8 Blair
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BLAIR
Hay días en los que me levanto y todo parece un sueño.
Como hoy, que son pasadas las diez de la mañana y me doy cuenta de que Evan me ha dejado el desayuno preparado con una nota.
Sonrío y empiezo a comer en silencio, sin música ni televisión ni nada más que el canto de los pájaros en el exterior y el sonido de mis dientes al masticar.
Hace bueno y los rayos del sol salpican la cocina aquí y allá.
Recuerdo que cuando era un niño y el sol brillaba, cosa que no ocurría tantas veces como a un crío que solo piensa en jugar en el lago le gustaría, cruzaba los jardines en dirección a la casa de los Fisher.
El césped recién regado, con gotitas de agua que brillaban en los tonos del arcoíris; las rosas, cegadoras en su belleza; las ramitas de los árboles que se mecían con la brisa mientras mis pisadas hacían un crac, crac, crac que parecía estridente en la ausencia de ruido.
Aunque también era el efecto de la emoción, de llegar a la fachada y agarrar la cuerda que colgaba desde su ventana y de la que yo tiraba y tiraba para que golpeara en el cristal y mi amigo se asomara.
Siempre lo hacía con esas adorables arruguitas en la frente, como si, a pesar de la de veces que habíamos repetido ese ritual, nunca supiera a quién iba a encontrar en su jardín.
Luego sonreía e iluminaba más el día. Sus ojos, azulísimos, a veces hasta lograban dar luz a las mañanas más oscuras.
Y a mí el corazón se me aceleraba todas y cada una de esas veces; y la sonrisa se me escapaba de la boca y crecía y crecía como las olas de la playa de Porthleven, donde pasábamos algunos veranos.
Días que eran sueños… Suspiro mientras me llevo un poco de pavo a la boca.
Porque igual que había días buenos también estaban los otros, los malos, los que más que sueños parecían pesadillas.
Como aquella vez que se murió mi perro, el primero que adoptamos, y fuimos a enterrar sus cenizas.
Pensé en aquella película que Evan y yo habíamos visto a escondidas de nuestros padres, Cementerio de animales, y me pasé la noche despertando a Evan cada vez que escuchaba un ruido, pensando que mi perro iba a volver.
No lo hizo, y lloré mucho, muchísimo; incongruente como era querer con todas mis fuerzas que resucitara y, a la vez, estar aterrado por si lo hacía.
Evan no paraba de decirme que era mejor que no volviera, que recordara lo malos que eran esos nomuertos cuando volvían.
Tenía más miedo él que yo, y ahora lo recuerdo con una sonrisa, pero fue una noche espantosa, porque de verdad que yo solo quería que volviera mi perro.
Me costaba pensar en la muerte como algo irrevocable. A mis siete años, aún creía en la inmortalidad del amor en todas sus formas. Jamás pensé que mi perro se iría para siempre, del mismo modo que Evan no pensó que su madre los abandonaría.
—Da igual que quieras mucho algo, al final se va. Siempre se va —me dijo mi amigo un par de años después. Esa vez era él quien lloraba porque su madre se había mudado y a saber cuándo volvería—. Nos tienen engañados, pero es así.
—No digas eso.
—Es la verdad. Algún día papá se irá y tú te irás y me quedaré solo.
Le sujeté la cara y uní nuestras frentes. Recuerdo limpiarle las lágrimas una a una con un dedo; rozarle la nariz con la mía. Recuerdo pensar que la tenía muy fría, y que sus manos estaban muy calientes; y que no quería separarme de él nunca.
—Yo no me voy a ir, siempre seremos amigos.
—Los amigos también se van —declaró Evan con un hilo de voz—. Mi madre era amiga de la tuya y se ha ido.
—Solo se van si quieren irse, y yo no quiero.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo —dije, y lo abracé fuerte fuerte; y Evan me devolvió el abrazo, también muy fuerte. Los dos llorábamos, como si las lágrimas de uno instaran a las del otro a salir, a juntarse en solidaridad.
Esa fue la última vez que lloré delante de mi mejor amigo.
Y no sé por qué se me viene ahora todo eso a la cabeza.
Sigo pensando en que estoy dentro de un sueño hasta que la burbuja onírica y muda se rompe con el sonido de la puerta de casa abriéndose y unos ladridos felices lo llenan todo, haciéndome dudar de si estoy o no despierto.
No me da casi ni tiempo a levantarme cuando veo que Loki atraviesa la cocina a la carrera y derrapa a mi lado; se alza sobre las patas, estornuda doscientas mil veces, y yo, ya de pie, lo cojo en brazos y lo levanto como si estuviera emulando esa escena de El rey león.
Evan se acerca a nosotros y yo bajo un poco a Loki para que quede entre nuestros cuerpos y los abrazo a ambos.
Hoy el día es un sueño. Y es tan bonito que no hay espacio para ninguna pesadilla. Y mucho menos cuando Evan me cuenta que Loki se va a quedar una temporada con nosotros como un bebé con custodia compartida.
Un sueño. Sin duda.