Si te arrepientes mañana (Soul Finder 4) 10 Evan
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EVAN

McFly:

¡Por fin te conectas!

Vale, a ver. Hoy no voy a hacerte preguntas raras de acosador; hoy solo cosas normalitas. ¿Te gusta Shakespeare?

Ripley:

¿Y tú crees que esa pregunta es más normal?

McFly:

Ja, ja, ja.

No, en serio, así fuera de contexto no se entiende, pero lo digo porque a Blair no le gusta.

Ripley:

¿¿??

McFly:

Es que me parece raro; a todo el mundo que sabe de literatura le gusta Shakespeare.

Ripley:

Leer libros no significa necesariamente saber de literatura. Leer por entretenimiento y decidir qué te gusta y qué no ya es fabuloso en sí mismo.

Y que no le guste Shakespeare seguro que no quiere decir que no lo valore.

McFly:

Eso dice él. Pero mi chico es un rebelde, qué le vamos a hacer. Es más del espacio y los viajes en el tiempo.

Ripley:

¿Tu chico?

McFly:

Es una forma de hablar.

Ripley:

Ya, claro.

Y ahora que hemos aclarado que a tu amigo no le gusta Shakespeare, cuéntame, ¿a ti qué te gusta leer?

McFly:

¿A mí? Pues la ciencia ficción, como a ti.

Bueno…

Ripley:

Joder, qué críptico eres.

McFly:

A ver, te voy a confesar algo.

No me gusta toooda la CiFi. Algunos libros se me hacen bola e intento buscarles el atractivo solo porque Blair me habla emocionado de ellos, o me lee fragmentos que narrados por él parecen la hostia, pero luego los intento leer yo y no me enganchan tanto.

Ripley:

¿Qué te gusta A TI, McFly? No a tu amigo.

McFly:

Te estoy hablando de mí. Me gusta la ciencia ficción más… blandita, digamos. Para leer rápido y pasar el rato. «Dune» o «Solaris» me parecen un poco coñazo, la verdad.

Ripley:

No te tienen que gustar los libros tochos para que seamos compatibles, ¿eh?

McFly:

Lo sé, lo sé. Por experiencia, de verdad. Sé que «Dune» es compatible con mi CiFi más blandita.

Ripley:

¿Y a qué llamamos CiFi blandita, solo por saber?

McFly:

A mis cómics del Capitán América.

Ripley:

Ja, ja, ja.

McFly:

Oye, no te rías, me he sincerado para que veas que soy honesto. Y lo cierto es que a veces prefiero tirarme en el sofá con un cómic de superhéroes y dejar la mente en blanco.

Ripley:

Perdona, me he reído porque no me lo esperaba. Solo es eso.

McFly:

Más te vale, porque además tengo contraargumentos superpotentes si tratas de decirme que el Capi no es ciencia ficción, porque sí lo es. Capitán América es quien es por un suero, por un experimento científico. Vamos, CiFi de toda la vida. Y eso ni Blair puede rebatírmelo.

Ripley:

¿Tan esnob es Blair que te rebate ese tipo de cosas? ¿O tan idiota?

McFly:

¡Eh! Para nada. Blair no juzga. Lo hace de broma; es una guerra que tenemos desde el inicio de los tiempos. La brecha entre la ciencia ficción y la fantasía. Siempre cita a un autor que le gusta y del que ahora no me acuerdo.

Ripley:

¿Arthur C. Clarke?

McFly:

¡Ese! Dice algo como que «toda tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia». ¿Ves, Ripley? Tenemos tanto en común…

Ripley:

¿Quién? ¿Tú y yo o tu amigo y tú? ¿O yo y tu amiguito del alma?

McFly:

¡¡Oye!!! Que te noto el tonito hasta por escrito.

Y da igual si vosotros tenéis cosas en común o no; porque él no está aquí y yo sí.

Ripley:

Vale. Pues dime algo sobre ti.

McFly:

¿Como qué? ¿Alguna otra confesión superíntima como lo de Capitán América?

Ripley:

Tu concepto de intimidad es un poco raro. Pero bueno, a ver…

Sí, quiero algo trascendental como, no sé, ¿qué harías si pudieras viajar en el tiempo? Un momento concreto, sin pensar, venga, rápido.

No puedo contestar. Ni rápido ni lento. La pregunta me bloquea.

Me lo he planteado muchas veces, cuando eres aficionado a los viajes en el tiempo es un tema que surge constantemente.

Y, en mi caso, la respuesta casi siempre ha sido la misma: volvería a los meses previos a que mi madre nos abandonara.

Sé que es ridículo, soy consciente de que, aunque me hubiera plantado con un DeLorean en el pasado, no hubiera podido evitar que se fuera, que revivir ese día solo habría servido para torturarme.

Además, ¿qué fecha fijar cuando no sabes el momento exacto en el que alguien te deja de querer?

Todo empezó con viajes y más viajes de trabajo.

Cada vez pasaba menos tiempo en casa; hasta que, un día, dejó de venir.

