3 Evan
cAJ
EVAN
—Deberías dejar de beber —me dice Blair entre la paciencia y la diversión.
Hemos salido a celebrar que por fin tiene ayuda en la librería y que ya puede «delegar» e ir al gimnasio o salir a tomar algo como una persona normal no sometida al yugo de sus libros.
Para mí, con que llegue a casa a una hora razonable para que nos dé tiempo al plan de peli y cena que llevamos haciendo media vida sería más que suficiente.
Pero en los últimos tiempos llega tarde, reventado, y se queda dormido a los cinco minutos de terminar de comer algo; eso cuando cena.
Que a veces alega estar demasiado cansado o haberse comido un triste sándwich en la tienda.
El otro día, sin ir más lejos, se quedó dormido nada más empezar uno de sus capítulos favoritos de Doctor Who; ahí supe que tenía que hacer algo al respecto.
Y lo que es más importante, ahí lo supo él; ese fue el detonante.
Quedarse dormido con Peter Capaldi en pantalla fue una especie de sacrilegio para Blair, un ultraje al duodécimo doctor, su favorito. Y ahí se decidió a contratar a alguien.
La cosa es que, a pesar de que se supone que lo estamos celebrando, el único que parece estar haciéndolo soy yo; yo bebo y me muevo un poco —solo los pies, no nos pasemos— al ritmo de la música en directo y él se limita a dedicarme unas miraditas que ni mi padre.
Bueno, lo cierto es que mi padre no ha sido nunca del tipo inquisidor.
La que juzgaba de forma silenciosa era mi madre.
Luego se fue y el silencio que dejó fue otro.
Y mi padre siguió siendo esa persona afable que prefería educarme a través del diálogo y el ejemplo que echándome la bronca.
Le podría haber salido de mierda, todo sea dicho, pero le funcionó bien.
Y, además, ya estaba Helen, la madre de Blair, para regañarme cuando hacía falta.
Y me regañaba de lo lindo, como si hubiera tenido trillizos y no gemelos.
Me estremezco al pensar en Blair como mi hermano y lo miro; él me devuelve la mirada con una ceja alzada.
—No estoy borracho —le digo cuando me doy cuenta de que su cara es porque mi escalofrío ha sido evidente.
—¿Y qué ha sido eso?
—Nada. Me ha venido una cosa a la cabeza y me ha dado yuyu.
—¿Como cuando soñaste que mi hermano se había meado en tu cantimplora y estuviste enfadado con él tres días? —pregunta con una mueca burlona en la boca.
—Y sin beber agua, casi me muero. ¡No es gracioso! —Le doy un golpe en el brazo cuando suelta una carcajada—. La socorrista de la piscina municipal le dijo a mi padre que estaba al borde de la muerte.
—Le dijo que estabas deshidratado y a punto de desfallecer, no de fallecer —me dice entre risas.
—Sigo defendiendo que dijo «fallecer».
—No lo dijo. Yo estaba ahí, ¿te acuerdas? Sujetando tu rubia cabecita mientras mi hermano corría por el césped y gritaba: «¡Ayuda, ayuda, mi amigo se muere!».
—Qué dramático ha sido siempre.
—Evan, que te enfadaste por un sueño que nunca ocurrió.
—Teníamos diez años. —Le doy otro golpe en el bíceps y él me sonríe—. Y fue un sueño muy real.
Esquivo su mano cuando intenta quitarme la cerveza y me la acabo en un par de tragos.
—No estoy borracho —repito y me siento orgulloso de que la voz no me tiemble; y no solo porque quizá sí estoy un poco borracho, sino porque la cercanía de Blair no es buena para mi paz mental, lo cual es horrible en sí mismo, porque estar cerca de mi mejor amigo es la cosa más natural que he hecho en mi vida; como comer cuando tengo hambre o llorar cuando me siento miserable.
Blair enarca las cejas, se cruza de brazos y se apoya en la pared.
