Sí, quiero. ¿O no? Capítulo 40
91%

Capítulo 40

Raúl

Me levanté aquella mañana algo agobiado, y no solo por el trabajo. Había coincidido aquí con Cuca, a la que le costó entender que no quería acostarme con ella, que era feliz con mi prometida y que lo único que me impulsaba a levantarme cada día eran ella y mi hija, esa que nacería muy pronto.

Desde recepción me avisaron de que había un problema en una de las excursiones que ofrecíamos a nuestros clientes y quise comprobar in situ de qué se trataba; por eso, decidí embarcarme en el mismo autobús que los excursionistas.

Al llegar a una curva, el autobús patinó, cayendo por una especie de barranco no muy alto, pero sí demasiado empinado, dando mil vueltas de campana. En una de esas vueltas que dio el autobús, salí despedido por una ventana, dándome un fuerte golpe en la cabeza que hizo que todo se volviera negro.

Me desperté en la habitación de un hospital, con olor a desinfectante y rodeado de máquinas.

Quise recordar algo, lo que me había llevado hasta allí, lo que había sucedido, pero no lo lograba y empezaba a desesperarme.

En una de las ocasiones, una de las máquinas empezó a pitar de manera continua y me asusté.

—Bueno, vemos que el bello durmiente ya se ha despertado.

—¿El Bello Durmiente? ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—Dos meses. Le pusimos ese nombre porque no sabemos quién eres.

—Yo…

No pude seguir porque no recordaba ni mi nombre y eso me alteró de nuevo, haciendo que la dichosa máquina empezara a sonar de nuevo. La enfermera se dio cuenta de lo que me ocurría y, por ello, se acercó hasta mi cama, donde intentó tranquilizarme.

—Eso que está ocurriendo en tu cabeza es lo más normal.

—No recuerdo ni mi nombre.

—Ya lo hará, pero será mejor que hables con el doctor; él te lo aclarará mejor que yo.

—Estoy empezando a desesperarme; esperaba que, cuando pasaran unos minutos, lo recordaría todo.

—Voy a avisar al doctor de que has despertado; dame un momento.

Me quedé de nuevo solo en aquella habitación, con el sonido inquietante de aquellas máquinas a las que estaba conectado, cuando se abrió la puerta de nuevo, entrando por ella el doctor con la enfermera, que venía con una sonrisa en los labios.

—Señor Gutiérrez, está de suerte —me indicó el doctor.

—¿Quién es el señor Gutiérrez?

—Usted, su nombre es Rafael Gutiérrez. Y nos acabamos de enterar.

—¿Cómo lo sabéis?

—Pues muy sencillo, ha llegado una mujer que dice ser su esposa, con una foto suya. En el momento en que le hemos dicho que no recuerda nada, nos ha dicho su nombre.

—¿Puedo verla?

—Claro, pero antes, déjeme explicarle lo sucedido. Llegó aquí hace dos meses; un escalador lo encontró en uno de los claros del barranco, con una fuerte herida en la cabeza e inconsciente.

—¿Qué fue lo que me sucedió?

—Tuvo un accidente de autobús. Según su mujer, estaban aquí de luna de miel y ella esa mañana se sintió algo indispuesta, por lo que prefirió quedarse en el hotel y le dijo a usted que hiciera esa excursión.

—¿Ella está bien?

—Sí, pero será mejor que se lo cuente ella misma. Antes, debo advertirle que quizás no la reconozca, que se sentirá confuso y aturdido, pero le aseguro que volverá a recuperar su memoria, aunque tarde un tiempo en hacerlo.

—¿Cuánto tiempo?

—Eso no se sabe, Rafael. Lo mismo pueden ser días, que meses, que…

—Que años ¿no? ¿No es eso lo que iba a decir?

—Pues sí. El cerebro humano es un tanto complejo, señor Gutiérrez.

—Entonces, tendré que armarme de paciencia, porque no pienso dejar que esto sea un impedimento. ¿Le puede decir a mi mujer que entre, por favor?

—Ahora mismo, y esa es la actitud. Le mantendremos la máquina que controla las constantes un poquito más de tiempo, por si las moscas. Mañana, si todo va bien, se la retiraremos.

—Gracias, doctor.

El médico y la enfermera salieron de la habitación para darle paso a una mujer bellísima, de unos treinta y pocos años, que me miraba con todo el amor con el que una mujer puede mirar a su pareja.

No me resultaba del todo desconocida; era como si mi mente la reconociera de otros tiempos, pero algo no me cuadraba.

