Si te arrepientes mañana (Soul Finder 4) 17 Evan
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17 Evan

EVAN

La noche estaba siendo agradable; muchísimo, de hecho. Hasta que ha dejado de serlo.

La casa donde he crecido, un pequeño chalet de dos plantas con tejado en pendiente, nos ha recibido con olor a café recién hecho, a leña fresca y a una mezcla de especias; cardamomo, clavo, jengibre y…

algo más, el extra que cambia según la estación del año.

Lo que llamamos los olores de Harold inundándolo todo: su comida, sus velas, sus inciensos.

Le encantan los aromas y a mi padre le encanta él, así que esa casa es un amalgama de mil cosas que he aprendido a asociar con el concepto de hogar y familia.

Harold ha preparado lubina con patatas y boniato y un postre del que Blair ha repetido dos veces haciendo muy feliz al cocinero.

Harold siempre es feliz alimentando a los demás.

Durante la cena hemos hablado de todo un poco: de fútbol, de las nuevas tartas del Langston Books muy bien. Y al acabar hasta hemos salido todos juntitos en amor y compañía a sacar a Loki, que ha corrido como un loco por los jardines.

—La señora Stuart ha puesto la casa a la venta por una ganga —comenta mi padre, y Harold lo mira con los ojos muy abiertos, como si no se creyera lo que está a punto de decir—.

Me lo ha dicho en confianza. Habéis estado ahí, los dos —nos dice, recordándonos el día en que fuimos a visitar a la señora tras la muerte de su marido—.

Está al lado del cobertizo, y muy cerca de aquí y de la casa de los padres de Blair.

Mi amigo y yo nos miramos. Ninguno de los dos tiene claro de qué va la cosa.

El perro termina de hacer sus cositas y Blair lo recoge todo.

Luego se lo sube a los brazos y ahí se queda, dormitando, y yo no puedo evitar sacar el móvil y hacerles una foto.

Ahí de pie, delante de la casa, con las luces pálidas de la entrada derramándose sobre ellos y el cielo cada vez más encapotado.

Y entonces…

—He pagado la entrada —agrega mi padre—, y un poco más.

Ya sabes, del dinero que dejó tu madre y el que ha ido ingresando durante todos estos años.

Sé que no quieres hablar de ello, pero está ahí y…

—Su voz se desvanece al verme la cara. Mi padre sabe lo que pienso del dinero de mi madre, el que me entregó a cambio de su cariño, el que me sigue dando cada mes por no estar.

Le clavo la mirada. En realidad, todos se la clavamos. Harold incluso se le acerca para susurrarle algo, pero él menea la cabeza y le dice que no pasa nada, que es el momento, y le da un apretón en la mano que me pone todavía más nervioso, porque viene a decir que esto va en serio.

—¿Qué?

—Hijo, no sabía qué hacer con el dinero y tú ya vas necesitando un sitio donde vivir.

Parpadeo. No puede estar hablando en serio.

—¿Me has comprado una casa, dices?

—Es mejor que estar viviendo de alquiler, ¿no te parece?

—Se pasa una mano por el pelo, que le ha crecido hasta la nuca—.

Hacen falta muchos arreglos, claro, pero podemos ocuparnos de todo a su debido tiempo.

Piénsalo, Evan, podéis ir y venir a pie de una casa a la otra y tenéis el cobertizo a mano.

También podríais hacer alguna reforma; ese sitio ya lo va necesitando y a vosotros os encanta pasar tiempo allí.

—No pienso hacer nada con el puto cobertizo —suelto en un tono demasiado alto—. Es que no lo quiero ni ver.

Blair me mira como si lo hubiese insultado o algo peor.

—¿Y eso por qué, si se puede saber?

«Porque era nuestro refugio y lo estropeaste».

«Porque te tiraste a un tío ahí cuando era nuestro lugar seguro».

«Porque me destrozaste el corazón».

Por supuesto, no le digo nada de eso. Lo que hago es ignorarlo y centrarme en mi padre, mi problema más inmediato y el culpable de que la noche increíble que estábamos pasando haya terminado como lo ha hecho.

—No puedes comprarme una casa sin consultarme. No tienes ni idea de si quiero o no vivir ahí. Además, ¿por qué hablas en plural?

Mi padre nos mira a mí y a Blair de manera alternativa; por supuesto, mi amigo tiene la cara encendidísima y echa fuego por los ojazos grises, uno en el que estaría a punto de quemarme si no estuviera tan cabreado, y dolido, y confundido.

—¿Porque vivís juntos, a lo mejor?

