Sí, quiero. ¿O no? Capítulo 28
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Capítulo 28

Alba

Raúl cogió uno de los pequeños canapés que había en la mesa y me lo acercó a la boca, pero no lo introdujo, sino que lo refregó por mis labios, para luego lamerlos de la forma más sensual que había vivido en mi vida.

—Está bueno, me gusta.

—Joder, Raúl, que no llegamos ni al postre.

—¿Estás caliente?

—No sabes tú cuánto.

—Pues me da igual, porque no te daré lo que quieres hasta que no terminemos de cenar.

—¿Le podemos pedir que nos lo ponga para llevar?

Raúl soltó una carcajada que resonó en todo el lugar, haciendo que todos los que estaban a nuestro alrededor giraran la cabeza en nuestra dirección, pero a él le importó bien poco, porque, cuando menos lo esperaba, llevó sus dedos a mi muslo, justo en la zona en la que no había tela del vestido.

Pensé que no sería capaz de hacerlo, pero lo hizo. Metió sus dedos entre mis piernas, haciendo que abriera mis piernas, dándole pleno acceso a mi sexo, que tocó hasta que me hizo tener un orgasmo que no supe como disimular, por lo que una sonrisa le apareció de nuevo en la cara.

—Eres un capullo.

—No, soy tu capullo preferido, que no se te olvide nunca.

—Joder, Raúl, que no sabía cómo disimular el placer que me ha atravesado.

—Esa era la intención. Ahora, vamos a cenar. Por cierto, me encanta cuando me haces caso en lo que te pido.

Tenía un calor que, sumado a las altas temperaturas de estos días, hacía que estuviera abanicándome con lo primero que cogí, que era la carta del restaurante, mientras que Raúl no podía parar de reír.

En ese momento, llegó Sofía, que, al vernos de tan buen humor, supo que nos habíamos reconciliado. La invitamos a sentarse con nosotros, que menos, pero no accedió, decía que había quedado con un chico que conoció esa mañana en la piscina y que tenía la intención de darse un homenaje.

—Chica, dicen que un clavo saca otro clavo ¿no?

—Eso dicen.

—Pues a ver si este la clava bien y me hace que me olvide hasta de mi nombre.

Raúl, que estaba tomando un sorbo de su copa de vino en esos momentos, casi se ahoga, y tuvo que soltar todo el líquido que tenía en la boca, haciendo que saliera como un aspersor, antes de soltar una carcajada por lo que había dicho mi amiga.

—Sabes, si este no te va bien, cuando lleguemos a la península te presento a un amigo con el que seguro que congenias —le dijo mi chico, completamente convencido.

—Vale, pero solo si está tan bueno como tú.

—¡Sofía! —exclamé, pero sin parar de reír.

—¿Qué quieres, chica? Tu novio está bueno hasta decir basta. Con que tan solo sea una cuarta parte de lo que es él, ya me conformo. Ahora que lo pienso, no sé cómo pude estar con mi novio tanto tiempo, con lo feísimo que es.

—Mujer, algo bueno tendría.

—No te lo voy a decir porque no quiero que tu novio piense que soy una ordinaria y no me presente a su amigo.

Era única, esta chica era lo mejor que la vida me había puesto por delante en mucho tiempo, porque conectamos desde el primer momento, abriéndonos la una a la otra de una manera en la que jamás podría pensar que hubiera sido posible.

Raúl me miró, y supe que le iba a decir algo a Sofía que me iba a gustar mucho, y no me equivoqué, ya que mi chico le aseguró que todo lo del hotel ya estaba pagado, que comiera, bebiera y pidiera lo que le diera la gana.

—No puedo aceptarlo, cualquiera hubiera hecho lo mismo.

—No, no cualquiera hubiera actuado como tú, y tengo que agradecértelo, porque salvaste a mi chica y mi relación, aunque fuera de manera inconsciente.

—Está bien, pero no te vayas a pensar que voy a ser una abusona.

—Bueno, entonces, ya me encargaré yo de que no tengas más remedio que serlo.

—Me marcho, que ya ha llegado mi cita. Deseadme suerte.

Sofía hizo un gesto de cruzar los dedos, que nos hizo muchísima gracia. Ese ratito que había estado allí con nosotros me hizo olvidar lo que Raúl me había prometido, además de lo que había hecho justo antes de que ella se acercara.

