13 Evan
EVAN
Es viernes por la noche, lo que significa que hay menos gente de lo normal en el gimnasio, lo que a su vez significa que las horas pasan como si las tuvieras que empujar, como una de esas prensas de piernas que tanto odia Blair y con las que suelo machacarlo, solo para molestar, y porque me encanta el modo en que se le endurece el culo.
Y no es que se lo toque ni que se lo mire, es que le encanta pasearse semidesnudo por nuestra casa, y pasarse las normas por el puto forro, ya de paso, y a mí me cuesta no mirarlo cuando lo hace.
Miro el reloj, a los clientes rezagados aquí y allá que ocupan las máquinas de musculación, y a James, que se ríe con alguna chorrada que le dice su novio.
No sé por qué han venido a entrenar juntos un viernes a última hora en lugar de, no sé, estar acurrucados en la cama con menos ropa de la que llevan; tampoco es que tenga curiosidad.
Bueno, vale, tengo mucha curiosidad. Me aburro.
Y me encantaría estar haciendo justo eso: tirarme en la cama con la cabeza apoyada en la tripa de Blair mientras lee algo.
Me encanta sentir la vibración de su voz en el cuello, el movimiento de sus músculos, su respiración. Y no debería estar pensando en eso.
Me doy una vuelta por la sala, pero nadie parece necesitarme para nada. Sigo aburrido, y no quiero pensar en Blair, así que saco el móvil y compruebo el último mensaje de Ripley. Lleva un día sin leer mis mensajes. Le estoy escribiendo un «¿Estás bien?» cuando recibo una llamada de mi padre.
Me escabullo hacia el pasillo.
—Dime lo que quieras y te lo daremos —me suelta en cuanto descuelgo.
—¿Me estás chantajeando? Porque suena fatal.
—Me refiero a comida. Son las palabras textuales de Harold —explica con ese tonito exasperado que siempre me hace mucha gracia—. Quiere convencerte de que vengas a cenar.
Sonrío. Ahí están la tarjetita de Harold y el dar pena de mi padre, su manera más rápida de hacerme sentir fatal y que vaya a casa corriendo.
—Dile a Harold que otro día. Es viernes, ya sabes…
—¿Qué sé? ¿Que mi hijo pasa de mí? —pregunta con dramatismo—. Ya no vienes nunca. Te echo de menos. Harold te echa de menos. Y yo he ido a verte hace nada, pero a él llevas como cinco días sin verlo. Va a creer que lo evitas, ¿quieres que crea eso, romperle el corazón, hacer que…?
—Papá, por Dios, deja el dramatismo —le digo, sonriendo—. Hablé con Harold ayer, y si llevo más de lo normal sin verlo es porque él, escucha bien el matiz en mi voz, ha estado liado con un curso de cocina.
—Bueno, yo creo que lo dejarías más tranquilo si te pasaras por aquí.
—¿A él o a ti?
—Así todos salimos ganando. Si él es feliz, yo soy feliz y reina la paz en la casa. Hazlo por tu padre.
Se me escapa una carcajada que le llega a mi jefe. Es decir, a James, que además de mi jefe es mi amigo y me mira desde la cinta con una ceja arqueada.
Pongo mi mejor cara de «estoy atendiendo una llamada importantísima» y él menea la cabeza y sigue a lo suyo: desnudar con la mirada a su novio; que también es mi amigo.
—No te rías. Es cosa seria, hijo.
—Superseria, lo sé, y me encantaría tranquilizar a Harold, pero es que es viernes, papá. Hoy toca pizza. De hecho, me toca hacerla a mí y todavía tengo que pasar por el súper. Así que otro día, ¿vale?
—Blair también puede venir, ¿eh? —me recuerda.
—Lo sé, pero estará reventado. Además, los viernes son especiales, no sé. Si quieres podemos ir el domingo.
—¡Hecho! Gracias. —Lo dice con una rapidez enternecedora, como si me fuera a echar atrás si tardara más de un segundo en contestar, y yo me vuelvo a reír—. Te quiero.
—Y yo. A los dos. Transmíteselo a Harold.
—Harold lo está escuchando perfectamente. —Estoy convencido de que el «¡au, bruto!» que suelta mi padre al otro lado le llega a James y hasta a Blair, que debe llevar horas en casa.
Después de colgar, me entretengo más de la cuenta en ayudar a un par de chicos nuevos a ubicarse dentro del recinto.
Ocho mil minutos después, me estoy cambiando de ropa y pensando en qué pizza hacer esta noche.
Sonrío al pensar en que hoy me toca elegir peli y en lo que tardaré en ceder a los caprichos de Blair.
Es increíble, pero siempre consigue convencerme.
O no es tan increíble, en realidad. Mi amigo solo necesita sonreír para convencerme hasta de ver Dune, la del ochenta y cuatro, ¿eh?
La que no le gustó ni a su director. Muy fuerte.
Estoy saliendo del Tesco que tenemos a unas manzanas de casa cuando recibo un mensaje de Blair.
Blair:
Ni se te ocurra entrar en mi habitación.
Evan:
¿Qué?
¿Blair?
¿Me estás ignorando?
Mira, que te den.
No me contesta, así que me dirijo a nuestro piso.
