Si te arrepientes mañana (Soul Finder 4) 15 Evan
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15 Evan

EVAN

McFly:

¿Mejor película de CiFi de la historia?

Ni «Terminator».

Ni «Matrix».

Ripley:

Vamos, que no me puede gustar ningún clásico.

McFly:

Quiero que vayamos a lo raro, a ver lo que tenemos en común.

Ripley:

Pero ¿entonces te gusta la ciencia ficción o no? Me confundes sobremanera.

McFly:

No me apasiona leerla. Me flipa en cine.

Ripley:

«Primer».

McFly:

¿«Primer» qué?

Ripley:

Una de las mejores películas de CiFi.

McFly:

Joder, sí.

Blair me la puso cuando empezamos el insti para celebrar nuestro cumpleaños; es el mismo día, no sé si te lo había dicho.

Desde entonces la he visto varias veces y sigo sin entenderla.

Ripley:

No entenderla es parte del encanto. Es lo que te hace pensar; la base de las relecturas y revisionados.

McFly:

Estoy de acuerdo. ¿Así que eres de cine indie de culto?

Ripley:

A muerte.

A ver, tu turno. ¿Mejor película de CiFi de la historia?

McFly:

Pues puede que no sea la mejor, pero soy un incondicional de «Coherence».

Ripley:

Dios, qué buena. ¿Ese momento en que…?

Hablamos durante más de una hora. Es… cómodo, agradable; nos reímos.

Es como visitar lugares comunes, pero con otra persona y, aunque podría resultar extraño, no lo es.

Quizá porque cuando uno habla de un tema que más o menos controla siente cierta seguridad, el aplomo de quien sabe dónde pisa.

Y son muchos años viendo, comentando y compartiendo pelis con Blair.

Muchas noches haciendo maratones de series; de The Expanse, de Doctor Who…

Estoy hecho de esa ciencia ficción, del olor a palomitas del cobertizo, de las ojeras que llevábamos a clase al día siguiente y de los miles de debates sobre los mejores capítulos de Fringe o de Battlestar Galactica.

Creo que la ciencia ficción es el único interés real que he tenido aparte del deporte y, antes de eso, mi obsesión por el baile.

O más concretamente, por el ballet. Y más concretamente, por El lago de los cisnes.

Aún recuerdo la primera vez que vi una representación de la historia de Odette en la televisión.

Fue la Navidad del año que mi madre nos dejó, y me impresionó tanto que le pedí a mis padres que me apuntaran a ballet.

Les pareció bien, mi querida mami es muchas cosas, pero homófoba y prejuiciosa no parece ser una de ellas.

A quien no le pareció tan bien fue a Katarina, la profesora de la academia, que, tras solo tres semanas, nos «recomendó» que abandonara sus clases.

No solo porque el ballet clásico no era lo mío (según ella, con lo ágil y atlético que he sido siempre), sino por ese «amigo pobre» que se colaba cada tarde por la ventana para verme bailar y terminaba distrayendo a sus alumnas.

Hablaba de Blair, por supuesto, y no quería decir «pobre amigo» de «uy, pobrecito»; no, no, la profesora estaba convencida de que era un niño de la calle que entraba buscando cobijo.

Y todo porque Blair siempre se compraba una palmera de chocolate a la salida del colegio y venía con la boca y las manos que daba pena verlo.

Aunque, al parecer, eso no era impedimento para que las niñas se volvieran locas con él y, en vez de hacer pirouette en dehors cuando debían, terminaran cuchicheando y riéndose como las colegialas que eran.

Así que nos echaron de la escuela de danza, a Blair y a mí, pero, durante un par de meses, íbamos casi cada tarde a nuestro lago y representábamos a Odette y a Odile en la orilla, entre risas e inocencia; volvíamos a casa con las zapatillas y la ropa llenas de barro, y siempre teníamos las mismas peleas con nuestros padres: «Si es que mirad cómo os habéis puesto», «Dios mío, deberíamos meteros enteritos en la lavadora».