Me dio por pensar que lo había visto todo, y mi rostro se tiñó de un rojo intenso que provocó una sonrisa en Raúl, que intentaba disimular lo encantado que estaba de la vida en estos momentos, pero sin ningún éxito.

—Veo que acabas de recordar lo que has sentido antes de que viniera Sofía.

—Y yo veo que tú estás encantando de tu hazaña.

—¿Encantado nada más? Estoy pletórico, chica.

—Ya lo veo, pero la noche todavía no ha terminado.

—Gracias a Dios, porque eso de antes no ha sido nada más que el principio de todo lo que te pienso hacer mientras que estamos aquí sentados.

—Ni se te ocurra.

—No te dará tiempo a reaccionar, te lo aseguro.

Y así fue, porque, en cuanto que vio que la gente que nos rodeaba se encontraba distraída, y estábamos esperando a que llegara el postre, hizo como si se le cayera algo, y se metió debajo del mantel que, por suerte para mí, era de esos largos, poniéndolo por encima de mis piernas.

No me dio tiempo a nada, cuando ya tenía su lengua de excursión en mi sexo, y lo único que salió de mi boca fue un gemido ahogado.

Cogí el mantel y os prometo que lo retorcí para no gritar cuando me atravesó un orgasmo brutal.

Jamás había hecho nada ni parecido, pero me pareció la experiencia más excitante de mi vida.

Salió de debajo de la mesa como si no hubiera pasado nada, como si eso fuera una parte más de la cena. Lo miré, esperando una explicación, pero lo único que puso fue una cara de no haber roto un plato en la vida, que nada tenía que ver con lo que acababa de hacer.

—¿Han traído ya el postre?

—El tuyo, me parece que te lo acabas de comer.

Raúl empezó a reír, pero a mí no me hacía ni puñetera gracia, y así nos sorprendió el camarero que vino con la bandeja de dulces, una que habíamos pedido a modo de postre, pero eso no fue lo peor, sino lo que dijo a continuación.

—No la habíamos traído antes porque vimos que el señor no se encontraba sentado a la mesa, y hemos decidido esperar a que volviera a su sitio.

—Gracias, Gael. Te has ganado un día más de descanso, luego le aviso a tu encargado —le respondió Raúl, con una sonrisa en los labios.

—A usted, señor, espero que sean de su agrado. Si necesitan algo más, no duden en avisarme.

Cuando Gael, el camarero se separó de nuestra mesa, cuando se alejó de nosotros, le di una colleja a Raúl, porque, si ese chico se había dado cuenta de su ausencia, por decirlo de una manera fina, significaba que todo el mundo también lo había hecho.

—¿Hemos hecho algo malo?

—No, pero no me parece bien hacerlo aquí, delante de todo el mundo.

—Pues no te he notado muy disgustada con lo que te he hecho con mi lengua.

—Joder, Raúl, no me hagas esto, por favor te lo pido.

—Mira cómo me tienes a mí, ¿te parece justo?

Cogió mi mano y la llevó hasta su pantalón, haciendo que notara la dureza y el grosor de su miembro, mientras que seguí calentándome con sus palabras, susurradas en mi oído, que todavía hacían mayor efecto.

—Me muero por estar dentro de ti, por notar como tu vagina me aprieta y se contrae alrededor de mi miembro mientras que te corres.

—Raúl…

—Alba, dime que quieres lo mismo que yo, y te prometo que te daré el mejor polvo de tu vida. Eso sí, no me pidas que esperemos hasta llegar a la villa, porque no creo que pueda llegar ni a la parte de la playa en la que no hay nadie.

—Quiero tenerte dentro. Me da igual dónde lo hagas.

Raúl se levantó, cogiéndome de la mano y llevándome a una especie de almacén que había en el restaurante, en el que cerró la puerta con llave. Era como si lo tuviera todo planeado antes de salir de la villa, pero me daba lo mismo, siempre que el resultado fuera el mismo.

Se sentó en una de las cajas, bajando su pantalón y dejando su miembro al descubierto, mientras que, con su mano, lo acariciaba de arriba abajo y, al contrario.

No me lo pensé, levanté mi vestido y me senté encima de él, a horcajadas, con su pene a la entrada de mi vagina, y dejándome caer sobre él, penetrándome.

Así estuvimos hasta que a ambos nos alcanzó el orgasmo, saliendo con una sonrisa en los labios y, por primera vez, me dio lo mismo si nos veían salir o si pensaban cualquier cosa, porque era plenamente feliz.