Sí, quiero. ¿O no? Capítulo 41
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Capítulo 41

Alba

Dos meses habían pasado desde ese fatídico día en el que perdimos a Raúl, aunque, oficialmente, tan solo estaba desaparecido.

Mi hija ya había nacido y me sentí tan sola en aquel paritorio que no se lo deseo a nadie, a pesar de que mi amiga estuvo conmigo, sujetando mi mano como debía haber hecho mi prometido.

Me levantaba cada día por ella, por Dafne, a la que todo el mundo quiso cambiarle el nombre, empezando por sus abuelos paternos y terminando por mi madrastra, pero no lo consentí.

Ese era el nombre que su padre había elegido para ella, y así se llamaría, a pesar de que todavía no la habíamos bautizado.

Salí de aquella casa en el mismo momento en el que decidí no seguir los consejos de ninguno de ellos, pues su madre me puso de patitas en la calle.

Ni la cuna me dejó que me llevara. Por suerte, continuaba teniendo mi casa, la que estaba en el mismo edificio, y mi padre se encargó de que estuviera amueblada en el momento en el que tuve que volver.

Jacobo seguía insistiendo en que debería casarme con él, para que mi hija tuviera un apellido y no apareciera registrada tan solo con el mío, porque, como podéis imaginar, mis queridos suegros no me permitieron registrarla con el apellido de su padre.

En el momento en el que se enteraron de que su hijo tenía una fortuna y que no había dejado testamento, se adueñaron de todo, dejándome con una mano delante y otra detrás.

Ya no les interesaba conocer a la niña, verla crecer porque era el fruto de su hijo, tal y como me hicieron creer cuando se enteraron de que mi prometido había desaparecido.

Yo actuaba como un robot: me levantaba cada vez que necesitaba alimentar a mi hija, la bañaba, le cambiaba el pañal y la volvía a poner en su cuna, volviendo a meterme en la cama a llorar, y así eran todos los días.

Me alimentaba de algo de sopa y poco más, y a la fuerza, porque tanto Sofía como Chicky me obligaban.

Eran ellas las que sacaban a mi hija a pasear a diario por el parque, o mi padre, que también lo hacía de vez en cuando, sobre todo cuando mi hermano quería venir a verme y aunque eso le supusiera una bronca con su mujer.

Ese día me encontraba sola cuando llamaron a la puerta. Pensé que era alguna de mis amigas que había sacado a pasear a la niña, pero me equivoqué: se trataba de Macarena, la persona que menos me apetecía ver en ese momento y a la que casi le cerré la puerta en la cara.

—Me acusaste una vez de ser mala madre y no veo que tú seas mejor que yo en ninguno de los aspectos.

—Si has venido para insultarme, haz lo que quieras, porque me da igual; no tengo ganas ni fuerzas para contestarte.

—He venido para que abras los ojos, Alba. Esa niña necesita un padre y una madre, que la guíen, no unas amigas que la saquen al parque.

—Su madre la tiene, aunque ahora mismo no sea capaz ni de tenerme en pie. A su padre, por desgracia, no lo tendrá nunca.

—Porque tú no quieres, Alba. Jacobo podría ser un buen padre para esa niña y le daría el apellido que debería tener; eso sin contar con que podrías volver a vivir en una casa en condiciones, no en esta caja de zapatos.

—Mi corazón no le pertenece. Si me planteé alguna vez casarme fue porque me enamoré de Raúl; si él no está, no le veo sentido a ninguna boda.

—Nadie te ha dicho que te enamores de él; puedes casarte y vivir bajo el mismo techo, con la seguridad de un marido, pero sin tener que compartir el lecho conyugal.

—Sal de aquí ahora mismo, Macarena; quiero volver a la cama y me lo estás impidiendo.

—Si no quieres hacerlo por ti, piensa en el futuro de esa niña, en todo lo que le estás quitando, que, por ley, le pertenece.

Macarena se levantó de la silla en la que permanecía sentada, se dirigió hasta la puerta y se marchó, dejándome allí, sentada en el sofá y con sus palabras resonando en mi cabeza en bucle, como si no pudiera pararlas.

¿Y si estaba en lo cierto? ¿Y si estaba actuando de manera egoísta y no era una buena madre? No, eso no podía ser así; si me casaba con alguien, debía ser por amor, no porque quisiera protección. Siempre había estado sola y había salido adelante, y ahora también lo conseguiría.

