9 Evan
cWJ
EVAN
—Vale, Loki, tranqui, que ya estamos.
Una hora de paseo y ochocientos treinta pises después, Loki y yo llegamos al portal tras una parada rápida en el súper.
Bueno, o lo que iba a ser una parada rápida, pero han terminado siendo tres bolsas llenas hasta los topes de fruta y verdura.
Y el perro no para de tirar, ansioso por volver a casa o por ver a Blair.
Yo también tengo ganas de ambas cosas, pero no me pongo a tirar de él ni a gimotear como si me estuvieran degollando.
Lleva así de ansioso desde que lo traje a vivir con nosotros, hace ya más de una semana, como si su sexto sentido perruno lo avisara de que su estancia en nuestra casa no es permanente, que tiene que aprovechar el tiempo que tiene con Blair, que hay que darse prisa. En fin.
—Loki, para —le digo mientras trato de sacarme las llaves del bolsillo sin que se me caiga nada al suelo.
Por suerte, el chico guapo del quinto aparece como un caballero de brillante armadura y, tras un par de carantoñas a Loki, nos abre la puerta y nos sonríe.
Tiene una sonrisa bonita y la misma sudadera de Stranger Things que Blair (bueno, esa la tiene medio vecindario porque Dexter, el de la tienda friki de Eeriewood, las tuvo de oferta durante un mes).
Mientras esperamos al ascensor y el vecino del quinto habla con Loki en el mismo tono infantil que lo hago yo, me saco el móvil y veo que tengo una respuesta de Ripley.
Ayer le pregunté cuál era su relato favorito de Alfred Bester —para hacerme el interesante, que sé que a Blair le encanta— y me acaba de contestar que Los hombres que asesinaron a Mahoma.
Muy típico; en esta no me pilla. Le contesto que a mí me encanta El tiempo es el traidor (y es verdad, Blair me lo recomendó para empezar a leer ciencia ficción y fue un acierto).
De repente, al vecino del quinto le suena el móvil.
Cojo las bolsas del suelo, sigo a Loki al interior del ascensor y miro al vecino con el ceño fruncido. O con cara de pasmo. O con ambas cosas a la vez. Esa notificación es inconfundible. Es el sonido de Soul Finder.
Ay, Dios. ¿Y si…?
Me pregunta a qué piso voy y marca el suyo y el mío. Yo sigo mirándolo. Él también me mira. Quizá cree que soy gilipollas. No se saca el móvil de donde sea que lo tenga. ¿Dónde lo tiene?
¿Y si…? ¿Podría ser Ripley? No puedo mandar otro mensaje para comprobarlo, porque vuelvo a tener más bolsas de las que físicamente puedo llevar y a un perro saltarín que no para y, además, las puertas se acaban de abrir en mi piso.
Enseguida se cierran y él se despide con la mano porque yo sigo mirándolo sin articular palabra.
De verdad que debe de pensar que soy tonto del culo. Pero es que…
«A ver, Evan, piensa».
Voy haciendo conjeturas mientras entro en casa y le quito la correa a Loki. Tiene la misma sudadera —o parecida— que el de la foto. Le gustan los animales, está claro por cómo ha acariciado al perro. Vive en Eeriewood. Le ha sonado el móvil cuando he escrito a Ripley. Blanco y en vasija…
Ay, Dios. Ay, Dios. ¿Y ahora qué hago?
Coloco la compra y decido indagar sin ser directo. Así, una batería de preguntas discretas. Qué emoción. Ripley es un tío bueno. Esos son puntos extra. Siempre. Si tengo que olvidarme de Blair, qué mejor que hacerlo a lo grande.
McFly:
¿A qué hora sales del trabajo?
¿Cuánto mides?
¿Te gustan las sudaderas? ¿Cuál es tu color favorito?
¿Te gusta Stranger Things?
Yo trabajo de seis a doce y hago dos turnos de noche.
Además, soy entrenador personal.
Mido 1,80 y mi color es el blanco. Stranger Things me da igual, la verdad, pero me gusta la estética.