Lleva una camiseta de manga larga y un pantalón vaquero ajustado que hace que se le marque el paquete y que se me vayan los ojos.
Y donde van mis ojos, va mi mente, y de repente viajo en el tiempo y vuelvo a aquella noche, a su lengua recorriéndome el labio inferior, a su mano colándose por mis pantalones, a los gemidos, al sabor de su piel, de su boca, de su…
—¿Evan?
Levanto la vista.
—¿Qué?
Veo mi expresión en el espejo que hay a su espalda.
Tengo la mirada vidriosa; por el alcohol y la excitación.
No es buena idea beber con Blair. Desde que hace un año nos emborrachamos y cedimos a deseos que había logrado mantener dormidos y escondidos desde que supe lo que era la atracción, intento no hacerlo, no perder el control en su presencia.
Nuestra amistad es tan importante que es la esencia de mi vida y, sin ella, no soy.
—¡Evan! —me dice, sobresaltándome y haciendo que fije los ojos en su mirada gris.
—Esos pantalones te quedan un pelín ajustados, ¿no?
Blair mira hacia abajo y se encoge de hombros.
—¿Sí? Son los de siempre, llevo con ellos unos… cuatro años.
—Pues eso, cuatro años es un montón de tiempo. Te quedan pequeños.
—No me quedan pequeños. Y parecen nuevos. —Sigue mirándose los vaqueros, tratando de encontrar el motivo de mi queja—. Ya sabes lo que pienso de comprar ropa que no necesito.
—Sí, ya sé que si la que tienes no está hecha jirones y se te cae a pedazos no te compras nada nuevo —digo con burla—. Lo sé. Luego te quejas de que los vecinos creen que eres un mendigo y te ofrecen limosna.
—¡Solo pasó una vez! Y tenía los pantalones rotos porque te empeñaste en saltar una verja de espino para, y cito textualmente, «vivir una gran aventura como en E.T.».
—Nos lo pasamos bien —le digo con una sonrisa recordando aquella tarde de verano como si acabara de pasar. Creo que puedo oler el césped recién regado y escuchar la risa de Blair a mi espalda mientras corríamos hacia el lago.
—Ya lo creo que sí. —Él también sonríe, luego me clava un dedo en el pecho—. Sobre todo cuando cogiste el dinero que me ofreció la señora que creyó que yo era un sinhogar y nos fuimos a comprar helados.
—Una bola de helado de cada sabor.
—Nos pasamos la noche vomitando.
Nos quedamos perdidos en el pasado durante unos minutos; nuestras sonrisas son pequeñas, pero contienen tantos y tan grandes recuerdos… Entonces cometo el error de bajar otra vez la vista y vuelvo a verle el paquete y me empiezo a poner nervioso y a transpirar y tengo sed y no me queda cerveza y…
—A lo que iba. —Le señalo la entrepierna con un dedo—. Esta vez vas a tener que saltarte esa ridícula norma antivanidad y comprarte unos nuevos. Con estos se te nota mucho la p-o-l-l-a —deletreo.
Blair me mira desconcertado.
—¿Por qué de repente eres una doncella virginal del siglo XVIII? Te recuerdo que te has comido esta polla. —Se la agarra sin disimulo en un gesto que debería ser burdo, pero es tan sexi que dejo de respirar.
—Shhh —le digo en un tono urgente que me hace parecer la casta doncella que me ha acusado de ser.
—Polla. Nabo. Rabo. Tranca… —empieza a enumerar y yo le tapo la boca con la mano, riéndome.
—Eres idiota. ¿Qué tienes, cinco años?
—Pene. Garrote… —sigue él contra mi palma.
—Pues eso es lo que parece que tienes entre las piernas, un garrote.
—¿Insinúas que la tengo muy grande? —me dice, sonriendo, cuando le dejo libre la boca.
—Enorme, sí. Tanto que con esos vaqueros parece el gusano de Dune.
Blair suelta una carcajada que enseguida me contagia.
