Si te arrepientes mañana (Soul Finder 4) 11 Evan
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11 Evan

EVAN

—¿Se puede saber qué haces? —ladra Blair cuando sale a la terraza y me ve inclinarme sobre la barandilla, quizá un poco demasiado.

En nada tengo sus brazos alrededor de la cintura, su entrepierna en el culo y su boca muy cerca de mi oreja, tanto que a punto estoy de soltar los prismáticos y que vuelen en caída libre dos pisos hasta la calle.

Intento sujetarlos, pero los brazos de Blair son de hierro y consigue hacerse con ellos antes de que se caigan; o me caiga yo, lo cual, a estas alturas, es perfectamente posible.

—Menos mal —suelto un suspiro—, como los rompa me cae una gorda.

Blair me arrastra hasta el centro de la terraza —me arrastra, literal— y yo no puedo evitar pensar en esas veces en las que me sujetaba por detrás para que subiera los pies sobre los suyos y caminábamos como cangrejos hasta que nos caíamos al suelo muertos de risa.

Todavía recuerdo cuando Blair pegó el estirón y empecé a sentirme, no sé, raro.

Poquita cosa a su lado. Y era absurdo, porque él era retraído y apenas hacía algo más allá de leer y seguirme el rollo cuando me daba por llenar mis horas en este o aquel deporte.

De los dos, siempre fui el sociable, pero darme cuenta de que mi amigo había crecido en constitución y altura me dejó hecho polvo.

Fue como si me hubiese dejado atrás y ya no hubiera manera de llegar a él, una prueba de que el tiempo tenía caducidad y quizá, tal vez, nuestra amistad también.

Odiaba que hiciera amigos con los que yo no tenía nada en común, que dejara de venir a los partidos de fútbol o no le cayeran bien mis compañeros de equipo. Odiaba todo lo que me separaba de él. Punto.

—¿Se puede saber qué cojones haces? —inquiere con voz grave—.

¿Y por qué tienes unos prismáticos de Hello Kitty?

—Lo pregunta con la frente arrugada y yo me giro sin soltarme porque tengo un frío de la hostia de estar tanto tiempo en la terraza y su cuerpo es el lugar más cómodo del mundo, cosa que sé desde que tengo uso de razón—.

Espera, ¿no son los de la niña de los gatos?

Sonrío. La niña de los gatos ha sido nuestro descubrimiento de este año; vive cerca de nuestros padres y se toma muy en serio su labor para con los felinos: los alimenta, los cuida y mira de forma sospechosa a cualquiera que se pasee por el vecindario sin identificarse.

Casi puedo escuchar su vocecita al alzar el dedo índice mientras me explicaba esta mañana las condiciones de uso seguro de sus prismáticos especiales y el tiempo máximo que puedo quedármelos antes de verse en la obligación de mandar a su socio a recuperarlos.

Por supuesto, quise saber si su socio era un gato —es una cría, tendría sentido— o el chico guapísimo con el que me ha dicho Blair que la ha visto varias veces, por saber a qué atenerme, más que nada; pero la niña no parecía muy dispuesta a dialogar.

Y no es lo mismo que me aparezca un buenorro enfundado en un traje ajustado de gato —al más puro estilo Catwoman— o un gato de metro ochenta.

O metro cincuenta. O un gato común pero con capacidad para pedirme los prismáticos. Que casi da más miedo.

—¡Evan! —me urge Blair cuando ve que no contesto porque me he perdido en la imagen de gato humanoide.

—Parecen poquita cosa —le digo—, pero tienen un campo de visión impresionante. Si te pones en la esquina puedes hasta ver a la gente que entra y sale del gimnasio.

—Maravilloso. ¿Y a quién se supone que quieres ver entrando o saliendo del gimnasio? Espero que no sea a Eric; es un guarro.

—Sí, ya he visto cómo te mira, ya.

—Y yo cómo te mira a ti —replica con ese tonito paciente tan propio de él—. Lo dicho: un guarro.

Me río.

—No estoy espiando a Eric, idiota. Ni a nadie —añado con la boquita pequeña.

Nos miramos, él con la frente arrugada, yo apreciando el rubor en sus mejillas y el modo en que el flequillo le cae a los lados de la cara como si se acabara de despertar.

Entonces me fijo en su camiseta arrugada, en el sudor de su frente y en esos ojos brillantes que me examinan de un modo muy similar a como lo hago yo; y de repente noto una sacudida en el pecho, una punzada de las que duelen. Es como si… Como si…

—¿Estás…? —No termino la frase. Me aparto con poca delicadeza y le quito los prismáticos para volver a lo mío.

El cielo se ha llenado de nubes y el viento sacude las ramas del fresno que invade una parte de nuestra terraza, lo que explica el frío que siento hasta en los dedos de los pies.

Porque es eso, el aire gélido que se me ha metido en el cuerpo se debe a que el día se ha helado y oscurecido tanto que hasta parece de noche, y no al hecho de que… De que…

—¿Estoy qué? —pregunta y se sitúa a mi lado cuando me coloco en la esquina, desde donde tengo una visión perfecta de todo el que entra y sale del edificio, de los coches que ocupan los aparcamientos reservados de enfrente, de la señora del quinto que ahora se baja de un taxi con un montón de bolsas que no podrá subir en un solo viaje a no ser que alguien le eche una mano.

—No sé, tienes pinta de recién follado.

