Capítulo 38
Alba
Pasamos la mejor noche de nuestras vidas, os lo puedo asegurar, pero no quería quedarme dormida antes de que se marchara, pues sabía que, si lo hacía, Raúl no me despertaría y se marcharía sin darme ese beso que necesitaba.
Eran las cinco de la mañana cuando lo escuché levantarse de la cama. Su avión salía a las nueve y tenía que estar dos horas antes en el aeropuerto, por lo que iba a darse una ducha y empezaría a vestirse para llegar a tiempo.
Lo observé mientras se levantaba intentando no hacer ruido, para no despertarme, y lo dejé hacer. Tan solo cuando se metió en la ducha, me levanté de la cama y me dirigí hasta el cuarto de baño. Abrí la mampara y entré con él, que se sorprendió al verme ahí, completamente desnuda.
—¿No se supone que tendrías que estar durmiendo?
—¿No se supone que me ibas a despertar antes de marcharte?
—Todavía no me he marchado.
—Pues yo todavía no había cogido el sueño y pensaba si tendrías tiempo para cansarme un poquito y que pudiera dormir a pierna suelta.
Raúl soltó una carcajada mientras que me pegaba a la pared para besarme. Cada vez nos costaba un poquito más abrazarnos debido a mi abultado vientre, pero hasta ahora, habíamos encontrado la manera de hacerlo.
—Eres única, y sí, tengo tiempo de cansarte un poquito, pero me temo que será algo rápido o llegaré tarde y no me dejarán embarcar en el avión.
—Soy toda tuya, el tiempo que sea, pero procura dejarme bien satisfecha, porque me tendrá que durar dos semanas, al menos.
Raúl volvió a reír, pero se puso manos a la obra de manera inmediata, y vaya si me dejó satisfecha, no para dos semanas, por lo menos, para un año. Me ayudó a secarme y a vestirme, antes de dejarme de nuevo en la cama, con un beso que me llegó al alma, y él lo supo.
—Te echaré de menos, mi vida.
—Yo también. Prométeme que me llamarás a diario.
—Lo haré, aunque tenga que levantarme a primera hora de la mañana para hacerlo.
—Si me llamas a las doce de la noche de aquí, allí serán las siete de la mañana.
—¿Has investigado? ¿Cuándo? Si no te ha dado tiempo a hacerlo.
—Mientras que tú preparabas la maleta, antes de quedarme dormida.
—Está bien, tú aguantarás hasta las doce sin dormir y yo me levantaré antes para llamarte. Así, el sacrificio no será solo para uno.
—Cerremos el trato, señor Trechera.
—¿Con un apretón de manos?
—No, mejor con un beso, que me gusta más.
Me besó antes de coger su chaqueta y salir de la habitación, quedando en llamarme en cuanto que llegara a República Dominicana, fuera la hora que fuera.
Tuve una sensación de vacío en cuanto a que atravesó la puerta de la habitación, pero no le dije nada, ya que era capaz de volverse y decir que no iba.
Suponía que era lo normal después de todo lo que había pasado, además de que, en mi estado, todo se multiplicaba por mil, tanto las sensaciones buenas como las malas. Tal y como le había prometido a mi chico, intenté volver a dormir, pero me resultó imposible.
Me levanté, me puse ropa cómoda y me bajé al salón. Había empezado a llover, así que no me apetecía nada salir de allí. Me preparé algo de desayuno y encendí la televisión, donde me puse a ver uno de los capítulos de la serie que estaba viendo.
No llegué ni a los primeros cinco minutos cuando me quedé dormida, despertándome a la hora de la comida, bueno, un poquito más tarde, porque eran las cuatro de la tarde.
Ese fin de semana, y debido a que Raúl no estaba en casa, le dije a mi padre que no me dejara al niño, que lo trajera el sábado para pasar el día, y aprovechó para quedarse él también.
Habíamos hecho la compra el día anterior, por lo que no me tenía que preocupar de que faltara algo en la despensa. Me calenté lo que la chica había dejado preparado el día anterior, ya que no lo comimos al hacerlo fuera.
