Capítulo 32
Alba
En cuanto que me vio la cara, Raúl se levantó de la cama precipitadamente, pues sabía que algo había ocurrido, y empezó a vestirse. No me hizo falta decirle nada más de lo que había oído a través de mi móvil. Me levanté y me puse lo primero que encontré en el vestidor.
Salimos de allí a toda carrera y, cuando llegamos, no me podía creer lo que estaba viendo. Mi negocio, mi casa, todo estaba calcinado. Casi me caigo al suelo del mareo que me entró, y supe, claramente quién había sido la culpable, aunque no tenía pruebas para acusarla.
—Agente Herrera, anoche mismo, la señora Cuca Saltera, la que fuera esposa del empresario Alfredo Santisteban, nos amenazó con qué mi novia perdería todo en la vida —le dijo Raúl, porque yo no tenía fuerzas ni para abrir la boca.
—¿Tienen pruebas de eso?
—Desgraciadamente, no. Tan solo estábamos los tres en ese momento.
—Entonces, será mejor que sigamos investigando.
—¿Cómo ha sido? —pregunté, intentando saber.
—No lo tenemos claro todavía, lo que sí sabemos, según el informe de los bomberos, es que ha sido intencionado.
—¿Qué tengo que hacer ahora? Dios mío, esto parece una puta pesadilla, de verdad.
—Venga a poner la denuncia y haga un informe de los daños que, junto al que ya han realizado los bomberos, deberá entregar en su compañía de seguros.
—El dinero es lo que menos me preocupa. Es mi casa y mi negocio lo que esa mujer se ha dedicado a dilapidar. Temo por mi vida —dije, en un arrebato de valentía.
Nadie dijo nada al respecto, tan solo Raúl fue quién se acercó a mí, dejándome un beso en la cabeza, a modo de protección. Estábamos en esa postura, esperando a que los bomberos terminaran de apagar las llamas y de revisar que la estructura del edificio estaba bien, cuando apareció Alfredo.
No sabía cómo se había enterado, pero allí estaba, completamente preocupado por lo sucedido, y dispuesto a actuar en consecuencia, a diferencia de mi propio padre, que no había movido ni un solo dedo, ni siquiera una llamada de teléfono.
—Alba, ni niña, ¿qué ha sucedido?
—Pues ya ves, tu querida exesposa, que ha decidido que nada como el calorcito para vender un buen viaje.
—Sabía que había sido ella, al salir ayer, me estaba esperando en la puerta del local y, como no accedí a sus pretensiones, me amenazó. Pero, por desgracia, no tengo testigos, o al menos, los que estaban presentes no son fiables.
—Me puedo imaginar a las personas a las que te estás refiriendo —dijo Raúl.
—Estoy aquí para ayudarte. En unas horas, vendrán un equipo de reformas y te dejarán todo esto listo lo antes posible —me dijo Alfredo, que antes había asentido a las palabras de mi chico.
—No es necesario, yo mismo me puedo ocupar de todo esto —contestó Raúl.
—Todo esto ha sido por mi culpa, si no me hubierais avisado de lo que me estaba haciendo, ella hubiera seguido en mi vida, y yo estaría en boca de todos. Es un deber moral el que tengo que vosotros.
—De verdad, Alfredo, no tienes que sentirte culpable de los actos de los demás, mucho menos cuando no has sido responsable de mis decisiones, te lo aseguro. Lo que hice, lo hice de corazón, porque eres un hombre bueno que no se merecía a una mujer así a tu lado.
—Justo por eso, porque supiste ver en mí lo que mi mujer no hizo en estos años de matrimonio, y eso, me hace ver el tipo de persona que eres, el corazón tan noble que tienes.
Estábamos hablando de todo eso, cuando el agente se acercó de nuevo a nosotros, y su cara no auguraba buenas noticias, pero, teniendo delante lo que teníamos, era lo más lógico, no iba a venir riéndose a carcajadas.
