2 Blair #2
—Vete a la mierda. No tienes ni idea.
—¿Que no tengo ni idea? ¿Estás de coña?
—Pues es lo que parece, Alex, la verdad. Te veo un poco con la empatía en el culo.
—¿Nunca has dicho algo en caliente que no querías decir? Porque eso es lo que hizo mamá, reaccionó mal ante algo que la pilló por sorpresa.
Bufo. Miro al techo. Paso de hablar.
Por supuesto que hago y digo cosas en caliente, comerle la polla a mi mejor amigo, sin ir más lejos.
Mucho y durante mucho rato, aun sabiendo que podía arrepentirse al día siguiente.
O quizá por ese motivo, para aprovechar el momento.
Y al menos me quedé con eso, con una noche que llevo un año rememorando y cuyo recuerdo me excita a la vez que me aterra, porque pudimos haberla cagado; porque aún podemos cagarla.
Porque conozco a Evan desde que íbamos en pañales…
No, quiero a Evan desde que íbamos en pañales, y es la persona que más me importa en el mundo.
Lo quiero al nivel que quiero al Menos Mal o a mis padres.
Más, incluso, pero porque es distinto; es un amor…
distinto. Y no entiendo cómo pude dejar que todo se fuera de madre por un calentón cuando sabía que iba a ser solo eso, sexo, que la mañana siguiente podría haber amanecido como una película de terror, una en la que nos separábamos y no volvíamos a ser nosotros.
¿Y por qué estoy pensando ahora en mi problema número dos cuando estoy tratando de lidiar con mi problema número uno? Ah, sí, porque soy el rey de la evitación.
—Te quiere muchísimo —me dice mi hermano, insistente, como si yo no adorara a mi madre, como si yo no estuviera dolido—. No tienes ni idea de lo que está sufriendo.
Y hasta ahí llego, ese es el detonante.
—Y tú no tienes ni idea de lo difícil que es ponerte delante de las únicas personas que crees que jamás te van a abandonar y que lo primero que escuches sea un suspiro y después un «bueno, no pasa nada, menos mal que tenemos otro».
¿Te haces una idea de lo que se siente cuando llevas años dándole vueltas a cómo decirlo, meses preparándote, días repitiendo las mismas frases, no vaya a ser que te equivoques en una palabra?
No tienes ni idea de lo que es que todo en lo que has creído se te caiga encima.
Menos mal que estás tú y me pueden seguir queriendo aunque sea un bicho raro. Menos mal, ¿eh?
La cara de mi hermano de «por fin hablas, por fin me dejas ver tu dolor» es algo con lo que no puedo lidiar, porque es mi puto hermano y transmite la misma pena que siento yo; su dolor es mi dolor.
Y encima soy yo quien lo ha puesto triste.
Y puede que para mi madre sea un error, o puede que no y que lo expresara mal; o que yo en mis nervios lo gestionara peor; o que por culpa de mi orgullo herido me niegue a hablar; o quizá solo necesito tiempo.
En cualquier caso, el Menos Mal no tiene culpa de nada.
—Lo siento, Blair, yo…
—No tienes nada que sentir, no es tu culpa. Tú lo has sabido todo casi desde el principio y me has apoyado en todo momento. Venga, no quiero hablar más del tema. —Le doy una palmada en el hombro, muy duro yo, todo muy gymbro; aunque la pena esté a punto de inundarme los ojos.
Mi hermano me dedica una de esas miradas tan suyas que me hacen querer acurrucarme a su lado y llorar las penas, como llevamos haciendo desde que éramos críos.
—Solo quería que me hablaras, que te lo sacaras del pecho.
Sé cómo se siente mamá porque ella sí lo expresa, pero tú…
Tú te has aislado con Evan, que de espacio físico no entiende, pero siempre te permite alejarte en el plano emocional.
No lo critico, él cree que así te ayuda, pero la verdad es que…
—Tampoco quiero hablar de Evan —lo corto y se me escapa un suspiro.
—Estás de evitación hasta el cuello, ¿eh? Mira, creo que te sale un poco por las orejas.
Le doy un manotazo cuando acerca las manos a mi cara y él se ríe. El muy idiota se ríe.
—Prométeme que vendrás a las bodas de plata. Solo eso —me dice en un tono suave librándome de tener que hablar más.
Pienso en las mil llamadas perdidas de mi madre, en los mensajes rogándome que por favor vaya, que si no quiero pasar por casa, vale, que me tome un tiempo, pero que siempre hemos celebrado juntos cada evento importante en nuestras vidas, que no puedo faltar; que, para ella, casarse con el hombre con el que ha criado a los otros dos amores de su vida es de los actos más preciosos que puede celebrar y que me necesitan ahí, que si no lo hago por ella que lo haga por mi padre, que porfavorporfavorporfavor…
Mi hermano no necesita pedirme que acuda, tendrían que arrancarme el corazón para que no lo hiciera.
Jamás les haría ese feo a mis padres. Estoy dolido, pero los quiero.
Eso es así. No he pedido más que un tiempo para lamerme las heridas, para gestionar la decepción, la incertidumbre.
Si es parte de mi dramatismo, no lo sé, pero tengo derecho a vivirlo.
Y si me estoy equivocando y juzgando a mi madre con dureza, también creo tener derecho a hacerlo.
—Te lo prometo —le confirmo—. Pero para eso queda un montón, no me rayes más, por Dios.
—Haremos una barbacoa. Y habrá mucha cerveza. Y seguro que papá hace esas bolitas de chocolate y crema de cacahuete… —Se relame de forma teatral, porque el dulce lo vuelve loco, sobre todo si tiene un punto salado; es su perdición.
Y entonces sonríe una vez más. De oreja a oreja esta vez.
Y me envuelve en un abrazo que me corta la respiración; e intento quitármelo de encima, pero él empieza a darme besos sonoros de abuela por toda la cara y a llamarme drama queen y a agarrarme por todas partes diciendo que me falta carne, que Evan me tiene flaco y mustio, que si no follo, que si no como…
Me lo quito de encima entre risas y él se cae al suelo, a carcajada limpia, porque es idiota.
Y buena persona. Y especialista en minimizar problemas.
Y lo he dejado tras veintitrés años viviendo pegados sin darle más explicación que un «mamá me ha hecho daño, me largo, ya se me pasará».
Y, sin embargo, él ha tratado de verme, de animarme y de mediar entre mi madre y yo.
Y yo no me he dejado porque también soy idiota. Pero quizá no en el buen sentido.
Le tiendo la mano para ayudarlo a levantarse y la acepta con una sonrisa, el eco de sus carcajadas aún flotando en el ambiente. Y yo le devuelvo la sonrisa y doy gracias al universo por mi hermano y sus chorradas.
Menos mal que lo tengo a él.
Menos mal.