Si te arrepientes mañana (Soul Finder 4)
© inepub.com
1 Evan
EVAN
—¡No me gustan las mamadas!
La voz de Blair se extiende por toda la librería.
Bueno, hay una chica al fondo, donde están las mesas y la barra diminuta en la que puedes servirte tú mismo el café o coger un zumo de la nevera, que quizá no se haya enterado; pero porque lleva unos cascos más grandes que su cabeza y, a juzgar por el movimiento rítmico de sus pies, está escuchando algo mucho mejor que la voz de mi amigo diciendo sandeces.
Bendito poder de desconexión el de la chica, quién pudiera.
Desde que ha llegado y se ha comprado el último tomo de un conocido manga, ha entrado en un séptimo cielo que ya quisiéramos el resto de los mortales.
Sobre todo, los que no somos aficionados a la lectura, como yo.
Entiendo el atractivo de leer, de vivir mil vidas a través de las ficciones de otros, pero no logro conectar con el acto, qué le voy a hacer.
Y lo intento una y otra vez, que no se diga que no soy persistente; porque Blair —mi mejor amigo, mi alma gemela al nacer, mi todo y mi nada— es un loco de los libros de ciencia ficción.
Pero hasta ahora, en mis casi veinticuatro años de existencia, mi libro favorito del género sigue siendo Guía del autoestopista galáctico, de Douglas Adams, para bochorno del entendido de Blair.
—¿Puedes, por favor, dejar de repetirlo? —le pido casi en un susurro, a ver si se le pega y baja la puta voz de una vez.
Él se descojona desde un lado del mostrador y a duras penas consigue colocar encima la pila de libros que un cliente le acaba de reservar por teléfono.
A su lado, Archer, el chico nuevo que ha empezado a ayudarlo en la librería, lidia con una cola cada vez más larga de cejas alzadas y miraditas en dirección al de «no me gustan las mamadas».
—Es que es muy gracioso, tenías que haberte visto la cara. La primera vez que entras en una aplicación de esas y das con el único tío de la Tierra, qué digo de la Tierra, del universo, al que parece que no le gustan las mamadas. ¿Por qué crees que es?
—¡Que bajes la voz, idiota! —insisto, acercándome a él para no susurrar a gritos.
Blair apoya ambas manos en el mostrador y me mira, todo músculos y sonrisas; y yo no sé a dónde mirar, si a una cosa o a la otra o a las dos a la vez.
Es hipnótico mire donde mire. No, no, no.
No puedo pensar en eso. La falta de sexo me tiene frito el cerebro, y las hormonas y la polla, también.
Pero soy un ser cabal y con autocontrol.
Lo soy. Y si me lo repito a mí mismo varias veces, me lo creeré.
—Bueno, pues será un rarito, no pasa nada.
Siempre es mejor ser un rarito básico que, no sé, un asesino en serie —digo lo más bajo que puedo, que ya vale de airear mi vida sentimental, o mi falta de ella, en medio de una pequeña librería de una pequeña ciudad donde todos se conocen y me conocen y conocen a mi padre y al novio de mi padre y…
—Si es o no un asesino en serie, no lo sabes.
Quizá es porque la tiene pequeña —replica Blair, y yo abro la boca para decir algo, pero las palabras se me atascan porque no sé cómo defender a un tío con el que ni siquiera he hablado.
Mi amigo se ríe—. ¿Qué? Pareces más asustado porque la tenga pequeña que porque mate a gente.
—No digas chorradas. Te miro mal a ti. Y no creo que mate gente.
—No creo, dice. —Blair se descojona.
—No sé por qué deduces que la tiene pequeña. Y, por cierto, me daría igual, que conste.
—Es que no se me ocurre otro motivo para que alguien ponga algo así en su bio, la verdad.
—Y dale. —Resoplo con fuerza.
—A todos los tíos nos gustan las mamadas. Eso es así. ¿Me dirás que no?
Sube y baja las cejas varias veces y yo lo empujo hacia atrás.
—Déjalo, anda, y vete a atender. —Le señalo la otra punta del mostrador, donde Archer parece pelearse con el programa de la librería.
Él se ríe y se pasa una mano por el pelo negro ondulado que ya le llega hasta la nuca.
Me pregunto cuándo fue la última vez que se lo cortó.
También me pregunto si está comiendo bien.