En el caso de Blair, que encima iba lleno de chocolate, era aún peor.

La verdad es que parecía un indigente. Guapo a rabiar, sí, pero un guapo a rabiar sin hogar.

Recuerdo aquellos días y no puedo evitar sonreír: nos veo tan nítidos como si nuestra imagen se estuviera proyectando ante mí en alta definición: yo con la camisa a la cintura como si fuera una falda y Blair dando vueltas a mi alrededor fingiendo que sus brazos eran alas.

Lo malo de todos esos recuerdos es que también me llevan directo a lo que ocurrió hace un año.

Porque tras esa noche en la que perdimos el control de nuestra amistad, me alejé de Blair.

Me aterroricé y me escondí; no sabía cómo reaccionar, cómo mirarlo sin comérmelo, cómo estar cerca de él sin tratar de fundir mi piel con la suya.

Aún no vivíamos juntos, así que evitarlo no fue difícil, al menos en el aspecto físico. En el emocional, alejarme de Blair siempre ha sido un imposible.

Tras tres días de silencio —bueno, sesenta y cuatro horas, para ser exactos— nos encontramos por la calle. Nos chocamos, como en una película antigua, como dos almas gemelas destinadas a coincidir. A él se le cayeron los libros que llevaba y ambos nos agachamos a recogerlos a la vez.

—Evan —me dijo en una especie de susurro.

—Blair —contesté yo, probablemente en el mismo tono, perdido en sus ojos, en todo ese gris insondable para muchos pero cristalino para mí, en lo que me pareció un reflejo de una tristeza profunda que odié, odié y odié.

—Nunca habíamos estado más de un día sin hablar.

—Sí. Cuando nos enfadamos a los doce años —repliqué—. Estuvimos casi cuarenta y ocho horas.

—Porque estabas de viaje en Nueva York y había muchísima diferencia horaria.

—Y porque estaba superindignado.

—Ya. Porque no te había ido a despedir al aeropuerto a las once de la noche de un martes.

—Bueno, mi cabreo en aquel entonces no era racional —admití con una sonrisa que me mordí muy rápido para que no la viera—. No pensé que tenías doce años, que tus padres no te dejaron y que no tenías forma de recorrer quince kilómetros por tu cuenta.

—Era mucho más racional creer que ya no te quería y que te había cambiado por Timmy McAllister, que, por cierto, es que no sé ni de dónde te sacaste semejante barbaridad.

—Os vi en el patio el día anterior y… yo qué sé, Blair. Nunca hablabais y ese día estabais pegaditos susurrando y…

—Hablé con él porque le había visto sacarse un moco y pegarlo en mi pupitre —explicó con las mejillas sonrojadas—. Y se lo dije bajito para no ridiculizarlo delante de la clase.

—Qué asco. Y qué bueno eres —añadí con esa sensación de estar a punto de convertirme en un charquito a sus pies—.

Pero el caso es que yo esa asquerosidad no la sabía y, hasta que mi padre no me hizo entrar en razón, en mi cabeza te habías olvidado de mí y a mi vuelta estaría solo en el patio y en la vida.

Blair me sonrió y ese gesto, que ni siquiera fue algo enorme, una simple elevación de labios, me devolvió la vida que había perdido durante los casi tres días que llevábamos sin hablar.

—No podemos estar así —me dijo—. No podemos no hablar.

—Te estoy hablando ahora, ¿no?

Recuerdo que se lo dije en tono jovial, como si no pasara nada.

Porque, durante un segundo, mientras recordábamos el cabreo ridículo de mi infancia, todo había estado bien.

Se me había olvidado que la habíamos cagado a lo grande.

Que ya no había lágrimas saladas en la Estatua de la Libertad ni Timmys McAllister mocosos a la vista.

Había… cosas peores. Problemas más serios. Más reales.

