Capítulo 26
Alba
En sus brazos me sentía en casa, a salvo, pero eso no quería decir que hubiera olvidado el dolor de todo lo que me había hecho.
Esas imágenes de los dos, besándose, entrando en la villa, y la aparición de Raúl en bóxer cuando nos colamos en ella, seguían ahí, recordándome que no tenía que confiar a las primeras de cambio.
Por suerte para mí, el timbre de la verja sonó y supimos que era la comida que Raúl había encargado antes de llegar a nuestra villa, mientras que yo recogía mis cosas en la de Sofía, que se mostró, por un lado, triste porque la dejara, pero por otro, contenta, porque decía que nuestro amor era capaz de superar todo y que ella apostaba por nosotros.
—Voy poniendo la mesa en el jardín.
—Sí, así, después de comer, podemos darnos un baño, que hace muchísimo calor.
—Tendré que subir a ponerme el bikini, porque voy con ropa de calle.
—Sube, que yo preparo todo.
El carrito de la comida ya estaba allí y Raúl ya estaba vestido con ropa de baño, ya que no tenía que volver a trabajar y había guardado los trajes de chaqueta en el armario. Yo subí a cambiarme, pero, cuando estaba delante de la maleta, las lágrimas empezaron a caer por mi rostro, sin control.
Si hubiéramos estado en otro momento, habría elegido uno que lo dejara sin aliento, pero como estábamos así, en un punto en el que no sabía qué éramos o qué volveríamos a ser, no sabía cuál elegir.
Todos los bikinis que había metido en la maleta estaban ahí con una clara intención: la de provocar a Raúl. Ahora, no quería que pensara que estaba jugando con él, que lo provocaba, pero no consentiría que me pusiera un dedo encima.
Viendo que tardaba más de la cuenta y con el temor de que me hubiera ocurrido algo, Raúl subió a mi habitación y me encontró sentada en la cama, llorando y con toda la ropa de baño esparcida a mi lado.
—Eh, preciosa. ¿Qué te sucede?
—Raúl, yo…
—Shhhh, no me llores, que me partes el alma, te lo juro.
—No quiero hacerte daño; no quiero que pienses que juego contigo, porque de verdad que no es así.
—¿Qué te ha llevado a pensar todo eso?
—Los bikinis que traigo, que todos son demasiado provocativos, y no quiero que pienses que es para tentarte…
—Alba, cariño, aunque te pusieras un saco de patatas por encima, a mí me provocarías lo mismo; te lo puedo asegurar.
—Entonces… ¿no te importa el que me ponga?
—Por supuesto que no, porque tendré que hacer un gran ejercicio de contención, como el que estoy haciendo ahora para no besarte.
—Raúl…
—Alba…
No sé lo que se me pasó por la cabeza, pero me acerqué a él y le di un beso de pico en los labios.
Me hubiera gustado profundizar más ese beso, pero no quería confundirlo ni confundirme a mí.
Estaba siendo todo de lo más confuso, porque mi cabeza me pedía una cosa, pero mi corazón me estaba diciendo otra, e iba a terminar por volverme loca.
Afortunadamente, Raúl me dejó ir a mi ritmo, no me presionó para profundizar el beso, lo aceptó de buen grado y me regaló una sonrisa que se me quedaría grabada para siempre.
Primero, porque me estaba diciendo que sufría en el mismo grado en el que lo hacía yo, y segundo, pero no menos importante, porque estaba respetando mi decisión, y eso era algo primordial para mí.
Raúl salió de la habitación mientras que yo cogía uno de los bikinis y me lo ponía; en esta ocasión era uno blanco con topitos rosas, con braguita brasileña y top de triángulos.
Encima, me coloqué un vestido de gasa del mismo color que los topitos y bajé descalza, que era como más me gustaba estar por casa.