En esa postura me encontraron mis amigas, que, al abrir la puerta y verme levantada, se pusieron a dar gritos de alegría, que mi hija recibió con un gorgorito.

Ni siquiera me había parado a mirar a quién se parecía; no podía: me hacía demasiado daño, pero esto tenía que cambiar y lo haría desde este mismo momento.

—Casi me da un infarto cuando te he visto ahí sentada —me dijo Sofía.

—Pues yo, ni te cuento. Pensé que estaba viendo visiones —añadió Chicky.

—Ni una cosa ni la otra, ha venido Macarena.

—¿Qué quería la bruja esa? —preguntó una de mis amigas.

Les conté todo lo que me había dicho, y noté cómo se miraban entre ellas, como dándole la razón a mi madrastra, aunque sabía que no en su totalidad, y por eso las miré en cuanto que terminé de hablar. Ellas se mantenían en completo silencio, uno que no podía soportar.

—¿Vais a decirme algo ya o tendré que esperar hasta el año que viene?

—¿Seguro que quieres que te digamos la verdad? —preguntó Sofía.

—Sí, y sin paños calientes —respondí.

—Entonces, empezaré yo. La niña por supuesto que te necesita, al igual que también necesitará una figura paterna, que no tiene por qué ser Jacobo, porque no podrías enamorarte de él en la vida.

—No, esa figura paterna tiene que ser un hombre del que te enamores, y con eso no te estoy diciendo que lo hagas mañana mismo, Alba —añadió Chicky.

—No me volveré a enamorar; no sería justo para esa persona, porque jamás lo podré querer como quise a Raúl. Por eso, creo que lo mejor será que empiece a plantearme eso de casarme con Jacobo.

—Pero no será un matrimonio al uso, no tendrás más hijos, no sentirás de nuevo la pasión y eres muy joven para vivir así, Alba —me dijo Sofía.

—Eso no sería vivir, sería sobrevivir, amiga —me dijo mi otra amiga.

—¿No os dais cuenta de que es eso lo que realmente quiero? Sí que quería sentirme deseada, amada y colmada de cariño, pero tan solo por Raúl; no quiero sentirme así por nadie más que no sea él.

Mientras que hablaba, mis lágrimas iban cayendo una detrás de otra, de tal manera que era como si mi alma también se estuviera despidiendo de todo lo que mi prometido me había hecho sentir, como si ya no me permitiera volver a ser la de antes.

Mis amigas me abrazaron, pero no sin antes poner a mi hija en mis brazos, que me miraba como si fuera una extraña, y eso fue lo que me hizo terminar de reaccionar.

Mi hija se merecía vivir una vida cómoda, con todo el amor de una madre, y se lo iba a dar, aunque me costara el sacrificio de poner toda mi vida en manos de esas personas.

Al fin y al cabo, ya no quería nada más que su felicidad.

Por un momento recordé lo que había hecho mi padre cuando mi madre falleció y lo entendí. Lo único que él quería era que la figura materna siguiera presente en mi vida, aunque no eligiera a la mujer adecuada, aunque se equivocara, pero tan solo había querido protegerme en ese sentido.

Me limpié las lágrimas que seguían resbalando y abracé a mi hija como si fuera mi salvavidas, que, en cierto modo, sí que lo era.

—¿Me aguantáis a Dafne mientras que me ducho?

—Por supuesto, amiga, y quítate ya el pijama, por favor.

—Lo haré, no lo dudes.

Me metí en la ducha y dejé que el agua resbalara por todo mi cuerpo, limpiando no solo el sudor de mi cuerpo, sino también la suciedad de mi alma, y me sentí mucho mejor.

Por fin había entendido que no se trataba de mí, sino de mi hija y ese consejo se lo tenía que agradecer a Macarena, que había sido la que me había abierto los ojos.

No me puse un traje de fiesta, ni siquiera usé un vestido, sino que me puse un pantalón vaquero y un jersey finito, pues empezaba a hacer buen tiempo; me recogí el cabello en una coleta y salí al salón, donde ya estaban mis amigas esperándome.

—Quiero hablar con Jacobo; tengo que sentar unas bases antes de aceptar su propuesta.

—Vamos contigo; así nos ocupamos de la niña.