—Y tú la manejas como nadie; eres el Paul Atreides de mis partes bajas.
Me río, no lo puedo evitar; pero luego me entra el pavor, que se mezcla con la excitación, la sudoración y la medio borrachera, y hago amago de taparle la boca de nuevo. Él se aparta, aún riéndose.
—Las reglas, Blair, las reglas —digo con lo que pretendo sea mucha solemnidad—. Y qué referencia más friki. De verdad que me extraña que ligues tanto.
—La referencia a Dune la has hecho tú; y, la verdad, Evan, estoy harto de tus putas reglas. Estoy por meterte la polla hasta la garganta para que dejes de decir ya la puñetera palabrita.
—¡No serías capaz! Vale, sí serías, pero no lo harías. Tenemos un trato.
—Después de meterme yo la tuya, claro, que soy un caballero —me dice como si no me hubiera escuchado.
Entonces lleva una mano a mi cintura, engancha el dedo en la trabilla de mis vaqueros y tira un poco de mí, acercándome a él.
—No quiero perderte, ¿vale? —Me giro y me ruborizo cuando nuestras narices se rozan. Lo agarro de la camiseta para alejarlo, o para acercarlo; no lo tengo claro—. Si no entiendes lo importante que eres para mí…
Blair me sujeta de la nuca.
—Nunca vas a perderme, ¿me oyes?
Me deja sin habla, como tantas veces últimamente. En ocasiones me quedo sin palabras de solo verlo leer. O correr. O vender un libro; aunque sea uno aburrido como Neuromante, que me lo he empezado trece veces y nada, que no hay manera.
«Céntrate, Evan, que te come. Literal que te come».
—Blair, para. ¿Cuál es la primera regla de nuestro club de la lucha?
—No meterte nada en la hucha.
Me río porque soy imbécil y esa rima la hice yo para rebajar la importancia de las normas que puse después de la noche que pasamos juntos.
—Vale, la segunda.
—Yo qué sé, Evan, será algo de mi hucha o de algún otro agujero, ranura o protuberancia… Son unas normas como muy sexuales para prohibir el sexo en todas sus formas, ¿no?
—El sexo entre nosotros —replico—. Es un matiz importante.
—Claro, porque con otros, y otras, en tu caso, sí podemos, ¿eh?
—Evidentemente. Y si no que se lo digan a los tíos que pasan por tu cuarto cada semana...
Me mira con algo en los ojos que no logro identificar.
—¿De verdad me escuchas follar?
No, la verdad es que no; solo me lo imagino.
Y una vez que el sonido se ha implantado en mi cabeza, ya solo escucho gemidos, besos y «más, más, más»; así que cuando veo que mi amigo tiene colgado en la puerta de su habitación el cartel de Alien, el octavo pasajero, que implica que está con alguien, salgo corriendo del piso a una velocidad por la que deberían considerarme deportista olímpico.
Pero eso Blair no lo sabe. Porque es mi mejor amigo.
Y yo soy el suyo. Y así es como debería ser.
Como siempre. Sin complicaciones. Y antes, cuando no vivíamos juntos, obviar esa atracción era algo más sencillo; pero, desde que se mudó, se está convirtiendo en una lucha constante.
Una que no puedo ni perder ni ganar; una en la que tengo que aprender a vivir.
Y ese es el motivo por el que quiero conocer a alguien, enamorarme, salir de esta obsesión que me hace sentir como un traidor.
Para poder seguir siendo el Evan que necesita Blair.
El Evan que no tiñe todo de deseo, al que no se le marchita el alma cuando su mejor amigo se acuesta con otros, el que no mantiene viva una esperanza que nunca debió haber nacido.
Porque, aunque Blair bromea con ello y cree que podríamos mezclar sexo y amistad y salir victoriosos, esa absurda creencia solo se debe a que para él no habría sentimientos implicados.
Pero, en mi caso, ese barco ya zarpó y se estrelló contra un iceberg enorme casi nada más abandonar el puerto.
