Capítulo 34
Alba
En cuanto que llegamos a casa, allí, en el porche del jardín trasero, estaba la loca de mi amiga esperándonos, junto a Daniel, y, hasta ese momento, no supe lo que la necesitaba.
Al parecer, Raúl había llamado a su amigo para contarle lo sucedido con Jacobo y mi estancia en el hospital, y ellos habían cogido el primer vuelo hasta la ciudad.
Afortunadamente, el trayecto en avión era tan solo de unas dos horas, por lo que casi que llegaron ellos antes a la casa desde el extranjero que nosotros desde el hospital. Chicky me miró y vino corriendo a darme un abrazo, como si hiciera mil años que no nos veíamos.
—Mi niña, me has dado un susto de muerte.
—Lo mismo y te compenso ahora dándote una alegría.
—Luego me dices lo que te dé la gana. Pero ahora, déjame hablar a mí. Quiero que sepas que, juntas, podemos con todo lo que ha pasado y más.
—Lo sé, cariño. Sé que tu compañía y tu apoyo los tengo desde siempre. Ahora, dejadnos que os contemos las buenas nuevas.
—Eso, que me tenéis de lo más intrigado —dijo Daniel, sonriendo.
—Bueno, chicos, que sepáis que Alba y yo seremos padres en unos siete meses, aproximadamente —dijo Raúl.
—¿Lo estáis diciendo en serio? —preguntó Daniel, algo sorprendido.
—¿Me ves cara de chiste, amigo? —Le respondió Raúl.
—Te veo con cara de felicidad, y eso nada más que puede tener una explicación, que es cierto. Ven aquí y dame un abrazo, cabronazo —le dijo Daniel.
Se unieron en un abrazo, al igual que Chicky y yo, que no nos separamos en toda la noche.
Ni siquiera entramos en la cocina; de todo el tema de las viandas se ocuparon mi chico y el suyo, pero no os vayáis a pensar que se metieron en la cocina a prepararla, que lo único que hicieron fue llamar a uno de los restaurantes cercanos para que nos lo trajeran.
Las risas y las caricias fueron lo más destacado de la noche, una en la que Raúl no dejó de prodigar detalles hacia mí, de posar su mano en mi vientre y de verbalizar lo feliz que era, lo completo que se sentía en ese momento, en el que un bebé, fruto del amor que nos teníamos, crecía en mi vientre.
Era todo tan idílico que me parecía mentira; tenía pavor a que algo rompiera esa felicidad y me iba a costar media vida dejar esa sensación atrás.
Nuestros amigos se marcharon bien entrada la noche y nosotros nos fuimos a la cama, donde, de nuevo, volvimos a enredarnos entre las sábanas, dejando suelta nuestra pasión y nuestras ganas de hacernos el amor.
Los días iban pasando y todo se iba poniendo en su nuevo lugar; mi agencia iba tomando forma con las reformas que se estaban haciendo en el edificio, al igual que mi casa.
No pretendía volver a vivir allí porque así lo habíamos decidido mi chico y yo; la alquilaría, pero me hacía muchísima ilusión todo el proyecto, pero, sobre todo, dejar los malos tiempos atrás y volver a ser yo.
Ese día teníamos cita con el ginecólogo, pues me tocaba la revisión de las dieciséis semanas y, probablemente, sabríamos el sexo del bebé.
Raúl decía que sería una preciosa niña, igualita a mí, pero con su color de ojos y de cabello, mientras que yo decía que sería un pequeño Raúl, idéntico a su padre, y que nos daría muchos dolores de cabeza.
Cuando nos poníamos a especular sobre eso, terminábamos siempre a carcajadas, porque ninguno de los dos éramos, lo que podíamos decir, dos personas mansas, que nos dejábamos llevar por las opiniones de los demás, y llegábamos a la misma conclusión.
Se pareciera a quién se pareciera de los dos, estaba claro que lo íbamos a pasar mal.
—Señorita Blanco, el doctor les espera —nos dijo una de las enfermeras.
—Vamos, mi amor, veamos cómo se encuentra el garbancito —me contestó Raúl.
—Lo mismo y, cuando salgamos de esta consulta, ya podríamos llamarlo por su nombre.
—¿Qué nombre, si todavía no hemos decidido ninguno?
—Yo tengo dos propuestas, pero debo esperar tu aprobación.
—Mientras no sea algo así como Anacleto, Ataulfo o algo similar, vamos bien.
Soltamos una carcajada, no por los nombres en sí, sino porque la situación nos superaba.
Ya me imaginé en el jardín de la casa, diciéndole a mi hijo: «Ataulfo, ha llegado la hora de comer, sal de la piscina», y eso hacía que mi risa fuera todavía más escandalosa, contagiando a todo el que se cruzaba con nosotros.
