
Ahora mismo crees que te puedes salir con la tuya lanzándome puñaladas.
Que puede que me las merezca por borde, vale.
Así que está bien, hazlo si así te sientes mejor.
Pero te seguiré poniendo cuando acabes de hacerme daño y seguirás odiando el hecho de que así sea. Y quiero saber por qué.
—¿Y por qué cojones quieres saberlo? ¿Les haces esta misma pregunta al resto de tus rollitos de Grindr? ¿O es un interrogatorio especial para tu amigo del alma? No soy uno de ellos, ¡a ver si te entra en la cabeza!
Eso último lo dice gritando. Y poniéndose más rojo, si eso es posible. «Uno más de ellos». Cada palabra es una hostia con la mano abierta. Zas, zas, zas, zas. Está de coña; no puede pensar eso de verdad. Habla desde la rabia, porque en eso somos igualitos, por desgracia.
—Estás cabreado y dices gilipolleces. Sé que sabes lo que eres para mí.
No puede no saberlo. No puede ser tan tonto.
—¿Qué soy? A ver, espera, ¿cómo lo llamaste?
¿«Vida real»? ¿Alguien que tienes a mano para, no sé, que te haga una mamada rápida antes del desayuno?
—Me empuja; no sé en qué momento nos hemos acercado tanto.
Sus ojos azules llamean y yo solo puedo pensar en que no me importaría quemarme; si es con él, ardo en su fuego en un instante—.
Si quieres, también me puedes comprar una correa y me la pones para que mueva la colita cuando te apetezca.
—Me vuelve a empujar—. No soy tu perro faldero, imbécil.
Me acerco otra vez y él también lo hace. Es… como si fuésemos a representar una de esas peleas en las que uno de nosotros era Terminator y el otro Sarah Connor. Solo que ahora no estamos jugando a nada.
—Pues te vendría fenomenal ponerte a cuatro patas; a lo mejor así se te quita la tontería que tienes encima—replico—. ¿En serio piensas todas las mierdas que estás diciendo? Porque me estoy cabreando de verdad.