Sí, quiero. ¿O no? Capítulo 30
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Capítulo 30

Alba

Como no tuve la visita con mi hermano, y todavía tenía tiempo antes de tener que abrir la agencia, pues me decidí a buscarme un vestido en el centro comercial.

Nada más entrar en una de las tiendas que allí había, y que era especializada en vestidos de ceremonias y fiestas, lo vi.

Era una maravilla, y sabía que destacaría entre todos los demás.

No es que me gustara llamar la atención, pero en esta ocasión tenía que hacerlo, por la mujer de mi padre, para que no me viera derrotada, que era lo que esperaba.

En la invitación venía indicado el código de vestimenta, y decía claramente que las mujeres tendrían que acudir con un vestido de fiesta en tonos claros o pasteles, y los hombres en trajes de chaqueta y con la corbata en el mismo tono que el vestido de su pareja, y eso me gustó muchísimo, era como si así se supiera quién es la pareja de quien.

El que yo elegí era de color rosa bebé, tan clarito que casi parecía blanco, y llevaba unas pequeñas piedrecitas que le daban un toque de brillo de lo más elegante.

Era tipo griego, por lo que tan solo llevaba un hombro, un cinturón elaborado con las mismas piedras que lucía todo el vestido, y caía hasta los pies.

La chica me enseñó las sandalias que iban a juego con ese vestido, así como el bolso, y me enamoré de ellos. Así mismo, me dijo que, si quería la corbata del mismo tono, también las tenía, por lo que no tuve que salir ni de la tienda.

El vestido me quedaba como un guante, así que no tuvieron que hacerle ningún tipo de arreglos, por lo que me lo pude llevar en el momento. Según la chica, habían acudido varias mujeres en busca de lo mismo que yo, pero ninguna había llegado a ver ese vestido, pues llegó esa misma mañana.

En esa tienda tan solo traían un vestido de cada modelo, por lo que era imposible que coincidiéramos dos mujeres con el mismo vestido. Miré el reloj y me di cuenta de que iba con el tiempo justo, así que, tomé un taxi en la misma puerta del centro comercial y me dirigí al trabajo.

No había llevado el coche pues, desde que volvimos de Tenerife, habíamos pasado la noche en casa de Raúl, y él me traía a diario al trabajo, y me recogía de él, como era el caso de este momento, en el que ya estaba aparcando en la puerta.

—¿Te queda mucho?

—No, ya estoy. Recojo la bolsa del vestido y ya mismo nos vamos.

—Tengo un regalito para ti, y quiero que los luzcas mañana en la fiesta.

—Uy, eso suena a algo caro, y sabes que no me gusta que me compres cosas así.

—Ya, pero los regalos no se miden por el precio, sino por el detalle de quién te lo regala.

—Por eso mismo, a mí me da igual que cueste un euro, siempre que venga de tus manos.

Raúl aprovechó que la puerta de la agencia estaba cerrada, para pegarme a él, con sus manos en mis caderas, y me dio un beso, de esos que te quitan la respiración y que anticipaba las ganas que nos teníamos el uno al otro. Por eso, no tardamos en salir de allí e ir a su casa.

Ni que decir tiene que nuestras manos no estuvieron quietas durante todo el trayecto, pero, en cuanto que aparcamos, Raúl me puso en las manos una cajita de una famosa joyería que había en la ciudad.

Lo hizo como el que me da la bolsa del pan, como si estuviera disimulando, y eso me provocó una carcajada.

—Venga, abre la cajita y dime si te gusta.

—¿Tengo que hacerlo ahora?

—Pues sí, porque en el momento que crucemos la puerta de mi casa, no podré quedarme quieto y no sé dónde puede terminar esa caja.

—Siento comunicarte que, aunque no dejes las manos quietas, hasta que no deje colgado el vestido, no te permitiré que te acerques a mí.

—Eso tiene fácil solución, ve abriendo la caja que ahora mismo vuelvo.

Raúl se bajó del coche, cogió las bolsas y salió corriendo hacia la casa, dejándome con una mezcla de asombro y diversión, que terminó en una carcajada que salió de mi boca al verlo entrar a toda pastilla.