Cuando llegué al jardín, me lo encontré sentado a la mesa, mirando algo en el móvil, pero en cuanto me escuchó llegar, lo dejó a un lado y empezó a servirnos la comida. No hablamos mucho, pero no era un silencio incómodo, sino que era de esos que se convertían en algo natural.
—He pedido un surtido de postres, que sé que te gustan.
—Soy una golosa; no lo puedo remediar.
—Y a mí me encanta que lo seas. Bueno, en realidad me encanta todo de ti.
—Raúl…
—Tranquila, no pienso hacer nada que no quieras, pero no puedo evitar expresarte mis sentimientos.
—Lo entiendo y tampoco está siendo fácil para mí, pero no puedo hacer como si no hubiera sucedido nada. Esas imágenes se reproducen en mi cabeza, en bucle.
—Si me hubiera sucedido a mí, no sé si habría sido capaz de sentarme aquí, contigo, sin reprocharte nada.
—No soy rencorosa, ni siquiera vengativa, así que no te lo tomes como algo así, pero necesito mi tiempo para procesarlo todo. Cuando perdono, me gusta hacerlo con todas las de la ley, sin que este asunto vuelva a salir a la luz.
—Tengo todo el tiempo del mundo, pero no te separes de mí, por favor.
—Te prometo que no lo haré, pero necesito sanarme por dentro.
—Y yo te ayudaré a que sanes, te demostraré que no hay nada más importante para mí que tú, que no tendré ojos para nadie más que tú, porque te amo con todo mi ser, te lo prometo.
Esas palabras hicieron que mis lágrimas volvieran a caer, de nuevo, por mi rostro. ¿Por qué la vida era tan jodida conmigo? ¿Acaso no me podía dejar tranquila, aunque fuera unos instantes? Raúl, al verme, se levantó de la mesa, la rodeó y me abrazó.
No sé cómo pasó, pero sí que ambos lo necesitábamos; por eso, dejé caer todas mis barreras, todos los muros que había levantado y lo besé. Sí, fui yo, la que inicié ese beso que empezó siendo uno de pico, como el que le di en la habitación, pero que terminó con un baile de nuestras lenguas.
Después de ese beso, Raúl se separó de mí y volvió a sentarse en su silla, al otro lado de la mesa.
En su mirada vi algo que me dolió, porque no sabía si era arrepentimiento o duda; por eso, quise que me lo explicara.
Se terminaron las mentiras o las verdades a medias, que, para el caso, era lo mismo.
—¿Qué es lo que se te está pasando por la cabeza, Raúl? Y quiero que seas completamente sincero.
—No deberíamos habernos dado ese beso. No porque no me gustara, no porque no lo deseara más que nada en el mundo, pero sí porque acababa de decirte que te daría tiempo y he roto mi promesa.
—He sido yo la que lo ha empezado; no debes sentirte mal.
—Pero yo lo he continuado cuando debería de haberlo parado.
No sé qué fue lo que me llevó a hacer lo que hice a continuación, pero me levanté, me senté en su regazo y me agarré a su cuello, mientras que lo besaba apasionadamente. Quería que me ayudara a olvidar todo lo sucedido y así se lo hice saber.
—Quiero que me ayudes a olvidar todo lo sucedido. Quiero que me hagas sentir querida y deseada, y no me importa la forma en la que lo hagas, pero ayúdame, por favor.
—Te prometo que esa mujer será tan solo un episodio en tu vida, uno que me encargaré de borrar con mis besos, con mis caricias y con mi manera de hacerte el amor. Porque no será solo sexo, te lo aseguro.
—No lo pienses, no lo verbalices, hazlo.
Raúl posó su mano en mi cara y fue borrando esas lágrimas que iban cayendo por mis mejillas sin que me hubiera dado cuenta. Cuando llegó a la comisura de mis labios, los recorrió con su lengua, mientras que cambiaba mi postura, sentándome a horcajadas sobre sus piernas.