La camiseta blanca remangada hasta los codos le queda más holgada y los vaqueros le cuelgan un poco de las caderas, dejando ver parte del elástico de los calzoncillos cada vez que se agacha para colocar algo.
Se le siguen marcando los músculos de los brazos y el abdomen, pero ha bajado la masa muscular desde que dejó de ir al gimnasio a última hora y tiene la clavícula más marcada, y la mandíbula más afilada.
Sí, vale, me fijo mucho en él; más de lo que me gustaría.
Blair ha tardado meses en decidirse a contratar a alguien a tiempo completo.
Tiene a Alex, claro, su hermano gemelo —que no es mi alma gemela de nacimiento aunque también naciera el mismo día que yo—, que viene varias veces a la semana a ayudarlo cuando él tiene que hacer papeleo o simplemente necesita un respiro.
Desde que abrió ha estado hasta el culo de trabajo, pero no ha querido pedir más préstamos ni acudir a su familia; y quizá suena cabezota, pero a mí me parece más una cuestión de independencia, de autonomía. Y lo admiro por ello.
Blair quería cumplir el sueño que tenía desde pequeño: montar una librería acogedora donde a los clientes no solo les apeteciera comprar, sino quedarse un rato a leer, tal vez hablar con otros clientes, hacer un club le lectura…
Y lo ha hecho. Él solito. Y ahora La Librería, así se llama el próspero negocio de Blair Stanton, ha despegado y espero que vuele muy muy alto.
Vivimos en Eeriewood, una pequeña ciudad al sur de Inglaterra que nunca ha contado con una librería de este tipo; hay un par de las de toda la vida, donde también se encargan los libros de texto y el material escolar, y luego está el Langston Books incluso parece más alto de los diez centímetros que me saca desde que alcanzó la pubertad y le cambió la voz.
—¿Todo eso lo has sacado de una foto en la que ni siquiera se lo ve?
—Es el tono, Blair, el tono —intento explicar aun sabiendo cuál será su reacción—. No lo entenderías. La luz, la postura, el libro en las manos… Es todo él.
Se viene sermón, lo sé por el modo en que deja caer el peso del cuerpo en una pierna y se inclina hacia mí, todo fuego y determinación.
—A ver cómo te lo digo, Evan. En esa foto se ve más del cielo que de él; es una sombra, no se deducen esas intensidades.
Y que sepas, porque como eres nuevo en esto a lo mejor no lo sabes, que este tipo de aplicaciones sirven para hablar con gente, conectar, quedar y esperar que esos encuentros den lugar a… mamadas. O no siempre, según parece.
Aunque posiblemente lo ha dicho todo en el mismo tono, me da la impresión de que la palabra «mamadas» se ha oído más.
Si no, que se lo digan al señor de las gafas, que hasta ha levantado la cabeza, y al adolescente que se ha unido a él para mirar con fingida atención la única figura de la vitrina, un DeLorean de resina de Iron Studios.
Vale que es grande, pero solo hay una, no puede despertar tanto interés.
Son las mamadas. O la ausencia de ellas en mi vida, más bien.
—Soul Finder conecta a las personas por aficiones y gustos, por lo que tienen en común sin importar el físico. Y este chico tiene pinta de trascender lo físico, seguro que es un bohemio que estudió Literatura Inglesa y ama a Shakespeare.
—Yo estudié Literatura Inglesa y no amo a Shakespeare.
—Ya, pero tú eres tú. Eres un rebelde.
Blair me mira con el ceño fruncido y cierto aire de paciencia.
—Vale, a ver —dice tras un suspiro—. Y si no habláis, ¿por qué has llegado a su perfil? Además del rollo bucólico que te has montado.
—Porque tenemos muchas cosas en común; o eso dice Soul Finder: nos gustan los animales, nadar a la luz de la luna, la ciencia ficción…
—¿Perdona? ¿La ciencia ficción?
La carcajada que suelta me hace ruborizarme, también me cabrea.
—¿Qué? ¿Crees que ser tu acólito durante diez años, el tiempo que hace que te dio por todo lo CiFi, no me ha convertido en un experto en la materia? Pues lo soy. Sé más de viajes en el tiempo que Marty McFly.
Blair me sonríe y niega con la cabeza.
—No tienes que aparentar ser alguien que no eres para impresionar a un rándom de internet.
Que insinúe que quiero impresionar a alguien con eso, ¡con eso!, me cabrea todavía más. Porque parece que no me conoce cuando a veces creo que lo hace mejor que yo mismo.