Si te arrepientes mañana (Soul Finder 4) 2 Blair
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2 Blair

BLAIR

Voy al gimnasio nada más salir de la librería.

La hora perfecta, porque sé que no me encontraré con nadie.

Y con «nadie» me refiero a mi hermano gemelo, el Menos Mal.

«Menos mal que nos queda él». «Menos mal que uno salió bien».

Menos mal. Eso es mi hermano para ellos.

Un «menos mal». Yo, en cambio, soy… ¿Qué soy?

El error de cálculo, el espermatozoide revirado, perezoso, el que está y ya no podemos cambiar, pero menos mal que está el otro. Menos mal.

James, el hijo del dueño del gimnasio, me saluda con un gesto de cabeza desde la entrada, donde espera a que su novio deje de reírse de algo que posiblemente ha dicho él mismo, porque Ryder es así, se descojona de sus propias bromas.

Por suerte, suelen ser graciosas. Aunque, en el estado de ánimo en el que estoy, en lo único en lo que puedo pensar es en que Ryder Jones, además de ser el novio de James y el hermano mayor de Archer, mi nuevo ayudante, es uno de los cofundadores de Soul Finder, la aplicación para buscar almas gemelas que está tan de moda y por la que ahora le ha dado a Evan.

Puto Evan.

Lo que lo quiero y la que me está liando con la puñetera app.

Entiendo el atractivo de Soul Finder, ya lo creo que sí, que un algoritmo trate de buscarte una pareja que encaje contigo a un nivel más íntimo que el sexual es siempre algo bueno.

Y que hagan que la relación nazca y crezca en base al número de horas de conversación y de intereses comunes, sin que se puedan intercambiar datos personales ni ubicación hasta alcanzar un determinado objetivo, me parece una genialidad.

Pero ¿qué ha pasado con lo de conocer a alguien en un bar —y quien dice bar dice calle, cine, colegio, guardería, sala de partos…

— y empezar desde ahí? Mitos que ya no se llevan, supongo.

Aparte de que sé que no va a estar mi hermano, venir al gimnasio a esta hora tiene el beneficio añadido de que Evan tiene turno de mañana y tampoco estará, de modo que saludo a Eric, el entrenador de la tarde, que aprovecha para hacerme un larguísimo repaso.

Le sonrío, pero paso de él. Hemos estado a punto de liarnos un par de veces, pero lo único que él tiene para ofrecer es un polvo sucio y rápido en el baño, y no me interesa.

Es que paso. Lo último que quiero es que llegue a oídos del Menos Mal o de mi mejor amigo, y que, encima de sucio y rápido, sea un polvo por el que dar explicaciones.

Casi puedo ver el encogimiento de hombros que me dedicaría Evan, el suspirito como de paciencia o ese puto chasquido de lengua que sabe que me revienta porque me da ganas de arrancársela y comérmela, y de paso arrancarle la ropa y hasta el alma.

Pero no debería pensar en Evan. Es lo único que he hecho durante el último año; y durante toda la vida, para qué engañarnos; pensar, evocar, fantasear.

Y la única cosa que tengo clara es que, a pesar de considerarlo tan familia como a mi gemelo, jamás podría verlo como un hermano.

Y, por mucho que quiera engañarse, él tampoco me ve así.

Ahora lo sé. Puede que no quiera llegar más allá conmigo, puede que, de hecho, no quiera nada sexual y que nuestra noche de pasión fuera solo eso, una noche de pasión; pero no le lames la polla a tu hermano de la manera en que lo hizo él.

Ni te montas encima hasta correrte. Pero qué sabré yo, si solo soy el gemelo de un «menos mal» y el mejor amigo de un chico empeñado en enamorarse de otro.

En fin.

Por lo visto estoy tan obsesionado que me parece oír que Eric, que se me ha acercado en exceso y me mira la entrepierna también en exceso, ha dicho su nombre.

—¿Qué? —le pregunto, desconcertado.

—Que se fue hace nada, digo. Tu amiguito.

Vino a entrenar, como si no hubiese tenido suficiente esta mañana con la sesión de crossfit y de spinning.

—Lo dice con una elevación de cejas que me pone la piel de gallina porque no sé qué me está sugiriendo.

¿Cree que estamos liados y que no lo agoto lo suficiente en el aspecto sexual o algo así?

¿O es que le gusta? Como le guste, lo mato.

A Eric, no a Evan. Me pongo malo de pensarlo.

Me dan ganas de coger el escobillón que alguien ha dejado apoyado en la columna y metérselo a Eric por el…

Dios, pero ¿qué digo? Yo no soy este neandertal celoso y posesivo.

Es culpa de Soul Finder. Y de Ryder. Que deje de reírse ya, por Dios.

Le dedico una sonrisa a Eric a modo de respuesta ambigua (que la interprete como quiera) y me dirijo a las cintas de correr, pero, antes de llegar a una de las dos que están libres, me intercepta el Menos Mal. ¿Es que todo el mundo necesita sesiones dobles hoy? ¿Mucho estrés que quemar?

De repente, mi hermano y yo estamos cara a cara y en tensión, como dos rivales a punto de enfrentarse; lo que es ridículo y antinatural porque siempre nos hemos llevado de maravilla y mi hermano no me ha hecho nada.