Recuerdo abrir su armario y ver que no había casi ropa, recuerdo tratar de buscar su olor en los pocos vestidos que quedaban y no encontrarlo, quizá porque ese aroma acogedor que tienen las madres nunca existió, ahora lo sé; antes buscaba y buscaba donde no había.

Recuerdo la frustración y pagarlo con mi padre cuando me explicó que se iban a separar.

Creo que fue la única vez que le grité, que le hablé mal y feo.

A él, que no tenía culpa alguna de nada, que llevaba más pena y responsabilidad a sus espaldas de la que cualquier persona debería llevar, porque ¿cómo le explicas a un niño de diez años que su madre se va a vivir a otro país y no tiene intención de llevarlo con ella?

Ese día fue el primero en que alguien me preguntó qué haría si pudiera viajar en el tiempo. Fue Blair, que apareció en mi habitación dos horas después de que mi madre se largara con el resto de su armario en dos maletas de piel marrón.

Lo recuerdo todo como si fuera ayer: la pena que creí que me ahogaba, la certeza de que aquello era una despedida real, algo definitivo.

Y no me equivoqué, he visto a mi madre en contadas ocasiones desde entonces, ninguna desde que he tenido poder de decisión y rencor suficiente para no perdonarle su abandono.

Pero el recuerdo de esa tristeza azulada y empañada por las lágrimas se ve coloreado por el de la sonrisa de Blair cuando trepó por mi ventana y se coló en mi cuarto.

Dos horas sin saber de mí le parecían inaceptables.

Blair no concebía que pudiera esconderme, que pudiera necesitar soledad.

Para él la soledad era junto a él o no era.

Y esa forma de imponerse me dio la vida, una y otra vez, no solo ese día terrible que de repente con él no lo fue tanto.

Porque, tras ese día, vinieron muchos otros.

Porque días malos los tenía cualquiera, y yo, creciendo sin mi madre, tuve muchos de esos.

Y Blair estuvo en todos y cada uno de ellos; animándome, escuchándome, imaginando viajes en el tiempo conmigo o haciéndome enfrentar el presente, algo que se me daba bastante peor que viajar al pasado o al futuro a mi antojo.

—¿Estás bien? —me preguntó un tiempo después. Teníamos dieciséis años y había vuelto a colarse por mi ventana porque me negué a ir al cine con Alex y con él. Por supuesto, le pareció inaceptable y dedujo que me estaría ahogando en mi miseria.

Era cierto; estaba enfadado porque me había enterado de que mi madre había venido a dar una charla a Winter Falls —vivía en Escocia desde hacía seis años— y había sido incapaz de llamarme.

Mi madre, la bióloga marina que abandonó a su familia por su trabajo y por «su mar», venía a la ciudad más cercana a Eeriewood y no sentía la necesidad ni las ganas de visitar a su hijo, al que hacía más de un año que no veía.

Al enterarme, había llorado como un crío; de la rabia, de la impotencia, de la incomprensión.

Pero, sobre todo, por la frustración de ver a mi padre sentirse mal por mí, tratando de consolarme, intentando suavizar el golpe.

Me parecía injusto. Me dolía que mi padre sufriera las consecuencias de los actos de «esa señora», como había empezado a llamarla en un acto de rebeldía.

Blair se tumbó a mi lado en la cama y me acarició el pie con el suyo.

—Estás así por tu madre, ¿no?

—Ya no quiero llamarla así —le dije, frunciendo los labios en un gesto de pura inmadurez.

—Vale, pues la señora esa.

Se me escapó una diminuta sonrisa ante su tono solemne, pero desapareció enseguida por lo mucho que me dolía.

—Es que… no lo entiendo. Y es raro. Saber que lo que te enseñan de crío es casi todo mentira. Como que el amor de una madre es infinito y blablablá. Que todos los amores pueden apagarse, todos menos ese. Pero… esa señora no me quiere y no sé cómo aceptarlo.

—Bueno, es que yo creo que tu madre no estaba preparada para tener un hijo. Que no es que sea mala persona en sí misma, es que… no es buena madre, sin más. No sabe serlo. Y quizá, para ella, lo que hace no es tan horrible.

—Pero ¿qué dices? —Fui borde, sí; no me podía creer que la estuviera defendiendo.

Como si me leyera el pensamiento, aclaró:

—Eh, no me mires así. No intento justificarla ni quitarle culpa.

Al revés; me parece una cabrona y el día que se fue dejó de existir para mí.

—Blair lo decía de verdad, lo sabía. Mi madre era su madrina, una poco cariñosa incluso cuando estaba presente, pero su madrina al fin y al cabo—.

Solo digo que cuando mi madre habla de ella, de cómo era en su juventud, parece que habla de otra persona, una que nada tiene que ver con la rubia estirada que siempre nos hacía poner una sábana en el sofá para sentarnos y que no lo mancháramos.

No sé si siempre fue así y el tiempo lo reveló, o si cambió en algún punto.

Porque cuando pienso que tu padre, que es uno de los mejores tíos que conozco, quiso formar una familia con… esa mujer... —Suspiró hondo.

—Esa señora —le aclaré, el nuevo nombre era importante.

—Esa señora, perdón —rectificó él con otra sonrisa preciosa a la vez que me pasaba una mano por la mejilla para retirar la lágrima solitaria que sus palabras habían originado—.

