14 Evan
EVAN
Por supuesto, me pongo malo al día siguiente.
Y todo se repite, pero al revés. Ahora es Blair quien me cuida, quien me pone paños fríos en la frente, quien me lee.
La fiebre no viene a por mí, pero el malestar y los dolores de cabeza me dejan en cama dos días en los que tengo que faltar al trabajo y Blair se las ingenia para hacer lo mismo.
«El Menos Mal y Archer se encargan de la librería, no te preocupes», me dice. Pero me sabe mal, porque sé que nunca delega tan a lo bestia; no le gusta faltar a sus obligaciones, es así, y que lo haga solo por cuidarme cuando ni siquiera estoy tan mal…
El martes a media tarde llamo a James para decirle que ya estoy mejor y que el miércoles iré a trabajar. Hablamos un rato y quedamos en salir a tomar unas cervezas un día de estos. Luego me tumbo en el sofá y abro Soul Finder.
Ahí está el mensaje de Ripley.
Le estoy contestando cuando Blair se sienta y me insta a colocar la cabeza entre sus piernas mientras se dedica a leer uno de sus viejos libros de ciencia ficción.
Elevo la vista para ver su expresión, la arruguita que se le forma alrededor de la boca.
Que esté releyendo en lugar de coger el último libro de Ken Liu o alguna de las otras novedades de ciencia ficción que llegan a la librería significa que tiene intención de leerme en voz alta, a mí, y que no lo está haciendo porque tiene la mente puesta a saber dónde.
—¿No vas a empezar? —le pregunto.
—Ya empecé.
—Pues yo no he oído ni una palabra. Y quiero escucharte.
—Estás ocupado. —Me da un toquecito en el móvil con un dedo.
—Solo estaba contestando a un mensaje.
—Estabas mirando la foto de perfil —replica—. Otra vez.
Le quito el libro de las manos y él pone cara de querer matarme.
—Dámelo.
—¿Para qué? Si no estás leyendo.
—Que me lo des. —Se agacha para intentar cogerlo, pero le muerdo la mano y él suelta un jadeo que se parece mucho al mío cuando noto el calor de su piel en la boca. Me ruborizo. Mierda.
Lo suelto y enseguida vuelvo a la imagen, lejos de esos ojos que podrían competir con los del lobo feroz antes de comerse a Caperucita, y no porque sean oscuros, sino por lo penetrantes que son.
—Léeme, venga.
—Suelta el móvil y me lo pienso.
Lo hago, por supuesto. Y el perro aprovecha que bajo las rodillas para lanzarse sobre mí.
Enseguida se pone a dar vueltas sobre sí mismo alrededor de mi abdomen, clavándome las uñas de una manera que me hace retorcerme de la risa, lo que me lleva a un mini ataque de tos, y Blair me tiene que agarrar para que no me caiga.
Cuando Loki por fin se acomoda, Blair me pasa un pañuelo de papel para que me suene.
Luego se pone a acariciarme el pelo. Y me encanta; me encanta tanto que cierro los ojos durante unos segundos y me limito a disfrutar de su contacto.
—¿Qué te gusta de él? —me pregunta.
No comprendo de qué me habla hasta que lo veo señalar el móvil sobre la mesa.
—¿De Ripley?
—Sí, es decir, ¿tan buenas son las conversaciones, la conexión y todo eso? ¿Tanto te gusta? —Lo pregunta con un tono sarcástico que no me hace ninguna gracia.
—¿Por qué usas ese tono?
—¿Qué tono?
—Pues como si te burlaras de mí. Ese tono. —Lo digo tan alto que el perro levanta la cabecita y gruñe para dejar clara su disconformidad; y yo le acaricio la zona entre el cuello y la oreja hasta que vuelve a acomodarse.
—Es que es de coña. No lo conoces.
—De eso va Soul Finder, de conocerse.
—Pero lo has llevado más allá. Estás empeñado en creer que un tío con el que no has compartido ni un saludo no solo es el mismo con el que hablas en esa estúpida app, sino que además es tu alma gemela, ¿y por qué exactamente? Porque te pone físicamente.
—No es solo por eso —replico.
—Te pone, y lo entiendo. El puto vecino del quinto está bueno, pero puede que solo sea eso; un vecino buenorro.
Y estás tan empeñado en unificar vida virtual y realidad…
No sé. Si tantas ganas tienes de encontrarlo, quizá deberías mirar el suelo que pisas, fijarte más en lo que tienes a tu alrededor.
—No sé a qué te refieres.
—Ya. Da igual. Las cosas no son como te empeñas en verlas.
—Si vas a empezar con el rollo de que nadie es quien dice ser tras una pantalla…
—Es un hecho, Evan. Y no voy a cambiar de opinión en cuanto a eso.
Giro un poco la cabeza porque el movimiento de su rodilla me está poniendo de los nervios.
—¿Por qué te molesta tanto?
—Da igual. Haz lo que quieras.
