Sí, quiero. ¿O no? Capítulo 29
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Capítulo 29

Alba

Las vacaciones se terminaron, y era hora de volver a la rutina diaria. Chicky se había marchado con Daniel unos días a la playa, al hotel de Barcelona, que necesitaba una inspección, pues hacía mucho tiempo que nadie pasaba por ahí, por lo que yo me encontraría sola en la agencia.

No era una época de demasiado trabajo, pues ya todo el mundo había organizado sus vacaciones, y los que se acercaban a la agencia, o bien eran algunos rezagados que buscaban un viaje de última hora, o alguno para organizar alguna escapadita de cara al invierno.

Durante estos días, yo aprovechaba para ponerme al día sobre las nuevas promociones que ofrecer en los puentes o en las vacaciones de navidad, pues eran muchos los que no viajaban en verano, sino que preferían hacerlo en esos días y no pasar calor, los había para todos los gustos.

Nuestros días en Tenerife fueron un cúmulo de cosas, tanto buenas como no tan buenas, pero, al final, había triunfado el amor, y eso era lo que realmente importaba. Estaba en mi escritorio, sentada, cuando recibí una visita de lo más inesperada, pero que me alegró muchísimo de recibirla.

—¡Alfredo! ¿Qué tal va todo?

—Hola, bonita. Pues muy bien, por fin puedo vivir tranquilo, ya no tengo nada que ver con esa mujer, aunque me ha costado deshacerme de ella.

—¿Has tenido que ceder en sus peticiones?

—No en todas, pero sí en la mayoría, porque, al final, mi conciencia tampoco me permitía dejarla con una mano delante y otra detrás.

—Y eso dice mucho de ti, aunque no se lo mereciera.

—Bueno, pero no estoy aquí para esto. He venido porque mañana celebro una fiesta, y me gustaría que acudieras con tu novio, porque no dudo que habéis vuelto.

—Sí que volvimos, Cuca no se salió con la suya.

—Y yo que me alegro. ¿Pero qué me dices a lo de la fiesta?

—Pues, por mí no hay ningún problema, pero tendré que preguntarle a Raúl.

—Bueno, te dejo la invitación y me confirmas luego. Siento no haber venido antes, pero, entre el trabajo y el divorcio, no tuve tiempo.

—No te preocupes, casi puedo asegurar, que nos veremos allí.

Salió de la agencia en cuanto que recibió una llamada, haciéndome un gesto con la mano de que nos veíamos al día siguiente, y lanzándome un beso que me hizo muchísima gracia.

Alfredo se veía un buen hombre, y se merecía una mujer que lo valorara, no alguien que solo pensara en su cartera y no en acompañarlo cuando lo necesitaba, y estaba segura de que la encontraría.

Cuando salió de mi campo de visión, le envié un mensaje a Raúl, pues no tenía ni idea si estaba reunido o tendría trabajo y no me podría atender.

En cuanto que volvimos del viaje quedamos en eso, cuando uno de los dos quisiera hablar con el otro, lo haríamos de ese modo, y en cuanto que pudiera, lo llamaría.

Alba: Tengo que hablar contigo, en cuanto que puedas, llámame, pero no te asustes que no es nada urgente, no he tenido visitas desagradables ni para parecido.

Se lo aclaré, porque no quería que pensara que su hermano había vuelto a aparecer por aquí o que había formado un numerito de nuevo, pero no pasó ni un minuto desde que envié el mensaje, hasta que recibí su llamada.

—Dime Raúl.

—No, dime tú. ¿Qué ha pasado?

—No ha pasado nada, relájate. Seguro que no has leído el mensaje entero.

—Pues no, tan solo he visto eso de «Necesito hablar contigo» y me he dado patadas en el culo para llamarte.

Solté una carcajada por la manera en la que me lo dijo, mientras que lo escuchaba resoplar al otro lado de la línea telefónica. Era como si lo estuviera viendo, se estaría llevando la mano al pelo, en señal de desesperación.

—Lo que ha ocurrido es que ha estado aquí Alfredo.

—¿Santisteban?

—El mismo. Nos ha invitado a una fiesta, mañana por la noche, en uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad.

—¿Te apetece ir?

—Pues, la verdad es que sí, porque ese hombre me cae muy bien.

—Entonces, iremos, no hay más que hablar.

—Pero no se trata de lo que yo quiera. No estaría a gusto si tú no quisieras estar allí.