Ripley:
Qué miedito, McFly.
Qué personal todo.
Y qué rándom.
McFly:
¿Te parece personal preguntar por tu color favorito? Son preguntas básicas.
Ripley:
Personal me parece preguntarme por mi horario. Y lo de la altura es raro.
Luego hablamos, ¿vale? Ahora no puedo.
McFly:
Por favor, no me digas que te he asustado con mis preguntas. A partir de ahora seré más normal. Pero una última cosa… ¿Dónde vives? ¿Te caen bien tus vecinos? ¿Son agradables?
Ripley:
Madre mía.
Hasta luego, McFly.
Estoy atacado. Pletórico. Diseñando un plan maestro sobre la marcha.
Si Ripley es mi vecino, puedo encontrármelo de casualidad, llamar a su puerta y preguntar si le ha llegado un paquete mío por error, esperarlo en el portal cuando descubra sus horarios, pedirle sal…
¡Eso es! Los vecinos se piden cosas, y para pedirse cosas se llaman a la puerta, lo que quiere decir que puedo presentarme en su casa sin que parezca… sospechoso.
Empiezo a sacar ingredientes de la cocina y a ponerlos en el aparador de la entrada, donde dejamos las llaves y las carteras al llegar, junto a una foto de Blair y mía, una de las primeras cosas que me traje conmigo cuando me independicé.
Vine con un colchón, una consola (sin televisión, porque soy muy «listo») y una foto de mi amigo del alma.
Básicamente. Bienes de primera necesidad y eso.
En la imagen, enmarcada en madera blanca, estamos abrazados sobre una tabla de surf, manteniendo el equilibrio, orgullosos, sonrientes y muy morenos.
Fue el verano de los doce años. Un gran verano.
Si nos miro durante mucho rato —y a veces me sorprendo haciéndolo—, puedo oler el lago en su piel, saborear su sonrisa, que olía a piruleta de cereza, y sentir la brisa del atardecer contra la espalda y el pelo empapado.
Sigo colocando ingredientes aquí y allá cuando el amigo del alma en cuestión llega a casa y mira el aparador extrañado mientras se descalza y deja caer la mochila en el suelo. Se guarda el móvil en el bolsillo y me mira a mí, luego otra vez hacia los huevos, el azúcar…
—¿Qué hace todo esto aquí?
—¿Crees que falta algo?
—¿Algo de qué?
—De lo que podría necesitar un vecino en apuros.
—¿De qué hablas?
Me acerco a él y lo sujeto por los hombros.
—Tú y yo, querido amigo, tenemos una nueva misión en la vida: conquistar al Ripley del plano real.
Parece que Blair va a sonreír —desde que ha entrado, una sonrisa ha bailado tímida en sus labios—, pero termina frunciendo el ceño en un gesto de confusión.
—¿Qué?
—Que Ripley es el vecino del quinto.
—¿Qué? —repite, y enseguida añade—: ¿Por qué crees eso?
Me encojo de hombros con una sonrisa y le aparto un mechón de los ojos.
Él suspira, como si mi contacto le gustara mucho a pesar de la mueca que aún tiene en la boca, y yo creo que no podría estar más guapo ni ser más él.
La belleza de Blair es así, como un cuadro de los que ves y con solo un vistazo te enamoras, porque te hace sentir muchas cosas y todas son bonitas.
—Un presentimiento. Una de esas corazonadas que tengo.
—Tus corazonadas suelen ser imaginaciones tuyas. Dejo que las llames corazonadas porque… No sé por qué, la verdad.
—Bueno, pues llámalo pálpito; o cosas de almas gemelas.
Frunce todavía más el ceño. Ya no parece confundido, parece… impaciente. O cabreado.
—¿El vecino del quinto?
Cojo mi móvil —que está entre el cuenquito de azúcar y el salero de Darth Vader que he colocado en el aparador— y abro Soul Finder.
