Capítulo 33
Raúl
Estaba descansando en mi casa, después de venir de la oficina de Alba, bueno de lo que quedaba de ella, al igual que de su casa.
Ella había caído rendida de inmediato, tan pronto como terminamos de desayunar.
Yo no había podido pegar un ojo, pero permanecía a su lado, abrazándola como necesitaba, cuando escuché que llamaban al timbre de la verja de fuera.
No me apetecía ver a nadie, mucho menos a mi chica, que no había querido hablar ni con su mejor amiga, pero supuse que podría ser alguien para informarnos sobre algún avance de la investigación, por lo que me levanté para abrir.
Me puse un pantalón de algodón corto que tenía encima de la silla, y bajé las escaleras, descalzos, pues el timbre seguía sonando con insistencia. Ni siquiera miré a ver de quién se trataba, simplemente abrí la verja y la puerta de mi casa, esperando en el salón.
Cuando vi de quién se trataba, me arrepentí al instante de haber abierto esa maldita puerta, pues me encontré con Jacobo altivo, aunque eso no fuera algo anormal en su comportamiento, pero, en esta ocasión, esa sonrisa encerraba algo que no me gustaba nada.
—Todavía durmiendo, hermanito. Claro, qué se puede esperar de un hombre que no tiene ninguna obligación, de ningún tipo.
—No saques conclusiones, Jacobo. Ni me conoces ni sabes nada de mi vida.
—Lo único que sé es que tienes una novia que se ha quedado sin nada, y que tú no tienes un céntimo para ayudarla.
—Otra vez te estás equivocando, y te pediría por favor que te marcharas, no me gustaría tener que echarte o tener otro enfrentamiento contigo.
—Venga ya, Raúl. Todo el mundo sabe de tu situación, y su padre no va a mover ni un dedo por ella.
—No hará falta que lo haga. Ella ya tiene quien mueva, no solo un dedo, sino todo el cuerpo para que no tenga ninguna carencia.
Mi hermano me dirigió una mirada que me heló la sangre, era como si escondiera algo, como si tuviera un as bajo la manga, uno que podría arruinar mi vida y la de Alba, pero no lo iba a permitir, averiguaría lo que fuera antes de que le pudiera hacer daño.
—Te he dicho que te marches, no queremos tu ayuda, ni la querremos nunca.
—Vamos, hermano, no seas más orgulloso, no tienes dinero para tanto, incluso esta casa que pretendes hacer pasar por tuya, cuando todo el mundo sabe que es alquilada.
—Piensa lo que quieras, Jacobo, me da igual todo.
—¿Se puede saber qué está pasando aquí? —preguntó Alba al llegar a su altura.
—Vaya, vaya, te sienta muy bien ese pijama, si es que se le puede llamar así, porque más que un pantalón, parece un cinturón ancho, aunque no seré yo el que me oponga a mirar ese trasero tan impresionante —le contestó Jacobo, con una mirada lujuriosa que me provocó arcadas.
Alba no me dio tiempo para que reaccionar, y esta vez fue ella que asestó una bofetada con la mano abierta, de esas que cogen efecto por la fuerza y las ganas que se dan. Tanto que, estaba seguro de que, si Jacobo llevaba algún empaste, había saltado de su boca.
—Vete de aquí, desgraciado. Así tuviera que comer pan duro a diario, jamás recurriría a ti, que te quede claro.
—Así te verás, te lo aseguro, porque el desgraciado de mi hermano no podrá darte nada de lo que mereces.
—Lo que me merezco, no hace falta que me lo dé nadie, me lo sé ganar yo con mi trabajo, como ha sido siempre.
—Lárgate de una puta vez, Jacobo, no hagas que te tenga que echar —le dije yo, abriendo la puerta para que saliera.
—Ya vendrás a buscarme, y entonces, lo mismo soy yo el que ponga condiciones —dijo Jacobo, mirándola directamente a ella.
En cuanto que escuché que el coche salía de la propiedad, soltó un grito desgarrador. No podía más, su vida se había convertido en un puto infierno, y empezó a llorar. Unas lágrimas que no tenían un motivo, pero que, a su vez, los tenía todos, no sé si me explico.
Era como si su estado de ánimo fuera un vaso, que iba llenando gotita a gotita, hasta que llegó la última que fue la que hizo que rebosara el contenido, haciendo que estallara todo en pedazos.
En determinado momento, fue como si le faltara el aire, como si no entrara en sus pulmones la cantidad necesaria para poder respirar y vivir y me entró muchísimo miedo al respecto. No le salía ni la voz, y me di cuenta enseguida.
