Si te arrepientes mañana (Soul Finder 4) 1 Evan #2
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1 Evan #2

—¿En serio, Blair? ¿Crees que hablar de ciencia ficción de los años ochenta y noventa impresiona a alguien?

Para bien, quiero decir. ¿De verdad crees que es un tema «guay» entre los jóvenes?

—El «guay» lo digo dibujando unas comillas en el aire con los dedos—.

Porque a lo mejor el que necesita conocer gente nueva y ver de qué hablan eres tú.

Me arrepiento de decirlo al segundo. Porque Blair no necesita conocer a nadie; conoce demasiada gente ya, más de la que debería, si se me permite opinar; que para haber sido el retraído de la pareja —de la extraña pareja que somos, algo como los Jack Lemmon y Walter Matthau de Eeriewood— tiene demasiados «amigos»; del sexo masculino en su mayoría.

Y seguro que a todos les encantan las mamadas. En fin.

Blair saca de la vidriera la figura que el de las gafas hace como que analiza en profundidad tras el cristal y se la pone en el mostrador con una ceja alzada. El hombre se ruboriza; mi amigo y yo nos sonreímos.

—No necesito conocer a nadie más; estoy bien así, gracias.

—¿Te refieres a tus follamigos? No creo que hables demasiado con ellos; y se trata de eso, de conectar.

Sé que le ha sentado mal por cómo me contesta:

—Tú eres mi follamigo y hablamos bastante. A veces, como ahora, yo diría que incluso demasiado.

Paso de su tono mordaz en aras de centrarme en algo mucho más urgente y apremiante: la negación.

No necesito que me recuerde que yo también soy uno de esos «amigos», porque, además, no lo soy; pasó solo una vez, así que no…

cuenta, y no llegamos hasta el final, lo que semánticamente hablando me excluye de la categoría de «follamigo».

Pajamigo, quizá; mamadamigo, tal vez; mejorsexodelmundoamigo, seguro; pero follar, lo que se dice follar, no follamos.

Así que respondo de la manera más adulta que se me ocurre: tapándome los oídos con las manos y entonando un «la, la, la…» que hace que todos los clientes me miren y que Blair sonría con cara de mucha paciencia.

—Vaaale —me aparta las manos de las orejas y enlaza sus dedos con los míos—; no hablaremos de mamadas, que veo que estás sensible con el tema. —Luego, acercándose más a mí, añade—: Aunque las nuestras fueron apoteósicas. Y nada de penes chiquitines, ¿eh? Nosotros a lo grande.

Lo fulmino con la mirada y me ruborizo, lo que supongo que le resta fuerza a mi intención de desintegrarlo con los ojos.

No puede tocar el tema tabú. Lo sabe. Está prohibido.

Lo nuestro de aquel día es como las reglas de El club de la lucha.

La primera regla de nuestra amistad es que no se habla de eso que pasó cuando me dejó mi última novia hace ya un año.

Y gracias a ello seguimos siendo amigos y viviendo juntos sin que sea…

raro. Que sí, que me hizo la mejor mamada de mi vida, pero…

Blair es más que eso, Blair es… todo lo demás.

Por Dios, que hemos crecido juntos. Lo he visto mearse encima, llorar a moco tendido y hasta comerse esos mocos cuando siendo muy pequeño se enfadaba con su padre y se iba a «vivir» a la cabaña del lago, que en realidad era un cobertizo más cerca del jardín trasero de su casa que del agua, pero que, desde que tuvimos edad para abrir la puerta por nosotros mismos, bautizamos como segundo hogar, como templo improfanable, como santuario al que ir si todo lo demás fallaba.

En la adolescencia —ya sin mocos, pero con muchas e inoportunas erecciones— nos apuntábamos a los campamentos de verano que se organizaban en la zona.

El lago bullía con actividades, juegos y competiciones, y nosotros compartíamos los días con el resto de niños hasta caer rendidos en el cobertizo bien entrada la noche.

Con nuestra tele, nuestros videojuegos y los viejos libros de ciencia ficción que Blair empezaba a leer.

