Sí, quiero. ¿O no? Capítulo 39
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Capítulo 39

Alba

Esa mañana me levanté con una extraña sensación. Quise llamar a Raúl; escuchar su voz me tranquilizaba, pero no lo hice, pues allí sería de madrugada; prefería esperar a que me llamara él esa noche, como lo había hecho todas y cada una de las que habíamos estado separados.

Llevaba ya casi dos semanas en República Dominicana y se suponía que volvería en dos días a casa. El tiempo se me estaba haciendo eterno; no lo podía negar y tenía unas ganas enormes de que llegara el momento de tenerlo de vuelta.

Bajé a la cocina, donde Catalina ya llevaba un buen rato trajinando. Me apoyé en el quicio, pues me sentí como mareada, y ella lo notó, acudiendo a mí en el momento en el que posó sus ojos en mí.

—¿Qué te ocurre, Alba?

—No lo sé; me he mareado un poco. Me he levantado con una sensación un poquito extraña.

—No vayas a empezar de nuevo; no es bueno ni para ti ni para el bebé.

—Lo sé, pero me muero de ganas de escuchar de nuevo su voz, porque vuelva a casa. Estos días se me están haciendo eternos.

—Ya queda poco; según me has contado, volverá el domingo, ¿verdad?

—Sí, y no veo el momento de que eso ocurra.

—Venga, Alba, que ya es viernes.

—¿Tú por qué te has levantado tan temprano?

—Me he levantado a la misma hora de siempre, pero como me he ahorrado el tiempo del trayecto…

—Pues, a partir de ahora, duerme el tiempo del trayecto, incluso un poquito más, si puedes.

—Tengo la hora cogida; es inevitable poder dormir más tiempo.

—Seguro que no has desayunado nada todavía.

—Pues no, te estaba esperando.

—Entonces, vamos a sentarnos, que me cruje el estómago; esta niña cada vez requiere más comida.

Catalina me acompañó a la mesa, pues seguía mareada, aunque esa no era la palabra exacta para definir cómo me sentía.

Era un mal presentimiento lo que realmente tenía y eso hacía que mi cuerpo reaccionara de esa manera.

Me había sentido así en otra ocasión, y fue cuando mi madre falleció, pero no quería ni pensar en eso.

Mi bebé se movía en mi vientre, y lo notaba, así que, por ese lado estaba tranquila, no era eso lo que me preocupaba, además, me quedaban todavía cuatro semanas para salir de cuentas.

Me senté a desayunar con Catalina, que había preparado leche con cacao para las dos y un par de tostadas con mermelada casera de fresa, que compraba a un chico del mercado.

—Tengo que decir que esta mermelada está deliciosa y a mi hija le encanta, a juzgar por cómo se mueve cuando la como.

—Pero eso no es porque le guste o le deje de gustar, es por el azúcar, que altera a los bebés.

—Hija, qué manera de tirar por tierra mis ganas de comerme otra.

—Pues, hija mía, no tienes más que decirlo, sin buscar excusas.

Soltamos una carcajada que alivió en gran medida mi inquietud, y pensé que lo mismo y era el hambre, o la necesidad que tenía de tomar azúcar porque tuviera los niveles bajos. Cualquier cosa menos seguir pensando que a Raúl le pudiera pasarle algo.

El día transcurrió de manera lenta y tortuosa, y supe que era algo que me provocaba el simple hecho de esperar la llamada de mi chico, la necesidad de escuchar su voz diciéndome que volvía a casa, que se moría por darme un beso y un abrazo.

Y llegó la hora en la que Raúl me llamaba, y mi teléfono no sonaba.

Esperé un buen rato, pensando que lo mismo y se había quedado dormido, pero seguía sin llamarme, y mis nervios empezaban a ponerse de punta.

Catalina, que vio que la luz de mi habitación seguía encendida, pero que no escuchaba mi voz, abrió la puerta, asomándose a ella.

—¿Te ocurre algo, Alba?

—Es Raúl, no me ha llamado.

—¿A la hora que es y todavía no lo ha hecho?

—No tengo ni idea de qué hora es, porque mis nervios no me han dejado que mire el reloj.

—Son las cuatro de la mañana, Alba. Lo mismo y ha tenido una reunión urgente, o le ha surgido cualquier cosa que ha requerido su atención y no ha podido llamarte.

