Sí, quiero. ¿O no? Capítulo 35
80%

Capítulo 35

Alba

Quería ver a mi hermano, contarle que iba a tener una pequeña sobrina, y así se lo dije a Raúl cuando salimos del centro comercial en el que encargamos los muebles de la habitación de Dafne, en el que también compramos muchísimas cosas más, que nos llevarían en unas semanas.

—¿Qué está pasando por esa cabecita tuya?

—Echo de menos a Alejandro y me gustaría contarle todo lo que está pasando, compartir con él la dicha de nuestra niña.

—Eso tiene fácil solución; ya estás tardando.

—¿Qué quieres decir?

—Pues muy sencillo, que ahora mismo vamos a ir a casa de tu padre, a tu casa, y hablaremos con él.

—Su madre no nos va a permitir que nos acerquemos a él.

—Entonces, no hables con su madre; hazlo con tu padre.

—¿Sabes una cosa? Ella se ha saltado todas y cada una de las visitas organizadas y yo no he hecho nada al respecto. Si se opone, llamo a la policía y explico todo, pero no me marcho a la cama sin haberle contado a mi hermano todo.

Nos subimos al coche y Raúl empezó a conducir, tomando el camino de la casa de mi padre. No puedo decir que no estaba nerviosa, porque sería una mentira como una catedral de grande, pero sí que os digo que la ilusión por ver a mi hermano, al que hacía más de seis meses que no veía, superaba todo.

Guardaba una llave de la verja de fuera, así que no dudé en usarla para entrar. Si llamaba al timbre y tenía la mala suerte de que fuera Macarena la que contestara, no me dejaría pasar y no me apetecía seguir montando escándalos por ella.

Dejamos el coche en la zona habilitada para eso y nos dirigimos a la puerta, llamando al timbre. Tenía llaves, pero ahí sí que me parecía un despropósito utilizarlas, pues podía encontrarme con una situación un tanto comprometida que no tenía necesidad de presenciar.

—Señorita Alba…—me dijo la chica de servicio.

—¿Qué haces aquí, hija?

—No sabía que tenía que pedir permiso para venir a mi casa.

—Yo no he dicho eso, Alba.

—Bueno, da igual, vengo a ver a mi hermano.

—Sabes que no puedes hacerlo sin la supervisión; para eso están las visitas controladas.

—Visitas que tu queridísima mujer se ha saltado a la torera, no acudiendo a ninguna de ellas.

—¿Perdona? No te voy a permitir que lances mentiras sobre eso; yo mismo los he llevado hasta allí y le he preguntado a tu hermano cómo ha ido todo cuando han vuelto a casa.

—Pues siento decirte que lo que te han hecho creer no es verdad. Si quieres comprobarlo, tan solo tenemos que ir al punto de encuentro y preguntar.

—¿Me lo dices de verdad? ¿No eres tú la que me estás mintiendo?

—No tendría por qué hacerlo. Si lo hubiera visto todos esos días en los que ella te ha asegurado que lo había hecho, no habría tenido la necesidad de venir hasta aquí para hablar con él, para contarle que va a ser tío, aunque supongo que eso ya lo sabrás.

—¿Estás embarazada? ¿Voy a ser abuelo?

Por primera vez en mucho tiempo vi en la mirada de mi padre el orgullo y la felicidad, y eso me hizo sentir muy bien, pero me chocaba esa sorpresa, puesto que se suponía que ya lo sabría, ya que Macarena sí que era conocedora de ese hecho.

—Sí, vamos a ser padres de una niña, Dafne, pero me parece que este tema no es para tratarlo a la entrada de la que sigue siendo mi casa.

—Lo siento, ha sido la sorpresa de todo. Pasad al salón. Estoy solo en este momento, aunque Alejandro debe estar al llegar de la escuela.

Mi padre nos dio paso al salón y le dijo a la chica de servicio que nos sirviera algo de beber. Ya no estaba la misma que venía a hacer los quehaceres de ocho a tres; esta chica era otra, que vivía aquí, como interna.

—Quiero que me expliques todo eso que has dicho de que mi mujer no ha llevado a tu hermano a las visitas, porque él mismo me decía que todo había ido bien.

—Papá, te voy a hacer una sola pregunta y de tu respuesta dependerá que lo entiendas todo de una vez.

—Dime, hija, ¿qué es eso que quieres preguntarme?

—Mi hermano, cuando volvía, ¿te contaba con detalles todo lo que habíamos hecho? ¿Te ha relatado a qué jugábamos, de qué habíamos hablado o cómo iba vestida?

—No, no lo ha hecho; se limitaba a decirme que todo había ido bien.

—¿Y eso no te dice nada? Si el pequeño Alejandro se hubiera reunido conmigo de verdad, no habría ocultado nada de eso.

—Joder, es cierto. ¿Cómo no me pude haber dado cuenta?

—Alejandro, permíteme que me meta en esta conversación, pero no te culpes por algo que no estaba en tus manos. Quizás pensaste que el niño había preferido quedarse con los detalles para él —le dijo Raúl, intentando reconfortar un poco a mi padre.

—No, no tengo perdón; he sido y sigo siendo un mal padre, que mira más por el beneficio de su mujer que por sus hijos, pero eso no volverá a suceder nunca más.

—No quiero causarte más problemas, papá. Tan solo quiero tener una relación normal con mi hermano, poder llevarlo a una hamburguesería a comer o cenar, al cine o, simplemente, pasar una tarde con él en el parque.

Estaba terminando de decir eso cuando escuchamos los pasos de mi hermano, que venía con su queridísima madre. Al entrar en el salón, al verme, en su cara se pudo ver la ilusión, pero también el miedo, como si temiera algún tipo de castigo.

