Sí, quiero. ¿O no? Capítulo 42
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Capítulo 42

Raúl

Un mes después de que despertara me dieron el alta, pero, según mi mujer, el médico había indicado que no podría volver a montar en avión hasta que no pasaran, al menos otro mes más, pues mi cerebro podría inflamarse de nuevo por la presión.

Mientras tanto, decidimos quedarnos en la misma casa en la que lo había hecho Cuca durante todos estos meses. Era muy bonita, no excesivamente grande, pero acogedora. Tenía un pequeño jardín porque el que me gustaba pasear y una entrada que daba directamente a la playa.

No se trataba de una playa privada, ni mucho menos, pero sí lo suficientemente independiente y solitaria como para darme un baño a primera hora de la mañana, cuando no había nadie que pudiera molestarme.

Llevaba unos días en los que me dolía mucho la cabeza, pero no quería decir nada por si no fueran a tener que ingresarme otra vez. La última vez que hablé con el doctor, me dijo que era normal, además de que era muy buena noticia, pues esos dolores solían terminar con la recuperación de la memoria.

Le pedía todos los días al cielo para que eso sucediera lo más pronto posible y empezaba a desesperarme porque no ocurría tan rápido como lo deseaba. Cuca, en cuanto le comentaba algo así, me decía que debía tener paciencia, la misma que ella estaba teniendo conmigo.

Desde que desperté, no habíamos pasado de algunos besos y abrazos; no me sentía con la suficiente convicción como para tener intimidad con ella. Era como si mi cuerpo supiera más que yo, como si él recordara algo que mi mente no hacía y la rechazara.

Me prometí a mí mismo que pondría todo de mi parte para que sucediera. Quizás era eso lo que necesitaba para volver a ser yo, recuperar la intimidad con mi esposa, tener un hijo, que era lo que más deseaba en este mundo, pero raramente conseguiría si seguía sin poder tener sexo con mi mujer.

En cuanto que subí de la playa, me obligué a mí mismo a entrar en la habitación, a despertarla con un beso, pero no uno breve como los que nos estábamos dando desde que había despertado, sino con uno que me hiciera sentir lujuria, que me provocara todo el deseo que, hasta el momento, no había sentido por esa mujer, mi mujer.

Tal y como entré, escuché el agua de la ducha caer y supe que era mi momento; si no lo conseguía ahora, no lo conseguiría nunca. Debo reconocer que mi mujer tenía un cuerpo espectacular, unos pechos turgentes y un trasero duro que llamaría la atención de cualquiera.

—Vaya, esto sí que no me lo esperaba. ¿Te unes a mí en la ducha?

—Eso mismo era lo que estaba pensando.

Me desnudé en unos segundos, abrí la mampara de la ducha y entré en su interior, donde ya me esperaba Cuca, completamente desnuda, un deleite para mi vista. Mi miembro empezó a cobrar forma, tanto en tamaño como en dureza, y eso me gustó, aunque no tanto como a ella.

Cuca se arrodilló delante de mí, tomando mi pene con una mano, mientras que, con la otra, acariciaba mis testículos, haciéndome sentir demasiado bien, sobre todo cuando se la metió en la boca.

Fue en ese momento cuando tuve que cerrar los ojos, pues una punzada de dolor me atravesó la cabeza de un lado a otro.

Por un momento, una imagen similar me vino a la mente, pero no era ella, no era mi mujer. ¿Sería que tenía una amante? Por un momento me tensé y ella se dio cuenta, por lo que se empleó a fondo. No quise sacarla de su boca y, cuando alcancé el clímax, no fue su nombre el que salió de mis labios.

—Alba…

—¿Qué has dicho?

Su tono, el nombre de esa mujer, no sé en realidad cuál fue el detonante, pero todo acudió a mi cabeza a tropel. Todos mis recuerdos, mi prometida, su embarazo, mi trabajo, y hasta mi nombre, haciendo que casi perdiera el conocimiento de nuevo.

—¡Me has mentido!

—Esa mujer no te merecía; soy yo la que lo ha perdido todo por su culpa, la que se merece vivir a tu lado.

—Suéltame; ahora mismo me vuelvo al hotel. A mi hotel, desde donde me pondré en contacto con los míos y desde el que buscaré la manera de recuperar mi documentación para volver a España.

—Eso te llevará meses. Cuando llegues, tu novia ya no estará disponible. Debes saber que te cree muerto y que se va a casar con tu hermano.

