Capítulo 43
Alba
Fui a hablar con Jacobo para poner las cartas sobre la mesa en relación con nuestro falso matrimonio. No quería que a mi hija le pasara lo mismo que a mí, porque yo no era mi padre y no lo iba a permitir, bajo ningún concepto.
Jacobo seguía viviendo en casa de sus padres, a pesar de tener el suficiente dinero como para estar viviendo en un palacio, pero, según él, nada como sentir el cariño de una madre cada noche. En realidad, tendría que decir que, como los mimos de su madre, no había nada.
Llegamos hasta allí y Braulio, el mayordomo, fue el encargado de abrirnos la puerta, aunque no con muy buena cara, la verdad. Esa era la primera barrera que tenía que flanquear y tenía los argumentos perfectos para hacerlo.
—Buenas tardes, Braulio.
—Buenas tardes, señorita Blanco. ¿En qué puedo ayudarla?
—Necesito hablar con Jacobo; es urgente.
—El señorito Jacobo se encuentra descansando de sus múltiples actividades y, hasta dentro de una hora, será imposible avisarle.
—Estoy aquí, Braulio. Deje pasar a la señorita —dijo él desde la escalera.
Braulio se apartó de la puerta, dejándome pasar. Habíamos acordado que tanto Sofía como Chicky se quedaron en la puerta, esperándome con mi hija, ya que no quería que entrara todavía en esta casa. Bueno, siendo sincera, ni en este momento ni nunca, pero eso tendríamos que negociarlo.
—Vayamos al despacho, porque intuyo que esta conversación va a ser más que eso: será un acuerdo de negocios.
—Veo que la intuición te funciona bien.
—Te veo mucho mejor, Alba, y eso me alegra. Aunque no te lo creas, yo también lo estoy pasando mal por lo de Raúl; al final, también es mi hermano.
—Mira, Jacobo, si quieres que esto llegue a buen puerto, lo primero que tenemos que evitar es la falsedad y la hipocresía.
—¿Acaso no me crees?
—Pues, como yo sí que voy a ser absolutamente sincera, no. No te creo. La desaparición de tu hermano ha sido como una salvación para ti.
—No soy tan malvado ni tengo tan mal corazón como piensas.
—Entonces, tendrás que demostrarlo. Pero primero, sentemos las bases de este acuerdo.
—Está bien, ¿qué es lo que me propones?
—En primer lugar, bueno, en realidad todo girará en torno a mi hija. Nunca serás su padre y le hablaré de su padre de verdad, aunque no me negaré a que la adoptes y le des tu apellido.
—Eso me parece algo razonable y no le veo el inconveniente. Puedes pasar a lo siguiente.
—Nuestro matrimonio tan solo será sobre el papel, dormiremos en habitaciones separadas y haremos vida completamente independiente. Tan solo me mostraré contigo en público cuando no haya más remedio.
—No estoy de acuerdo; yo también necesito tener un heredero. Tu hija no se va a quedar con todo. Y quiero que sea dentro del primer año de nuestro matrimonio.
—Eso se puede hacer sin tener intimidad, con una fecundación artificial. Te daré un heredero, pero no me tocarás un pelo.
—Lo estás haciendo más difícil de lo que es, pero bueno, no tendré ningún problema en tener sexo con otras mujeres si es eso lo que quieres.
—Tendrás que ser discreto. Al más mínimo escándalo, pido el divorcio.
—Ahora me toca a mí; yo también tengo algunas condiciones.
—Está bien, las escucho.
—Viviremos en esta casa, junto a mis padres; no quiero que mis hijos tengan a sus abuelos tan solo como una visita.
—Estás hablando en plural y yo tan solo he hablado de uno.
—Entiendo que querrás que trate a tu hija como si de mi propia hija se tratara y que no haga diferencias entre uno y otro; por eso no me he referido a mi heredero en singular.
—Está bien, has sabido captar mi objetivo principal en todo esto.
—Firmaremos un acuerdo prematrimonial. Si nos divorciamos o si a mí me pasa algo, no tendrás derecho a nada; solo lo tendrán los niños, a cargo de una persona que les administrará el dinero hasta que sean mayores de edad.