Catalina, que así se llamaba la chica que venía a echarnos una mano con la casa, venía tres veces a la semana y nos dejaba comida para toda la semana, en táperes fácilmente diferenciados y con su etiqueta correspondiente.
Para hoy había dejado una sopa calentita, que era lo que apetecía con el mal tiempo que hacía.
La tarde pasó lenta y tortuosa, ya que esperaba la llamada de Raúl, que todavía no se había producido. Sabía y tenía claro que no era un viaje de esos que tardan dos horas, pero es que algo me tenía de lo más inquieta.
A eso de las diez de la noche, recibí la tan ansiada llamada. Había tardado un poquito más en hacerla porque había preferido instalarse antes y así poder hablar tranquilamente.
—El vuelo ha sido agotador, cariño.
—Lo imagino, y ahí debe de hacer un calor de muerte.
—No lo sabes tú bien. Me he dado una ducha en cuanto que he entrado por la puerta y ya estoy sudando de nuevo.
—¿No has encendido el aire acondicionado?
—Por supuesto, si no fuera así, no se podría ni respirar. Pero dejemos el tiempo para los presentadores de los telediarios y hablemos de nosotros. ¿Qué tal te ha ido el día?
—Tremendamente aburrido, la verdad. Empecé a ver un capítulo de la serie, pero me quedé dormida. Desde que me desperté, estoy aquí en el sofá, leyendo un libro, pero me he perdido ya varias veces en la misma página.
Raúl empezó a reír a carcajadas y esa risa me supo a gloria. Continuamos hablando durante un buen rato más, hasta que llegó el momento de colgar, pues debía descansar algo antes de empezar a trabajar. Yo también me fui a la cama, pues mis tobillos empezaban a hincharse de nuevo.
Estaba recostada en la cama cuando sentí que mi bebé se movía y me hubiera encantado que Raúl estuviera aquí. A él le maravillaba poner la mano en mi vientre y notar él también cómo se movía, pero estaba sola en la casa y, no sé por qué, empecé a llorar.
Siempre había sido muy independiente y no entendía la necesidad que tenía de estar con Raúl. Podía ser por todo lo que había sucedido en este tiempo; podía ser por el hecho de que estaba embarazada; no lo sabía, pero sentirme tan vulnerable no me gustaba nada.
Tomé la decisión de invitar a Sofía y a Chicky al día siguiente para comer en mi casa, así podríamos pasar la tarde juntas. Tal y como le prometió Raúl en Tenerife, en la fiesta de nuestro bebé, le presentó a Pablo, el amigo del que le habló.
Congeniaron desde el primer momento, dándonos momentos de lo más especiales a todos los presentes, porque lo que no se le ocurría a uno, se le ocurría al otro, provocando nuestras risas. No sabía si aquello había seguido adelante después, pues no había tenido la oportunidad de hablar con ella.
Con respecto a la agencia, ya estaba lista para empezar a funcionar de nuevo, pero Chicky decidió que esperaríamos a que yo pudiera volver una vez que terminara mi baja maternal.
Por ello, tan solo atendimos a aquellas personas que viajaban pronto y que habían contratado con nosotros antes del incendio.
Las investigaciones no habían dado su fruto, puesto que no habían encontrado ni una sola pista fiable.
La pulsera que encontraron era tremendamente vulgar, y con ello quiero decir que no era de ninguna firma exclusiva ni nada por el estilo, por lo que podría ser hasta de cualquier clienta que la perdiera en una de las visitas.
Me levanté con otro ánimo; parecía que me había acostumbrado un poco más a la soledad, a la ausencia de Raúl, o de eso me quería convencer a mí misma, pero bueno, lo cierto era que lo hice cantando. Catalina estaba ya en la casa y me miró con una sonrisa.
—Veo que te has levantado de muy buen humor.
—Creo que anoche lloré todo lo que necesitaba.
—¿Te ocurrió algo?
