Capítulo 37
Raúl
La fiesta estaba siendo todo un éxito y los invitados se deshicieron en regalos para Dafne, de todo tipo, incluido un fondo fiduciario con mucho dinero, por parte de su abuelo materno.
Según él, era para cuando la niña fuera mayor, que contara con su propio dinero, para su futuro académico o para su emprendimiento laboral.
Alfredo asumió muy felizmente el apadrinamiento de mi hija, de nuestra pequeña Dafne, pero no sería la única sorpresa, pues en mi bolsillo había una cajita de una famosa joyería que cambiaría nuestras vidas, pero que era lo que más deseaba hacer en este mundo.
—Señores, quiero que me presten un poquito de atención —dije desde el pequeño escenario donde estaba el grupo de música.
—¡Atención, Raúl quiere decirnos algo! ¡Vamos a acercarnos! —dijo Chicky, que era la única conocedora de mis intenciones y a la que hice prometer silencio.
Cuando todos estuvieron lo suficientemente cerca, le pedí a Alba que me acompañara. Quería que todo el mundo lo viera bien y esperaba que no me dijera que no, porque entonces me caería muerto de la sorpresa. Una sonrisa se pintó en mis labios al imaginarme la escena.
—Alba, mi vida, el fruto de nuestro amor vendrá al mundo en unos cuantos meses; por eso, y delante de todo el mundo, me gustaría pedirte algo. ¿Te quieres casar conmigo?
Cuando pronuncié esas palabras, saqué la cajita de mi bolsillo y la abrí delante de sus ojos, sacando un precioso anillo, todo ello mientras me arrodillaba. Alba me miró sin poderlo creer, mientras que las lágrimas caían por sus mejillas.
—Sí, si quiero. Hoy y mil veces —me contestó.
Nos abrazamos y nos besamos como tan solo nosotros sabíamos hacerlo, mientras que los invitados allí presentes aplaudían como locos. Por fin mi vida tenía un sentido; por fin la pieza del puzle que me faltaba había conseguido encajar, y eso me daba tanta felicidad como miedo.
Ahora entendía lo que Alba me comentaba alguna que otra vez: el pavor que sentía, ese miedo irracional a que cualquier cosa que pudiera ocurrir y que acabara con esa felicidad que sentíamos.
No quería pensar en ello, pero tanto a ella como a mí la vida nos había apaleado tanto que era inevitable no hacerlo.
Todos se acercaron a felicitarnos, a preguntarnos si ya habíamos decidido una fecha o si sabíamos ya en qué lugar uniríamos nuestras vidas, cuando lo cierto es que ni habíamos pensado en eso ni nada por el estilo. Nuestra principal preocupación era que la niña naciera bien, nada más.
Los meses fueron pasando, y con ellos, el tiempo para que estuviera nuestra hija con nosotros. Esa mañana teníamos cita con el ginecólogo, pues Alba se encontraba ya en el séptimo mes de embarazo y nos tocaba revisión.
—Señorita Blanco, está todo de maravilla. Siga así y tendrá una hija preciosa y sanísima.
—Eso intento, doctor, aunque de vez en cuando me dé algún capricho.
—Los caprichos no son malos, Alba, siempre que se tomen con moderación.
—Doctor, ¿llama moderación a comerse una tableta de chocolate blanco después de la cena?
—Bueno, haré como que no he escuchado nada, puesto que los niveles de azúcar están bien y el peso que ha cogido está por debajo de lo previsto, pero no, eso no es un capricho, es un vicio.
Soltamos una carcajada por la manera en la que el doctor levantó la ceja para advertirle que, si seguía por ese camino, iba a empezar a coger demasiado peso que le impediría parir con soltura, o al menos eso era lo que siempre había oído, aunque no tenía claro que fuera cierto o no.
—Doctor. ¿Mi chica podría viajar ahora? —Le pregunté.
—¿Por qué preguntas eso? —Me dijo Alba, algo nerviosa.
—Lo recomendable sería que no lo hiciera, salvo que fuera por alguna causa de fuerza mayor. A partir de este instante, el alumbramiento se podría dar en cualquier momento, mucho más cuando el viaje fuera largo.
En ese momento, lo descarté. Primero estaban ella y la niña, por lo que viajaría solo. No tenía más remedio que hacerlo. Unos minutos antes de subir al coche, recibí una llamada de uno de los nuevos hoteles que habíamos comprado en la República Dominicana.