Nos fijamos y, en sus manos, venían dos bolsas de esas de pruebas. En una, venía un mechero algo vulgar, de esos que se pueden comprar en cualquier estanco por un euro. Vamos, que este no había visto un capítulo de CSI en su vida, o ya hubiera sacado sus propias conclusiones.
Pero lo más asombroso fue lo que traía en la otra bolsa, en la que se veía como una pulsera o algo parecido, y que esperaba que no fuera de los chinos, sino que tuviera algún valor, no económico, sino para la investigación del caso.
—Señorita Blanco, hemos encontrado estos dos objetos en el interior. ¿Los reconoce? ¿Puede decirme si son suyos o de algún otro empleado?
—No, no los reconozco. Aunque, déjeme decirle que, al menos uno de ellos, es demasiado vulgar, no creo que tenga ninguna relevancia, la verdad.
—Entiendo lo que me quiere decir, pero tal vez contenga huellas que nos lleve hasta la persona que lo provocó.
—Caballero, soy el señor Santisteban, y me gustaría saber cuándo se podría empezar la reforma en el edificio, no quiero enviar a nadie e interferir en la investigación.
—No sabría decirle, señor Santisteban, pero, al menos en seis semanas no se podrá tocar nada, ni entrar siquiera.
Seis semanas, cuarenta y dos días de mi vida tirados a la basura, eso sin contar con mi casa, que también había sido destruida. Lo que más me dolía no era lo material, sino las fotografías de mi madre que guardaba en mi apartamento, los poquitos objetos que tenía de ella se habían desintegrado.
Sin poder evitarlo, las lágrimas empezaron a caer por mis mejillas, y Raúl, que se había dado cuenta, corrió a abrazarme.
Una vez que me encontré entre sus brazos, en el instante en el que su pecho actuó como almohada para mi cabeza, me dejé llevar, y solté todo lo que había estado reteniendo desde que recibí esa llamada.
Mi chico no abrió la boca, no dijo las tan manidas palabras que se pronunciaban siempre que intentabas consolar a alguien, sino que tan solo me mostró su apoyo en forma de abrazo y caricias en mi espalda, y no pude agradecerlo más.
Lo que menos me apetecía en estos momentos era escuchar eso que se solía decir de «Todo va a ir bien», o el «No te preocupes, que encontraremos la manera», porque nadie puede saber lo que realmente pasará, en ninguna de las malas situaciones a las que tuviéramos que enfrentarnos.
—Volvamos a casa.
—No, volvamos a tu casa, la mía está completamente calcinada.
—Sé que no me vas a creer, pero iba a pedirte que te vinieras a vivir conmigo. Al fin y al cabo, es lo que hacemos desde que volvimos de Tenerife.
—¿Por qué no iba a creerte? El problema no es ese.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—Pues que, si te digo que sí, pensarás que lo hago no porque me apetezca, sino porque no tengo otro sitio a dónde ir.
—No, sé que sí te vienes a vivir conmigo, es porque te apetece. De lo contrario, me lo hubieras dicho y me hubieras pedido ayuda para buscar otro lugar en el que alojarte.
Raúl tenía razón, pero no quería que hubiera más malentendidos entre nosotros.
No tenía nada que recoger, porque mi ropa y todos mis enseres personales los había perdido en el incendio, así que, tendría que apañarme con lo que había en el vestidor de su casa, al menos hasta que el seguro me pagara la indemnización.
No iba a permitir que Raúl me pagara nada más, ni que me comprara ropa y, por supuesto, el recurrir a la ayuda de mi padre estaba completamente descartada. Con mis ahorros, tan solo podía mantenerme hasta entonces, y debía controlar mis gastos.
Alfredo estaba hablando con los bomberos, mientras que Raúl firmaba todos los documentos que le iba entregando el agente Herrera, y yo terminé sentada en el bordillo de la acera, sin fuerzas ni para mantenerme en pie.