Mientras que lo hacía, abrí la caja, porque tenía claro que, en el momento en el que saliera de esa casa, vendría a por mí, hubiera abierto el paquete o no, así que me dispuse a hacerlo. Cuando vi lo que había dentro, me quedé con la boca abierta.

Se trataba de unos pendientes de oro blanco, largos y que le venían al vestido como anillo al dedo. Parecía que había visto lo que llevaría puesto antes de comprarlos, porque tenía unos brillantitos a lo largo de la parte que caía, que tenían la misma forma de los que adornaban el vestido.

—¿Te han gustado?

—Parece que los has elegido después de ver el vestido.

—Pues no ha sido así, pero los vi en el escaparate y te imaginé con ellos puestos, quedándome prendado.

—Gracias, de verdad, son preciosos y los luciré mañana con mucho orgullo.

—Eso es lo que quiero, que te los pongas y los disfrutes. No me lo tienes que agradecer. O sí, pero no aquí ni de esta manera. Vamos, que se me están ocurriendo muchísimas cosas.

Levantó las cejas repetidamente, haciendo que soltara una carcajada que le contagié a Raúl, que me cogió de la mano en cuanto que puse un pie fuera de su coche, para atraerme a él y besarme como él sabía que me gustaba y me encendía.

Os podéis imaginar la noche que pasamos, como todas y cada una de las que habíamos pasado desde que nos reconciliamos en Tenerife. Esa mañana no pusimos el despertador, ya que era festivo y ninguno de los dos teníamos que trabajar y nos levantamos bien entrada la mañana.

Raúl me dijo que había avisado a una peluquera y a una maquilladora, que vendrían a la casa a las cinco de la tarde, y me costó la primera discusión con él, porque yo quería pagarlo y él me decía que ya estaba pagado.

Cuando las chicas terminaron conmigo y me miré en el espejo, no me lo podía creer, no me reconocía.

En cuanto que vieron el vestido que llevaría, lo tuvieron claro.

Mi melena rizada iría recogida en un moño trenzado, un peinado típico griego, que despejaba mi cara y hacía que resaltaran mis pendientes.

Con respecto al maquillaje, ahumaron mis ojos en tonos tierra y aplicaron máscara de pestañas y un labial en rosa, pero un poquito más oscuro que el color de mi vestido. El momento en el que me vi, completamente vestida y con mis pendientes puestos, parecía una estrella de cine.

—No se puede estar más bonita que tú, de verdad.

—Gracias, tú también estás guapísimo, así que, no te separes de mi lado que no quiero tener que partirle la cara a nadie.

—Eso te lo tendría que decir yo a ti, chavala.

—Anda, vamos, que llegaremos tarde.

—He contratado un coche con conductor para que nos lleve y nos recoja, no me apetece tener que estar pendiente del coche.

—Perfecto, pero yo tenía otros planes.

—¿Cuáles, si se puede saber?

—Había pensado que, de ahí, podríamos marcharnos a pasar el domingo a algún lugar perdido, los dos a solas.

—Pues, volvemos a casa, pasamos la noche aquí, y mañana salimos temprano.

—Bueno, depende de la hora a la que nos recojamos, porque, si es muy tarde, mañana se va a levantar temprano quién yo me sé.

Raúl empezó a reír, mientras que me cogía de la mano para salir fuera de la propiedad, donde ya nos habían avisado de que nos esperaba el coche que había contratado mi chico y que nos llevaría hasta el salón de celebraciones en el que se celebraría la fiesta.

Cuando llegamos, aquello estaba rodeado de prensa, además de los demás invitados que también acudían. Desde lejos los vi, a mi padre junto a su mujer, que parecían muy entretenidos con los padres de Raúl. Mi chico me miró, y no tuve duda.

—Si no quieres pararte, seguimos adelante.

—No podría hacer eso, porque la prensa se me tiraría encima intentando averiguar lo que sucede en mi familia.

—Por eso están ahí, para provocar que eso suceda. Pero tranquilo, que yo estaré a tu lado y te sacaré de allí lo antes posible.

—¿Te he dicho ya que estoy completamente enamorado de ti?

—Hoy, todavía no, pero luego te los cobraré todos juntos.

Bajamos del coche entre risas y cogidos de la mano, siendo el centro de atención de toda la prensa, por muy poco que me gustara y hubiera intentado mantenerme alejada de ella.