Si te arrepientes mañana (Soul Finder 4) 18 Blair #2
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18 Blair #2

—No pienso ser eso para ti —insiste con el temita, porque cuando a Evan se le atraviesa algo no lo deja estar—.

Puedes seguir buscando a quien quieras donde te dé la gana.

Y no te preocupes, ya me busco la vida para volver a casa.

A lo mejor ni vuelvo esta noche, a lo mejor Ripley quiere invitarme a su casa.

Ya hemos pasado las horas mínimas de conversación y podemos quedar cuando queramos, ¿te lo había dicho? No eres el único que tiene vida.

Hace unos días me dijo que trabajaba tanto que no tenía vida. No, que no teníamos vida, refiriéndose a ambos, a la extraña pareja que somos. Pero ahora resulta que sí tengo porque ahora le interesa echármelo en cara.

—Hazlo, venga —lo reto—. Díselo ahora. Ni siquiera tienes que hacerlo.

Te puedo llevar a casa y acompañarte al quinto.

Está bueno, y tú estás bueno; no creo que te cueste mucho meterte en su cama, aunque tengáis cero compatibilidad.

Pero mejor no le digas que piensas que es el puto Ripley si no quieres quedarte en ridículo y sin mamada.

—Déjame en paz —me dice en un tono bajo que es mucho más amenazante que su grito de antes.

Entonces me agarra de la camiseta y envuelve la tela en un puño, pero en lugar de empujarme me atrae hacia él con brusquedad, como si no quisiera que me moviera—.

Vete ya —me pide, más bajito aún y, en esta ocasión, con un temblor en la voz que me paraliza. Ya no hay amenaza en su tono.

Le levanto la barbilla. Adiós a mi enfado, adiós a todo.

Tiene la mirada vidriosa y el labio le tiembla de esa manera en que lo hizo tantas veces durante nuestra infancia, ese momento previo al llanto.

Y no pienso permitirlo. No puedo hacerlo llorar.

No puedo. Nunca. No puedo ser esa persona para él.

—Evan…

—Vete ya —gruñe—, la vida real está ahí fuera —añade con tonito; quizá tratando de imitarme, pero le sale fatal.

—No seas ridículo, tú eres la vida real.

Nos miramos. Apenas controla la fuerza con la que me agarra y tengo que sujetarme al lavabo para no caerme encima de él, y es absurdo, porque es lo único que me apetece.

—¿Y eso qué significa? Porque hace un rato lo has usado para atacarme. Para hacerme daño —me dice al tiempo que tira más de mí, y yo aprovecho para colarme entre sus piernas.

Encajamos como jamás encajaré con nadie; y a la mierda las reglas.

Lo sujeto con una mano de las caderas y de la nuca con la otra. Hundo los dedos en su pelo y tiro de él para que me mire.

Dos segundos es el tiempo que le doy para apartarme.

Evan se pasa la lengua por el labio inferior y ahí se me va la cabeza.

Se lo muerdo con ganas. Él suelta un jadeo y lleva la mano libre a mi espalda, me clava los dedos, ajusta la posición de sus caderas.

Gemimos a la vez cuando nuestras pollas se encuentran.

Él abre los labios y yo me lo como. Lo beso como si fuera un último acto desesperado en una guerra perdida, y él abandona las armas.

No lucha. El corazón me deja de doler y me pregunto cuándo fue la última vez que me sentí así.

Estoy lleno de… vértigo. De necesidad. Quiero que no me deje nunca, quiero suplicarle que me dé esto siempre, porfavorporfavorporfavor.

Estoy besando al amor de mi vida y no me lo creo.

Mi chico dulce y cabezota.

Beso al Evan de quince años que me invitó a ir al baile con él.

Al Evan de diecisiete que me confesó en una noche de borrachera que no existía en el mundo nadie más guapo que yo.

Beso al Evan de veintidós que, durante unos minutos gloriosos, me hizo creer que lo nuestro podía ser.

Beso a todos los Evans, y me quedo con este, que gime cuando le rozo el paladar con la punta de la lengua; que jadea cuando empujo contra sus caderas, cuando nuestros pezones se rozan.

Él me clava los dedos en el culo, embiste.

Yo me separo para respirar, para morderle la mandíbula, para lamerle el cuello, para succionárselo.

Somos corazones sincronizados, pieles erizadas, calor.

Le tiro más del pelo hasta que lo hago jadear de nuevo; cuelo la otra mano por debajo de su camiseta, la deslizo por la cinturilla del pantalón y por debajo de él hasta que noto la punta humedecida por encima de la tela de los calzoncillos.

—Ah, no. ¡Eso sí que no! —dice una voz a nuestra espalda.

Nos giramos como en un sueño, pero seguimos con los cuerpos muy pegados, como si intentáramos protegernos del intruso, que no es otro que el camarero rubio de camiseta de rejilla.

Lleva unos vaqueros ajustados que le quedan tan espectaculares que, si no fuera porque le estoy tocando la polla a mi alma gemela, la mía lo saludaría encantada de conocerlo.

El camarero sonríe de oreja a oreja. Mi amigo se ruboriza, lo que hace que yo también lo haga, y que le saque la mano de los pantalones, y que lo proteja aún más con mi cuerpo.

—Queridos, de verdad que sois muy monos y estaba disfrutando del espectáculo, pero esas cositas mejor en casa, que aquí el sexo en vivo está prohibido.

No es por mí, ¿eh? Yo estoy muy a favor de las políticas liberales, pero mi jefe lo lleva regulinchi.

Mucho tiempo de sequía le ha agriado el carácter.

—Suspira de forma teatral y Evan y yo nos miramos un instante, perdidos—.

Además, el baño huele fatal a estas horas —continua el camarero—, y por muy sexi que os parezca, que lo es, no os vayáis a pensar que estoy en contra de los polvos sucios y rápidos, son mágicos, ya sabéis, vosotros tenéis pinta de necesitar una exploración más profunda.

Y aquí profundidad podéis tener toda la que queráis, pero exploración, lo que se dice exploración…

—Señala a la puerta—. Tenéis cola, por cierto.

Como alguno se mee fuera os toca limpiarlo.

—Nos enseña los dientes blanquísimos, de paletas un poco torcidas, y nos guiña un ojo.

Luego se va con esa sonrisita socarrona con la que ha venido.

Después de eso, nos vamos a casa.

No hablamos. O yo no lo hago más que para soltar un «sube al coche, Evan» cuando me sugiere que me quede a vivir «la vida real», que él se apaña para volver a Eeriewood.

Lo conozco bien y sé que me lo va a recordar por toda la eternidad, y que me dolerá todas las veces en que lo haga. Me lo tengo merecido, por imbécil.

Tampoco nos miramos hasta que atravesamos la entrada de nuestro edificio y nos encontramos con el puñetero vecino del quinto, que se detiene junto a los ascensores. Va solo, con la sudadera que tanto le obsesiona a mi amigo y cara de haber tenido una noche de mierda.

A Evan se le enciende toda la cara y no es capaz ni de devolverle el saludo. Nuestras miradas se cruzan un instante y los dos subimos en silencio por las escaleras y seguimos así hasta llegar a nuestro piso. Luego me meto en mi habitación y cierro la puerta.

A la mierda, joder.