—Alba, mi amor, ¿qué te ocurre?
—No… lo… sé…
—Voy a llamar a una ambulancia ahora mismo.
—No… puedo… respirar…
—Ya, mi vida, ya mismo vienen a ayudarte.
La cara de Alba era de una preocupación absoluta, y no tardé ni un minuto en marcar el número de la ambulancia de uno de los hospitales privados más prestigiosos de la ciudad.
Continuaba hablando con ellos, que me estaban dando indicaciones sobre cómo tratarla, cuando escuchamos las sirenas de la ambulancia al principio de la calle.
No esperé, me adelanté y abrí la verja para que entraran. En cuanto que la vieron, le pusieron una máscara de oxígeno y se la llevaron al hospital. Todo parecía indicar que era una crisis de ansiedad, pero querían asegurarse, realizándole más pruebas.
Estuvo en el hospital durante todo el día, prueba tras prueba y, aunque se había tranquilizado bastante, y esa sensación de ahogo parecía que se había esfumado, pero, aun así, la tenían en una habitación, conectada a una máquina que medía sus constantes y esperando los resultados de una última prueba.
Por suerte, seguía acompañándola, y la tenía cogida de la mano.
—Me has dado un susto de muerte, preciosa.
—Ha sido un cúmulo de cosas, pensaba que me estaba dando un infarto.
—¿Me lo dices o me lo cuentas? No tengo ni la más remota idea de en qué momento marqué el número de teléfono del hospital.
—Yo tampoco, cuando me quise dar cuenta, ya estaban los sanitarios atendiéndome.
Estábamos hablando del mal rato que habíamos pasado, todo por la visita no deseada de mi hermano, cuando llamaron a la puerta, era el mismo doctor que la había atendido desde que llegué a urgencias, que llegaba sonriente.
—Bueno, pues ya tenemos todos los resultados de las pruebas, y tengo que decir que no es nada grave, aunque sí que tendrá que tener ciertos cuidados.
—¿Qué tiene mi novia, doctor? —pregunté, algo asustado.
—Vayamos por partes. En primer lugar, lo de hoy ha sido una crisis de ansiedad, algo muy común teniendo en cuenta la presión de todo lo sucedido. Ha sido demasiado para ella. En cuanto a eso, no tendría más recomendación que la diversión — me contestó el doctor.
—Me encargaré de ello, se lo aseguro.
—Creo que de lo que se tendrá que encargar es de lo que voy a decirles a continuación y que espero sea una buena noticia.
—¿De qué está hablando, doctor? —preguntó, algo asustada, la verdad, a pesar de que había dicho anteriormente que no era nada grave.
—Señores, van a ser padres. Señorita Blanco, está usted embarazada de diez semanas.
No supo que decir ni cómo reaccionar, no como yo, al que una sonrisa de lo más sincera se me pintó en la cara.
No es que le sentara mal, no es que no quisiera tener un hijo conmigo, simplemente era que una noticia así, después de todo lo que me había sucedido le estaba costando asimilarlo, pero no podía quedarme con esa duda, así que, le pregunté.
—¿No estás contenta? Porque, a mí, me has hecho el hombre más feliz del mundo.
—Claro que estoy contenta, ser madre era una de mis mayores ilusiones. Tan solo es que, después de todo lo que ha sucedido, me da miedo ilusionarme con algo así.
—No permitiré que os pase nada, ni a ti ni al niño, te lo prometo.
—Raúl, no puedes prometer algo así, no está en tu mano mantenernos a salvo.
—Claro que está en mi mano. Sois mi mujer y mi bebé, y en cuanto que des a luz, contraeremos matrimonio, te lo aseguro.
—Te ha faltado decir que seremos los más felices del mundo.
—¿Lo dudas?
—Ahora mismo, dudo hasta de mi nombre, cariño.
Solté una carcajada, que le contagié, era como si la necesitara, como si el propio sonido de la risa fuera el detonante de su propia felicidad, y me vino de lo mejor.
Después de decirnos esto, el doctor nos trajo el alta hospitalaria, así como una cita para el ginecólogo y algunas indicaciones por si le volviera a suceder otro episodio de ansiedad, ya que, en su estado, no podría tomar medicación.
Tomamos un taxi en la entrada del hospital, y nos fuimos a casa. En mi cabeza había miles de planes de futuro, que me daba miedo no poder llevar a cabo.