Notar cómo su miembro iba tomando forma debajo de mi sexo fue la cosa más excitante que había sentido en mi vida. Raúl metió las manos por debajo de mi vestido, haciendo que desapareciera de mi cuerpo, dejándome tan solo con el bikini puesto, y yo hice lo mismo con su camiseta.
En esa misma postura en la que estábamos, me llevó hasta la cama balinesa, que había sido testigo de nuestros encuentros más ardientes, y que lo volvería a ser, por el camino por el que íbamos.
Con él entre mis piernas, y con una lentitud que era medio dolorosa, continuó besándome, pasando de mi boca a mi cuello, a mi clavícula y a mis pechos, esos que dejó al aire una vez que se deshizo de la parte de arriba de mi bikini.
Se deleitó con ellos, los besó, los mordisqueó y hasta los lamió, haciendo que mi sexo chorreara como nunca.
—Te necesito dentro, Raúl.
—Lo siento, preciosa, pero eso no va a pasar todavía, no hasta que no considere que es oportuno.
Raúl continuó recorriendo mi cuerpo con sus besos, haciéndome estremecer de una manera sobrenatural, activando cada terminación nerviosa de mi cuerpo y haciendo que estuviera a punto de llegar al orgasmo sin haber puesto ni un dedo sobre mi sexo.
Por eso, en cuanto que apartó mi braguita de mi cuerpo, en el momento en el que sus dedos rozaron por primera vez mi clítoris, no le hizo falta mucho para que de mi boca saliera un grito que evidenciaba el grado de placer que me había hecho sentir.
A continuación, y mostrando una preciosa sonrisa en sus labios, intuí lo que iba a hacer y no me equivoqué.
Se deshizo de mi braguita, soltando los lazos laterales, y la tiró por cualquier parte del jardín, abrió mis piernas al máximo y se lanzó a mi sexo, recorriéndolo entero de una sola lamida, de abajo arriba.
Después de hacer eso, se dedicó a hacer círculos con su lengua en mi clítoris, que también lamió y mordisqueó, arrancándome un fuerte orgasmo en menos de dos minutos, y ya era el segundo que me arrancaba desde que habíamos empezado.
Se separó de mi cuerpo, retirando de su boca el resto de mis fluidos y se deshizo de su bañador, quedándose completamente desnudo, al igual que yo.
—Eres absolutamente deliciosa, Alba.
—Ven aquí, bésame, quiero sentirte en toda tu plenitud.
—Y lo harás, no lo dudes, me dejaré la piel, si hace falta, para que así sea.
Se puso entre mis piernas y, mientras que me penetraba, empezó a besarme. No fue un beso hambriento ni desesperado; fue uno dulce, pasional, en el que me quería demostrar lo importante que era para él, lo mucho que le hacía sentir, y me pareció algo sencillamente encantador.
Su miembro me fue penetrando poco a poco, de una manera lenta y tortuosa, lo que nos hizo gemir a los dos. Por mucho que yo levantara mis caderas para ir a su encuentro, no aumentó el ritmo, siguió embistiéndome de la misma manera y no cambió hasta que se lo pedí expresamente.
—Más rápido, por favor, más fuerte, necesito más.
—Y yo te lo daré, mi vida.
Salió de mí y me dijo que me colocara con los codos y las rodillas apoyadas, levantó mi trasero para tener mejor acceso, y me penetró.
Esta vez lo hizo de una manera completamente diferente, pues lo hizo de una fuerte embestida y cogió el ritmo que yo necesitaba, mientras que me sujetaba por las caderas, para que no saliera disparada hacia delante.
En esa postura nos alcanzó un nuevo orgasmo. Primero me llegó a mí y mis espasmos vaginales fueron los que lo arrastraron a él, lo cual hizo con un gruñido que me volvió a poner como una moto. Cuando terminó de vaciarse en mi interior, salió de mí y se dejó caer en la cama, completamente devastado.
—Ha sido el mejor sexo que he tenido en mi vida.