—No para siempre. Blair volverá a su casa en cualquier momento, o se querrá ir para tener libertad para…

Bueno, eso, que lo nuestro es… provisional.

—Nada más decirlo, se me rompe el corazón.

Porque eso es lo que pasará, tarde o temprano, me enrolle o no con él.

Algún día, se irá. La cuestión es si podré seguir en su vida cuando lo haga, si podré soportar que se acabe.

Y por eso no puedo ni mirarlo, mucho menos dejar que me toque.

Por eso están las putas reglas, joder. Y estoy enfadado con mi padre por recordarme lo efímeros que somos, todo lo que perderé.

Adiós a las noches acurrucados uno al lado del otro.

Adiós a su voz profunda mientras me lleva por mundos que no comprendo pero en los que quiero quedarme a vivir siempre que estemos juntos.

Blair va a decir algo, Harold parece que también, mi padre lo intenta. Hasta el perro, que se ha alzado sobre los brazos de su dueño va a ladrar o a lloriquear para liberarse, pero yo me largo de ahí porque no quiero escuchar nada.

Echo a andar por el sendero que bordea la propiedad, con la linterna del móvil y esa otra pequeña que siempre llevo colgada en el llavero para momentos como estos.

Sorteo robles, avellanos, ramas que se agitan por el viento, y me adentro en los páramos llenos de helechos y pequeños arbustos, sobre el manto de hojas y ramitas caídas que rodea la zona y que crujen bajo mis pisadas aceleradas.

Por supuesto, ignoro el cobertizo y esa casa que mi padre ha empezado a pagar y en la que nunca viviré con Blair.

Se me escapa una lágrima estúpida y me la arranco mientras camino y camino hasta llegar al borde del lago, donde me quito los zapatos y hundo los pies en el agua.

Y, entonces sí, respiro. Y lo sigo haciendo —profundo, largas inhalaciones y exhalaciones aún más largas— cuando Harold aparece con una lámpara portátil que deja junto a mí y hace lo mismo: descalzarse y meter los pies en el agua.

Harold, con sus casi dos metros de altura y sus más de noventa kilos de puro amor, con sus ojos del color de la hierba húmeda que brillan incluso cuando no hay nada de luz alrededor.

Que sea él quien haya venido a mi encuentro y no Blair o mi padre me sorprende. Mucho. Al principio ni hablamos. Se limita a estar ahí y a mí se me cae otra lágrima. Él me pasa un pañuelo de papel y el sonido atronador cuando me sueno nos hace reír a ambos.

—Lo siento —susurro todavía con la risa en la garganta.

—No pasa nada. —Me roza la mejilla con el dorso de la mano en un gesto que me calienta el corazón. Qué bonito es este hombre y qué coñazo tiene que haber sido criar a un adolescente con problemas de abandono—. El futuro da miedo, lo entiendo.

No, no lo puede entender. Lo miro un segundo y vuelvo a centrar la vista en el lago.

—Me ha costado mucho convencer a Blair de que me dejara venir a mí, ¿sabes? —me dice bajito, como si alguien nos estuviera escuchando—. Pero es que estaba muy alterado, y creo que necesitas calmarte antes. Esto es por él, ¿no?

Me giro hacia Harold. ¿Tan obvio soy? Joder. De repente me siento muy expuesto, muy… en carne viva.

—Cielo, ¿crees que a mí no me dio pavor aceptar la vida que tengo ahora? —continúa él—. Venía de una relación donde nunca me sentí más que un estorbo. Algo chiquitito. Y de repente tenía a alguien que me hacía sentir grande, inmenso y bonito.

Resoplo, porque Harold no tiene nada de pequeño, empezando por ese corazón que no le cabe en el pecho, y eso que su pecho es amplio de cojones.

También lloro un poquito y me sueno, y vuelven las risas; las suyas y las mías.

Me da otro pañuelo y coge uno para él. Ver llorar a ese hombre es de las cosas más horribles del mundo, y lo peor es que lo hace muchísimo.

Harold es un llorón; se emociona hasta cuando florecen las rosas, y tú solo quieres abrazarlo cuando se le caen las lágrimas para evitar que se ahogue en ellas.

—Me costó muchísimo, Evan, y puede que nunca te lo haya dicho, pero se las hice pasar muy putas a tu padre.

—No me lo digas. Siguió ahí.

—Igual que seguirá Blair si le das una oportunidad.

—Tú no lo entiendes —digo, y la voz me sale ronca.

—Entiendo que estás acojonado. Claro que lo entiendo.