Capítulo 27
Alba
Durante toda la tarde estuvimos ahí, tirados en la cama balinesa, alternando los episodios de sexo con los baños y el descanso, hasta que nos alcanzó la noche. No habíamos salido en todo el día de la villa y lo cierto es que tampoco me apetecía.
Quizás podéis pensar que soy una cobarde, y lo mismo hasta tenéis razón, pero no quería que nada ni nadie rompiera esa burbuja que habíamos creado a nuestro alrededor, pero no nos podíamos llevar lo que restaba del viaje encerrados, o quizás sí.
—¿En qué piensas?
—En que no quiero que nada ni nadie rompa esta burbuja en la que estamos ahora mismo.
—No es una burbuja, Alba, es el amor que nos tenemos.
—Pues, entonces, no quiero que este amor se vea interrumpido de nuevo por nada ni nadie.
—No lo permitiré, y sé qué tú tampoco lo harás.
—Pero, a veces, esto no depende de nosotros, y me da miedo volver a sufrir, Raúl.
—Te aseguro que, mientras que esté en mi mano, no sufrirás. Creo que ambos lo hemos hecho ya bastante; ahora, tan solo nos toca ser felices.
Nos volvimos a besar hasta que Raúl se levantó de la cama balinesa, me ofreció su mano y nos dirigió al interior de la casa, en concreto, hasta el baño de su habitación, en el que me dejó mientras que salía. Supe lo que había hecho cuando lo vi entrar con mi maleta, que dejó en el vestidor.
A continuación, entró conmigo en la ducha, abrió el grifo, dejando caer el agua sobre nuestras cabezas.
Vertió champú en sus manos y empezó a masajearme la cabeza, lavando mi cabello de la forma más delicada.
Cuando terminó, hizo lo mismo con el jabón y se dedicó a lavar mi cuerpo, prestando especial atención a mi sexo, que acarició hasta que me arrancó un nuevo orgasmo.
No hubo ni un solo beso en esos minutos, pero sí que hubo una mirada intensa que no apartó la mirada de la mía en ningún momento. Tan solo me dio un pequeño pico cuando me llegó el orgasmo y lo hizo con una sonrisa, una de esas que me desarmaban; no lo podía evitar.
Y, en ese momento, intercambiamos las posiciones y fue él quien quedó pegado a la pared. Iba a hacer lo mismo con su cuerpo, pero de otra manera. Sí que le lavé la cabeza, pero yo sí que lo besé; me moría de ganas de hacerlo y no me reprimí.
Durante un instante, algo se me cruzó por la cabeza y no me lo pensé; no vertí el jabón en mis manos para lavar su cuerpo; lo haría más tarde.
Ahora mismo lo que me llamaba era otra cosa, por eso, seguí bajando por todo su cuerpo con mis besos, hasta terminar arrodillarme delante de él, dejando su miembro a la altura de mi boca.
Lo cogí con mi mano, acariciándolo hacia arriba y hacia abajo, viendo cómo iba cogiendo grosor y tamaño.
Cuando vi que ya no daba más de sí, saqué mi lengua a pasear, y lamí su miembro de la base hasta la punta.
Lo vi aguantar la respiración, pero nada en comparación con el instante en el que lo metí por completo en mi boca.
Succioné, lamí, mordisqueé, e hice círculos con mi lengua en su glande, mientras que de su boca tan solo salían gemidos y jadeos, poniéndome de lo más caliente. Tenía la intención de que terminara en mi boca, pero Raúl me lo impidió, levantándome del suelo y cogiéndome en brazos por mis nalgas.
En esa postura, su miembro rozaba con mi clítoris, y casi hace que llegue de nuevo al clímax, pero no continuó, sino que lo llevó hasta la entrada de mi vagina y me penetró, haciendo que saltara sobre su miembro mientras que me apoyaba en sus hombros.
—No podía haberme imaginado una reconciliación mejor; me estás matando de placer.
—No pares, por lo que tú más quieras.
—¿Quieres correrte, Alba?
—Sí, sí quiero; no aguanto más.
Contra todo pronóstico, Raúl salió de mí, haciendo que me volviera a arrodillar delante de él. Supe lo que quería y se lo iba a dar, porque tenía claro que la recompensa sería mucho mejor que lo que yo le iba a dar. Eso sí, no la sacaría de mi boca hasta que no terminara en mi interior.
