Sí, quiero. ¿O no? Capítulo 31
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Capítulo 31

Alba

Cuando nos acercamos a la prensa, todos empezaron a hacer preguntas, pero contestamos a ninguna.

Tan solo Raúl lo hizo a una periodista del corazón que le preguntó si era su nueva conquista, a lo que él contestó que no, que se trataba de su pareja, de su futura esposa, ante la atenta mirada de nuestros padres.

—Pero mira quienes han llegado, los reyes del amor —dijo la madre de Raúl.

—Poco les va a durar. ¿Tú no sabes eso de dime de qué presumes y te diré de lo que careces? —contestó Macarena y provocando la risa de todos los que estaban ahí, menos mi padre, que agachó la cabeza.

—Que lo paséis bien, que tenemos que saludar al anfitrión —les dije, pasando de los comentarios que habían hecho.

Raúl me regaló una sonrisa cuando dije eso, y nos dispusimos a entrar en el salón de celebraciones, donde Alfredo iba recibiendo a todos los invitados.

En cuanto que nos vio, vino corriendo a nosotros, dándonos un abrazo de lo más cariñoso, ante el que los padres de Raúl y mi padre que nos miraban asombrados.

—Me encanta que estéis aquí, juntos y enamorados, y que yo sea testigo de eso.

—Y nosotros estamos encantados de estar aquí, de que hayas contado con nuestra presencia.

—Amigo, me parece que tienes en alta estima a mi hijo, y es mi deber anunciarte que este bueno para nada, terminará por defraudarte —le dijo el padre de Raúl.

—Eso mismo pienso yo de la hija de mi marido, Alfredo —dijo Macarena, interrumpiendo a Julián.

—En primer lugar, no soy amigo de ninguno de los dos, así que no entiendo a que vienen tantas confianzas como para tutearme —respondió Alfredo.

Os prometo que tuve que girarme para no soltar una carcajada delante de Macarena, que puso una cara de esas típicas de los memes, y Alfredo se dio cuenta, pero no por ello me reprendió, todo lo contrario, sino que siguió hablando, ante la pasividad de mi padre, que, como siempre, tan solo agachó la cabeza.

—Y, en segundo lugar, si hay alguien aquí, que ha sido capaz de empezar desde abajo, de fabricarse una vida con un trabajo que no le ha sido heredado, son estos dos jóvenes. Me parece que no conocen mucho a sus hijos.

—Gracias, Alfredo, pero esto es el pan nuestro de cada día. Sabemos lo que piensan nuestras familias de nosotros, no nos coge por sorpresa —dijo Raúl, visiblemente apenado.

—Hombre, es que tenemos otro hijo, que debe de estar a punto de llegar, y que no tiene comparación con «este» —dijo Camila, diciendo esa palabra de una manera despectiva.

—Señora, los hijos son todos maravillosos, y deben agradecer a la vida poder haberlos tenido, pero tienen que ser libres, no deben ser una extensión de nosotros mismos ni una proyección de lo que hubiéramos querido ser cada uno de nosotros —le dijo Alfredo, dejándola cortada.

—Pero…

—Chicos, nos vemos luego que tengo que continuar atendiendo a mis invitados. Tenemos que concertar una cita para hablar de negocios —nos dijo, ignorando a todos los demás.

—Cuando te venga bien, Alfredo, por nosotros no hay problemas —le contesté, con una sonrisa.

Alfredo pasó por nuestro lado, dejándome un beso en la cabeza, en una actitud mucho más paternal que la que mi padre me había mostrado nunca, y eso, me dolió y me enterneció a partes iguales.

Muchas eran las veces que me había preguntado que hubiera sido de mi vida si Macarena no se hubiera cruzado en nuestros caminos.

Quizás, si eso no hubiese ocurrido, mi padre hubiera sido más atento y cariñoso conmigo, pero tampoco tendría a mi hermano Alejandro, que era mi vida, y al que quería con toda mi alma y, nada más que por eso, cualquier sacrificio merecía la pena.

Nos dirigieron a todos a las mesas en las que cenaríamos, pero justo cuando estábamos a punto de sentarnos, Alfredo se acercó a nosotros, ante la atenta mirada de los padres de Raúl y de Macarena, porque mi padre continuaba con su actitud sumisa, mirando al suelo.

—Vosotros no, queridos, vosotros estaréis en mi mesa —nos dijo Alfredo.

—Eso no es justo, ellos no son grandes empresarios. Si ellos se sientan a su mesa, mi hijo Jacobo también debería sentarse allí —exigió Camila.