—Buenas tardes, señorita Blanco, ¿qué tal han ido estos meses?
—Buenas tardes, doctor. Ha ido todo de maravilla: ni mareo, ni náuseas matutinas, ni ardores; es como si mi bebé no quisiera molestarme.
—Eso es bueno; no es lo normal en los embarazos, así que ha tenido suerte. Vamos a la camilla a ver a ese pequeño bebé que crece sano y feliz.
El doctor me quiso decir eso para tranquilizarme, porque al decirme que no era lo normal, mi rostro mudó a la más inquietante de las preocupaciones. Avisó a su enfermera para que me preparara y pasamos a la habitación contigua, donde se encontraba el ecógrafo.
Raúl me tenía cogida de la mano, y yo la apretaba pidiendo consuelo, ya que las palabras del doctor me habían dejado un tanto inquieta, y mi chico lo sabía. Cuando el ginecólogo empezó a pasar el ecógrafo por mi vientre, mi cuerpo se tensó, pero me tranquilizó enseguida.
—Señorita Blanco, le aseguró que no tiene motivos para ponerse tensa, ha tergiversado mis palabras.
—No creo que haya podido hacerlo, ha dicho que no es normal no tener síntomas.
—Y es lo cierto, pero eso no significa que tenga que ir algo mal, más bien, todo lo contrario.
—¿A qué se refiere?
—A que sus analíticas están perfectas y las mediciones de peso también.
—Estoy muy nerviosa.
—Pues vamos a empezar y verá cómo se tranquiliza.
Mientras que pasaba el ecógrafo por mi vientre, empezó a tomar anotaciones y, en un momento determinado, nos preguntó si queríamos escuchar el latido de su corazón.
Os prometo que fue un momento que nunca olvidaré.
Ese sonido tan arrítmico resultó ser la mejor sintonía que había escuchado en mi vida.
—Pues tenemos aquí a la futura señorita Trechera Blanco.
—¿Es una niña? —pregunté, incrédula.
—Pues sí, una niña sana que, seguro, será preciosa.
—¡Lo sabía! He ganado la apuesta —dijo Raúl, con una sonrisa de completa felicidad pintada en la boca.
—¿Habías hecho una apuesta? —pregunté, sin poder creerlo.
—Con Chicky, ella decía que sería un niño y que se llamaría Aitor, porque siempre dijiste que te encantaba ese nombre —me dijo, riendo.
—Y tú afirmabas que era una niña. Ahora, tan solo me queda saber el nombre que dijiste.
—Efectivamente, yo dije que era una niña y que se llamaría Dafne.
—Pues, ¿sabes una cosa?
—No tengo ni idea, pero ilumíname.
—Que ese era el nombre que siempre me gustó para una niña. Empiezo a sospechar que Chicky ha tenido algo que ver con el nombre.
—No te voy a mentir porque te prometí que no lo haría. Así que sí, ella fue quien me dijo el nombre que te gustaba y yo no tengo ningún inconveniente.
Raúl bajó a darme un breve beso en los labios, ante la sonrisa de la enfermera, que me ayudaba a limpiarme y a vestirme.
A pesar de no tener el vientre demasiado abultado, cada día me costaba más hacer las cosas cotidianas, como ponerme los zapatos, que, en esta ocasión, me los acomodó mi chico, y pasamos de nuevo a la consulta.
—Señorita Blanco, tal y como le había dicho, todo va como la seda.
—Me tranquiliza bastante, la verdad.
—Ya se lo he dicho; no había nada que temer.
El doctor nos indicó las pautas que debíamos seguir hasta la siguiente consulta, que sería en el próximo mes, pues al ser una consulta privada, el ritmo del seguimiento del embarazo era diferente. Todo iba a la perfección, había cogido el peso que tenía que coger y continuaba sin síntomas.
Salimos de aquella consulta con una felicidad extrema que no pensábamos permitir que nadie nos arrebatara.
Estábamos completamente seguros de que, tanto sus padres como el mío, ya se habían enterado de que íbamos a ser padres y, por extensión, ellos serían abuelos, pero no nos habían enviado ni un mísero mensaje.
—Tenemos que empezar a comprar cositas para la niña y vamos a empezar por ir a encargar los muebles de su habitación.
—¿Ya? ¿Tan pronto?
—¿Cuándo quieres que lo hagamos? ¿En el momento en el que te ingresen en el hospital para dar a luz?
—No sé, es que tengo tanto miedo de que algo pueda salir mal…
—Ya has oído al doctor; va todo de maravilla. No seas masoquista y piensa en positivo.
—Tienes razón; eso haré.