5 Evan
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EVAN
Sé que es imposible, teniendo en cuenta que fue él quien me trajo a casa, pero lo primero que hago al salir de mi habitación a la mañana siguiente es dirigir la vista a su puerta para comprobar si está solo o si tiene el cartelito de Alien, el octavo pasajero, que viene a decir «No molestar».
La puerta está abierta, la cama hecha y la habitación tan ordenada como se espera de alguien tan ridículamente maniático como Blair, y algo dentro de mí da un triple salto mortal. Me digo que no es nada, solo la resaca y el hambre que traen esos olores que me llegan desde la cocina.
Allá que voy, aún con la sensación de estar dentro de un sueño.
—¿Estás haciendo el desayuno?
—Buenos días —contesta sin mirarme y me fijo en la frente arrugada, la tensión en sus hombros.
Lleva así desde que se mudó conmigo, desde que discutió con sus padres al salir del armario.
He intentado hablar con él, intervenir de alguna manera, como también ha hecho su hermano, pero no puedes aconsejar a alguien que no quiere escuchar, y mi amigo necesita tiempo para asimilar y desenfadarse, y darse cuenta de que sus padres lo quieren con una locura que a veces envidio a pesar de que no me puedo quejar.
Mi relación con mi padre es cojonuda, pero…
mi madre apenas se acuerda de que existo y yo cada día siento un hueco más hondo en el pecho, como si el paso del tiempo solo alimentara esa sensación de echar en falta algo que antes dabas por sentado.
Mi madre no está y yo he empezado a evocar cosas como la forma de sus brazos, la calidez, todo lo que una vez me hizo sentir…
seguro. Porque existió, estuvo ahí, aunque ahora me parezca algo más propio de los libros de ciencia ficción que tanto le gustan a Blair.
Al menos tengo a mi padre, que abrazos da como nadie y compensa ausencias y huecos.
Al menos ya no hay dolor. A veces creo que casi no hay ni pena.
Solo… vacío. Y a veces también me pregunto si no seré un poco como mi padre, un enamorado del amor de manual a pesar de que con mi madre le salió un poco de mierda; pero quizá sí salí un poco a él, y es por eso que busco un amor de película, alguien que me complete a unos niveles que quizá, tal vez, no logre hallar nunca.
O quizá, tal vez, solo alcanza una persona: esa que tengo delante y que ahora se muerde el labio con demasiada fuerza.
Me pongo detrás de él y le apoyo la barbilla en el hombro para ver cómo da vueltas a las tortitas.
Mi estómago gruñe como el de un león que lleva semanas sin comer y puedo ver la sonrisita diminuta que se le forma en la comisura de los labios.
Se la toco con la punta de los dedos. Qué suave es.
Y qué raro es sentir su tacto tan lejano cuando he lamido y mordido esa sonrisa. Mierda.
—Vaya, no la has perdido —musito, acariciándole la sonrisa que se estira un poco más con el roce de mis dedos.
—Quita, tonto. —Me empuja hacia atrás y yo vuelvo a pegarme como una lapa. Si es que a pesado no me gana nadie.
—No hasta que no me digas lo que te pasa.
Lo agarro de la cintura para dar más énfasis a mi amenaza y me arrepiento de inmediato al sentir la dureza de sus músculos, lo caliente que está, lo mucho que temblamos los dos cuando le rozo el coxis con la entrepierna. Mierda otra vez. Mierda multiplicada por dos.
Huele a azúcar derretida, y a vainilla, y a colonia de bebé. Su olor se me mete en la nariz y me llena el cuerpo de lava. Me excito de inmediato. Demasiado tiempo sin sexo, demasiado tiempo evocando aquella noche con él.
—Me voy a quemar y será tu culpa —me advierte y yo me aparto, solo para que no sienta los latidos de mi corazón, ni la dureza de mi entrepierna, ni mis putas ganas.
—Anoche me escribió, ¿sabes? —digo, porque necesito que se crea que estamos bien, que no me paso el día pensando en cómo sería tenerlo dentro, o estar dentro de él. Cómo sería estar al otro lado de esa puerta, ser ese cartel de «no molestar».
Sus ojos me atraviesan cuando se gira y yo pongo todavía más distancia, y le hago una señal hacia la sartén, y evito sus ojos. Todo a la vez.
—Creo que lo de las mamadas es solo para espantar a los salidos.
—Así que no la tiene pequeña.
—No sé si la tiene pequeña. No me la enseñó. Y tampoco me interesa —añado, ruborizado.
—Ya, claro.
—Creo que quiero conocerlo.
—Pues vale.
—No sé, es que creo que tenemos mucho en común.
—Pues vale —repite y se encoge de hombros.
—¿No tienes nada más que decir o qué?
Él suspira, nada más, un sonido que acompaña el crrr, crrr de las ramas al chocar contra el cristal.
Los dos desviamos la vista hacia el exterior para descubrir el escupitajo de nubes negras que cubre el cielo.
Casi se respira lluvia a través de la ventana semiabierta.
Me encanta el invierno, taparme con las mantas, ver pelis o que Blair me lea mientras escuchamos la tormenta atronar en la calle, pero empiezo a echar de menos un poco de calor. Y aún faltan unos días para marzo.
—Te diría que tuvieras cuidado, pero sé que lo tendrás.
—Estás así por tu madre, ¿no? Por las bodas de plata —pregunto con cautela. Justo ayer hablamos de eso en el Galaxy, de que la mera perspectiva lo estresaba—. Queda mucho, Blair, no te agobies.
—¿Vendrás conmigo? —pregunta bajito.