—Eso no va a suceder en la vida, no si yo puedo impedirlo.

Salí de allí y me vestí con lo primero que cogí; tampoco tenía mucho donde elegir y puse rumbo al hotel. Paré un coche para que me recogiera, pues Cuca había elegido bien el alojamiento, lejos del hotel, para que nadie pudiera reconocerme.

Uno de los vecinos se ofreció a llevarme y le prometí que se lo compensaría, ya que su situación económica no era muy boyante, que digamos. En cuanto que entré por la recepción, a la pobre chica que estaba allí casi le da un infarto, perdiendo hasta el conocimiento por el susto que se llevó.

—Señor Trechera, ¿es usted?

—Soy yo, Samuel, y le agradecería que me llevara un café a mi despacho; tengo que hacer unas llamadas importantes. Luego, reúna a todo el personal en el salón nupcial, pero dentro de una hora, por favor.

—Ahora mismo, señor. Me alegro de verle de vuelta, aunque lo noto un tanto cambiado.

—No sabe cuánto lo he hecho. Samuel, otra cosa.

—Dígame, señor.

—No le diga a nadie que he vuelto, no todavía, por favor.

—No se preocupe, que de mi boca no saldrá nada.

Intenté que me vieran las menos personas posibles, y lo conseguí, al menos directamente, ya que no me crucé con nadie más. Entré en mi despacho, que seguía tal y como yo lo había dejado, a excepción de mi teléfono móvil, que se había perdido en el accidente.

Ni siquiera me fijé en que en España sería de madrugada, pero no podía esperar más tiempo y por eso marqué el número de Daniel, que era el único que me sabía de memoria. Esperaba que me contestara, que no estuviera demasiado ocupado con Chicky y me dejara esperando.

—¿Quién llama a estas horas?

—Daniel, soy yo, Raúl.

—Si es una broma, no tiene ni puta gracia.

—Sé que han pasado tres meses desde que hablamos por última vez, pero no esperaba que hubieras olvidado mi voz. Aunque, claro, puede ser producto del sueño, nunca te ha gustado madrugar.

—Raúl… es verdad, eres tú. ¿Qué ha pasado para que no hayamos sabido nada de ti?

—Es una larga historia que no me puedo entretener ahora mismo en contarte. Pero te haré un resumen: los detalles, cuando estemos cara a cara.

Empecé a contarle lo que me había sucedido: cómo salí disparado por la ventana y cómo me había encontrado con un escalador. También le conté la treta de Cuca, dejándolo con la boca abierta, completamente sorprendido.

—Necesito tu ayuda para volver lo antes posible.

—Dime qué necesitas y te lo haré llegar. No lo dudes.

—Para empezar, quiero que le cuentes todo a Alba…

—Se casa con Jacobo este fin de semana; tendrás que darte prisa.

—Mi hermano lo ha conseguido…

—No es lo que estás pensando, Raúl. Lo hace para proteger a tu hija. Tus padres se lo quitaron todo; ni las cosas de la niña le dejaron sacar.

—Eso no puede ser; no me habían declarado muerto; no podían todavía.

—No, oficialmente sigues desaparecido, pero eso no le ha supuesto ningún impedimento para echarla de tu casa. Aprovecharon su dolor y el amor que siente por ti para actuar según su conveniencia.

—Tengo que volver ya, pero no tengo documentación. Se quemó con el autobús.

—Hablaré con la embajada de España en República Dominicana y te buscaré un vuelo para acá en cuanto que la hayas recuperado.

—Gracias, amigo, y protege a mi mujer, por favor.

—Lo haré. Hablaré con Chicky para que se acerque a su casa. Si la visita ella, será menos sospechoso que si lo hago yo.

Me despedí de mi amigo, con la incertidumbre de si iba a poder evitar la boda con mi hermano o si ya era demasiado tarde para hacerlo, pero no quería pensar en eso en este momento. Tenía que centrar mis esfuerzos en conseguir volver a casa lo antes posible; desde aquí no podía hacer nada.

Bajé al salón donde había quedado con mis empleados, que, al verme entrar, empezaron a murmurar, como si estuvieran viendo un fantasma, y eso me provocó una sonrisa. Por supuesto, lo primero que le dije a Samuel fue que no permitiera la entrada al hotel a esa mujer, a Cuca; no quería más sorpresas.

A continuación, me dispuse a contarles a todos lo que había sucedido para que nadie más se asustara en mi presencia y volví a mi despacho, donde esperaría las noticias de mi amigo.