Si te arrepientes mañana (Soul Finder 4) 12 Evan
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12 Evan

EVAN

El aroma a comida me llega desde la puerta. La musaka de Harold tiene un olor que te hace rugir el estómago. Supongo que eso fue lo que enamoró a mi padre. Primero se enamoró su estómago y luego todo lo demás.

—¿Vas a intentar comprarme con comida? —pregunto cuando le abro la puerta, y mi padre me besa la frente.

Tiene los brazos llenos de bolsas que le ayudo a colocar en la cocina.

—¿Tengo que comprarte?

—Todo depende de lo que hayas venido a pedirme. Has venido por algo, supongo.

—Soy tu padre. No necesito ninguna excusa.

Elevo las cejas.

—Nunca vienes. Esta es la segunda vez en lo que llevo viviendo aquí, y la primera solo lo hiciste para ponerle pegas a la iluminación, y a los colores de la pared, y a la humedad, y no recuerdo a qué más.

—A las habitaciones. Demasiado pequeñas —añade mi padre—. Y al plato de ducha. ¿Quién usa plato de ducha? Tienes veintitrés años, por el amor de Dios. Disfrutar del sexo en una bañera es casi una necesidad.

—Puaj. Ni se te ocurra ir por ahí. Si quieres hablar de esas mierdas, espera a que venga Blair.

—¿Está en la librería?

—Sí. Se fue temprano.

Mi padre se pasea por el piso. Mira los cuadros, la escasa decoración.

Frunce el ceño al ver que nada ha cambiado en exceso desde la última vez que estuvo aquí, más allá de mis trastos y la ropa que he ido dejando por la casa.

Lo recoge todo sin decir ni mu y hasta pone la lavadora mientras yo lo miro pasmado y doy gracias por no haber sacado aún los huevos, el azúcar y toda la lista de ingredientes que suelo tener en un rinconcito para el vecino del quinto, y que guardo cada vez que mi amigo vuelve a casa tras salir de la librería porque no quiero que se enfade ni me eche el sermón ni me llame «pequeño stalker de pacotilla».

—¿Me lo vas a decir ya o vas a limpiar un poquito el polvo antes?

—Polvo no hay; eres desordenado pero limpio. Y no seas borde, ¿no puede un padre visitar a su querido hijo?

—Papá, me estás poniendo nervioso.

Mi padre me quiere muchísimo; y yo a él.

Tenemos una relación estupenda y nos vemos, al menos, tres veces a la semana; pero porque me invitan a cenar a su casa —mi casa de siempre— o salimos por ahí.

Este piso no lo pisa nunca porque, según Harold, le recuerda que soy mayor, autosuficiente y que ya no lo necesito.

Harold lo dice con una sonrisa tierna, en plan «qué mono, el loquito de tu padre», porque ambos sabemos que lo necesitaré siempre aunque solo sea por el mero hecho de que lo adoro y me encanta estar con él.

El dramatismo es hereditario, supongo.

Mi padre suspira y se coloca delante de mí.

Somos casi de la misma estatura, y tenemos casi el mismo pelo rubio, cargado y liso, y los ojos casi del mismo color azul, aunque los míos son más claros.

Como los de mi madre. De la que también heredé la piel dorada.

Mi padre es blanquísimo, nada más pisar la playa, el tío se pone como un cangrejo, solo le falta andar hacia atrás. Algo bueno tuve que sacar de ella…

—Quería hablarte sobre las bodas de plata de Helen y Jerry.

—Ya tenemos regalo.

—¿Blair y tú? ¿Va a ir? —me pregunta con una sonrisa enorme.

—Va a ir. Y espero que lo arreglen. O al menos que sea un acercamiento.

Ambos nos sonreímos. Luego él baja la vista, se cruza de brazos, me mira y suspira. Me acojona, claro.

—Papá…

—¿Has hablado con tu madre últimamente?

—Hace como un mes —le contesto con suspicacia—.

Me llamó ella en un derroche de maternidad sin igual.

Me preguntó por lo que estaba haciendo y si quería algo especial por mi cumpleaños.

La verdad es que creo que no se acordaba del día y estaba tanteándome —digo con rencor, porque puede que ya no me duela el corazón, pero sigue picándome el pecho.