Así lo hicimos, pero no me llevó mucho tiempo que terminara corriéndose en mi boca, mientras que me embestía y agarraba mi melena en su mano, a modo de coleta, imponiendo el ritmo que a él le gustaba.
En cuanto que terminó, me levantó, puso una de mis piernas en su hombro y se lanzó a mi sexo como si fuera una fuente de agua fresquita en medio del desierto.
Ya con la primera lamida me hizo gritar de placer, pero nada que ver con el grito que solté cuando me alcanzó el clímax, ese que él se encargó de alargar hasta que ya no quedó ni un mínimo resquicio de ese placer.
—Ahora, tú y yo nos vamos a vestir y nos vamos a ir a cenar.
—¿Eso es lo que quieres?
—Sí, pero quiero que cumplas unas reglas. ¿Estás dispuesta?
—Depende de las que sean.
—Así me gusta, nada de sumisión. Me vuelves loco, Alba.
—Dime qué es lo que quieres que haga para la cena.
—Quiero que te pongas un vestido, sin ropa interior, y con el que tenga fácil acceso a tu sexo.
—¿Me lo estás diciendo en serio?
—Completamente. Quiero, mientras que cenamos, saber que tu sexo está ahí, dispuesto para mí, imaginar que, con solo abrir tus piernas, puedo tocarlo.
—Joder, Raúl, me acabas de poner…
—¿Cachonda? ¿Caliente? ¿Tú también te lo estás imaginando?
—Sí, me lo estoy imaginando.
—Quiero que llegues a ese restaurante chorreando, al igual que yo lo haré completamente duro y, en cuanto que terminemos de cenar, quiero entrar en cualquier parte y follarte, fuerte y duro.
Os prometo que la sangre me hervía por las venas; me costaba hasta respirar de la excitación que tenía, pero también sabía que lo haría. No había nada que me gustara más que un reto y, si encima, el premio era ese que me había contado, mucho más.
Jamás lo había hecho en un lugar público, ni siquiera en un baño de una discoteca, como muchas personas habían hecho, y me moría de ganas de hacerlo. No sé lo que me ocurría con Raúl, pero todo lo que me proponía en cuanto al sexo me resultaba de lo más tentador.
—¿Sabes qué? No te diré si lo he hecho o no; tendrás que comprobarlo por ti mismo en cuanto lleguemos al restaurante.
—Joder, Alba, eso me pone más cachondo todavía, y no dudes de que lo haré.
—Entonces, iré a vestirme a la otra habitación.
—Tienes todas tus cosas aquí; lo haré yo, que he dejado encima de la cama lo que me pondré. Por cierto, yo tampoco llevaré ropa interior; cuanta menos ropa para bajar a la hora de follar, mucho mejor.
Me encantaba cuando Raúl me hablaba de esa manera; conseguía que me mojara nada más que de imaginarme la situación, y él se había dado cuenta de que me gustaba, así que no dudaba en hacerlo.
Una vez estuve en el vestidor, me puse a revisar todos los vestidos que había llevado y encontré el idóneo para lo que me estaba pidiendo.
Era uno en color azul marino, con tirantes finos y espalda completamente al aire; la falda era larga y vaporosa, con una abertura que mostraba mi pierna derecha al andar y que, al sentarme, llegaba por encima de medio muslo.
Cuando salí de la habitación al jardín y Raúl me vio, se quedó con la boca abierta, sin saber qué decir, pero con una llamarada de deseo en su mirada que me calentó sobremanera.
—No me mires así; ya te he dicho que no pensaba decirte si he cumplido o no con tus requisitos.
—Me da igual que lleves una braguita o una tanguita, porque con esa abertura que tiene el vestido, te pienso follar sí o sí.
—¿No lo vas a comprobar en el restaurante?
—Ahora soy yo el que te dice que no te contaré nada de lo que voy a hacer; te cogerá completamente por sorpresa.
Me cogió de la mano y salimos de la villa, encaminando nuestros pasos hacia el restaurante de la playa, que fue el que Raúl eligió para la cena de nuestra reconciliación.
Ese mismo en el que teníamos que cenar el día que apareció esa mujer y que nos jodió la noche y, ya de paso, también casi la vida.
En la mesa que tenía reservada, nos esperaba una botella de champán en una cubitera, además de unos entremeses que ya estaban servidos, eran todos fríos, y tenía una pinta exquisita.
Tomamos asiento, él a mi derecha, y supe que lo había hecho por la abertura del vestido, lo que me provocó una carcajada.