Voy al perfil de Ripley y le pongo la foto en la cara, tan cerca de los ojos que Blair me agarra la mano y la aparta.
No mira la pantalla. Me mira a mí. Y yo a él, desesperado por hacerme entender.
—Mira bien ese trozo de cielo, yo creo que está en el parque de abajo.
—A mí me parece un cielo normal y corriente que podría estar en cualquier sitio —replica mi amigo.
—Podría, sí, pero yo creo que es el nuestro. Y fíjate en la sudadera; lo acabo de ver con la misma hace un rato.
—Yo también la tengo. En dos colores. Dexter me vendió dos por una. Medio Eeriewood la tiene —me recuerda con un tono que deja claro que la paciencia se le está yendo muy pero que muy rápido—. Incluso gente que no sabe lo que es Stranger Things.
—Sí, sí, porque el algodón es muy bueno. Puto coñazo que me has dado con el algodón de la sudadera. Pero mira —le vuelvo a poner el móvil en la cara—, a él le queda distinta. Será por los músculos, ¿le has visto los músculos? —pregunto, zarandeando el móvil frente a su cara.
Blair me lo quita y se acerca para mirar la foto.
—¿Qué músculos?
—¿Cómo que qué músculos? Mira cómo se le flexiona el bíceps.
—Pues como no sea de coger el libro que tiene en la mano… Músculos, dice. —Y se ríe. El muy tonto se ríe. Luego se aleja por el pasillo en dirección a su habitación.
Me apresuro a seguirlo. De ninguna manera voy a dejar que se me escape.
—¿No te has fijado en que a veces sube con un libro? —continúo, porque no puede ser que no vea lo que para mí está clarísimo—. De hecho, lo he visto en el parque de abajo leyendo. Joder, joder, que es él, ¿ves?
—Mucha gente lee, Evan. —Se detiene delante de la puerta abierta—. Yo leo.
—Bueno, pero tú eres tú.
Blair me cierra la puerta en las narices. Pero ni con esas me detengo. No, no y no. Le sigo hablando desde el pasillo, haciendo cábalas, contándole cómo ha acariciado a Loki y nos ha dejado pasar como el caballero que es…
Blair abre la puerta de golpe y me mira con paciencia. Se ha cambiado; se ha puesto un pantalón de chándal azul marino y una camiseta blanca de Battlestar Galactica que está tan usada que la tela se deshace. Pero es tan suave y le queda tan bien…
—¿A dónde vas? —le digo siguiéndolo hasta el salón.
—Pues iba a pedir algo e invitarte a cenar. Que estás todo el día con que si estoy más flaco, que si no paro… Pero a lo mejor quieres llevarle huevos al del quinto. Puedo quedarme a mirar, si quieres. Me encantaría ver qué te dice. ¿Te acompaño?
Me ruborizo, sobre todo cuando me pilla bajando la mirada por su torso y más abajo, justo hacia sus huevos y todo lo demás.
—No, no, deja los huevos ahí, que no sé cómo ofrecérselos.
—Duros. Lo mejor son duros —me dice, el muy idiota.
Lo empujo y él se ríe.
—¿Qué quieres que pidamos?
—Venía con ganas de mexicano, pero me las has quitado con tanto huevo y tanto músculo.
—No seas así. —Intento imitar la carita que pone Loki cuando quiere algo, esa a la que Blair no puede resistirse.
—No pongas esa cara —me dice con un dedo alzado antes de dejarse caer en el sofá.
—Si quieres, hasta me puedo poner a cuatro patas.
Blair eleva las cejas y me mira de una forma que hace que me olvide de todo; de por qué sería mala idea, de por qué lo nuestro tiene que ser platónico, de por qué he puesto ingredientes en la entrada con el propósito de que entre alguien en mi vida que me permita ser el mejor amigo del mundo y no un loco enamorado con celos inoportunos y fuera de lugar.
—Blair, las reglas. En serio, tienes que imprimirlas y colgarlas en algún sitio.
—Sí, claro —resopla—, con los huevos del del quinto, las cuelgo.