—Me estás hablando porque te has chocado conmigo. Literal. Llevas escondiéndote de mí tres días, Evan.

—No es verdad.

Claro que lo era, pero qué le iba a decir.

—¿Recuerdas a Odette? —me preguntó entonces Blair.

Los dos sabíamos que me acordaba, cómo no iba a hacerlo—.

Estabas obsesionado con la historia, te sabías la coreografía de la danza de memoria, y sí, hace mucho que dejaste de bailarla, casi el mismo tiempo en que dejaste de ser un niño, y creer en el polvo de hadas y en todos los sueños que no dejan de serlo nunca.

—Qué de intensidad. Qué de verdades—. Cuando sufre la maldición y se convierte en cisne, no puede hablar.

Está ahí, y es preciosa, pero no sabes qué piensa, solo que es…

inalcanzable. Está condenada al silencio eterno, a esconderse de quien es.

Estos días han sido larguísimos, Evan. Y…

—Blair dudó unos instantes antes de continuar—: No sé, de alguna forma, me has recordado a Odette.

—Yo no me escondo.

—Lo haces.

Cuando fui a replicar, Blair me puso un dedo en los labios. Estaba frío y recuerdo la sensación como si estuviera pasando en estos mismos momentos; se me metió en la piel, me bajó por el pecho y me agarrotó los órganos. Y, sin poder evitarlo, empecé a temblar.

—Lo haces —insistió—. Te escondes de mí. Y no me gusta nada.

Entonces le mordí el dedo y él apartó la mano; nos sonreímos, aún nerviosos, más tímidos de lo normal, menos nosotros.

Y, aunque ya nada me impedía hablar, no lo hice.

Me limité a mirarlo, a mirar los libros que ya había recogido: Hyperion, Split, Starplex.

Lo cierto era que, por primera vez en la vida, no sabía qué decirle, no sabía cómo volver a ser yo, a ser nosotros; cómo volver al pasado.

Quería poder fabricar un condensador de fluzo y viajar a las horas previas a que nos enrolláramos. Impedirlo.

—Ojalá pudiera romper la maldición —recuerdo que me dijo él entonces con voz triste, a pesar de estar sonriendo—. Haría que dejaras de ser Odette y que solo fueras Evan, mi Evan.

—Yo puedo romper la maldición, bobo.

Y eso hice. Redacté unas reglas y se las llevé esa misma noche a casa de sus padres.

Estoy perdido en ese instante en la cara de Blair mientras leía la lista de normas que regirían nuestra amistad a partir de ese momento, cuando el sonido de una nueva notificación de Soul Finder me saca de golpe del recuerdo.

Miro el móvil creyendo que me voy a encontrar un mensaje de Ripley, pero es Jeremy, el cascarrabias de Soul Finder al que ahora le ha dado por dirigirse a todos por el porcentaje de compatibilidad que tenemos con él.

Jeremy:

¿Qué consulta es esa que querías hacerme, 15 %?

Le escribí ayer porque una vez comentó en un foro de cine que había conseguido un cofre con veinte películas CiFi de culto que además incluía postales, imanes y pegatinas. Creo que podría ser un regalazo para Blair y nuestro cumpleaños está ya a la vuelta de la esquina.

Hablo un rato con él, le doy ideas y él me replica unas cuantas; como si me importara su opinión.

Le recuerdo con mucha amabilidad, y poca paciencia, que tenemos un 15 % de compatibilidad por algo, que no se olvide de recordarlo y que me cobre un plus si quiere, pero que siga mis instrucciones, por favor, que el cumpleaños es de Blair y es a él a quien quiero tener contento.

Al final quedamos en que me dirá qué combinaciones de películas, series y merch tienen de la lista que le he pasado y cuánto me costaría.

Jeremy:

Pero si te quedas en casa viendo pelis, follar vas a follar poco. Solo digo.

Y yo no digo nada, porque ¿para qué? 15 % de compatibilidad.