—Vamos a por las últimas cervezas, brindamos y a casa, ¿te parece? Bueno, no sé si querrás irte con alguien…
Recorro el bar con la mirada, consciente de que no he contestado a su última pregunta y sabiendo que este rollo alcahueta que me traigo suena fingido y fuera de lugar. Nunca he dicho cosas así, porque nunca me ha gustado verlo con nadie.
—No te preocupes, hoy no me apetece hacerme con un amante —me dice, marcando con tonito la última palabra—. Desde luego, esta noche pareces salido de otro siglo, no sé si dejarte beber otra cerveza, que lo mismo te conviertes en Ned Flanders.
Le doy un golpe en el brazo y él se ríe, pasando por mi lado y diciéndome que a las últimas cervezas invita él, como el exitoso empresario que es.
Lo sigo con la mirada mientras se mueve por el Galaxy, el pub gay de Eeriewood, que, aunque no es nuestro sitio favorito del mundo, está a quince minutos andando de nuestra casa y, cuando ambos vamos a beber, nos viene de maravilla.
Además, como está cerca de la universidad, suele haber mucha gente joven y termina siendo un punto de encuentro no solo para gente del colectivo sino para aliados, lo cual siempre es un soplo de aire fresco incluso en una ciudad tan tolerante como la nuestra.
Lo pierdo de vista cuando llega a la barra y me saco el móvil del bolsillo para volver a mirar el perfil del tío al que no le gustan las mamadas pero cuya foto me tiene babeando.
Es cierto lo que dice Blair de que la imagen no tiene excesiva nitidez.
Solo un chico de perfil —casi de espaldas— con la capucha de la sudadera puesta mirando hacia una puesta de sol.
Tiene un libro del que no se ve el título en la mano y…
lo cierto es que no tiene nada más, pero me dice… cosas.
—¿Otra vez mirando la foto del hombre en penumbra?
—Qué nombre tan poético, Blair —le digo cogiendo la cerveza que me tiende—, creí que te ibas a meter con el tamaño de su pene y me vería forzado a defender su honor.
—Ya —me dice antes de darle un trago a su cerveza y mirarme con intensidad—. ¿Por qué te llama tanto la atención? —me pregunta con verdadera curiosidad.
—No sé, parece… triste.
—Y quieres consolarlo, ¿no? Trae, dame el teléfono.
—¿Para qué?
—Para escribirle. Ya no te aguanto más. No pienso pasar otra semana escuchándote lloriquear y decir lo mucho que te pone el de las nomamadas.
Lo fulmino con la mirada, pero no se da ni cuenta.
—No sé si me pone, idiota. ¿Cómo va a ponerme si no lo he visto?
—Menos mal que lo admites, es lo que intento decirte desde hace… ¿cuánto? —Baja la vista al móvil y lo coge.
—No, Blair. —Intento quitárselo, pero él se estira y lo aleja de mí—. ¡Que me lo des!
—Solo le voy a hacer una pregunta tonta. Si te contesta sigues tú.
—Puedo escribirle yo.
—No lo harás. Eres incapaz de tomar la iniciativa.
Me mira. Lo miro. Los dos sabemos que eso no es verdad. A fin de cuentas, fui yo quien le entró aquella noche. Yo. El mismo que luego hizo la puñetera lista y el mismo que sigue poniendo barreras entre nosotros. Lo sabe él y lo sé yo. ¿Hasta cuándo? Hasta que no pueda más.
—Bueno, casi nunca —rectifica con una sonrisa socarrona.
Entonces enciende la pantalla y empieza a teclear. Y yo me quedo ahí, mirándolo sin hacer nada. No me da tiempo ni de pensar cuando ya ha terminado y le da a «Enviar».
Cuando leo el mensaje, me bebo lo que queda de cerveza en dos tragos y voy a pedir otras dos. Así acabo, con Blair llevándome a casa casi a caballito.
McFly:
¿Qué tienes en contra de las mamadas?