—No puedes usarme siempre como escudo. Soy demasiado blando.
Él me señala con la espátula.
—No eres nada blando —replica.
Termina de apagar los fogones y se da la vuelta.
Luego me agarra de la cintura con esas manos enormes que tiene y tira de mí hacia él hasta que nuestros cuerpos encajan y…
Mierda. Está duro, quizá no tanto como yo, pero lo está.
Y se acaba de dar cuenta de que yo también lo estoy.
Sonríe, pero no dice nada, solo se mueve para que el roce me arranque un suspiro que lo hace sonreír todavía más y a mí ruborizarme como si este fuera mi primer contacto con un hombre. Dios.
—No lo digas —le advierto.
—¿Que no eres ni estás nada blando? Vale, no lo digo.
Aun así, no me aparto porque se mueve y se mueve y lo que me hace me vuelve loco y yo necesito volverme loco y…
—Dime que vendrás conmigo.
—Sabes de sobra que lo haré —contesto con voz ronca al tiempo que me sujeto a sus hombros porque todo me da vueltas y me mareo—. Además, todavía faltan unos meses. Te preocupas demasiado. A veces creo que necesitas preocuparte por algo o si no te explota la cabeza.
—Habló. —Resopla.
—Lo digo en serio. Antes eran la librería, las facturas, el crédito. Ahora tus padres. —Lo tomo de la cara y le acaricio la mejilla con los pulgares—. Tienes que relajarte un poco.
Otro resoplido seguido de un giro de cadera que me arranca un jadeo. Mierda.
—Ni siquiera les he comprado un regalo —dice con otro movimiento, y otro, y otro más.
¿Cómo puede estar tan tranquilo cuando la tiene así de dura y se está frotando como si quisiera sacarme brillo?
—Ya me he ocupado de eso —comento como si tal cosa.
Él eleva las cejas, se pasa la lengua por el labio inferior y yo me quedo ahí. Debería pensar en las reglas. Las putas reglas. Pero sigo resacoso y tengo hambre y estoy cachondo. Mala combinación.
Él me clava los dedos en la cintura, me atrae y yo me muevo porque no puedo más. La fricción es delirante y estoy a nada de correrme en los pantalones como un adolescente. Por mi mejor amigo.
No sé en qué momento se acerca, pero tengo sus labios en el cuello y se contonea contra mi parte delantera.
Se mueve despacio, muy despacio, como si me estuviese follando con cariño.
Me lame la zona por detrás de la oreja y tira del lóbulo con suavidad.
Luego me agarra del culo y todo se descontrola.
Hundo los dedos en su pelo y lo agarro con delicadeza porque no soy una marioneta y resulta que quiero comerle la boca, y saborearlo, y arrancarle un gemido como el que él me acaba de arrancar a mí.
Y entonces suena el timbre y adiós al beso y a todo lo demás.
—No pienso abrir ahora —gruñe.
—Tienes que hacerlo. Es el regalo de tu madre —le digo—. El de tu padre lo compramos juntos, ¿vale? El reloj que vimos el otro día en el centro llevaba su nombre.
Nos miramos. Él enarca las cejas. Tiene las pupilas dilatadas, los labios mordidos, los hombros tensos, y sé que, si bajo la vista a su entrepierna, seré incapaz de dejarlo ir, pero el timbre suena otra vez y recuerdo por qué es mala idea hacer esto, el porqué de las putas reglas.
Me separo de él como puedo. Él me sigue mirando como si no se supiera mi cuerpo de memoria, yo miro a cualquier parte menos a él.
—Evan…
—Deberías abrir.
Él va a replicar, pero el timbre vuelve a sonar y se va recolocándose el paquete y soltando muchos «joder» que me hacen sonreír a pesar de encontrarme en una especie de encrucijada de la que no sé cómo salir.
Cuando vuelve debe de verme la cara de… perdido y, apretándose la polla de forma poco discreta, respira hondo y abre el paquete que he puesto a su nombre.
Alucina cuando lo ve: es una piedra púrpura de cuarzo, con un diminuto cúmulo de amatista, pulida y lista para añadir a un colgante.
A Helen le encanta coleccionar piedras, y los colgantes artesanos son su perdición.
—¿Cómo es que siempre estás en todo? —dice con un hilo de voz.
—No siempre lo estoy. Solo cuando tú estás demasiado despistado. Soy tu hombro, ¿recuerdas? Puedes apoyarte en mí.
—Eres más que mi hombro.
Se me acerca y me levanta la barbilla. Volvemos a estar demasiado cerca y noto cómo se me encienden las mejillas y el cuerpo me tiembla de nervios, de necesidad, de todo.
—Antes de que lo digas, no —le advierto.
—¿Por qué no?
—Las reglas.
—Las pusiste tú y son una mierda.
—Y nos ayudan a que podamos mantener una convivencia saludable y feliz.
—No soy feliz. —Baja la vista a su entrepierna y yo me río. ¿Cómo no hacerlo?
—Eres un salido.
—Tú estás igual.
—No quiero que estemos… raros. ¿Te recuerdo cómo fue al principio, después de lo que pasó? No quiero que volvamos a estar así de mal, Blair.
Me acaricia la mejilla y acerca el rostro, tanto que pienso que de verdad va a besarme. Me tenso y coloco una mano en su pecho, sintiendo su dureza, el golpeteo de su corazón igual de acelerado que el mío.
—Somos tú y yo, siempre.
—Sí.
—Gracias por ocuparte del regalo.
Luego me besa en la mejilla y se va a poner la mesa, y yo me quedo ahí, pensando en reglas que sirven de poco y corazones que laten sin tu permiso.