Si te arrepientes mañana (Soul Finder 4) 7 Evan
23%

7 Evan

EVAN

Desde que hablé con Ripley de Loki no he hecho más que darle vueltas.

El perro está mejor en una casa con jardín, de eso no hay duda, pero con los paseos que siempre le da Blair y con los que le voy a dar yo por mi cuenta, va a estar encantado de pasar una temporada con nosotros.

Y por eso he pensado en ofrecer una custodia compartida en la que todo el mundo gane.

Y Blair sea más feliz. Que, al final, es el objetivo principal de esta visita.

Tres timbrazos, tres toques y no necesitan más para saber quién está al otro lado de la puerta.

A veces abro a lo loco, como si fuera mi casa, pero la situación actual merece un respeto.

O eso creo. En realidad no he visto a los padres de Blair en más de un mes, algo inaudito en mi vida, pero si había que escoger bando, yo siempre con mi mejor amigo; a muerte.

Oigo a Helen acercarse diciéndole a Loki que se calme.

Lo escucho ladrar y los arañazos en la madera de la puerta, seguidos de varios estornudos.

Me río, no falla; cuando se exalta le entra una especie de alergia.

Cuando era más pequeño hasta se hacía pis de la emoción; ahora controla los esfínteres pero no esos miniestornudos que son una monada y hacen que lo quiera aún más.

En cuanto la puerta se abre, lo tengo encima, literal.

No sé si es normal que los perros de su raza salten de esa manera, ni que te bañen a lengüetazos, ni que hablen en tu mismo idioma.

Loki sabe cuándo estás alegre y cuándo necesitas que se quede quieto a tu lado, regalándote su presencia y cariño.

Al fin y al cabo, es un dios, ¿no? Tiene toda la inteligencia, la personalidad caótica y el carisma del hermano de Thor, pero ninguno de sus defectos; ni una pizca de resentimiento o maldad tiene en ese cuerpecito pequeño y peludo suyo.

Lo adoro como si me perteneciera, y en parte es así.

He ayudado a criarlo, he estado con él cuando se ha puesto malo, lo acompañé al veterinario cuando le quitaron ese bulto raro que le salió en el costado y lo he llevado por todo Eeriewood a buscar novia, como en 101 dálmatas.

El resultado fue nulo, claro; Loki está castrado y tiene cero interés en las perras (ni en los perros machos, todo sea dicho), pero Blair y yo recorrimos los barrios de la ciudad durante meses buscando a la candidata perfecta porque somos así de tontos.

Quizá por eso, por mi estrecha relación con este animalito maravilloso, me cuesta tan poco rogarle a Helen que me deje llevármelo unos días a casa.

Blair necesita un chute de Loki en vena y a mí no me avergüenza mirar a su madre con ojitos de ángel que no ha roto nunca un plato, con las palmas de las manos unidas bajo la barbilla y un «porfavorporfavorporfavor» que repito a modo de letanía.

Helen me señala la bolsa preparada en un rincón.

—Eres bruja, a mí no me engañas. Tienes poderes.

Ella se ríe y me da un sonoro beso en la mejilla antes de envolverme en un abrazo que huele a infancia, a calor y al perfume que lleva usando toda la vida.

—Tu padre me ha llamado hace un rato. Ese es mi único poder. Un mejor amigo bocachancla.

—Si es que no se le puede decir nada. ¿Qué más te ha dicho?

Ella se sienta en el primer escalón de la entrada y yo, con Loki enredado en mis piernas, la imito, sin parar de acariciar al perro, que sigue loco con esta visita sorpresa.

Qué suave es. Es tan pequeño, tan frágil…

que solo puedo pensar en mil maneras de metérmelo en el pecho y protegerlo de todo mal.

Y soy consciente de que es un perro feliz, que no corre ningún peligro, pero aun así…

«Proteger a quien se quiere es un lenguaje, pequeño.

Proteges a los demás y te proteges a ti mismo.