—Me hubiera enviado un mensaje para que me quedara tranquila, te lo aseguro.

—Entonces, llámalo tú y averigua lo que ha sucedido.

—Sí, eso voy a hacer.

Cogí mi móvil, respiré hondo y marqué su número, que me daba apagado o fuera de cobertura.

No os puedo decir las veces que lo intenté, hasta el punto de que me temblaban las manos y casi estrello el teléfono contra el suelo.

Catalina me miraba, sin saber qué hacer o qué decir, y se sentó a mi lado, dándome un abrazo.

Esa noche no dormimos ninguna de las dos.

Yo tenía un dolor en el pecho que me estaba ahogando y veíamos cómo los primeros rayos del sol empezaban a entrar por la ventana.

Justo cuando eso ocurría, cuando el reloj marcaba las siete de la mañana, el timbre de mi casa empezó a sonar de manera insistente.

—Tranquila, yo bajo a abrir.

—Gracias, Catalina.

—No hay de qué; es mi trabajo. Además, te voy a preparar una infusión relajante que te vendrá bien.

—Lo único que me vendría bien en estos momentos es escuchar la voz de Raúl, o que fuera él mismo el que llamaba a la puerta, que hubiera perdido las llaves.

Estas últimas palabras las dije estando ya sola, pues Catalina dijo lo de la infusión desde el pasillo, así que no esperaba que hubiera escuchado nada de lo que había dicho.

No esperé a que ella subiera, sino que bajé al salón.

Continuaba con la ropa del día anterior, ya que no había tenido fuerzas ni para ducharme.

Allí, en el salón, se encontraba Daniel, con los ojos rojos de llorar y visiblemente nervioso.

Supe, de inmediato, que algo había sucedido y que no era nada bueno.

Ojalá y todo fueran suposiciones mías, o que se tratara de algo material, como cuando se incendió la agencia, pero que no fuera nada relacionado con lo que estaba pensando.

—Alba, yo…

—Ve al grano, Daniel, llevo toda la noche intentando hablar con Raúl y no lo he conseguido.

—Raúl iba ayer en un autobús, rumbo a una de las localizaciones que se ofertan en el hotel, y que es la que ha causado su viaje, cuando se ha despeñado por un barranco. Por lo que se conoce, ha salido ardiendo y no tienen más datos.

Os prometo que el mundo se abrió a mis pies. Creo que casi dejé de respirar, o al menos no me entraba el aire en los pulmones como yo necesitaba, y, en un momento determinado, perdí el conocimiento.

No me lo podía creer; Raúl no me podía abandonar de esa manera. Mis lágrimas caían sin control por mis mejillas, aun sin ser consciente de ello. Miré a Daniel, que estaba preocupado; se le notaba en la mirada, mientras que Catalina me ponía paños húmedos en la frente.

—Me prometió que volvería y él nunca promete nada que no vaya a poder cumplir —dije, llorando.

—Y si hubiera sido por él, ya estaría de vuelta, te lo aseguro —me contestó Daniel.

—Me dijo que estaría en el nacimiento de nuestra hija, que no se lo perdería por nada en el mundo.

—Alba, no sigas por ese camino, de verdad. No te hace bien ni a ti ni a la niña —me aconsejó Catalina.

—Quiero ir hasta allí; quiero ver dónde está mi novio, el padre de mi hija.

—No irás. Si Raúl lo hubiera querido, te habría llevado con él, y no lo ha hecho porque no quería ponerte en peligro, ni a ti, ni a la niña —esta vez, el que habló fue Daniel, y de manera tajante.

—Quiero ir.

—¿Quieres perder también a tu hija? ¿No te importa el daño que le puedes hacer a lo que te ha dejado Raúl? Sé que te duele porque a mí también lo hace, pero no creo que seas tan inconsciente como para hacer eso.

—¿Me vas a comparar el dolor de perder al amor de tu vida con el de perder a tu mejor amigo?

—No, porque no se pueden comparar; son dos cariños diferentes, pero igual de intensos. Pero que te quede clara una cosa: yo no he perdido a mi mejor amigo; he perdido a un hermano, aunque no lleve mi sangre.

Daniel me dejó sin palabras cuando pronunció eso, pero sentía tanto dolor en el alma que ni siquiera le pedí perdón; no me salía absolutamente nada.