Mi padre baja la vista. En otro momento me hubiera dicho algo como «no seas tan duro, hijo» o un «Evaaan», alargando mucho la «a». Pero no es el caso. Ahora guarda silencio, casi seguro pensando lo mismo que yo.

—¿Por? —le pregunto cuando ese silencio dura demasiado.

—Helen la ha invitado a las bodas de plata —suelta levantando la vista y fijando sus ojos claros en los míos.

Yo intento mantener la calma, cada vez es más fácil, cada año un poquito de la rabia se transforma en desdén.

Pasé de llamarla «mamá» a «la señora esa» a «progenitora», sin más.

Ahora ya ni siquiera corrijo a mi padre, a Blair o a quien le dé por hablar de ella, cuando dicen «tu madre»; hace unos años me hubiera parecido un ultraje y les hubiera hecho rectificar tal calificativo. Ya no. Que la llamen como quieran.

—Me la suda.

—Evaaan…

Ahí está, el alargamiento de la «a». Mi padre ve a través de mí.

Tuvo que recoger el desastre que la marcha de mi progenitora dejó y colocar cada cosa de nuevo en su sitio: mis risas, mi confianza, mi corazón.

Así que sabe que, aunque me haga el duro, me afecta.

Pues claro que me afecta. Porque hace mucho que no quiero verla, hace mucho que un par de mensajes al mes me parecen suficientes, pero el dolor de un hijo al que no quieren dura.

Y durará siempre, supongo. Es antinatural.

—No creo que venga —le digo.

—Yo tampoco, la verdad. No creo que Helen cuente con ello. Pero debías saberlo. Por si acaso.

—Pues ya lo sé. Gracias.

—No te enfades conmigo —me dice en un tono triste que me apena de inmediato.

—Perdona, papá. Hablar de ella me altera.

—Aunque finjas que no.

—Aunque finja que no.

—Es normal. Y por eso te lo quería decir yo. Por si ella te había llamado o algo.

—¡Qué me va a llamar! —Mi tono está empapado de resignación; suspiro, me paso una mano por el pelo e intento sonreír a esta persona que siempre se ha esforzado por hacerme feliz.

Y siempre lo ha conseguido—. Mira, no va a venir.

Quizá le diga a Helen que sí, pero justo ese día se avistará alguna especie extraña en algún mar de algún lugar del mundo y se irá a buscarla.

—Qué bien la conoces para lo poco que has convivido con ella —me dice con algo entre el pasmo y la admiración.

—Bueno, son muchos años de decepciones; al menos ahora soy capaz de racionalizarlo, ahora sé que solo le importa su trabajo. Y duele, pero no tanto. De hecho, me cabrea más que otra cosa.

Mi padre me acaricia el antebrazo con suavidad.

—Estoy muy orgulloso de ti.

—No hay motivo para estar orgulloso.

—Por supuesto que lo hay. Te has convertido en un hombre bueno, responsable e indulgente…

—Eh, un momento —lo corto—. Si dices que soy indulgente porque crees que sé perdonar, ya te digo yo que no. No la he perdonado. Ni tengo intención de hacerlo. Simplemente, tengo la piel más dura.

—Bueno, pues estoy orgulloso de tu piel dura. Pero sí creo que, además de esa coraza que dices tener, eres… benévolo.

—Anda, calla. ¿Nos tomamos un café? Ya que has venido con musaka y malas noticias, aprovecha la visita.

—Eh, que haya reconocido que eres un hombre y no el niño al que tengo que seguir protegiendo es todo un logro.

No creo que deba pasar más tiempo en esta casa del necesario.

Dosis pequeñas, minigolpecitos de realidad.

—Me sonríe, le sonrío—. Y más te vale decirle a Harold que te he llamado «hombre» y te he dado una palmada en la espalda al estilo puro macho.

—Has usado la palabra «indulgente», me has acariciado el antebrazo y estabas a punto de abrazarme y echarte a llorar.

Mi padre jadea ultrajado y muerto de risa y, entonces sí, me da una cariñosa palmada en la espalda.

—Pues me voy a ir.

Se dispone a salir de la cocina, pero aún no ha llegado a la puerta cuando mi voz lo detiene. Necesito dejarle algo claro.

—Papá. —Deja caer la mano en el marco y se gira hacia mí; enseguida me acerco para estar a su altura—. Tú me has hecho la persona que soy. Tú, los Stanton y Harold cuando entró en nuestra vida. ¿Te acuerdas de cuando dejé el ballet y me apunté a atletismo?