Miré a mi padre, que lo había notado, al igual que yo, y que se levantó antes de que su mujer entrara en el salón, no sé si para evitar un escándalo o si lo hizo para poder recriminarle y pedirle una excusa creíble ante el asunto que nos abordaba.

Fuera como fuese, no le dio tiempo a frenarla, porque entró en el salón como un toro de Miura; le faltó tan solo echar el albero para atrás con sus pies, porque la mirada era de lo más fiero, sobre todo cuando se percató de que mi hermano me estaba abrazando.

—Sepárate ahora mismo de esa mujer —le dijo, pero sujeté a mi hermano.

—Alejandro, mi vida. Te prometo que luego pasaré todo el tiempo contigo, pero ahora, déjanos que hablemos, los mayores, mi vida.

—No puedo, hermana. Ella me dijo que dijera que todo iba bien.

—Lo sé, cariño, y eso es lo que vamos a aclarar.

—Me castigará encerrado en la habitación, la cerrará con llave y no me dará ni agua.

Ver cómo mi hermano murmuraba esas cosas me dolió en el alma. ¿Qué clase de madre hace eso? Lo sabía; tenía las palabras exactas para definirla, pero prefiero ahorrármelas. Terminaría la noche en la cárcel y tenía una preciosa familia que formar.

Eso no significaba que no fuera a decirle la verdad a mi padre, que fuera a callarme las palabras que me había dicho mi hermano, pero no quería hacerlo en su presencia, y que el castigo fuera aún más grande, o que el niño se sintiera intimidado por su madre y se echara atrás en sus palabras.

En cuanto que el niño salió de la habitación, ya no me pude mantener callada por más tiempo y me enfrenté a ella. Tenía que decirle todo lo que llevaba callando desde que entró en aquella casa, mi casa, y que se enterara de todo lo que me provocaba.

—¿Cómo has podido hacerlo?

—Lo que he hecho ha sido por el bien de mi hijo —me respondió eso.

—¿Apartándolo de su hermana? ¿Mintiéndome cada vez que no llevabas al niño a esas visitas? —preguntó mi padre, que pensaba que me estaba refiriendo al hecho de no permitirme un acercamiento con mi hermano.

—Eso es lo de menos, papá. No me estaba refiriendo a eso.

—¿Entonces? No te entiendo. Pensaba que querías ver a tu hermano y que todo esto era para tu acercamiento con el niño.

—Y lo era, papá, hasta que mi hermano me ha dicho unas palabras en un susurro, unas que me han puesto los vellos de punta.

—Ese niño se va a enterar en cuanto que lo tenga delante de nuevo —dijo Macarena, con una furia desorbitada.

—Como se te ocurra hacerle algo, te juro que te mato y no lo estoy diciendo en vano.

—Creo que me estoy perdiendo algo, y no me está haciendo ni puta gracia. Alba, cuéntame ahora mismo lo que te ha dicho tu hermano.

—Ahora mismo, papá, no te preocupes, que no me guardaré nada.

Empecé a relatarle a mi padre lo que el niño me había contado, llevándose las manos a la cabeza. Era como si, de repente, se le hubieran abierto los ojos y viera quién era realmente su mujer.

Ella intentó justificarse de mil maneras y tengo que reconocer que, en determinado momento, vi la duda en la mirada de mi padre y me temí lo peor.

No por mí, que, en cierto modo, era adulta y podía lidiar con no tener un padre presente, pero sí por mi hermano, porque se viera obligado a un castigo que no merecía.

—Alejandro, por favor, no me dejes. Eres mi vida, cambiaré, te lo prometo, haré todo lo que tú quieras —le suplicó Macarena a mi padre.

—Está bien, continuaremos juntos, como hasta ahora, pero las cosas con Alejandro van a cambiar —respondió él.

—Lo que tú me digas, mi amor. Se hará como tú quieras.

—De momento, el niño se marchará con su hermana un tiempo. Quiero que vuelvan a tener esa relación tan especial que tenían.

—No puedes alejarme de mi hijo, Alejandro, te lo pido, por favor.

—No te alejaré. Permanecerá con Alba al menos una semana y luego volverá a casa.

—Está bien, una semana.

—Partiendo de eso, actuaremos con el niño como si de una pareja separada se tratase.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que visitará a su hermana los martes y los jueves, durante un par de horas y, si ella está de acuerdo, al igual que su pareja, se lo llevará fines de semanas alternos, y la mitad de las vacaciones.

—Por mí, estaría perfecto, papá. Lo único que pido es que, mientras que el niño esté con vosotros, estés más atento a él, y que no permitas que haya ningún castigo de ese tipo.

—Te lo prometo, Alba. El niño no volverá a sufrir nada así y Macarena tampoco lo hará por la cuenta que le trae.

—Por supuesto, mi amor, lo que tú me digas.

Esa mala pécora podría engañar a mi padre, pero no a mí. Su mirada de odio me dijo que me lo iba a poner difícil, pero me daba exactamente lo mismo si la recompensa era que pudiera tener a mi hermano conmigo y si lo libraba de cualquier tipo de castigo desmesurado.

Una vez que aclaramos todo, mi padre fue a buscar a Alejandro; quería, necesitaba que le contara lo que le había dicho su madre para que consiguiera engañarlo, además de decirle que preparara una maleta, porque se venía conmigo y con Raúl.

Macarena se fijó en mi vientre, que ya lucía algo abultado, y la mirada que me brindó me puso los vellos de punta, aunque lo disimulé todo lo que pude.

—Veo que tú también tendrás un hijo pronto.

—Ni se te ocurra decir nada al respecto, porque, en ese caso, te la tendrás que ver conmigo —dijo Raúl.

—Tan solo espero que, con tu hijo, te ocurra lo mismo que a mí con el mío…

—No me ocurrirá porque yo no seré una madre como tú.