Eres tu mejor escudo». Me lo dijo mi padre cuando, tras volver de una acampada en el lago con Blair, le conté que creía que había hecho daño a mi mejor amigo.

Mi padre no me pidió detalles, así que no tuve que explicarle que Blair me había confesado que era gay y que quizá mi respuesta había sido la equivocada.

Que me sentía… sucio. Sé lo que le costó a Blair sincerarse, siempre ha sido muy esclavo de sus tiempos; y no sé qué reacción esperaba por mi parte; desconozco si imaginaba algún tipo de asco o rechazo, que dejara de verlo de la forma que lo veía.

Así que yo, viendo el temor en sus ojos grises, le conté que creía que yo era bisexual, pero que no se preocupara, que a él no lo veía de esa manera.

Solo quería dejarle claro que él para mí era el mismo niño perfecto de siempre, que no tuviera miedo, que nada cambiaría.

Pero ¿qué podía hacer cuando el miedo me arrancaba las ganas del pecho? Miedo a perderlo, miedo a no ser correspondido, miedo a no poder mirarlo nunca más. Porque si me había dado cuenta de que podía ser bisexual era por un único motivo: la atracción que empezaba a sentir por mi mejor amigo.

Luego, cuando creí estar preparado para abrirme en canal sobre la inmensidad de lo que me hacía sentir, me lo encontré en nuestro rincón, en nuestro refugio, con un chico; y me vine abajo de una forma que nunca creí posible.

Y fue entonces cuando me protegí y lo perdí. No sé si porque apliqué mal el consejo de mi padre o porque nunca llegué a entenderlo bien. Pero me puse una armadura de caballero medieval y logré que Blair no la atravesara y que mi verdad no saliera.

Sé que no lo perdí en el sentido literal de la palabra; nunca hemos podido alejarnos demasiado el uno del otro, nacimos para estar cerca, muy cerca.

Cuando éramos pequeños y dormíamos juntos, Blair siempre me decía que lo más lejos que podía estar de él era un brazo.

Esa era la medida: un brazo. Que si él estiraba el suyo y no me tocaba, eso significaba que me había apartado demasiado y tenía que volver a acercarme.

O se acercaba él, que nunca ha sido de guardar las distancias.

Hasta ahora. Hasta que puse mi enorme armadura de hojalata entre nosotros y nos obligué a vivir en una relación rara en la que no somos ni una cosa ni otra.

Ni amigos del alma ni amantes. Somos dos niñatos nerviosos y cachondos con miedo a meter la pata.

Bueno, ese miedo es todo mío, Blair controla la vida como controla mis sentimientos, con un solo dedo de la mano.

—No mucho —me contesta Helen sacándome de mi ensoñación—. Que has convencido a Blair para venir a la fiesta —añade con una sonrisa enorme.

Resoplo.

—Joder, era una sorpresa.

—Esa boca, niño.

—Era una sorpresa. Y estaba convencido antes de que yo se lo propusiera.

Ella sigue sonriendo, radiante.

—¿Te sentirás mejor si te digo que la llamada de tu padre ha hecho que deje escapar la primera risa de verdad en meses? ¿Que hasta me he abierto un vino para celebrarlo?

—Helen, que son las once de la mañana… —le digo de broma.

Ella me da un golpe en el hombro con el suyo.

—Tenía la esperanza de que viniera, sé que nos quiere; aunque le pese. Pero ¿la confirmación de que lo hará? Música para mis oídos. También te digo que sé que lo hace más por ti que por nosotros, pero no me importa.

—No le pesa nada. Os quiere a rabiar. Ya se le pasará.

Helen suspira.

—Lo sé. Pero han pasado tres meses. Eso es muchísimo.

Nunca se había enfadado con nosotros. Bueno, conmigo, porque la culpable he sido yo.

—Vuelve a suspirar y me agarra la mano—.