—Fútbol y atletismo, sí. Colgaste el tutú y fuiste a por los deportes hetero para confundir a todos a tu alrededor —me dice con una sonrisa orgullosa porque es así de raro.

—Nunca usé tutú, bobo —me río y le doy un pequeño manotazo en el brazo—.

Estoy hablando en serio, es una epifanía que he tenido.

Cuando empecé a correr, ella ya no estaba.

Tú venías a todas las carreras, fueran donde fueran; a horas intempestivas, nevara o estuvieras enfermo.

Me apoyabas a tope, y no sé si te lo he dicho, pero fue por ti por quien decidí estudiar Ciencias del Deporte, para ayudar a quienes no tenían ese apoyo.

Que sí, que ahora soy preparador personal y no es lo que soñaba, que el plan inicial era convertirme en un entrenador altruista o algo así, pero no descarto meterme en algún club y entrenar a un grupo de críos, o algo más marginal o…

—¿Lo ves? Eres bueno de corazón —me dice visiblemente emocionado.

—No, papá, no es eso lo que trato de decirte.

Si tú eras mi avituallamiento, mamá era un grillete, un peso pesado que me ataba el tobillo a la línea de salida.

Quererla, tratar de entenderla, de perdonarla, se convirtió en una de esas carreras de fondo en las que participaba.

No solo tenía que tratar de correr y ganar, y de hacerlo con una pesada bola metálica a cuestas, es que además nunca veía la meta.

—Hago una pausa para bajar la intensidad, no suelo sincerarme de esta forma y veo cómo me mira, con un cariño extremo y con ese orgullo del que habla—.

Cuando corres un esprint el corazón se te acelera y lo das todo de golpe; ganes o pierdas, empiezas y acabas muy rápido.

En una carrera de fondo, la cosa cambia.

Tienes que controlar el cuerpo y la mente, encontrar un ritmo que te permita seguir y seguir sin desfallecer.

—Tomo aire y lo suelto despacio—. Así me sentía mientras pasaban los años y mamá prometía cosas que al final no hacía.

Quererla se me hacía cada vez más difícil.

No puedes seguir corriendo toda la vida; sin ver la meta, sin ilusión y con peso extra.

Al final, o paras o te derrumbas. Y yo tuve que parar.

Mi padre salva los pocos centímetros que nos separan y me funde en un abrazo.

Se lo devuelvo aun sin creer que mi monólogo lo merezca; al fin y al cabo, no es más que un símil con el deporte.

Pero es cierto que no solemos hablar de ello, que hacía años que él no escuchaba ese «mamá», que quizá él también necesitaba este pequeño momento de sinceridad.

—Bueno, indulgente y poeta —me dice, arrancándome una carcajada.

Me da una palmadita en la mejilla y vuelve a abrazarme.

—Venga, dale, que si no tienes tiempo para un café tampoco para carantoñas.

—¿Entonces iréis los dos a la fiesta? ¿Blair y tú?

—Allí estaremos. A pesar de nuestras madres.

Nos dedicamos una sonrisa y salgo con él al pasillo para acompañarlo a la salida. Veo cómo hace una breve pausa en las puertas abiertas de nuestras habitaciones. Primero observa la mía, más desordenada que nunca. Luego la de Blair, pura meticulosidad.

—¿Todavía dormís separados? —me pregunta cuando le abro la puerta y se dispone a salir.

Ignoro la sonrisita que me dedica.

—¿Todavía? ¿A qué viene el «todavía»?

—Evan, cielo, te acabas de sincerar conmigo sobre tu madre a lo grande. No es tarde para que lo hagas contigo mismo también. Te sigues escondiendo, y no sé cuánto más va a durar esta situación.

Menos mal que Blair no está y no lo ha oído, porque mi padre es capaz de decirlo delante de él. Y no quiero joder más lo que tenemos, ni que haya (más) malentendidos, ni (más) tensión.

—No sé de qué me hablas.

Él me sonríe y me pone ambas manos en las mejillas.

—Ay, mi pequeño Odette. A ver cuándo te enteras de que no eres un cisne ni estás maldito ni el mundo se reduce a un lago diminuto.

—No sé de qué hablas —repito y prácticamente le cierro la puerta en la cara.

Un momento de sinceridad al día es suficiente.