17 Evan #2
—Lo intenté una vez. Iba a decírselo, Harold, te lo prometo.
Yo… iba a… —Me sorbo la nariz; me cuesta un mundo tragar el nudo que tengo atascado en la garganta—.
Fue en el cobertizo, nuestro cobertizo —repito, solo para que quede claro lo mucho que odio ese sitio—.
Estaba con un chico del instituto. Ellos…
—No termino la frase, no puedo; Harold me aprieta el hombro con cariño—.
Nunca se lo dije, claro, pero me di cuenta de algo importante.
Él es… Lo es todo. Y si lo pierdo, ¿qué me queda?
Es que no lo quiero ni pensar. Y ya sé lo que me vas a decir —levanto el índice para interrumpir su réplica—, que os tengo a vosotros y nunca estaré solo y todo eso.
Pero es que no es lo mismo. Y tengo más posibilidades de perderlo si me dejo llevar, ¿comprendes?
La cagaré o la cagará y dejaremos de ser amigos y nos convertiremos en un recuerdo en la vida del otro.
—Respiro hondo y suelto el aire muy despacio—.
Me muero si pasa eso. Cuando lo dejé con mi ex y nos liamos, estuve tres días sin verlo y fue…
como si me arrancaran el corazón. Al final lo tuve que ir a buscar y me inventé esas putas reglas porque no se me ocurría otra forma de mantenerlo alejado.
Harold se queda callado durante lo que me parece una eternidad. Normal, si es que acabo de desnudarle mi alma…
—O sea, que evitas estar con él para no perderlo. ¿No es un poco contradictorio?
—Él ni siquiera se toma en serio las relaciones.
No estoy seguro de que haya tenido ninguna en…
¿cuánto? No lo sé. Se acuesta con chicos, pero no va más allá.
Y yo… —No termino la frase, no puedo. ¿Cómo decirle al novio de mi padre que ya no puedo tocar a nadie más?
Que es que me duele la sola idea de pensarlo.
—Pero tú no eres un chico cualquiera. Blair te adora. Me gusta fijarme en la gente, ya lo sabes, y ese chico te mira como… —Se le escapa un suspiro y una sonrisa bobalicona.
—¿Cómo me mira?
—Como si fueras su «para siempre». Te mira como yo miro a tu padre, probablemente, con la diferencia de que él es muy joven. Tenerlo tan claro a vuestra edad es una cosa muy seria, cielo. No todos tenemos esa suerte.
Otra vez el nudo en la garganta. Qué puta es la esperanza, cuánto la odio.
—Me quiere. Yo también lo miro así.
—Exacto. —Me sonríe y se me encienden las mejillas—.
Bueno, y en cuanto a tu padre…, él también te quiere con locura y quiere lo mejor para ti.
A veces se precipita, como ahora, quizá.
Y no le digas nada de esto o te comprará un anillo y organizará tu luna de miel.
Quizá te busque hasta el nombre de vuestros hijos.
—Se ríe, me río mientras me seco una última lágrima al más puro estilo contradicción absoluta—.
Me refiero a la parte en la que te enrollaste con Blair y todo eso; ya sabes.
Que él ya piensa que lo hacéis, pero como no tiene ninguna prueba que os incrimine…
Me río otra vez. Y cuando la risa muere en mis labios nos quedamos un par de minutos en silencio.
—La casa es preciosa, incluso sin los arreglos —continúa él—.
Yo que tú iría a verla. Los dos sabemos que echas de menos esto.
—Me empuja con suavidad, aunque tiene tanta fuerza que casi me caigo—.
Dime que no has imaginado cómo sería vivir aquí, cerca pero lejos de tu padre.
Claro que tendrás que poner un cerrojo, porque ten por seguro que irá a ordenarte la casa día sí y día también.
De hecho, no nos des copia de las llaves. Por si acaso.
Se me escapa otra risa y otra lágrima. Me cago en la puta, ¿es que no se van a acabar nunca? Pues claro que lo he imaginado, llevo toda la vida soñando con algo así.
—Me encantaría vivir aquí, la verdad —confieso, y enseguida siento una punzada en la tripa porque no quiero hacerlo solo.
Quiero a Blair conmigo, para siempre, aunque no seamos más que amigos, aunque no haya nada nunca más.
Por no haber, que no haya ni puertas, por Dios; que veo carteles de Alien hasta en sueños.
Joder, si es que ya no puedo ni ver la película, con lo mucho que me gusta.
—Entonces coge lo que te da y aprovecha. El dinero es tuyo, las ganas tienen que ser tuyas también. Mañana será otro día, cielo. Hoy tienes a un mejor amigo cabreado con el que lidiar.
Nos ponemos los zapatos, empuñamos lamparita y linterna, y empezamos a andar en silencio. El suelo cruje bajo nuestros pies y, como empieza a hacer bastante frío, apuramos el paso. Cuando vemos aparecer la casa en la distancia, lo detengo con una mano en el brazo.
—Me fui de casa porque quería independencia y dárosla también a vosotros. Quería que tuvierais espacio para vivir esa luna de miel infinita en la que estáis.
—Pero esa luna de miel te incluye a ti y…
—Lo sé, nunca me has hecho sentir desplazado ni de segunda. Jamás. Solo te lo digo para que lo sepas. Que os echo de menos. —Me sonrojo, pero al menos no lloro, que ya vale de lágrimas por hoy—. Eres lo mejor que le ha pasado a nuestra familia y te quiero mucho.
Harold, ese hombre alto y fuerte cuya expresión lo hace parecer a veces peligroso, pero que es el hombre más noble del mundo, se echa a llorar, deja caer la linterna al suelo y me abraza como si yo fuera una criatura indefensa y necesitara protegerme del mundo.
Luego viene mi padre y se emociona —aun sin saber qué pasa, pero intuyendo que algo bueno— y nos abraza a los dos.
Y entonces llega Blair, que también se acerca, pero con mucha más cautela.
Nuestros ojos se encuentran; su enfado, sea grande o pequeño después de mi arrebato vergonzoso, desaparece al verme la cara.
Lo agarro de la sudadera y lo atraigo hacia mí.
Hundo la cara en su cuello y todo huele a él, a casa.
El perro ladra, salta y se queja hasta que mi padre lo coge.
Y yo solo puedo abrazar más y más fuerte a esta familia a la que adoro y pedir perdón, por meter la pata a lo bestia, por dudar y tener miedo, por seguir siendo ese niño que dejé atrás pero que sigue aquí, conmigo. Ese niño que nunca dejaré de ser.