Si te arrepientes mañana (Soul Finder 4) 13 Evan #2
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13 Evan #2

Estábamos en su habitación, aislados para que Alex no se contagiara.

No sabía si levantarme para avisar a Helen de que su hijo volvía a tiritar, y a sudar, y a estar muy caliente.

Yo también ardía y me dolía todo, pero lo peor ya había pasado y no me encontraba tan mal como mi amigo.

No había dejado de llover durante toda la semana, motivo por el cual habíamos acabado así de malos.

Por escaparnos al cobertizo en plena lluvia, por no abrigarnos, por no hacer caso.

Me incorporé y tomé su rostro entre las manos.

—Blair, no hay música.

Mi amigo abrió los ojos. Me miró como si estuviera muy lejos, aunque apenas nos hallábamos a unos pocos centímetros; el aliento le olía al remedio de miel con limón que le había dado mi padre al salir de la farmacia hacía unas horas.

—No estés triste, no voy a morirme. —Los dos estábamos acostados de lado, las caras muy juntas, las piernas enlazadas, el pelo pegado a las sábanas. El tiempo era esa cosa que pasaba mientras nuestras mentes fluctuaban y nuestros cuerpos se dedicaban a expulsar el virus.

Le di un puñetazo en el hombro con suavidad, a lo que Blair respondió con esa mueca traviesa en la boca que conocía bien.

—No lo digas ni en broma —repliqué.

—Tus ojos brillan. —Me apartó el flequillo de la frente y me dedicó una de esas sonrisas bonitas que le costaba regalar y que sentí como un abrigo en una noche febril—. Se parecen a las estrellas de los relatos de Bradbury. Es… como mirar al cielo y verte ahí. Brillas, Evan.

Sentí un pellizco raro en la barriga y pensé que ojalá no me pusiera malo también de eso.

Quería ponerme bueno de una vez, y jugar a videojuegos, y que dejara de llover para poder ir al cobertizo y quedarme a dormir ahí, pegadito a Blair, y que me hablara de constelaciones cada vez que salíamos a mirar las estrellas y ponerles nombres de persona.

—¿Crees que soy como una estrella? —pregunté bajito; las mejillas se me encendieron y esa vez la fiebre no tuvo nada que ver, aunque creyera que sí.

Mi amigo me pellizcó la mejilla.

—Eres el cielo, y la Tierra, y la estrella que más brilla. Brillas tanto que, si tú estás, sé que nunca me perderé —dijo con una sonrisa que aumentó el dolor que la tos me había dejado en el pecho.

—¿Y eso qué significa?

—No lo sé. Pero cuando me muera y sea una estrella en el cielo, intentaré brillar mucho para que me veas y llegues a mí; te esperaré. Te esperaré siempre.

Y entonces se durmió. Y yo estaba tan contento y triste a la vez…

Porque lo que había dicho era precioso y horrible al mismo tiempo.

Así que me alegré de que no viera cómo lo abrazaba y le besaba la mejilla mientras le decía que no se iba a morir todavía pero que cuando le llegara el momento lo haríamos juntos, y que nunca estaría solo.

Que seríamos las dos estrellas más brillantes del cielo.

Tampoco escuchó el «te quiero» que pronuncié bajito, aunque en mis recuerdos sonara bien alto.

Un «te quiero» que, años después, todavía seguía evocando cuando pensaba en esa infancia que ya nunca más volvería.

En todo eso pienso mientras entro en nuestro edificio y me choco con el vecino del quinto.

Que está aguantando un sermón de la otra vecina del quinto sobre cuál es el volumen recomendable para poner la televisión y a qué horas puede o no poner música.

Ni siquiera me giro cuando la señora me dice algo sobre la manera brusca en la que he dejado que se cierre la puerta del portal y la oigo llamarme la atención por correr por el pasillo.

Subo las escaleras de dos en dos y en nada estoy en casa, abriendo la dichosa puerta con el dichoso cartel.

El perro se me lanza encima, lloriqueando, y me lo subo a los brazos para llevarlo a la cocina y llenarle el cuenco de comida.

—Ya está —le digo mientras espero a que coma, cosa que no hace si no le acaricias la cabeza y le das permiso.

Así de mimado tiene Blair a su perro. Es como una versión en miniatura de él.

Me derrito, pero enseguida se me forma un nudo en la garganta porque Blair ni siquiera se ha movido de la cama—.

Venga, Loki, come como el superhéroe que eres y luego te saco a dar un buen paseo.

Abro el grifo para empapar un paño y llenar un pequeño barreño rojo; también saco una botella de agua mineral del frigorífico.

