11 Evan #2
Blair me sujeta del brazo y la vuelve a cerrar. Me empuja contra la pared y yo me cruzo de brazos. Vale, sí, quizá esté exagerando un poco, pero… ¿por qué le molesta tanto?
—¿De verdad vas a apostar conmigo? —inquiere.
—A ver, es que tengo pruebas irrefutables. La sudadera, que además tenía pelos de perro, bueno, o de gato, no sé; quizá sean de hurón. Hay gente que tiene hurones, está muy de moda. ¡Puede que sea veterinario! Uy, sí, le pega, qué profesión tan bonita y…
—Mírame, Evan. Tengo putos pelos en la ropa todo el rato. Tengo la misma sudadera y leo libros.
Me río.
—Pero tú no podrías ser Ripley.
—Por qué no, ¿eh? —Se me acerca tanto que su aliento me acaricia la mejilla; y de repente solo puedo mirarle la boca, las marcas de dientes en los labios, la saliva que deja cuando se pasa la lengua por ellos; y me cuesta un mundo encajar este deseo que me crece desde dentro y me deja sin respiración.
Trago el nudo de nervios que tengo en la garganta y él me levanta la barbilla—.
Deja de mirarme la boca y dime por qué yo no.
—No te miro la boca, idiota. —Intento escabullirme, pero me empuja contra la pared y vuelvo a estar acorralado, y acalorado, y estamos tan cerca que puedo oler el aceite de su camiseta y el aroma a limón del jabón que usamos.
Blair lleva una mano a mi cara, arrastra el pulgar por mi mandíbula, me levanta la barbilla, me roza el labio inferior y creo que tengo siete mil corazones en el cuerpo.
Aprieto una mano contra la pared mientras con la otra lo sujeto del hombro para apartarlo, o para acercarlo, no lo tengo claro.
Lo que sí tengo claro es que estamos más cerca y que tengo su rodilla en el muslo y su entrepierna muy cerca de la mía y que no puedo apartar los ojos de su boca.
—Evan.
Consigo alzar la vista y centrarla en su mirada gris; sincera, molesta. ¿Qué quiere de mí?
—Ni de coña puedes ser tú —termino diciendo porque estoy nervioso, cachondo y asustado—. No te pareces en nada a él.
—Primero: no sabes cómo es él. No sabes ni quién es. Te imaginas cosas porque vives la mitad del tiempo en las películas que te montas en la cabeza tú solito. Aunque… —Hace una pausa—. Si lo dices por lo de que no le gustan las mamadas, ahí vas a tener razón en que no tenemos nada que ver…
Se le forma una sonrisa preciosa y la mente se me llena de imágenes que he intentado borrar de mi cabeza sin conseguirlo.
Porque están ahí cada puto segundo desde que pasó lo que pasó.
El modo en que me besó hasta dejarme sin aire, sus gemidos, sus estremecimientos cuando bajé por su cuerpo y me metí su polla en la boca.
—Es que no os parecéis en nada —replico con voz temblorosa—. Por Dios, jamás podrías ser él.
Mi amigo abre los ojos y me mira como si lo hubiese abofeteado o algo peor. Retrocede y sus manos dejan de estar en mi piel y el frío de su ausencia me resulta insoportable, del mismo modo en que lo hace su sonrisa, hueca y distante, una que pocas veces me ha dedicado a mí.
—Claro que no podría ser yo. Se me olvida que yo no te gusto.
—Los labios se le estiran, pero la sonrisa no le llega a los ojos.
Y duele, porque no es verdad, porque nadie en el mundo podría parecerse a Blair, nadie podría gustarme como Blair ni podría querer a nadie como lo quiero a él.
Me acerco porque necesito que lo sepa, que me vuelva a tocar, y…
La vecina del quinto entra justo en ese momento.
La había visto de soslayo hablando con el taxista, o recriminándole algo, que le pega más.
Deja una bolsa delante de la puerta para que no se le cierre mientras sale a por las demás.
Blair y yo nos miramos, y estoy a nada de decirle que subamos a casa, que hablemos, cuando sale a cargar la compra de la señora, que enseguida se lanza a criticar a todo el mundo —el taxista incluido, ya lo sabía yo— y a hablar a una velocidad que no parece humana mientras yo me dedico a intentar que mi amigo me vuelva a mirar.
No lo hace.
Por supuesto, la mujer nos cuenta todo lo que sabe del vecino: que no para en casa, que pone la tele demasiado alta, y la música, que tiene muchos amigos y que nunca trae a chicas a casa, lo que viene a decir que es uno de los nuestros.
Lo dice así: «uno de los vuestros». Y Blair está a nada de lanzársele al cuello cuando lo saco de la casa y me despido.
—¿Estás contento? —me ladra.
—Hemos ayudado a una pobre vecina a subir las compras.
—Esa mujer no tiene nada de pobrecita. Es el diablo. Y se dedica a maltratar a los gatitos de la zona.
—¿Cómo que los maltrata? —le pregunto, horrorizado.
—Agita el bastón ese con el que sale a pasear para asustarlos. Y una vez la vi volcar con él uno de los cuencos de agua que coloca estratégicamente la niña de los gatos. Que, por cierto, ¿sabe la niña en cuestión que te has hecho amigo de esta horrible señora?
—No es mi amiga, solo quería…
—Enterarte de quién es el vecino del quinto, ya —me corta—.
Pues mira, ya sabes que le van las pollas.