Y eso había sido siempre así hasta que… dejó de ser. Y no voy a pensar en ello ahora. No, no, no. Bastante tengo con el lío del presente.

—Mira, paso, me voy —le digo, deshaciéndome del pasado que se me ha pegado a la piel como lo hace el barro de la orilla del lago donde tantas veces nos hemos tumbado—. ¿Por qué no te vienes conmigo? Oigo cómo te ruge la tripa. Vamos a casa a cenar.

—No puedo, tengo lío. Hoy llegaré tarde.

—Vale —contesto, un poco molesto, algo que me pasa mucho en los últimos tiempos cada vez que Blair llega tarde y me imagino que se estará tirando a alguien o que traerá a alguien a casa y que los oiré gemir y…

Mi cabreo sube de intensidad solo con pensarlo más y más, y termino diciendo—: Pero si traes a alguien esta noche, intenta no hacer mucho ruido, ¿vale?

Todavía se me hace raro tener que decirle estas cosas.

Llevo viviendo solo desde hace casi dos años, cuando empecé a trabajar como entrenador en el nuevo gimnasio de la zona.

Cuando les dije a mi padre y a Harold —su novio— que me mudaba, cualquiera diría que les anuncié que me iba a encerrar en un monasterio de clausura en el Tíbet.

De hecho, eso es lo que sugirió mi padre entre aspavientos.

A lo que contesté que si el monasterio era de clausura daba igual que estuviera en el Tíbet que en Winter Falls, porque igualmente no iba a verme.

Tremendo drama fue. Encima que los dejaba solos para que pudieran «amarse» en cada parte de nuestra casa con libertad…

Porque sí, adoro al novio de mi padre, ese no es ni ha sido nunca el problema, pero tener que usar tapones para no escucharlos quererse mucho y muy fuerte a través de las paredes de papel vegetal que tenemos era incómodo y un rollo.

Así que aproveché la ocasión y me independicé.

Mi amigo, en cambio, se mudó hace apenas tres meses, cuando se atrevió a salir del armario y las cosas con sus padres se complicaron.

Nunca me ha contado lo que pasó y no lo he presionado para que lo haga.

Blair habla las cosas cuando encuentra el momento para hacerlo, cuando se lo pide el cuerpo; o la cabeza.

Y yo he aprendido a respetar sus tiempos, igual que el respeta mis manías.

Lo único que sé es que llegó a casa una noche con una maleta y me preguntó si podía quedarse para siempre.

Así de rotundo es Blair cuando quiere.

Mi respuesta fue abrirle y decirle que eligiera habitación entre las dos que había libres.

Así de rotundo soy yo para lo que a él respecta, supongo.

Pero en qué puto momento se me ocurrió que sería buena idea tener sexo con él, no lo tengo claro. Antes de la botella de tequila, claro; y de Lady Gaga; y de ese baile que me puso como una moto.

Vuelvo al presente. Lo miro. Me mira. Y parece saber lo que estaba pensando.

Y…, uf, es que odio esa manera que tiene de mirarme, porque me gusta y no puedo fingir que no lo hace.

Y esa sonrisa socarrona, ese «te lo pasaste bien, no lo puedes negar», seguido de un «y quieres repetir, eso tampoco lo puedes negar».

Y sí, me lo pasé tan bien que no he vuelto ni a pensar en acercarme a nadie en…

¿un año? No, un año y tres meses, ese es el tiempo que llevo manteniendo una estrecha relación con mi mano derecha, a veces hasta con la izquierda, solo por puro aburrimiento, pero jamás se lo confesaré. Antes me cortan la lengua, o la polla.

«No pienses en tu polla, ni en la de Blair. No, no, no».

Vale, que deje de mirarme así, por favor.

Ni siquiera me despido cuando me largo y él se queda ahí, riéndose como si fuese todo supergracioso. Me extraña no oír los vítores de los clientes al pasar por su lado a la velocidad de la luz.

No quiero pensar en aplicaciones de almas gemelas, ni en fotos a contraluz de chicos a los que no les gustan las mamadas, ni en chicos que las hacen de maravilla, pero que están vetados.

Dios, qué lío.