No llego a entrar en la cocina cuando lo entiendo.
El cartel de Alien, el octavo pasajero me da una patada en el centro del pecho, y de forma casi literal, a juzgar por lo que duele.
Esto. Esto es lo que siempre he temido de ceder a lo que siento por él.
Este sentimiento de traición feo y doloroso.
Se me caen las bolsas y apenas puedo respirar.
Los oídos me empiezan a pitar, lo que me alegra, porque no quiero escuchar nada de lo que ocurre al otro lado de esa puerta.
«Ni se te ocurra entrar en mi habitación».
Vale, bien.
Tengo que irme.
Me trago la bola que tengo en la garganta y dejo las bolsas en la cocina.
Ni siquiera me molesto en guardar los productos refrigerados.
Salgo de la casa como si alguien me persiguiera, dejando atrás la ilusión de viernes por la noche y mi estúpido corazón, que se ha quedado ahí en el suelo, hecho papilla, como si el pasillo fuera el escenario de una película gore.
«Ni se te ocurra entrar en mi habitación». Antes me arrancan la piel. Dios. Que lo hagan. Quiero tener otra piel, ser otra persona, quitarme esta sensación de estar pero no estar en ninguna parte. No sé a dónde ir. Los párpados me arden y camino sin rumbo fijo.
Cuando me quiero dar cuenta estoy de nuevo en el gimnasio y estoy viendo a una versión más edulcorada de mi amigo.
Alex y él son iguales, sí, pero también muy distintos.
A Alex le faltan esa mueca burlona al borde de la boca, su mirada profunda y el fuego que rodea a Blair.
Sobre todo, falta esa cosa que hace que quiera salir corriendo o lanzarme a sus brazos.
Esa cosa que pone mi mundo del revés. Esa cosa que ahora acaba de matarme por dentro. Y no soy dramático, ¡no lo soy!
—Creí que había acabado tu turno —me dice y yo lo rodeo para dejarlo atrás; lo último que me apetece es hablar con Blair, o con la copia de Blair, o lo que sea. Es… como mirarlo a la cara de manera indirecta y ahora mismo no puedo—. Pensé que estabas con Blair.
—Me ha prohibido entrar en su habitación —musito mientras decido que me meteré en la última clase de spinning; necesito cansarme, olvidarme de todo, necesito…
«Ni se te ocurra entrar en mi habitación». Joder.
—¿Y desde cuándo le haces caso? —inquiere Alex con una sonrisa.
Lo ignoro y pongo rumbo a la clase.
—¿Tú también vas a spinning? —él insiste, porque es Alex y a veces creo que es incapaz de saber cuándo un momento no es propicio. Eso, o le da igual, que también puede ser.
En lugar de contestar, me dedico a ajustar una de las bicicletas con la esperanza de que pille la indirecta.
—Mira que es cabezota. Llámame si necesitas que le lleve algo, ¿vale? —Coloca su toalla en el manillar—. En serio, Evan, da igual la hora. Puedo ir a la farmacia en un momento. Que ya sé que tienes a tu padre, pero aun así… Mi madre también está preocupada. Ya sabes cómo se pone.
Me giro hacia él.
—¿De qué estás hablando?
—De mi hermano.
Lo miro sin comprender.
—¿Qué tienen que ver tu madre y mi padre?
—Lo digo por la fiebre. Es muy raro que le dé y mi madre se preocupa.
La fiebre.
«Ni se te ocurra entrar en mi habitación».
—¿La fiebre? —inquiero con un tono de voz que retumba en las paredes de la estancia vacía salvo por nosotros.
Y entonces me lo cuenta. Que no ha ido a trabajar, que han sido él y Archer quienes se han encargado de la librería, que lleva todo el día malo.
Dice más cosas, claro, pero ya estoy saliendo del gimnasio y escribiéndole a mi padre un mensaje con un: «¿Puedes pedirle a Harold que me haga una de sus sopas curativas y me la traéis a casa?
Y medicinas para el resfriado y la fiebre.
Es una emergencia». Luego echo a correr hacia la casa sin considerar si mis exigencias son un poco de niño mimado o no.
Sé que Harold está orgulloso de su caldo revividor, como lo llama.
Y ambos me han ofrecido hacer la cena esta noche, ¿no?
Bueno, quizá sí es un poco exigente por mi parte, pero Blair enfermo es un DEFCON 2 en toda regla.
Dios, qué idiota soy.
Por supuesto que sé cómo se pone Blair cuando tiene fiebre, y de haberlo sabido, yo…
Mierda. Me detengo en un semáforo y me cago un poco en la puta.
Tengo el corazón en la garganta y apenas puedo controlar la respiración por la carrera.
Me doblo sobre mí mismo mientras la mente se me llena de recuerdos hasta quedarse en uno en concreto, ese que saca todo lo que siento por Blair, lo mete en una olla y lo remueve a la máxima potencia.
Un recuerdo de antes de saber que me gustaba, antes de saber que a él le gustaban los chicos. Antes de todo.
Un Blair enfermo, vulnerable.
Un Blair que llevo grabado en la piel.
—Baja la música —me gruñó por quinta o sexta vez con esa voz que aún era de niño pero que estaba empezando a cambiarle.