Lo llevo todo a la habitación. Blair está ardiendo; y tiembla.

Me cuesta un mundo que abra los ojos, sacarlo de la cama y meterlo en la ducha.

Aguanto sus gruñidos y sus «me estás mirando la polla ahora que estoy débil y está chiquitita; no es justo» y «odio tus putas reglas» y «no me quieres nada» que me hacen querer meterle la alcachofa por el culo, o mejor otra cosa, solo para que deje de decir tonterías.

Pero entonces me suelta un «¿me das un abrazo?

, tengo frío» con esa mueca que tanto me gusta y yo me convierto en un charquito de emociones.

Un charquito que se mezcla con el corazón triturado que dejé antes en el pasillo y que ahora recojo y me recoloco en el pecho. No soy exagerado. En absoluto.

Me ducho con él —con el corazón bien colocado y las emociones a raya— solo para que no se caiga, sonriendo ante su «pues la tuya también está chiquitita».

En algún momento entre sacarlo de la ducha y vestirme, Harold aparece con la sopa, informándome de que mi padre está en la farmacia, que él ha venido directo porque tenía el caldito hecho del día anterior. Ahora suena más orgulloso, si cabe. Y lo entiendo. Yo también estoy muy orgulloso de él.

Entre los dos le hacemos la cama a Blair con sábanas limpias y lo metemos dentro como podemos, porque parece un zombi.

Cuando Harold se va y yo logro que se tome al menos medio cuenco de sopa caliente y una botellita de agua, lo sujeto mientras se lava los dientes y hace pis, y lo vuelvo a meter bajo las sábanas. A partir de ahí, el tiempo se ralentiza, o quizá va demasiado deprisa.

Llega mi padre, me deja las medicinas y se encarga de sacar a Loki. Ambos parecen felices con el arreglo, oigo a mi padre decirle que el abuelito se ocupa de todo. Trato de borrarlo de mi mente, pero una vez escuchado no lo puedo desescuchar.

Luego, ya entrada la noche, cuando mi padre se va y Loki duerme a los pies de la cama, leo a Blair en voz alta; como cuando éramos niños, el mismo libro, las mismas ganas de verlo sonreír. Pero en esta ocasión está demasiado dormido para darse cuenta y yo termino agotado y acurrucado contra él.

Cuando me vuelvo a despertar, lo tengo casi encima, su brazo alrededor de mi cintura, las piernas entre las mías, su boca en el cuello despertando todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo. Arde, pero no de fiebre, cosa que compruebo en cuanto le acaricio la frente.

—Te dije que no entraras en mi habitación —dice con una especie de gruñido, pero se aprieta más contra mí.

—¿Y desde cuándo te hago caso? Además, tu perro estaba dentro. ¿Ibas a dejarlo morirse de hambre y de meación?

—La palabra meación no existe —me dice con una sonrisa—. Y tengo golosinas en la mesilla. Y un cuenco de agua en la puerta del armario.

—Dudo que tu yo inconsciente se diera cuenta de que tenía un perro al lado. Delirabas.

—¡¿Qué te he dicho?! —me pregunta, alarmado.

¿Creerá que hay algo que me pueda escandalizar a estas alturas de nuestras vidas? Porque yo lo dudo.

—Nada que no supiera —le contesto, acariciándole el pelo.

Abre un poco los ojos, me mira, y debe ver en mi expresión que digo la verdad, porque vuelve a cerrarlos y a acomodarse.

—Te lo voy a pegar —replica, bajito y quejumbroso.

—Pues te tocará a ti lavarme el culo cuando cague. Es lo que hay.

Se aparta para mirarme otra vez y lo hace con cara de total y absoluto horror. Yo suelto una carcajada.

—No he cagado. Espera, no lo he hecho, ¿no?

Le pellizco la nariz.

—La has cagado mucho al pensar que te iba a dejar solo.

No contesta. En su lugar, me abraza más fuerte. Estoy tan a gusto aquí con él…

—¿Tienes hambre? —le pregunto, desviando la vista hacia el cuenco de sopa que aún descansa en la mesita de noche.

Blair se revuelve un poco, me clava la erección en la pierna y me dedica una mirada que viene a expresar de una manera bastante evidente qué tipo de hambre tiene. Qué tío, ni con fiebre. Normal que tenga la puerta siempre cerrada y el cuarto demasiado ocupado.

«No, no, Evan, no vayas por ahí».

Lo fulmino con la mirada y me dedica una sonrisa perezosa antes de volver a cerrar los ojos.