—Claro que quiero, pero también debes saber que, casi con total seguridad, estarán mis padres, mi hermano y tu padre con su mujer, porque no sería la primera vez que se celebrara una fiesta así.

—¿A ti importa su presencia?

—Para nada, a mí la única presencia que me importa es la tuya, junto a mí, por supuesto.

—Entonces, creo que no habrá una mejor ocasión para demostrarle a todos que nuestro amor está por encima de todos ellos.

—¡Esa es mi chica!

—Entonces, ahora le envío un correo electrónico de confirmación, como me ha pedido que haga.

—Claro, porque seguro que todo ese tema lo lleva su secretaria.

—Seguro que será así. Bueno, amor, te dejo que estarás liado con el trabajo.

—Mientras que me digas que es con el trabajo y no con mi secretaria, vamos bien.

—Eso espero, o terminarás colgado de la lámpara de tu despacho, y no será ni por las manos ni por los pies.

—Me queda claro que me colgarías por los huevos.

—Veo que lo has entendido.

Ambos soltamos una carcajada porque sabíamos que todo era una broma entre los dos. Me encantaba poder hacer bromas sobre estos temas sin que me hiciera daño o me hiciera recordar todo lo que ocurrió con esa mujer cuando estuvimos en Tenerife.

Sin darme cuenta, había llegado la hora de comer, y el abogado que llevaba el tema de mi hermano me había dicho que el juez me había dado una visita, vigilada, por supuesto, porque su madre había argumentado una inestabilidad emocional por mi parte, para no dejarme verlo y sería dentro de una hora.

Llamé un taxi y me dispuse a comer en alguno de los bares que había cerca del punto de encuentro en el que tenía la visita con mi hermano, pues no quería perder ni un segundo. Si todo iba bien, podía estar con Alejandro toda la tarde, y no me importaba si no se abría la agencia esta tarde.

Entré en el primero que vi, y me senté en una mesa en su interior, porque comer en la terraza estaba completamente descartado, por las altas temperaturas que estábamos sufriendo.

Al echar una ojeada, vi que la mayoría de las personas que se encontraban ahí eran trabajadores de la zona, y eso me gustó, porque garantizaba que la comida era buena.

Uno de los camareros se acercó a coger mi comanda, y me pedí un refresco de cola cero, una ensalada y un filete de pavo a la plancha con patatas y huevo frito. Sí, como muchísimo, lo sé, pero no lo puedo remediar, disfruto comiendo.

A la cabeza me vino si estuviera la mujer de mi padre delante, lo que me diría, que no sería otra cosa que eso de «Una mujer no debe comer tanto, cariño, porque los hombres pueden pensar que eres un poquito masculina».

Pero ¿sabéis lo que os digo? Que pensaran lo que quisieran, que mi estómago estaba lleno y yo era feliz.

Por supuesto que podía estar más delgada de lo que estaba, pero como yo estaba a gusto con mi cuerpo, no entraba en mis planes.

No es que fuera una mujer gordita, pero tampoco una como las que salen en las revistas de moda.

Era una mujer normal, con una talla cuarenta y dos, y curvas dónde las tenía que tener, ni más ni menos.

Terminé de comer y me dirigí hasta el punto de encuentro, ya que yo tenía que estar allí como quince minutos antes y no quería que me tacharan de llegar tarde. Llamé al timbre y me abrió una chica muy simpática.

—Hola, buenas tardes, tengo una visita con Alejandro Blanco.

—Debes ser Alba Blanco, ¿verdad?

—La misma.

—Pasa a esa sala, en cuanto que el niño llegue te avisaremos.

—Gracias.

Estando sentada en la sala, mi teléfono móvil vibró, era Raúl, que me había enviado un mensaje para darme ánimos y para decirme que, aunque físicamente no estaba conmigo, si lo estaba de corazón.

Se lo agradecí con otro mensaje, y estuvimos así, intercambiándonos mensajes hasta que Raúl se despidió de mí, puesto que debía entrar a una reunión. Allí me quedé sentada, y habían pasado ya casi cuarenta minutos desde que había entrado por la puerta, y empezaba a desesperarme.

Como diez minutos después, entró la misma chica que me atendió a la llegada, con la cara un poquito apurada, y supe que no iban a traer a mi hermano, como así me lo confirmó ella. Al parecer, habían enviado un justificante médico como que estaba enfermo, y que no me lo creía ni yo.