Sí, quiero. ¿O no? Capítulo 36
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Capítulo 36

Alba

Durante esa semana escuché la risa de Alejandro como antes, y eso me colmó de felicidad. Cuando se enteró de que iba a ser tío, de que su sobrina crecía en mi vientre, se pasaba todo el tiempo hablándole a mi hija, acercándose a mi barriga y dándome besos, como si se los diera a ella directamente.

Raúl también tuvo un papel protagonista en toda nuestra historia, pues se implicó con el niño y supe que sería un gran padre. Ya me lo imaginaba allí, con mi hermano y nuestra hija, jugando en el jardín, como lo hacía cada día con Alejandro cuando regresaban, uno del colegio y el otro del trabajo.

Y había llegado el momento de llevar al niño a su casa, con sus padres. Hasta su rostro había cambiado y seguía luciendo esa sonrisa que lo caracterizaba hasta el momento en el que me marché de la casa y dejé de compartir mi tiempo con él.

Habíamos jugado a todo lo que quiso, con las limitaciones que mi estado me imponía, por supuesto. Pero en ese caso, cuando me proponía algo que yo no podía hacer, lo dejaba para cuando llegaba Raúl, que no dudaba en jugar a la pelota o a lo que a él le apeteciera.

Estábamos en la puerta de su casa. Tenía claro que sería mi padre el que recibiera al niño, o al menos lo esperaba, pues no quería tener más que el contacto imprescindible con su mujer.

—Alba, prométeme una cosa.

—Dime, mi amor. ¿Qué quieres que te prometa?

—Que volverás a por mí, que esto no será algo aislado. Me gusta pasar tiempo contigo y con Raúl.

—Te lo prometo, mi amor. El jueves volveré a por ti, pero tan solo pasaremos la tarde. Hasta dentro de dos fines de semana no podrás volver a dormir en nuestra casa.

—Vale, esperaré a que llegue ese día más que cuando están cerca los reyes.

Esas palabras de mi hermano me hicieron soltar una carcajada porque el símil no podía ser más acertado.

Había acordado con mi padre que, para que el niño no estuviera cargando con todas sus cosas para acá y para allá, tendría en mi casa todo lo que necesitara, tanto de ropa como de juguetes, y que yo me encargaría de eso.

Me costó unas cuantas palabras con él, y al final me ganó, pues sí, fui yo la que compró todo, pero él fue quien puso el dinero, pues me hizo una generosa transferencia para que eso fuera posible, ingresando incluso dinero de más, según él, para que le comprara algo a su nieta.

Me llamaba casi a diario, con la excusa de preguntar por el niño, pero, en realidad, hablábamos de él durante los primeros minutos, para luego girar la conversación hacia mi embarazo.

Me hacía muchísima gracia cuando lo escuchaba hablar del embarazo de mi madre y de lo mal que lo pasó pensando en que nos pudiera pasar algo a cualquiera de las dos.

Efectivamente, cuando llamé al timbre, me abrió mi padre, con una sonrisa, mientras que Alejandro entraba como una bomba, contándole todo lo que había sido capaz de hacer en esos días. Verlo feliz era la mejor recompensa para los dos.

—¿No pasas a tomarte algo?

—No, papá, me tengo que marchar. Tengo una comida con mi novio y Alfredo.

—Ese hombre es bueno, Alba; mantenlo cerca de ti.

—¿A cuál de los dos te estás refiriendo?

—Siendo sincero, a los dos. He visto cómo tu novio te mira, como si fueras un tesoro, y eso me gusta. Pero también he observado que Alfredo lo hace como debería hacerlo yo, como un padre amoroso.

—No te fustigues más, papá. Lo que debes hacer ahora es seguir como ahora, diferenciando el cariño de tu mujer del de tus hijos. Ninguno tiene por qué interferir en el otro; son dos cariños completamente diferentes.

—Me ha costado entenderlo, Alba, pero al final, lo he hecho. Macarena puede ser una buena esposa, pero no tan buena madre. Y es mi deber velar por que a mis hijos no les afecte.

—Tampoco he dicho eso, papá. Aunque debo de reconocer que conmigo no lo ha hecho bien desde el principio, pero bueno, al fin y al cabo, yo no soy su hija.

—Pero eres la mía y debió respetarte, pero no lo hizo.

—Ya todo lo que hablemos de nada sirve, papá.