Sé que habla con Alex, aunque al principio también se enfadó con él, y ha contestado a algún mensaje en el grupo que tenemos los cuatro, pero…

—¿Tenéis un grupo en el que estáis los cuatro? —digo fingiendo sentirme ultrajado—. ¿Y cómo se activa, con una prueba de ADN?

—Mira que eres bobo —me dice, riéndose, que era lo que yo pretendía, así que misión cumplida—.

También tenemos otro contigo y con tu padre; y Jerry y yo tenemos uno con tu padre y Harold.

De hecho, creo que Jerry tiene uno con Harold y Alex, de un día que fueron a una cata de vinos en Winter Falls y volvieron como cubas.

Casi los mato, emborrachar así a mi angelito…

Me río; me acuerdo de ese día, Alex se bajó del minibús en el que venían tan borracho que no podía ni hablar.

Helen le echó una bronca tremenda a Harold y a Jerry, y Blair y yo no podíamos parar de reírnos.

Teníamos diecisiete años, no hace tanto de aquello, pero parece que hubiera pasado una eternidad.

—Ni siquiera me atrevo a ir a la librería —dice Helen, seria de nuevo—, con las ganas que tengo de ver cómo le ha quedado con las últimas estanterías y el frigorífico que quería poner…

Pero mi madre era muy intrusiva, ¿sabes?

Y no quiero ser esa madre. Es algo que me he repetido una y mil veces desde que me quedé embarazada.

Tengo que controlarme para no rogarle que me perdone, para no suplicarle que vuelva a casa.

—Dale tiempo —le digo tras un corto silencio—.

Sé que tiene que ser difícil —añado cuando veo que me va a replicar—.

Pero tienes que darle el espacio que te pide.

Que sí, que sé que quizá tu ofensa no fue tan grave, te conozco bien, eres una gran madre, para mí lo eres más que la mía propia.

—La miro y ella me devuelve la mirada. Sus ojos están llenos de calidez por mí; de pena por su hijo—.

Pero Blair nunca se había enfadado así, y si lo ha hecho ahora es porque para él tiene la gravedad suficiente para no hablarte, para querer alejarse.

Y tienes que respetarlo. Porque para él sí es así de importante.

—Lo sé, créeme. Me siento fatal. Pero no poder disculparme…

—Ya lo has hecho. Aunque no hable de ello, sé que ha leído tus mensajes.

—Me puso un «OK», Evan. Solo eso.

—Helen, salir del armario por fin fue un paso enorme para él y le fallaste. —Me duele en el alma atacarla así, la quiero muchísimo y sé que bastante se debe de estar fustigando ella. Pero yo estoy con Blair a muerte—. Cuando respire hondo y se le pase lo peor del cabreo, volverá.

—Tengo cincuenta y seis años y llevo toda mi vida pensando que estaría preparada para lo que fuera que me dijeran mis hijos.

Que sería abierta, enrollada y supercercana.

En mis tiempos no podías sentarte delante de tus padres y exponer quién eras.

La vida ha cambiado mucho, y aunque creí estar preparada para lo que viniera, no estuve a la altura.

Y lo sé. Vosotros creéis que es fácil, pero no lo es; y sí, sé que suena a excusa y a palabrería para sentirme yo bien, pero es verdad.

—Lo sé. No tienes que explicarme nada.

—Pero esa es la cuestión, que sí creo que deba hacerlo. Sabes que siempre te he aceptado, ¿verdad? Que nunca he pensado menos de ti porque te gustaran los chicos. Que no me importa nada.

—Claro que lo sé. Y ahí reside parte del problema. Que Blair por fin se atreve a dar ese paso esperando quizá la reacción que tuvisteis al saber lo mío y le haces una broma que, sinceramente, no tuvo gracia.

—Le dije algo como: «Menos mal que aún hay esperanza». O algo así. ¿Le puedes decir que quería decir la frase esa mítica de Star Wars? —me dice, como si fuera una gran ocurrencia—. ¿La que repetíais de peques todo el rato?

Suelto una carcajada y la siento un poco como una traición a Blair.