Salimos de la consulta pletóricos, pues todo iba de maravilla y tan solo nos quedaban un poco menos de un par de meses para tener a Dafne entre nuestros brazos. No había respondido a la pregunta de Alba, y eso la tenía un poco con la mosca detrás de la oreja.
—¿Me vas a contestar por qué has preguntado lo del viaje?
—He recibido una llamada de los nuevos hoteles de República Dominicana. Hay un problema que tengo que atender y tengo que ir personalmente. Mi idea era que me acompañaras, pero, en este caso, será mejor que vaya Daniel.
—No lo voy a permitir, Raúl. A mí no me va a pasar nada en casa, descansando. Ve y tarda lo menos posible en volver, así de simple.
—Pero… ya has oído al doctor; podría nacer en cualquier momento.
—No va a pasar eso, mi amor. Me quedan ocho semanas por delante; no creo que vayas a tardar tanto en resolver el problema.
—¿Estás de coña? Como mucho, y procuraré que no sea tanto tiempo, serán dos semanas, ni un solo día más. En caso de que no se pueda resolver en ese tiempo, volveré a casa y se ocupará Daniel.
—Entonces, todo arreglado.
Me encantaba la manera que tenía Alba de resolver los problemas; era todo tan sencillo a su lado que no pude más que sonreírle y volver a besarla.
Partiría lo antes posible, en dos o tres días como mucho y, por supuesto, les diría a Chicky y a Daniel que estuvieran pendientes de mi prometida y que me avisaran de cualquier cambio.
Volvimos a casa y me dispuse a preparar la maleta, mientras que Alba se echaba un rato, pues estaba demasiado cansada después de todas las vueltas que habíamos dado durante la mañana, ya que no solo fue la visita al ginecólogo, sino que también habíamos ido al centro comercial a comprar varias prendas de ropa para ella y para la niña, y a comer a un restaurante.
Me encantaba darle masajes en las piernas, para aliviar su presión y su dolor cuando llevaba mucho tiempo de pie, y eso lo iba a echar de menos durante estos días.
A punto estuve de contratar a un fisioterapeuta que lo hiciera, pero era algo tan íntimo, tan nuestro, que no quería que nadie más tuviera la oportunidad de experimentarlo con ella.
Terminaba de cerrar la maleta, después de encontrar un vuelo para primera hora de la mañana, cuando Alba abrió los ojos. Me resultaba encantadora cuando lo hacía, con esa sonrisa en los labios y esa mirada somnolienta.
—Creo que me he quedado dormida.
—Estabas agotada; era lo lógico.
—¿Ya tienes todo listo para el viaje?
—Sí, me marcho mañana a primera hora, pero no te despertaré; tienes que descansar en tu estado.
—Quiero despedirme de ti; no quiero que te marches sin que pueda darte un beso.
—Está bien, pero solo si me prometes que, después, volverás a dormirte.
—Te doy mi palabra.
—En cuanto a lo de despedirte de mí, te aseguro que tengo planeada una despedida que nunca olvidarás.
—No me hables como si no fueras a volver, por favor.
—¿Por qué no tendría que volver? Aquí tengo a mi familia y jamás me perdería el nacimiento de nuestra hija. Te amo, Alba. No lo olvides nunca, eres… sois las que dais sentido a mi vida.
—Bueno, dejémonos de sentimentalismos que tengo las hormonas revolucionadas y no quiero terminar llorando.
—No, prefiero que lo hagas riendo, o gimiendo, ya que estamos…
Me acerqué a la cama y empecé besarla como a nosotros nos gustaba. Lo hice en los labios, para, después, bajar por su cuello, su clavícula… y terminara por su sexo, consiguiendo que alcanzara el clímax por primera vez sobre mi lengua, poniéndome más duro de lo que ya lo estaba.
Hacer el amor con mi chica era la mejor sensación del mundo, pero hacerlo estando embarazada era todavía mejor.
No sé si sería por las hormonas, porque cada día estaba más bella, o por qué motivo, pero sí que estaba de lo más receptiva y que, cualquier caricia que pudiera hacerle, provocaba mil veces más placer en ella y, por consiguiente, en mí.
Estuvimos en la cama hasta bien entrada la noche, momento en el que bajé a la cocina y preparé algo de cena para los dos, que llevé de nuevo a la habitación.
No quería que se levantara, porque, si lo hacía, tardaríamos en volver, y mi intención era que la despedida durara hasta altas horas de la madrugada.