Ah, y que no soy yo, claro. Eso es importante.
Porque yo nunca seré el puto Ripley de las narices.
Porque podría venir vestido como Sigourney Weaver con el puto alien babeándome desde atrás y tú seguirías negando cualquier similitud.
Me da la espalda y casi tengo que echar a correr para seguirlo escaleras abajo hasta nuestra casa.
—Blair, espera… —repito por tercera, no, por cuarta vez cuando cierro la puerta y lo veo enfilar hacia el pasillo. Intento sujetarlo, pero mi amigo se aparta de mí como si mi contacto lo quemara.
—Voy a darme una ducha —me informa mientras se empieza a desnudar—, así que, a menos que me quieras enjabonar la polla, mejor déjame en paz.
Me ruborizo, él me cierra la puerta del baño en la cara y yo me quedo ahí, con el corazón acelerado y ganas de pegarle al mundo entero, aunque en realidad es a mí a quien quiero pegar, pero a lo bestia. Dios, ¿cómo puedo ser tan idiota?
Apoyo la frente en la madera mientras escucho el sonido del agua al otro lado y recuerdo esa manera de mirarme, ese frío, el dolor de Blair, mi propio dolor. Y es que si hay algo que me duele más que nada en el mundo es el dolor de Blair. Y no quiero, no.
A la mierda.
Me desnudo sin pensar en lo que hago y entro en el baño para meterme en la ducha con él.
Mi amigo se gira. Sus ojos me recorren de arriba abajo y los míos hacen lo mismo.
Tiene el pelo pegado a la cara. El agua le cae sobre la piel y se desliza por su cuerpo como diminutos cristales preciosos.
Todo él es precioso a pesar de los kilos que ha perdido.
Me acerco hasta colocarme bajo la ducha, a escasos centímetros de él, que permanece inmóvil.
Nos miramos. Llevo la mano a su cintura y clavo los dedos en su piel resbaladiza.
Noto su estremecimiento, el modo en que respira y tiembla, y hago lo posible por obviar esa parte de su anatomía que comienza a alzarse del mismo modo en que lo hace la mía.
No lo consigo y él tampoco. Me acerco un poco más y, cuando me quiero dar cuenta, tengo sus manos en los hombros y la espalda contra los azulejos.
—¿Sabes lo que haces? —pregunta, y su voz suena rota, llena de ecos que me ponen el mundo del revés.
Niego con un gesto de cabeza, porque es verdad que no tengo ni idea. Solo quiero… que deje de doler.
—Odio que te enfades conmigo.
—¿Y qué quieres, quitarme el enfado con una paja o cómo va la cosa? Porque paso de esa mierda.
Sus palabras me taladran como dardos en la piel. Respiro hondo y aparto las manos de su cuerpo.
—Eh, no quería decir eso —se apresura a decir—. Es que suena fatal, Evan. Me refiero a que no me parece bien que me pidas perdón así. Eres tú quien pone las reglas de mierda.
Voy a replicar, pero cierro la boca cuando comprendo que no puedo hacer una cosa así. No puedo.
—No quiero que te enfades conmigo —digo en un susurro.
—No me enfado contigo. Solo es frustración.
—No dije nada que no sea verdad. Tú nunca serás Ripley. Porque tú eres tú y yo no quiero que seas otra persona. Nunca querré que cambies, ¿comprendes? Yo… te quiero mucho, Blair. —Respiro hondo y me atraganto con el agua.
—Eh, tranquilo. —Me da palmaditas suaves en la espalda. Me toma del rostro y une nuestras frentes—. Yo también te quiero, y odio que hagas tonterías por un tío que no sabes si te merece.
—¿Por qué no iba a merecerme? Si soy un puto desastre —replico, y mi voz suena débil ante el roce reiterado de nuestras pieles desnudas, el agua caliente que no deja de caer y nuestras respiraciones profundas.
—Nadie te merecerá nunca hasta que se demuestre lo contrario, ¿vale? Y no quiero que vuelvas a ayudar a la bruja del quinto o le diré a la niña de los gatos que eres un traidor.
Se me escapa una sonrisa.
—No serías capaz.
—Prueba y verás.
Nos reímos y el movimiento consigue que nuestras pollas se rocen, y que jadeemos, y que nos apartemos.
Blair se gira y me da la espalda. Se echa el pelo hacia atrás y apoya una mano en los azulejos.
—Vale, deberías salir del baño.
—Podemos ducharnos juntos —propongo bajito, aunque los dos sabemos que no podemos. No sin acabar lo que empezamos hace un año y tres meses.
Y no hay manera de que yo ceda a eso. Por mucho que lo desee.
Porque si hay algo que sé que no quiero, algo de lo que estoy cien por cien seguro en la vida —sin exageraciones ni fantasías ni películas que se dirigen solas en mi cabeza— es que estropear lo nuestro porque esté loco por él no es una opción viable; que ser feliz durante unas horas, tocar el cielo y después ver el cartel de Alien al día siguiente en su puerta me mataría.
No puedo ser eso para él. ¡No puedo! Así que seré…
todo lo demás. Su amigo, su confidente, su escudero. Su familia.
—Ahora, Evan.
El tono de voz consigue que me excite todavía más, pero obedezco y cojo la toalla para salir de la ducha. Me seco deprisa y me encierro en mi habitación para hacer lo mismo que mi amigo está haciendo en el baño: buscar el alivio que los dos necesitamos.