16 Evan
EVAN
McFly:
Oye, lo de esa mamada que tenemos pendiente…
Ripley:
Ja, ja, ja. No tenemos ninguna mamada pendiente.
McFly:
Pues yo la empiezo a necesitar.
Ripley:
Hay apps para eso. Y bares. Y mucho mundo real.
McFly:
Ya, pero yo la necesito con urgencia.
Ripley:
¿?
McFly:
Llevo más de un año sin sexo, ¿vale? ¿Sabes lo que es eso? Estoy a un paso de ser un monje budista.
Ripley:
¿Eres religioso?
McFly:
No. Así que imagínate.
Ripley:
¿Y por qué llevas tanto tiempo siendo célibe?
McFly:
Ha sido involuntario.
Ripley:
¿No es esa la definición de incel?
McFly:
Calla, no, qué asco, yo soy normal.
Ripley:
Ja, ja, ja.
Bueno es saberlo.
McFly:
El caso es que hace más de un año…
Uf, no sé si contártelo.
Ripley:
Si me vas a narrar detalles sexuales con otra pareja, no creo que estemos en ese punto. De hecho, no creo que nunca vayamos a estar en ese punto.
McFly:
¿Por qué?
Ripley:
Porque no sé si quiero saber ese tipo de cosas. Salvo que narres algo que haces conmigo en plan pornochat.
Y ahora mismo tampoco creo que estemos en ese punto.
McFly:
Porque no hemos hecho nada.
Y porque me rechazas.
Pero no iba a entrar en detalles. Solo te iba a decir que el impacto de aquella noche fue tan brutal que no he podido volver a estar con nadie.
Ripley:
¿Tan bueno fue?
McFly:
Al revés. Fue el error más grande de mi existencia.
¿Ripley?
Mi alma gemela tarda un rato en contestar; bueno, mi «casi» alma gemela, porque en estos momentos estamos en un ochenta y uno por ciento de compatibilidad y yo no me pienso conformar con nada menos que un noventa y nueve coma nueve por ciento.
Es así. No puedo sustituir mi compatibilidad infinita con Blair por menos, porque no funcionará y no podré quererlo y será todo un drama de proporciones épicas.
Estoy a punto de volver a escribir, pero no quiero parecer ansioso.
Me imagino que, igual que yo, Ripley tendrá necesidades que satisfacer, como comer, mear o hacerse una paja; que no todo puede ser hablar sobre noches que cambian el rumbo de la existencia de un pobre entrenador personal de ciudad pequeña abocado al horror de vivir eternamente enamorado de su mejor amigo.
En fin… Quizá yo también debería cascármela y ver si así libero un poco de la intensidad que manejo.
Podría haber aprovechado la ducha que me he dado hace media hora, nada más llegar del gimnasio, pero Blair me había dibujado un corazón en el espejo del baño —visible cuando el vapor se ha apoderado del ambiente— y me he visto tan sometido ante ese mero gesto que me he negado a base de girar el grifo y poner el agua helada.
Pero ahora estoy en la cama, con solo un bóxer y tiempo a solas para fantasear y desestresarme.
Cierro los ojos y deslizo la mano derecha desde mi pecho hasta el elástico de mi ropa interior.
Normalmente no soy tan ceremonial, voy más a saco, pero quiero tomarme mi tiempo en imaginarme algo distinto, a alguien distinto.
Me meto la mano por debajo del bóxer y me agarro la erección tratando de pensar en Ripley, en su foto llena de melancolía, en su postura, en…
La cara de Blair me viene a la mente, sus ojos medio cerrados mientras, de rodillas en nuestro salón, miraba hacia arriba: a mí, a mi polla dura cerca de su boca. Recuerdo cómo sacó la lengua, solo un poco, la punta rosada acariciando su labio superior antes de acercarse a mi glande y… soplar… y…
Joder, joder, no.
Trato de volver a la foto de Ripley mientras empiezo a acariciarme a un ritmo que poco tiene que ver con el ritual de caricias con el que empecé.
Es pensar en Blair y volverme loco. Recuerdo esa noche como si estuviera ocurriendo en tiempo real, como si mi mejor amigo estuviera ahora delante de mí.
Recuerdo cómo deslizó las manos por mis muslos, subiéndolas hasta mis caderas, de donde me agarró con fuerza y empujó contra su boca.
Recuerdo cómo me la comió con ansia, con ganas, con unos gemidos que parecía ser él quien estaba recibiendo la mejor mamada de la historia.
Porque lo fue. En técnica y en sentimiento.
Estaba abrumado, volcado en el momento, en la inmensa satisfacción física y, a la vez, en el hecho de que ese que estaba ahí, dándome placer, era mi Blair, el objeto de mi deseo, de mi amor, de mi desesperación.
Y ese recuerdo me lleva al límite, sus ojos grises entornados, sus mejillas hundidas por la fuerza de la succión…
Empiezo a acariciarme a un ritmo frenético, emulando su lengua, mi punta contra su garganta, el sonido de ahogo que hizo cuando empecé a correrme en su boca…
Y entonces me corro; en mi presente pero en su recuerdo; en mi cama, solo, aunque mi mente siga en el pasado, en esa noche, en esas horas que pasaron entre gemidos, risas y lamentos.
Y lo hago a lo bestia, disparando contra mis abdominales lo que parece una eternidad pero que no son más que unos segundos de explosión extrema.
Entre jadeos, mientras me recupero de la resaca emocional más que de la física, abro los ojos y giro la cabeza hacia la izquierda.
Hacia donde está el corcho sobre mi escritorio, repleto de fotos de Blair y yo juntos.
Sí, tengo otras, con mis amigas de la universidad, con varios compañeros del colegio y con amigos de Winter Falls.
Con James, que, aunque él es mayor, hicimos la misma carrera y coincidimos en varias asignaturas.
Pero las de Blair parecen brillar, como si un foco las iluminara para captar mi atención.
Nosotros corriendo por la orilla del lago, una foto preciosa hecha a contraluz por mi padre cuando teníamos quince años.
Nosotros en la fiesta de graduación del instituto cuando creímos que el mundo se acababa porque estudiaríamos carreras distintas y no nos veríamos en clase todos los días. Hasta me planteé estudiar Literatura Inglesa; yo, que no sé distinguir a Shakespeare de Dickens.
Blair cogiéndome en brazos como si fuera una novia tras la boda, para entrar por primera vez en esta casa. Estamos riéndonos de una forma que echo de menos. Porque hace más de un año que no nos reímos así.
Nosotros en el cobertizo con unos martillos más grandes que nuestras cabezas poniendo por primera vez el cartel de la entrada. «Prohibido pasar. Propiedad de Evan & Blake». Luego Álex escribió su nombre con tiza debajo. Lo hizo en más de una ocasión, cada vez que se borraba.
Pero pensar en el cobertizo me nubla el juicio.
Porque ya no es un recuerdo feliz, es asfixiante, como estar muy cerca de aquellas hogueras que hacíamos por la noche cuando nos creíamos exploradores en la selva y estábamos a medio kilómetro de casa.
Pero también es helador como la ducha que me he dado para evitar pensar en Blair al hacerme una paja.
Porque no ha servido para nada, porque ahora me siento sucio y ridículo y…
muy inestable. Mi humor cambia con tanta rapidez que es en lo único que me mantengo constante, en mi inconstancia.
Cojo el móvil y veo que Ripley no ha contestado. Mejor. Ya no tengo ganas de contarle nada sobre la noche que me arruinó sexual y románticamente. Quizá mi (casi) alma gemela tenía razón y nunca debí tratar de explicárselo.