Y yo decía que la vida no me podía joder más, pues hay estaba la prueba de que sí que podía hacerlo. De verdad que, en algunas ocasiones, pensaba que para qué seguía en este mundo, si estaba claro que el destino no me quería en él y, si lo hacía, era para entretenerse conmigo.
Raúl se acercó a mí, me agarró de la mano para ayudarme a levantarme y, cogido de mi mano, me llevó hasta el coche, en el que pusimos rumbo a casa.
Ni siquiera me había despedido de Alfredo, no tenía fuerzas.
Tan solo quería llegar, darme una ducha para quitarme el olor a humo y meterme en la cama, de la que no me apetecía salir en mucho tiempo.
Mi chico se encargó de avisar a Daniel para que vinieran lo antes posible, y mi teléfono empezó a sonar, era una videollamada de Chicky, pero no me apetecía hablar con nadie, por eso ni siquiera me planteé contestar a esa llamada.
—Deberías coger el teléfono y hacerle saber que estás bien.
—Ella sabe que lo estoy, al menos físicamente, porque psicológicamente estoy hecha una mierda.
—Sé que es muy duro, pero estás rodeada de cariño de todos nosotros, lo económico es lo de menos.
—No es lo económico lo que me tiene así. Para salir tengo los cojones suficientes, el problema es todo lo que he perdido sentimentalmente. Las fotos con mi madre, los objetos de ella, que a lo mejor no tenían valor económico, pero, para mí, eran mis mayores tesoros.
—Intentaremos restaurarlos, te lo prometo.
—Gracias, Raúl.
—No me las tienes que dar, estoy aquí para todo lo que necesites.
—Sí, pero no me has dicho palabras vacías, sino que me has mostrado tu apoyo incondicional, sin pedirme nada a cambio.
—Jamás lo haría. No me gusta prometer algo que no sé si podré cumplir, Alba. Por eso, ten por seguro que, si te prometo lo que sea, es porque lo hago de corazón, y no te fallaré.
—Te quiero, Raúl.
—Pues yo no te quiero. Yo te amo. Y te prometo que cuidaré siempre de ti.
Entramos en la casa y fue Raúl el que se encargó de tranquilizar a mi mejor amiga, dejándole claro que, en cuanto que estuviera mejor, la llamaría, pero que me dejara unos días para poder asimilar todo lo que se me había venido encima.
Cuando salí de la ducha, con un pijama cortito puesto, Raúl ya me había traído una bandeja con el desayuno, que me esperaba a los pies de la cama, al igual que él, que pintaba una sonrisa demasiado triste en su cara.
Sabía que estaba preocupado por mí, por lo que esa loca sería capaz de hacerme si llegaba a mí, y por eso lo tranquilicé.
—No te preocupes, no creo que llegue más lejos de lo que ya lo ha hecho.
—Con ella, nunca se sabe, y no quiero que bajes la guardia, de verdad.
—Está bien, tendré cuidado. Ahora, vamos a desayunar y metámonos en la cama, porque estoy completamente agotada, te lo prometo.
—Vamos, cariño, descansemos un rato.
En cuanto que posé mi cabeza en la almohada, mis ojos se cerraron casi por inercia.
Necesitaba desconectar de todo, dejar mi mente en blanco y poder descansar de manera real, sin pensar en lo que iba a suceder al día siguiente, sin preguntarme cuál sería la siguiente putada a la que me sometiera la vida.
Y lo conseguí, al menos durante un buen rato, pues me desperté sobresaltada y sola en la cama.
Al levantarme, pude escuchar como Raúl conversaba con alguien en el salón, y su tono no era amable, precisamente.
No podía escuchar bien la voz de la otra persona, pero no dudé en bajar a ver quién era y qué era lo que estaba ocurriendo.
—Te he dicho que te marches, no queremos tu ayuda, ni la querremos nunca.
—Vamos, hermano, no seas más orgulloso, no tienes dinero para tanto, incluso esta casa que pretendes hacer pasar por tuya, cuando todo el mundo sabe que es alquilada.
—Piensa lo que quieras, Jacobo, me da igual todo.