Pero cada uno gestiona la frustración como puede, y yo soy un cabrón y lo pago con él porque es más fácil que tratar de solucionarlo, más fácil que hablar con mi madre, que ir un día a casa, que llamar por teléfono.

Mi hermano me observa con esos ojos grises que son exactos a los de mi padre y a los míos —porque ahí sí somos gemelísimos; una hora más pequeño el Menos Mal— y no me quita la vista de encima mientras dejo la bolsa en el suelo, coloco en la consola la botella de agua y me subo a una de las cintas.

Él se sube en la de al lado y empieza a contarme cosas en principio aleatorias, pero que en el fondo están cargadas de intención.

Porque mi hermano no está aquí por casualidad.

Que si la fiesta que está organizando mamá por sus bodas de plata, que si no sé qué de unos canapés, que si estoy comiendo bien, que si mira qué de huesos que él no tiene, que vaya mierda que él engorde y yo no…

No puedo evitar sonreír ante eso último.

Cuando cumplimos los trece y nuestras rutinas empezaron a cambiar, también, al parecer, lo hicieron nuestros metabolismos.

Alex siempre se queja como si fuera una especie de condena divina —«¿por qué yo, Dios mío, por quééé?

»— cuando lo que ocurre es que, aparte de que yo entreno más y soy mucho más nervioso, gestionamos el estrés de forma completamente opuesta: yo salgo a correr y no paro hasta que mis piernas parecen de gelatina y me falta el aire, y él abre un cofre que guarda debajo de la cama, y que tiene lleno de chocolatinas y patatas fritas, y come.

Y luego viene y me dice que estoy demasiado flaco y que se me notan las costillas, cosa que no es verdad.

Antes bromeábamos con que yo era la versión básica y él la deluxe, la expansión, la edición coleccionista.

Pero ahora no estoy para bromas que me arañan la piel como un cuchillo recién afilado.

El «menos mal» corta profundo y hace sangre.

Me cambia el humor en cuestión de segundos. Suspiro.

—¿Qué haces aquí, Alex? —le pregunto en un tono más brusco de lo normal.

—Entrenar —dice entre jadeos. No está acostumbrado a la cinta, lo suyo es el pilates y el body pump, pero es que además no ha parado de parlotear desde que se ha subido.

—Nunca entrenas a esta hora.

—Vale, quería verte —reconoce en un resuello, bajando el ritmo e iniciando una marcha más ligera.

—Puedes verme cuando quieras, solo tienes que llamarme.

—Pero si te pasas todo el día currando… O aquí, corriendo sin destino.

«Corriendo sin destino», qué dramático es.

El Menos Mal odia cualquier ejercicio de cardio a puerta cerrada; bueno, y al aire libre también.

De hecho, suele decir esa frase cutre de macho noventero de «correr es de cobardes».

Y luego suelta una risotada, como Ryder, al que oigo reírse desde donde estoy.

Qué bien se lo pasan ambos sin necesidad de que nadie les ría las gracias, si los juntamos pueden montar un club de la comedia.

Ryder ya lo ha petado con Soul Finder, lo mismo si se asocia con el Menos Mal también triunfan y mi hermano encuentra su verdadera vocación.

—O con Evan, claro. Para Evan siempre tienes tiempo —insiste, haciendo una especie de puchero.

—También tengo tiempo para ti.

—Pero cada vez menos. Desde que te has ido de casa…

—Alex, no empieces —le advierto.

—¿Por qué no? Quiero hablarlo, quiero que vuelvas, quiero…

Reduzco la velocidad de la cinta de forma menos progresiva de lo que debería y me bajo, dejándolo atrás. Pero el Menos Mal —más rápido que nunca en su vida— me sigue y me alcanza en la máquina de los zumos.

—Te largaste de casa de la noche a la mañana, llevas tres meses sin venir, no llamas nunca a mamá… ¿No te parece que ya la has castigado lo suficiente?

—Quita —le digo en voz baja, queriendo pasar pero sin poder moverme.

—Y a mí, ¿no crees que me has castigado a mí lo suficiente?

—¡No estoy castigando a nadie! —exploto y mi voz rebota en cada pared del gimnasio haciendo que Eric nos mire—. Me he ido, necesito espacio, punto. ¿Ahora te apartas, por favor?

Es ridículo que le pida que me ceda el paso; puedo rodearlo, puedo moverme con libertad, no me está presionando ni está tan cerca como para incomodarme, si es que mi hermano alguna vez fuera capaz de incomodarme.

Pero no me muevo. Estoy bloqueado, como si algo me pegara al suelo mientras las palabras se me pegan a la lengua, incapaces de salir.

No he hablado de esto con él. No he hablado de esto con nadie, salvo por un «dije esto, ella dijo aquello, me fui».

—Ya, seguro, espacio. Y te has ido a un piso; compartido, encima.

Con una persona que no entiende de límites ni de espacio personal, claro.

—Se pone las manos en las caderas y, tras un silencio, vuelve a la carga—: Vivimos en una casa enorme en la que no tendrías casi ni que cruzarte con papá y mamá, pero no, el niño se tiene que ir a vivir con su amiguito del alma porque está ofendido y…