—No da igual, ahora me lo dices. —Me remuevo, lo que hace que el perro también se remueva y me vuelva a gruñir. Me mira como si quisiera arrancarme la piel y dársela a su dueño, quien parece estar de acuerdo con tal ofrenda, dada la mueca de cabreo que tiene.
Acaricio a Loki en la cabeza y, aunque parece que se va a retirar, indignado, al final se deja querer.
Sonrío. Es como Blair. Se enfadan rápido, pero, por suerte, se contentan igual de rápido.
Y eso es lo que quiero, que le cambie la cara; tener esta conversación, cerrar el tema y volver a estar bien.
Si pudiera acariciarlo y lograr que así se le pasara…
—Dilo ya, venga —insisto, porque no tiene cara de querer que lo acaricie.
Dos resoplidos, varios movimientos de rodilla —que detengo con un pellizco suave en el muslo— y varios chasquidos de lengua después, lo suelta:
—Es que parece que buscas una excusa para escaquearte.
—Se aparta el flequillo de los ojos—. A veces tengo la sensación de que, no sé, no quieres estar aquí.
Que prefieres un rato imaginando a un desconocido a quien crees conocer que a alguien a quien conoces mejor que nadie.
Yo… te echo de menos, supongo. Es una tontería, lo sé.
Se me para el corazón. Me echa de menos. Me echa de menos. Me echa de menos.
—Vivimos juntos, Blair.
—Y aun así te echo de menos. —Tiene la vista fija en algún punto de la pared de enfrente, entre las figuritas de Star Trek y Regreso al futuro—. Y a veces creo…
—¿Qué?
Y, entonces sí, me mira; y yo dejo de respirar, literal.
—Fue por lo que pasó, ¿no?
«Lo que pasó».
Los recuerdos se me caen encima como la lluvia torrencial que se aprecia al otro lado de la ventana.
Las llamas se expanden allá donde nuestros cuerpos se tocan, me llenan de una necesidad que no sé si alguna vez podré controlar.
¿Que si es por eso que intento encontrar a alguien que me lo arranque de la piel?
Pues claro que sí, coño. Es la única manera que se me ocurre de verlo de nuevo como lo que es: amigo, familia, alguien sin el cual no podría vivir.
No puedo dejar que el sexo destroce lo que tenemos, no dejaré que unos minutos —horas, días…
— de alivio me quiten toda una vida con él.
—No, yo…
—No empieces con las reglas de las narices —me advierte.
—No pensaba en eso, idiota.
Blair se levanta. Yo me levanto. El perro se levanta, gruñe y se va, muy digno, hacia la camita en un rincón del salón que solo usa cuando está muy mosqueado. De verdad habría que estudiar eso de que los perros se parecen a los dueños.
—Te alejas todo el rato de mí. Y no lo soporto —me dice.
—No puedo alejarme de ti. ¿Es que no lo ves?
—Buscas encontrar a alguien que te aleje y no te sale. Y eso te frustra, pero igualmente lo intentas. Y creo que algún día lo harás.
—¿Qué quieres decir?
—Que encontrarás a alguien, alma gemela o no, a quien quieras más y nos convertiremos en un recuerdo en la vida del otro.
Me acerco despacio, él no se aparta y yo aprovecho para agarrarlo de la camiseta y atraerlo hacia mí.
—Eso no pasará.
—Claro que sí, ya está pasando. Mírate. —Baja la vista por mi cuerpo como si ahí se encontrara la respuesta.
Me miro, la camiseta arrugada que él mismo me regaló, los pantalones de pijama que solo uso cuando no quiero que aprecie lo mucho que me pone, porque me quedan grandes y no se nota ningún bulto indiscreto, los calcetines que solemos compartir, porque nosotros lo compartimos casi todo.
—¿Qué es lo que ves? —pregunto, solo para no decirle la verdad: que yo solo lo veo a él en mí; cada puta huella que ha dejado en mí.
—Una grieta enorme del tamaño de esta casa. Eso veo. Y no me gusta nada porque se hace cada vez más grande y uno de los dos se caerá y…
Le cubro la boca con ambas manos.
—Nadie va a caerse, y si lo hacemos seguro que podemos salir. Tú me agarras y yo te agarro y salimos.
Me da un mordisco en la palma y me sujeta las muñecas para apartarlas con suavidad.
—Ah, ¿sí? ¿Te tengo que recordar tus normas o qué?
Elevo las cejas y le dedico una de esas sonrisas a las que sé que no puede resistirse.
—Blair, tienes más sitios donde agarrar aparte de mi polla.
Dos segundos, ese es el tiempo que tarda en descojonarse y yo en seguirlo.
El perro se lanza a nuestros pies y se pone a saltar y a ladrar como si a él también le hiciera mucha gracia.
Seguimos hablando un buen rato, pero al final lo convenzo de que es un exagerado y que se fije en lo débil que estoy, que no me está cuidando nada, y que se ponga a leerme de una vez.
Lo digo todo con esa cara que imita a su perro y a la que él no puede resistirse.