—Sí que sirve, Alba, para que no vuelva a suceder nada parecido. Me gustaría que me tuvieras en cuenta cuando nazca mi nieta, aunque entiendo que eso es mucho pedir.

—No, papá, pero te diré una cosa. Que te permita a ti acercarte a mi hija no implica que también vaya a permitir que lo haga tu mujer.

—Y lo entiendo, porque no se lo merece.

—Bueno, tengo que marcharme; nos vemos el jueves cuando venga a traer a mi hermano, porque ya lo recojo yo del colegio.

—Así haré, te quiero, Alba, aunque a veces hayas llegado a pensar que no era así.

—Yo también, y será mejor que dejemos el pasado en el lugar en el que está.

Me di la vuelta y entré de nuevo en el coche de Raúl, que era el que me había llevado hasta allí, y pusimos rumbo al restaurante donde íbamos a cenar con Alfredo para hablar de temas de negocios, o al menos suponía que sería algo de eso.

Pero me equivoqué porque resultó ser su casa y lo que hablamos no tuvo nada de profesional. Quería saber cuándo haríamos la fiesta del bebé, una cosa que ni siquiera habíamos pensado en hacer, pero que, de la manera en la que hablaba Alfredo, nos transmitió una ilusión enorme.

—Quiero que me paséis una lista de invitados; seré yo el que me ocupe de todo —nos dijo Alfredo.

—No puedo permitir que te ocupes tú; demasiadas preocupaciones tienes ya, y bastante nos has ayudado como para consentirlo —respondí.

—Querida, si tuviera que ser yo, personalmente, el que organizara todo, lamento decir que se nos unirían tres fiestas: el anuncio, el bautizo y la comunión de la niña.

Empezamos a reírnos mientras que Alfredo nos explicaba que sería una empresa organizadora de eventos la que se ocuparía de todo, que él tan solo se encargaría de pagar las facturas y de poner el jardín de su casa para la celebración.

Por mucho que discutimos con él, no hubo forma de hacerlo entrar en razón. No quería ni oír hablar de que nosotros pagaríamos algo; se negó en rotundo. Por todo eso, decidimos no seguir insistiendo; ya haríamos otra cosa por él, aunque no fuera nada económica.

En cuanto que salimos de allí, estuvimos de acuerdo en que lo nombraríamos el padrino de nuestra hija y que se lo diríamos el mismo día de la celebración. Empezamos a hablar de la gente a la que queríamos invitar. No serían muchas, pues nuestro círculo era bastante reducido.

—¿Se lo dirás a tu padre?

—No lo sé, la verdad.

—Parece que está arrepentido, que quiere hacer las cosas bien.

—Sí, sé que lo está; en cada encuentro con él me lo hace saber, pero aun así…

—No seré yo el que te diga nada, mi amor. Eres libre de invitar a quien te plazca, sin dejarte influenciar por nadie.

—No es eso, Raúl; lo que ocurre es que no sé si, al invitarlo a él, aparecerá con Macarena o no, y eso sí que no me gustaría que pasara.

—Pues déjaselo claro, que la invitación no se hace extensiva a su mujer.

—Bueno, me lo pensaré.

La lista era clara y al final decidí invitar a mi padre, pero tan solo a él, ya que ese fin de semana mi hermano estaba conmigo, así que no lo tenía que invitar; era como mi mochila, en el buen sentido de la expresión.

Por mi parte, tan solo invité a mi padre, a Chicky y a Sofía, la chica que conocí en Tenerife y que tan bien me cayó al instante. Raúl se lo dijo a Daniel y a Pablo, otro de sus mejores amigos, que había estado fuera durante unos meses por temas laborales.

Alfredo nos dijo que deberíamos invitar a algunos compromisos y entonces mi chico dijo que lo haría con los directores de los diferentes hoteles, así como con algunos de los proveedores de la agencia, con los que tenía más confianza.

No queríamos que la fiesta de nuestra niña fuera para cinco o seis personas, no después de todo lo que había organizado Alfredo.

Ese día había llegado y todo estaba precioso en el jardín, con unas guirnaldas rosa pastel de lo más elegantes, mezclada con unas luces que daban un ambiente de lo más cálido.

Las mesas altas lucían con unos centros de flores un tono más oscuro que las guirnaldas, y que contrastaban de una manera preciosa.

Al fondo, una preciosa pancarta con una cigüeña que traía un bebé en el pico y en la que rezaba «Soy una niña y me llamaré Dafne», que hizo que mis lágrimas salieran sin control, pero esta vez de felicidad.