No era amor lo que mi corazón me decía que sentía por ella, pero tal y como me había dicho el doctor antes de marcharse, quizás ese era el tipo de confusión al que se estaba refiriendo, así que no me quise preocupar ni estar pendiente de esos detalles.

Si no fuera así, ella no me estaría mirando de esta manera.

—Mi amor, creí de verdad que te había perdido para siempre. Llevo dos meses buscándote.

—Yo…

—Lo sé, sé que no recuerdas nada, pero yo te ayudaré a que lo hagas, te lo prometo.

Las lágrimas caían por sus mejillas de una manera sincera, como si todo lo que me estaba diciendo y sintiendo fuera cierto, así que le abrí mis brazos para que viniera hasta mí y pudiera abrazarla.

No tenía intención de ir más lejos, no hasta que mi corazón no me dijera que ella era la mujer a la que amaba.

Me abrazó y lloró sobre mi pecho, pero no sé cómo explicar lo que sentí. Siempre había pensado que, cuando se amaba a una persona, al estar entre sus brazos te sentías en casa, y no era hogar lo que yo estaba sintiendo en ese momento.

Creo que ella se dio cuenta porque inmediatamente se separó de mí, pero no con actitud de enfado, sino con una completamente diferente. Era como si me quisiera dejar espacio hasta que mis recuerdos volvieran, pero no se lo permití y la apreté de nuevo contra mi pecho.

—Lo siento y te pido paciencia. No recuerdo nada; todo esto es tan confuso y tan extraño.

—Lo entiendo y tendré toda la paciencia del mundo.

—Estoy como loco por salir de aquí, volver a casa y recuperar todos mis recuerdos.

—No podemos viajar a España todavía, Rafael. Tu salud es lo primero.

—¿Vivíamos en España?

—Sí, en una bonita ciudad que se llama Valencia, en una casita al pie del mar, ese que podíamos contemplar cada mañana desde la ventana de nuestro dormitorio.

—No lo recuerdo, ni siquiera sé cómo te llamas, aunque me avergüence reconocerlo.

—Joder, ni yo tampoco había caído en eso. Me llamo Pilar, pero todo el mundo me dice Cuca, tú incluido.

—Cuca… lo cierto es que ese nombre me resulta de lo más familiar, la verdad.

—Llevamos mucho tiempo juntos, al principio como algo esporádico, pero después…

Me contó que después de vernos un tiempo, ambos abrimos nuestro corazón al otro y decidimos dar rienda suelta a lo que sentíamos, contrayendo matrimonio un año después, en una bonita iglesia de nuestra ciudad y con pocos invitados, puesto que yo no tenía familia y ella tan solo tenía a un buen amigo, que ejerció de padrino.

También me dijo que lo celebramos en el jardín de nuestra casa, con un catering que trajimos de un restaurante cercano, incluso me mostró fotos de ella vestida de novia, y que llevaba en el teléfono, aunque en ninguna salíamos los dos juntos.

—No soportas las fotos y las únicas que tenemos juntos son las que están en casa, ya que mi amigo se encargó de recogerlas.

—Bueno, eso puede cuadrarme, porque si estábamos de luna de miel…

—Aquí tampoco has querido hacerte ninguna, Rafa; siempre me las hacías a mí. Mira.

Me entregó su teléfono móvil y, en cuanto me fijé en la galería, tan solo estaban las fotos de ella, en todas las posturas y en diferentes enclaves, unos que no reconocía, como también era natural, pues no había visto más que esas cuatro paredes desde que había despertado.

Cuca me contó que estaba alojada en una pequeña casita cerca de la playa, ya que el hotel se nos iba de presupuesto.

Quise preguntarle a qué me dedicaba, pero me daba igual, porque por mucho que me dijera, no sabría cómo hacer nada ni lo recordaría, así que, en vez de preguntar y agobiarme más, lo dejé pasar.

Los días fueron pasando y Cuca tan solo se movía de mi lado para ir a ducharse y a cambiarse de ropa. Los médicos le aconsejaron que no me contara nada del pasado, que mi mente debía trabajar sola, y por eso no lo hacía; me dejaba a mi aire.

Eso no significaba que no me hablara de nosotros, pero sin entrar en más detalles de lo que ya me había contado, aunque algún episodio en el que terminamos a carcajadas sí que hubo, y eso me tranquilizó muchísimo.

Poco a poco era como si me fuera acostumbrando a ella, de nuevo, como si la volviera a ver y la vida me diera una segunda oportunidad de enamorarme, pero tampoco es esa la palabra que yo elegiría para definirlo.