—«Ese chico es nuestra última esperanza», dijo Obi-Wan. «No, hay otro…», contestó Yoda. —La miro—. Le dijiste que menos mal que aún os quedaba Alex, que aún había esperanza. Y eso no es tan gracioso, Helen.

—Lo sé. Solo quería quitarle un poco de hierro al asunto. Para que no te enfadaras conmigo.

—No estoy enfadado contigo.

—Ya. Pues llevas un mes sin aparecer por aquí. Es como si os hubiera perdido a los dos.

Suspiro.

—Te acuerdas cuando teníamos exámenes en el colegio y en la carrera, ¿no?

¿Te acuerdas de que si Blair llegaba a casa y no decía nada de cómo le había salido eso no quería decir que le hubiera salido mal, simplemente que no quería hablar de ello?

Al principio dábamos por hecho que habría suspendido, pero con el tiempo vimos que algunos de esos exámenes eran de sobresaliente, solo que si él no tenía la certeza de la nota, si dudaba de sí mismo y de cómo le había salido, no quería que le preguntáramos, no quería tener que contestar.

—¿Qué me quieres decir?

—Que te tomes esto como aquello. Como el tiempo que pasaba desde el momento que hacía el examen hasta que le daban la nota. Ese tiempo de silencio. Que la nota no tiene que ser mala, que puede ser la leche, pero que Blair no quiere hablar del tema igualmente. Y hay que respetarlo.

—Lo conoces mejor que yo.

—No lo creo, hay cosas que solo tú sabes. Pero sí, lo conozco bien.

Helen suspira.

—Pues al final ha resultado que no era una madre tan moderna, ¿eh?

Le doy una palmada en la rodilla y Loki aprovecha para lamerme la mano.

—No digas tonterías. Todos nos equivocamos. Se arreglará. —Luego, acariciándole la tripa a Loki, le digo—: ¿Quién es el más guapo? ¿Quién?

Helen nos sonríe y le coloca la orejita al perro, que se le ha quedado del revés con tanto mimo y tanto revolcón.

—No sé si lo sabes, pero Blair me lo mencionó de pequeño, que quizá era gay.

Aunque no con esas palabras. No le di importancia.

Como no me volvió a decir nada, creí que había sido una etapa.

De adolescente llegué incluso a preguntárselo directamente, un día que os enfadasteis y él estaba en casa llorando por las esquinas.

Sí, aproveché un momento de debilidad, soy la arpía que mi hijo cree.

—Pone los ojos en blanco y yo le sonrío—.

Pero me lo negó. Y luego, a los veintitrés años, se sienta a contarlo en el peor momento posible, casi sin tiempo porque yo tenía una reunión en el centro y tenía que salir pitando y en un tono que parecía estar contándonos que había matado a alguien.

Pues sí, reaccioné mal. —Se recoloca el pelo detrás de las orejas y se levanta, mirando al cielo—.

Uno cree que está preparado para el momento, puede que lleves esperándolo toda la vida, pero entonces llega y, ¡zas!

, metes la pata a lo grande. Pero también te digo —añade, girándose y mirándome; ahí está el carácter de Helen, que es buena hasta el infinito, pero el motivo por el que ahora ella y Blair no se hablan también es esta lucha de temperamentos—, siempre he estado ahí para él y no creo haber dado señales nunca de ser intransigente o poco tolerante.

Hice un comentario desafortunado en un momento apresurado, vale. Pero su reacción es desproporcionada.

—Tienes que respetarlo —insisto—. Y además, va a venir a las bodas de plata, ¿no? Ya está, es como saber que la nota del examen está cerca y el niño por fin va a hablar de ello.

—Cómo se calla las cosas, ¿eh? —me dice con una sonrisa y ojos llorosos.

—Es una tumba el tío.

Helen coge a Loki y se despide de él con cientos de besos que el perro acompaña con un frenético movimiento de la cola.

—Le hará ilusión tenerlo. Ven, que te explico lo que os he metido en la bolsa y así coges la correa.