—No quiero nada, ni tuyo ni de nadie. Si estoy aquí, es por la niña, para que tenga una figura paterna, un referente, aunque sepa que el suyo estará siempre en mi corazón.
—Todo es cuestión de tiempo, Alba, y confío en que, cuando este pase, consigas fijarte en mí y podamos formar una familia de verdad.
Con todo aclarado, fijamos la boda para dentro de un mes. Sería algo sencillo, en una ceremonia religiosa, aunque tenía claro que de sencillo no tendría nada en cuanto Camila le metiera mano al asunto, pero en este punto todo me daba igual.
Faltaban dos días para la boda y Jacobo exigió que dejara mi casa y me mudara a la de sus padres. No era lo que hubiera querido, pero, en este punto, y sabiendo que me faltaba el pilar fundamental de mi vida, mientras que a mi hija la trataran bien, todo lo demás me daba igual.
Estaba en mi habitación, vistiendo a la niña para bajar a dar un paseo por el jardín con ella, cuando escuché a Chicky voceando y discutiendo con Braulio.
Cuando bajé, ya se había marchado. Sabía que no se habría ido del todo, que estaría por algún lugar del jardín, escondida y esperando a que yo bajara con la niña.
Por eso, en vez de increpar al mayordomo, lo que hice fue callarme y disimular, como si no me hubiera dado cuenta de nada, hasta que llegué al final de la escalera y me lo encontré de frente.
—Señorita Alba, el señor Jacobo me ha ordenado que no la deje salir de esta casa hasta el día de la boda, ni que pueda recibir visitas ni llamadas telefónicas.
—¿Me está secuestrando?
—Yo tan solo cumplo órdenes, señorita.
—Una orden que es un delito. ¿Está dispuesto a que lo denuncie?
La cara de Braulio era un poema; se debatía entre su deber moral, que era dejarme salir, y su deber como mayordomo, que era cumplir las órdenes que se le habían dado.
Estaba sola con mi hija en toda la casa, además del servicio, claro, porque ellos habían salido a ver el salón donde se celebraría la boda.
Mi «prometido» decía que, como yo no quería saber nada de la boda, nada más que lo que habíamos hablado, ellos se encargarían de todo, incluido el vestido de novia, que sería el que llevó su madre, con unos arreglos, porque su madre se casó con un vestido de la talla cuarenta y seis y yo tengo una treinta y ocho.
Aproveché un descuido y que la puerta continuaba abierta para salir de allí. Tal y como esperaba, Chicky estaba en el jardín, esperándome apoyada en su coche y, en cuanto me vio, abrió la puerta trasera. No me lo pensé.
—Ahora te daré la mejor de las noticias; bueno, la verás, pero sube, que tenemos que salir de aquí.
—¿Y las cosas de mi niña? Tengo todo ahí arriba, su ropa, sus pañales, hasta su cochecito.
—La compraremos de nuevo porque no pienso permitir que vuelvas a esta casa, nunca más, ni siquiera de visita.
—Ya hemos hablado de todo esto, Chicky, mi hija…
—Lo que necesita tu hija lo tendrá, pero no puedo decirte nada más.
Chicky fue conduciendo hasta la casa de Raúl, pero no sabía cómo iba a entrar, pues su querida madre había cambiado todas las cerraduras de la casa, tanto las de dentro como las de fuera.
Pero mi sorpresa fue que la verja ya estaba abierta y en el jardín esperaban Pablo, Daniel y Sofía, con una sonrisa en los labios.
No sabía a qué se debía tanta sonrisa ni tanto ajetreo hasta que me bajé del coche. Allí, sentado en el balancín del porche, estaba él, Raúl, con lágrimas en los ojos, pero también con una ilusión enorme que me atravesó el corazón.
Os prometo que pensé que estaba sufriendo una alucinación hasta que Sofía me habló y me quitó a la niña de los brazos. No sé lo que me dijo, porque fue como si todo a nuestro alrededor se hubiera difuminado, como si tan solo existiéramos él y yo, nada más.