El caso es que no sé si tu madre siempre fue así o cambió en el camino o fue la maternidad, las obligaciones o la falta de independencia.

Porque si en algo coinciden nuestros padres es en que tu madre era muy independiente.

Pero ser tu madre le quedó grande, no dio la talla, y no te merece.

Es espantoso —añadió a toda prisa cuando vio mi cara de horror—, pero es lo que es.

—¿Cómo puedes decirlo así?

—Porque podría llorar contigo; ganas no me faltan. Y podríamos quedarnos los dos aquí encerrados y cagarnos en todo. Y tendrías toda la razón del mundo. Porque no es justo. Pero no podemos hacer nada, ¿no? Pues que le den, Evan.

—No es tan fácil —repliqué, la cara llena de lágrimas.

—Pues claro que no lo es. Pero ¿te acuerdas de cuando hace un año te fuiste a St. Andrews con ella? Me llamaste cada día para decirme lo incómodo que estabas, que querías volver, que no te caía bien. —Eso último lo dijo con una risa que me contagió entre todas las lágrimas que se me escapaban.

Porque es verdad que se lo dije, es verdad que fue una semana larguísima, se me hizo eterna; y quedó muy claro que mi madre y yo no teníamos casi nada en común.

Pero, sobre todo, que ella no sabía cómo tratarme.

Era como una especie de robot frío, y es cierto que llamé a Blair cada día e imaginamos planes maestros de fuga para poder estar juntos.

—A veces llama a mi madre, ¿sabes? —me dijo muy bajito, porque creo que era un secreto—, o se escriben en cumpleaños y fiestas varias; se dicen que a ver cuándo se ven y esas cosas.

Pero mi madre se suele quedar un rato mirando a la nada cuando cuelgan.

Eres tú quien le importa, que tú estés bien, ¿comprendes?

—Tengo suerte de tener a tu madre —musité, porque era verdad. Sigue siéndolo, aunque Blair ahora esté enfadado con ella.

—Y no solo a mi madre. Está tu padre, que te adora y te quiere por dos. Y ahora está Harold, que es cariñoso y bueno y cocina que te cagas. Y está Alex, que es mi versión mejorada. Y mi padre, que compra tus cereales favoritos para que tengas el desayuno que más te gusta cuando te quedas a dormir.

—Y estás tú.

—Y estoy yo. —Deslizó los dedos por mi cuello y noté cómo se me erizaba toda la piel, como si tuviera cientos de hormigas por todo el cuerpo; quise quedarme ahí, nadando en esa sensación, con sus manos que siguieron bajando hacia mi clavícula, con sus ojos penetrantes, con su sonrisa, con su corazón, tan pegado al mío; saber que estaba a mi lado era mi cosa favorita del mundo, me hacía sentir poderoso—. Siempre y para siempre.

—Siempre y para siempre —repetí casi sin aliento. Estaba… No sabía lo que sentía, solo quería que no acabara nunca.

—Hay amores que no se apagan, sino que se avivan como un fuego en la noche, como en las acampadas en el lago.

Tú tienes una familia. Ella no. Y entiendo que te cabrees; joder, yo estaría llorando por las esquinas.

Pero si lo piensas… tú has ganado, Evan.

Has ganado —volvió a decir, un poco demasiado alto.

Sonreí. ¿Cómo no hacerlo?

—No sabía que era un concurso. Nadie me dijo que tendría que participar.

—Pues lo es, y has salido vencedor. Nos tienes a todos. Te queremos. Muchísimo. Mi amor por ti nunca se va a apagar.

—Eso dices ahora, pero…

Subió la mano y me pellizcó la nariz, y yo eché de menos todas esas hormigas, todo ese calor que me brotaba de la piel cuando me tocaba.

—Evan, nunca.

Recuerdo el abrazo que nos dimos, recuerdo que fue eterno.

Que nos quedamos dormidos enredados el uno en el otro como tantas veces antes.

Recuerdo pensar que si tenía a Blair no necesitaba a mi madre ni a nadie más, que podría vivir solo con él; y lo que era más importante —y aterrador—, que podría ser feliz solo con él.

Creo que fue ahí cuando dejé de pensar en viajar al pasado para salvar la relación con mi progenitora, dejé que desapareciera de las fotos como en Regreso al futuro y me limité a hablar con ella en fechas señaladas. ¿Seguía doliendo? Sí, pero solo cuando pensaba en ello.

Lo que nunca imaginé fue que en algún momento desearía usar ese DeLorean, al que siempre me había subido con Blair, para viajar al momento en que creí que era buena idea correrme en la garganta de mi mejor amigo y comerle la polla como si fuera un polo de hielo tras cuatro días caminando por el desierto.

Así lo sentí. Como si por fin, acalorado y muerto de sed, hubiera logrado lo único que me daría la vida.

No sabía que también me la quitaría un poco y cambiaría mi relación con él.

Por eso, volver atrás en el tiempo y viajar a un instante en el que quererlo no doliera me parece —aún a día de hoy— una fantasía. O ciencia ficción, no lo sé con exactitud.