—Señora, con todos mis respetos, lo que a usted le parezca justo o no, me trae sin cuidado. A mi mesa se sienta quién a mí me sale del alma y, si me disculpan, vamos a sentarnos a cenar. Señores…

Alfredo nos indicó el camino, y nos encaminamos hacia donde nos había señalado, esperando a que nos separáramos un poco de nuestras familias para poder hablar con tranquilidad, sin que ellos estuvieran atentos a nuestra conversación.

—Me vais a permitir la licencia, pero tu hermano, Raúl, es un gilipollas de manual —dijo Alfredo, provocando que saliera una carcajada de mi ser.

—Pues, no te lo vas a creer, pero mi madrastra pretendía que me casara con él.

—Y no ceja en su empeño —añadió Raúl.

—Gracias al cielo que no le has hecho caso, porque te auguro una vida muy infeliz a su lado.

—Ni que lo digas, amigo. No lo soporto, es un ser egocéntrico, creído e insoportable —le dije, riendo.

—Veo que lo tiene en una alta estima —me contestó Alfredo, sin parar de reír.

La cena transcurrió entre risas, comentarios de lo más ácidos y algunas ideas de negocio que nos vendrían muy bien a los tres, mientras que en la mesa en la que estaban sentadas nuestras familias parecía la mesa de un velatorio.

Sus caras lo decían todo, y pasaban, de la mirada orgullosa de mi padre, que intentaba disimular para que su esposa no se diera cuenta y no montara el espectáculo, a la rabia que mostraba Camila y Macarena, a las que sus planes no le salieron tal y como ella pensaban.

Al terminar la noche, salimos de allí con una cita concertada con el señor Alfredo Santisteban, pero, lo que no esperábamos era que, al salir de aquel salón, dispuestos a volver a la casa de Raúl, nos íbamos a dar de frente con aquella mujer, que esperaba fuera como si estuviera al acecho de su presa.

—Tú, niñata, me has quitado todo lo que más quería en mi vida, y no te vas a ir de rositas, te lo prometo —me dijo Cuca, rabiosa.

—Yo no te he quitado nada. Quizás, no supiste cuidar lo que tenías, al mismo tiempo que te apropiaste de lo que no te pertenecía —le dije, muy calmada.

—¿Qué sabrá una mosquita muerta como tú de la vida de una mujer de verdad?

—Cuca, basta ya. Sabes que, entre nosotros nada más que había sexo y, cuando coincidimos en Tenerife, te lo dije demasiado claro, que se acabó. Si no tienes a tu marido a tu lado no es culpa de nadie, nada más que tuya —le contestó Raúl.

—No, si mi marido no sigue consintiéndome como hacía, es culpa de la mujer con la que estás, pero juro por mi vida que ella también lo perderá todo, así me deje la piel en conseguirlo.

—Vámonos, Raúl, no merece la pena —le dije, haciendo un gesto para que encamináramos nuestros pasos hasta el coche, que ya nos esperaba.

—Sí, será lo mejor, o terminaré poniéndome a su misma altura, y no quiero salir en los periódicos —me contestó mi chico.

Raúl se puso a mi altura, echó su brazo por encima de mis hombros y me pegó a él, dejándome un breve beso en los labios que, esperaba, sirviera para que esa mujer nos dejara en paz y para que todo el mundo se diera por enterado de que lo nuestro iba en serio.

Aquella noche, volvimos a hacer el amor, como hacíamos cada noche desde que estábamos juntos, demostrándonos el amor que nos sentíamos. Estábamos a punto de quedarnos dormidos, abrazados, cuando mi teléfono empezó a vibrar en la mesilla de noche, que era donde lo había dejado, como siempre.

Era un número desconocido, y me planteé no contestar, pero entonces, recordé que Chicky estaba fuera con Daniel, y que podían haber tenido algún problema, me hizo saltar de la cama para contestar.

—No lo cojas, déjalo sonar, ya llamarán más tarde.

—Son las cinco de la madrugada, si no fuera importante, no llamarían a estas horas.

—Joder, ¿quién puede ser a esta hora?

—No lo sé, pero lo voy a comprobar ahora mismo.

Fui a contestar, pero la llamada se cortó. Me planteé apagar el móvil y que me dejaran pasar el fin de semana de manera tranquila, pero, justo cuando estaba a punto de hacerlo, volvió a sonar de nuevo. Esta vez no esperaba dejar que se cortara la llamada, y contesté.

—¿Señorita Alba Blanco?

—Sí, soy yo. ¿Quién me llama?

—Soy el agente Herrera, y estamos en su negocio. ¿Sería posible que viniera hasta aquí en este momento?

—Por supuesto, en quince minutos estaré allí.