—Me ocurrió que echaba de menos a Raúl, pero bueno, luego pensé que tan solo serían unos días, que, cuando quisiera darme cuenta, ya lo tendría de vuelta.
—Así es, de todos modos, supongo que será un tema laboral el que lo ha llevado fuera del país.
—Pues sí, uno de los nuevos hoteles que tenía problemas.
—Verás como pronto lo tienes de vuelta. Pero, mientras tanto, te propongo algo.
—Dime, creo que cualquier cosa que me propongas me resultará de lo más excitante, porque me aburro como una ostra.
—¿Qué te parece que sí, mientras Raúl no vuelve, me quedo aquí, contigo?
—¿Me lo dices en serio?
—Por completo.
—¡Sí, sí y mil veces sí! Pero… no quiero importunarte; tú tienes una vida.
—Sí, de lo más aburrida y monótona.
Catalina y yo nos llevábamos muy bien, pero nunca habíamos hablado de nada de su vida personal y encontré en esa ocasión el momento ideal para poder acercarnos un poquito más. Me dijo que iba a por ropa y que volvía enseguida y me hizo muchísima ilusión.
Ni media hora después, ya estaba de vuelta, por lo que, mientras que ella dejaba sus cosas en la habitación de invitados, yo me dediqué a poner la mesa y a calentar la comida, un exquisito estofado de carne que me estaba haciendo la boca agua.
—Chica, tienes unas manos para la cocina que dan gloria.
—No es para tanto, simplemente es que me gusta perderme entre los fogones.
—Pues ojalá y no te encuentres nunca, porque no puede oler mejor.
Después de decir eso, empezamos a reírnos, pues ella decía que se me ocurrían unas cosas que no se le ocurrían a nadie.
Nos sentamos a la mesa y nos dispusimos a comer; el postre lo acababa de traer ella, que paró en una pastelería a comprar unos bocaditos de chocolate con una almendra, que estaban de muerte y que a mí me encantaban.
Toda la tarde estuvimos hablando de su vida, de cómo y dónde vivía y de su trabajo. Catalina había aprovechado los días de vacaciones en la otra casa en la que limpiaba para pasarlos conmigo, y me dije a mí misma que se lo recompensaría de manera económica, porque le hacía falta.
—Catalina, me gustaría proponerte algo.
—Dime, porque miedo me da cuando se te pasa algo por esa cabecita.
—Quiero que te quedes aquí trabajando durante toda la semana. Además, podrías quedarte en la casita del jardín; así te ahorrarías también el dinero del alquiler y, por supuesto, no solo igualaríamos el salario, sino que lo aumentaríamos.
—Eso sería un sueño para mí; te lo aseguro.
—Pues, en cuanto que vuelva Raúl, lo hablo con él… o mejor, cuando esta noche me llame, se lo comentaré, aunque ten por seguro que no pondrá ninguna objeción.
—Gracias, Alba, no sabes lo que significan esas palabras para mí, sobre todo en estos momentos.
—¿Qué te ocurre, Catalina? ¿Para que este sea un momento especial?
—Es muy difícil de verbalizar.
—Entonces, hazlo cuando te encuentres con fuerzas.
Catalina me contó que vivía con su hermana, pero que se había llevado a su novio a vivir con ellas. Sus miradas no le gustaban, pues eran de lo más libidinosas, pero no se atrevía a decirle nada a su hermana, pues no quería problemas entre ellos.
—Pero si no se lo dices, vivirá engañada toda su vida.
—Aunque se lo dijera, seguiría con él; no lo dejaría. No es la primera vez que alguna de sus amigas le dice que se le ha insinuado en una discoteca o que lo han visto con otra mujer.
—Entonces, puedes mudarte cuando quieras; la casita está completamente equipada y, por supuesto, puedes utilizar la piscina e invitar a quien te dé la gana.
—Eso ya sería un abuso, Alba.
—Para nada, y te prometo que si cuando la piscina esté lista para su uso tú no lo haces, te tiro con ropa y todo.
Soltamos una carcajada, las dos, mientras que continuamos hablando de todo y de nada en particular.