Sí, quiero. ¿O no? Epílogo
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Epílogo

Alba

Diez años después…

Habían pasado ya diez años desde ese instante que nos cambió la vida a todos, empezando por mí y terminando por todos los que se vieron involucrados en esa gran mentira que habían ideado en torno a Raúl.

Ese día en el que nos volvimos a encontrar, nos llevamos un buen rato abrazados, sin hablar, sin un beso, tan solo sintiéndonos el uno al otro, como si ambos pensáramos que se trataba de un sueño y no quisiéramos despertar.

Nuestros amigos respetaron nuestro silencio y nuestro momento, apartándose a la parte trasera del jardín con nuestra hija. Cuando superamos eso, Raúl empezó a relatarme todo lo que había ocurrido y entendí el motivo por el que Braulio no me dejaba salir de la casa.

Me contó todo lo del accidente, la aparición de Cuca, con la mentira de que era su esposa, y su pérdida de memoria.

También me hizo partícipe de la manera en la que recobró la memoria y, aunque no voy a decir que no me doliera, porque sí que me dolió, lo entendí.

Al final, él pensaba que ella era su esposa.

Había avisado a Daniel, ya que era el único número que recordaba y, como no tenía móvil, fue la única opción. Comprendí entonces que esa mujer había llamado a Jacobo para ponerlo al tanto, lo que no pensaban era que Raúl ya se había adelantado.

Un año después de nuestro reencuentro, nos casamos y ahí sí que lucimos una sonrisa de lo más genuina. Raúl reconoció legalmente a la niña, por si volvía a pasar, para que nadie se quedara con lo que era suyo, y denunció los hechos ante la policía.

Se descubrió que tanto su hermano como sus padres estaban enterados de que seguía con vida e hicieron todo lo posible para que yo no lo supiera. Pero lo que no esperábamos es que Macarena también fuera conocedora de ese secreto.

Mi padre no se lo perdonó jamás y le pidió el divorcio.

Antes habían firmado unas capitulaciones matrimoniales, por lo que tan solo se marchó con sus cosas y con un pequeño apartamento que mi padre le había comprado.

Hasta la custodia fue para mi padre, entre otras cosas porque ella renunció incluso a las visitas.

Cuando le pregunté a mi padre por qué lo había hecho, fue muy claro; me dijo que había entendido que sus hijos estaban por encima de todo y que ella me había visto sufrir por la pérdida, dar a luz sola y casi consumirme en el dolor, sin hacer nada para evitarlo.

Pero nuestra boda no fue el único acontecimiento que tengo que contaros. Del viaje de luna de miel llegamos con uno más, eso sí, en mi vientre, que nació nueve meses después. Un precioso niño que recibió el nombre de Aitor y que era una fotocopia de su padre.

Dafne ya tenía diez años y hoy celebrábamos su cumpleaños. Siempre sería el ojito derecho de su padre y ella lo sabía. Tal y como había vaticinado Raúl cuando nos enteramos de que estaba embarazada, ella era igualita que yo, salvo el color de ojos y de cabello, que eran los de su padre.

A esta fiesta iban a acudir todos sus primos, porque sí, así llamaba a los hijos de nuestros amigos.

Sofía y Pablo fueron los primeros en anunciar su paternidad y lo hicieron en nuestra boda.

Ellos no se habían casado, pero eran padres de una niña, Alba, que tenía la misma edad que Aitor y del que era inseparable.

En cuanto a Chicky y Daniel, ellos sí pasaron por la vicaría y tenían trillizos, tres niños que contaban con cinco años y que recibían los nombres de Pablo, Daniel y Raúl. Éramos una gran familia, aunque no compartiéramos la misma sangre.

Mi hermano Alejandro ya contaba con casi la mayoría de edad, pero seguía sintiendo por mí el mismo amor que yo sentía por él.

Era un adolescente de lo más sensato y aplicado.

Estaba terminando segundo de bachillerato y tenía muy claro lo que quería estudiar: económicas, para ayudar a nuestro padre con el negocio.

Alfredo nos dejó hacía ya más de un año, producto de una larga y cruel enfermedad, y fue una pérdida que lamentamos muchísimo.

Todo su patrimonio me lo legó a mí, ya que no tenía más familiares.

Cuando escuchamos el testamento, casi me da un infarto porque no sabía qué iba a hacer con semejante fortuna.

Mi marido me ayudó a gestionarla y, en primer lugar, en la casa principal, fundamos una organización sin ánimo de lucro para los niños maltratados o en riesgo de exclusión, y que funcionaba de maravilla. De eso se encargaba Sofía junto con su equipo.

La agencia de viajes creció de tal manera que tuvimos que ampliarla, cogiendo también la planta de arriba, donde estaba mi casa de soltera, y que convertimos en oficinas, así como también tuvimos que contratar a mucho más personal.

De su gestión se encargaba Chicky, pues yo, cuando di a luz a Aitor, decidí que me tomaría un descanso, uno que dura ya siete años.

No es que no haga nada durante todo el día, sino que me dediqué a llevar la fundación y a sacarla adelante. La Fundación Alfredo Santisteban era un referente, pues organizábamos miles de actividades para los niños, así como actos benéficos en su favor.

Y aquí estaba, en mi jardín, pues seguíamos viviendo en la misma casa, mirando a los niños mientras intentaban partir la piñata que mi hermano había colgado de un gancho en una cuerda entre dos árboles.

—Estás embelesada, mi amor.

—Estoy feliz.

—Eso lo sé porque yo también lo estoy.

—Jamás pensé que encontraría en ti a mi familia, al amor de mi vida, como lo he hecho.

—El destino tiene un plan para cada uno de nosotros, aunque a veces nos parezca que es demasiado cruel; todo tiene un porqué.

—Pues sí.

—Mi amor, ¿quieres pasar el resto de tu vida conmigo, con nuestros hijos?

—Sí, quiero… ¿o no?

Ambos soltamos una carcajada porque desde que me lo pidió la primera vez, en cada cumpleaños de Dafne me hacía la misma pregunta, y yo respondía así, pero no porque no quisiera estar con él, sino por el tema de los hijos, que ambos decidimos educarlos en la libertad de tomar sus propias decisiones.

Tenía que volar, sabiendo que el nido siempre estaría abierto para cuando quisieran volver.