Blair alza ambas cejas y luego dirige la mirada hacia donde apunto con los prismáticos.

—De lo que tengo pinta es de haber salvado a mi mejor amigo de lanzarse desde un segundo. ¿Se puede saber por qué estás espiando a la loca del quinto?

—No espío a la loca del quinto. Pero creo que deberíamos bajar a ayudarla. —Me giro y lo empujo hacia el interior del piso—. Vamos, será solo un momento.

—No vamos a ir a ayudar a esa señora.

—Está a las puertas de la muerte, ¿no te da pena, con el frío que hace?

—No sé de dónde te sacas que está a las puertas de la muerte, es una señora de mediana edad de apariencia perfectamente sana.

Y no hace frío, lo tienes tú porque estás en manga corta y vete a saber cuánto llevas en la terraza haciendo lo que sea que estabas haciendo.

Además, esa señora es una bruja —me recuerda mientras me ve ponerme las zapatillas y soltar los prismáticos—. ¿Vas a bajar en serio?

Blair me coloca una mano en la frente y yo lo aparto de un manotazo porque sigue con esa pinta de haberse revolcado en la cama de a saber quién y el sexo le sienta muy bien, le favorece. Mierda.

—Mira, mejor bajo yo solo. Deberías darte una ducha o algo. Ya sabes, para quitarte el olor.

—¿Qué olor? —Se huele las axilas—. He subido corriendo, pero no huelo mal. ¿Por qué cojones me miras así? Espera, ¿de verdad crees que vengo de acostarme con alguien?

Lo ignoro, cojo las llaves y salgo del piso; y lo sigo ignorando mientras llamo al ascensor, lo cual no debería hacer, porque vivimos en un segundo, somos jóvenes y deportistas, por Dios.

Pero estoy nervioso, o cabreado, y lo único que puedo hacer es presionar el botón del ascensor una y otra vez como si así fuera a hacer que llegara más rápido.

Al final se oye un ping, se abren las puertas y entramos a la vez.

—Evan… ¿Puedes, por favor, mirarme a los ojos cuando te hablo?

No, no puedo. No quiero. El corazón me late desbocado y yo solo quiero saber si Ripley es el del quinto o no.

No es tan complicado. Han pasado unas semanas y, según las pruebas que he ido recopilando, todo apunta a que sí.

Debería llamar a su puerta y preguntar. No es tan difícil, ¿no?

Ayudo a la amable —o no tan amable— anciana del quinto —o no tan anciana, según Blair— y, ya que estoy en el piso «del delito», llamo a su puerta.

Blair se acerca y me tira de la manga de la camiseta con suavidad. Su mirada me quema la piel.

—Tienes… esa cara, no sé —musito.

—¿La cara que puse cuando nos enrollamos, quieres decir?

Sí, vale, no se habla de eso —dice con un gruñido cuando advierte mi expresión—.

Vengo de ayudar a mi hermano con el coche —me explica, y enseguida me enseña la camiseta manchada de grasa—.

El único fluido que ha entrado en mi cuerpo es el del aceite de motor. Que puede ser muy sexual, pero…

Sonrío cuando nuestros ojos se encuentran, y él me devuelve la sonrisa; también me da un empujón suave con el hombro y se pega tanto a mí que una tibieza deliciosa me recorre desde la raíz del pelo hasta la punta de los pies.

—¿Te das cuenta de que ni siquiera me has saludado? —me pregunta con un tono que suena a queja de niño pequeño.

Le devuelvo el empujón y suspiro, porque ahora ya no hace frío y todo está bien.

—Hola.

Blair arrastra la nariz por mi mejilla para darme un beso en la mandíbula y es tan sexi que me pone la piel de gallina.

—No hagas eso.

—¿Es que ahora tampoco puedo darle un beso a mi mejor amigo o qué? Eso no estaba en las reglas originales.

—Sí que puedes. O no. Joder, claro que puedes.

Salgo de ese espacio diminuto en cuanto se abre el ascensor, pero él no me deja avanzar.

—¿Me puedes decir por qué vamos a ayudar a esa señora tan desagradable?

—Porque vive en el quinto —contesto, y mi amigo eleva las cejas—. Y el vecino del quinto es del quinto. ¿Lo pillas?

—El vecino del quinto —repite como si no me hubiese escuchado bien—. Te refieres a… Espera, ¿en serio vas a salirme con esa mierda otra vez? Creí que ya lo habías superado.

—Es él, ¿vale? Sé que no te lo crees, pero es que el otro día añadió una foto de una pila de libros, muy aesthetic todo, con una pared blanca de fondo, ¡y uno era Dune, Blair! Mira. —Saco el móvil, abro la aplicación y se la muestro—. ¿Lo ves?

El resoplido de mi amigo es tan bestia que se le mueve el flequillo.

—Veo una pila de libros que podría ser de cualquiera, con una pared blanca superestándar y con Dune, sí, que me he leído yo y media humanidad a la que le gusta la ciencia ficción —me rebate en cuanto empiezo a bajar las escaleras hacia la entrada.

—Sí, bueno, pero esto no se trata de ti ni del resto de la humanidad, sino del vecino del quinto y de mí.

—Pensé que se trataba del Ripley de las narices. Que no son la misma persona, aunque te hayas montado la peli de que sí.

—¿Qué te apuestas? —digo mientras abro la puerta.